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Opinión //// 30.09.2021
Falta audacia y creatividad, por Facundo Castro

"En tiempos de crisis la imaginación suele ser más útil que el conocimiento. Tal vez sea tiempo de volver a las bases, a aquella concepción de la política como un arte que planteaba Perón, donde la creación cumplía un rol esencial, para así encontrar salidas superadoras a la crisis".

Por Facundo Castro | Ilustración: Silvia Lucero

Impacta la cantidad de compañeros que con pretendido rigor académico, explican y aceptan como una economía puede estar en equilibrio con la mitad de su población bajo la línea de pobreza. El exceso de demanda que traería aparejado que los 11 millones de compatriotas que actualmente se alimentan en comedores tengan un poder adquisitivo que les permita acceder a una canasta básica, redundaría en un aumento de la inflación, de esta manera el problema no serían los oligopolios que fijan los precios de los alimentos sino de los hambrientos. El problema no es que los servicios públicos sean pagables sino que hay que disminuir los subsidios para reducir el déficit fiscal, tampoco sería problema la evasión tributaria, el regresivo sistema impositivo ni el pago de intereses de los títulos públicos que contribuyen a las ya fabulosas ganancias del sector bancario. Como por cada punto de crecimiento del PBI aumentan tres las importaciones, estimular el crecimiento de la economía para generar empleos de calidad derivaría en un estrangulamiento externo por la falta de las siempre escasas divisas. A pesar de que el superávit comercial esperado de 13 mil millones de dólares es récord desde el 2013, el problema no sería la fuga estructural de divisas, las cosechas que se escapan por contrabando ni los pagos al FMI de una deuda otorgada violando las reglamentaciones procedimentales de acreedor y deudor; sino que el problema sería esa pretensión de generar trabajo digno vía desarrollo industrial. El problema no es tanto que el precio de la carne sea privativo ni que la cantidad de cabezas de ganado no varíe en décadas, sino que hay que exportar y conseguir divisas, ya lo aconsejó Avellaneda que para pagar la deuda es preciso ahorrar sobre el hambre y la sed de los argentinos.

El capital debe estar al servicio de la economía y esta al servicio del bienestar social, esto no es un nuevo rótulo con el que se pretende encasillar la doctrina peronista, sino una de las veinte verdades, lo que siempre hemos sido, nada nuevo bajo el sol. Si la teoría económica de los manuales de consulta no dan respuesta a la necesidad de mejorar la calidad de vida de la población, habrá que desecharlos porque no sirven y buscar otros. El problema más condicionante de la derecha gritona, que presenta con estilo aggiornado viejas recetas y que politiza a las juventud por derecha, no es solo que rompe los límites discursivos de lo decible, naturalizando barbaridades hasta hace poco impensadas que sean expresadas públicamente Sino que corre todo el arco político hacia la derecha condicionando incluso los límites de lo pensable. Aún cuando se critique sus argumentos y no se comparta su credo, el debate económico está planteado en sus propios términos y lo que varían son las posturas respecto a una agenda y a unas preocupaciones económicas que no debieran ser las nuestras. Las principales variables económicas indicadoras de buena salud y a las que se les rinde culto, como el déficit fiscal, la inflación, la emisión monetaria, ponen un velo a indicadores sociales que debieran ser rectores, al menos desde una sensibilidad fundada en el bienestar social. ¿Por qué no está presente en el debate económico indicadores tales como la tasa de mortalidad infantil; cantidad de niños pobres, calidad y cantidad de la alimentación de nuestro pueblo, poder adquisitivo del salario, etc..? que traducen mucho mejor las consecuencias de las políticas que no se verifican en los fríos números de los balances equilibrados de los economistas.

Daría la sensación que falta la audacia y creatividad acorde a lo que los tiempos excepcionales reclaman. A la derecha argenta podemos criticarle muchas cosas pero, seamos honestos, no le falta audacia. Mientras a los cuatro vientos ellos anuncian que vienen por las indemnizaciones, por miedo a enojar a cualquier poderoso seguimos encorsetados en la auto corrección política sin dar una explicación de la crisis ni de cómo resolverla, satisfactoria para quienes la sufren y que vislumbre un camino a seguir con la esperanza de un bienestar futuro. Mientras EEUU aumenta impuestos a los ricos y en Alemania se avanza para la expropiación de 240 mil viviendas, aquí se instala en el sentido común (aún de los nuestros) la necesidad de una reforma laboral para actualizar los Convenios Colectivos de Trabajo por viejos, pero con la siempre rectora idea de que el problema son los trabajadores por pretender ganar mucho y trabajar poco. No discutimos una reforma empresarial que se centre en los empresarios que invierten poco y fugan mucho. Tampoco las extraordinarias rentabilidades de empresas con posición dominante en sectores claves de la economía, que resultan intolerables en la legislación antimonopólica de cualquier país desarrollado.

En tiempos de crisis la imaginación suele ser más útil que el conocimiento. Tal vez sea tiempo de volver a las bases, a aquella concepción de la política como un arte que planteaba Perón, donde la creación cumplía un rol esencial, para así encontrar salidas superadoras a la crisis. Siendo el Estado la principal herramienta de transformación con que contamos para transformar la realidad, no puede aceptarse planes que lo achiquen o restrinjan, porque sería como cavar la propia fosa luego de barnizar el propio ataúd. Inventamos o erramos, hay que estar a la altura de las circunstancias. El peor error reside en defraudar la esperanza de millones de votantes en una nueva experiencia frustrada, que deje el campo allanado para una salida reaccionaria. Tal vez, parafraseando a Gandhi, la solución a los problemas económicos de la Argentina reside en olvidar aquello que nos han enseñado los economistas en los últimos cuarenta años y crear soluciones, no buscarla en las recetas de los acreedores.