Misiles, petróleo y la guerra económica del siglo XXI

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Misiles, petróleo y la guerra económica del siglo XXI

13 Marzo 2026

Las imágenes que dominan nuestro tiempo cuando uno ve el mundo —misiles surcando la noche, ciudades heridas por el fuego, edificios que se derrumban bajo el estruendo de las explosiones— parecen insinuar que el corazón de las guerras contemporáneas continúa siendo la destrucción visible y brutal de la materia. El espectáculo del estallido, repetido hasta el infinito en las pantallas, da la impresión de que allí, en ese instante de devastación, se decide el destino de los conflictos. Sin embargo, esa impresión es engañosa. En las guerras modernas, la devastación visible es apenas la superficie de un objetivo mucho más profundo, donde el verdadero triunfo no se mide sólo por las ciudades dañadas o los sistemas militares neutralizados, sino por la herida estructural que se logra infligir sobre la economía del enemigo. Tal vez siempre fue así, pero en la actualidad este aspecto ha alcanzado mayor desarrollo y nitidez como para ponerlo en el primer plano del análisis.

En ese sentido, la guerra del siglo XXI ha desplazado su centro de gravedad. Durante buena parte de la historia, la victoria militar se definía por la ocupación territorial o la aniquilación de las fuerzas armadas del adversario para plantar la bandera. Hoy, en cambio, el objetivo estratégico consiste en desarticular el funcionamiento económico del país atacado; paralizar su infraestructura energética, interrumpir sus cadenas logísticas, destruir su capacidad industrial, desorganizar su sistema financiero y erosionar su comercio exterior. No se trata simplemente de destruir o inutilizar, sino de obturar y restringir el potencial de expansión del enemigo comercial. Los misiles hipersónicos, los drones de largo alcance, la guerra satelital y los ataques de precisión no son solamente instrumentos de devastación física; son herramientas de presión económica.

El relato: Medio Oriente para Occidente

Cuando un misil impacta en una refinería, en un puerto, en una planta eléctrica, en una red de transporte —o, peor aún, en un barrio residencial— el daño no se limita al punto de impacto. La explosión, el edificio desgarrado, la columna de humo que asciende al cielo constituyen apenas el primer momento del acontecimiento. Inmediatamente después comienza otra batalla; la de la construcción del relato. Ese instante visible se convierte en materia prima de la guerra comunicacional. Así, las imágenes que revelan debilidad propia suelen ser ocultadas, editadas o directamente censuradas —incluso mediante restricciones previas a los periodistas que cubren el conflicto—, mientras que aquellas que refuerzan la narrativa de fortaleza y victoria se reproducen sin descanso en pantallas y redes. La guerra contemporánea, en ese sentido, no sólo destruye infraestructuras, también organiza percepciones y administra el estado de ánimo de las sociedades.

Este mecanismo forma parte de una forma de construcción del sentido a la que Occidente, y particularmente Estados Unidos, ha habituado a su propia opinión pública; aunque la CNN no esté tan encima de esta guerra como sí lo estuvo en la guerra de Irak. No se trata únicamente de informar sobre un conflicto, sino de encuadrarlo narrativamente; definir quién es el agresor, dónde está el extremismo o el terrorismo; quién es el defensor, quién el héroe y quién el demonio, qué imágenes deben circular y cuáles deben desaparecer del campo visual. A través de ese dispositivo mediático se impone el prisma y se moldea el estado de ánimo de las sociedades occidentales para tomar posición; así, se legitiman decisiones estratégicas y se construye la sensación de superioridad moral y militar aun en escenarios donde la realidad del conflicto es mucho más compleja.

Pero más allá de esa dimensión simbólica, el efecto real de cada ataque se multiplica en toda la estructura económica mundial; suben los costos energéticos, se detiene la producción, se interrumpe la circulación de mercancías, se desploman los mercados financieros y se deteriora la capacidad de los Estados para sostener el esfuerzo bélico. En ese sentido, la guerra moderna busca producir un efecto dominó. Un ataque bien dirigido contra nodos críticos —puertos, oleoductos, centros logísticos, plantas industriales— puede generar consecuencias económicas mucho más profundas que la destrucción de objetivos puramente militares. Por eso las guerras contemporáneas combinan el poder militar con la presión económica. En un mundo atravesado por la globalización económica —donde las finanzas, la energía, la producción y el comercio se encuentran profundamente interconectados— el campo de batalla se ha expandido a escala planetaria. Las sanciones financieras, el bloqueo comercial, la exclusión de sistemas de pago internacionales, la manipulación de los mercados energéticos o alimentarios y el control de los flujos logísticos forman parte del mismo teatro de operaciones.

El punto del conflicto

Lo cierto es que este conflicto al que asistimos en vivo y en directo no puede comprenderse únicamente como una disputa entre Estados Unidos e Israel contra Irán y su “régimen malvado”. En realidad, forma parte de una competencia estratégica mucho más amplia por el control de las rutas energéticas que sostienen gran parte de la economía mundial. Quien domina los estrechos, los corredores marítimos y los nodos de abastecimiento de energía posee una herramienta decisiva para condicionar el desarrollo comercial de otras potencias. No es una lección nueva. La historia lo viene demostrando desde hace siglos. Ya lo comprendía la temprana expansión marítima inglesa —con su mezcla de flota naval y corsarios al servicio de la Corona— cuando utilizó el control de las rutas oceánicas para moldear el comercio mundial y proyectar su poder más allá de sus propias costas. Desde entonces, el dominio de los mares ha sido una de las claves silenciosas del poder geopolítico.

En ese marco, la presión sobre Irán aparece también como un movimiento dentro de la rivalidad estructural entre Estados Unidos y China, orientado a influir sobre los flujos energéticos que alimentan el crecimiento chino y, de ese modo, limitar su expansión económica y geopolítica. Mientras tanto, Irán procura consolidar su influencia y capacidad de control sobre las principales vías marítimas que rodean al Golfo Pérsico. No se trata sólo de una cuestión militar, sino de una estrategia geopolítica orientada a ejercer presión sobre uno de los corredores energéticos más sensibles del planeta. A la vez, Rusia observa este escenario con evidente interés estratégico, ya que su prioridad es mantener abiertas y operativas las rutas marítimas por donde circulan sus exportaciones energéticas.

Cuando esto finalice, ¿Hacia dónde se desplazarán entonces las riquezas, las inversiones, el brillo de la modernidad, el turismo y los rascacielos que hoy simbolizan la prosperidad del Golfo? Y, sobre todo, ¿qué efectos podría tener ese eventual desplazamiento sobre el sistema financiero internacional y sobre la propia estabilidad del dólar?. Este es uno entre tantos temas, pero todos los que arroje la finalización de esta guerra, en definitiva, son de índole económico y comercial.

Y hay que decirlo también; en este escenario global, quien viene ganando la guerra económica sin disparar un solo tiro es China. Mientras otras potencias se desgastan en conflictos militares, sanciones cruzadas, guerras arancelarias, gastos materiales, crédito y descrédito internacional y tensiones geopolíticas abiertas, China ha avanzado silenciosamente consolidando infraestructura, comercio, financiamiento e influencia productiva a escala mundial. Su estrategia no se basa en la destrucción directa del adversario, sino en ocupar espacios económicos; controlar cadenas de suministro, expandir su capacidad industrial, integrar su gente a su economía, financiar infraestructura estratégica en decenas de países de regiones ricas en materias primas y tejer una red comercial que, paso a paso, reorganiza el equilibrio del poder global para ir desplazando el eje Occidental. En una época donde la verdadera batalla se libra en la economía, esa forma paciente y estructural de expansión puede resultar más decisiva que cualquier victoria militar inmediata.

En definitiva, detrás de la espectacularidad tecnológica de las armas modernas se esconde una lógica más profunda. Los misiles, los drones y los sistemas de precisión no buscan únicamente destruir objetivos; buscan alterar el metabolismo económico del enemigo. Y en esa dimensión menos visible, pero que debe ser la primera lectura —la de la producción, el comercio, los suministros, la energía, las rutas y las finanzas— es donde, en última instancia, se decide el verdadero resultado de las guerras contemporáneas.

Por eso, cuando Irán decide cerrar el estrecho de Ormuz, está actuando exactamente en ese plano. El estrecho no es simplemente un paso marítimo más; es uno de los principales corredores energéticos del planeta. Interrumpir o amenazar esa circulación implica generar escasez, disparar el precio internacional del crudo y alterar de inmediato el funcionamiento de las economías más dependientes de esa energía. Para Europa, el cierre del estrecho de Ormuz implicaría un golpe económico inmediato. Por ese corredor marítimo circula cerca de una quinta parte del petróleo que consume el mundo y una porción significativa del gas natural licuado que abastece a los mercados internacionales. Aunque el continente europeo no depende del Golfo en la misma medida que Asia, el sistema energético global funciona como un solo mercado; cuando se interrumpe una ruta crítica, los precios del petróleo y del gas se disparan en todas partes. Eso significa energía más cara, presión inflacionaria, mayores costos industriales y una nueva tensión sobre economías que aún arrastran las consecuencias de la crisis energética de la guerra en Ucrania. En definitiva, incluso sin ser el objetivo directo del conflicto, Europa queda inevitablemente atrapada en sus efectos económicos. Como vemos, en términos estratégicos, una medida de control y dominio de ese tipo puede resultar más eficaz que cualquier misil en un blanco, ya que golpea directamente en el corazón del sistema económico global.

El elemento tiempo, la cohesión social y el apuro político

El ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán parece haber producido, al menos en el corto plazo, el efecto inverso al que muchas veces se busca en este tipo de operaciones. Lejos de fracturar internamente al país para debilitar el régimen, ha tendido a reforzar la cohesión nacional frente a una agresión externa. Históricamente es un fenómeno bastante frecuente en política internacional, conocido como efecto de cierre de filas alrededor de la bandera”. En contextos de amenaza exterior, incluso sociedades atravesadas por tensiones políticas o religiosas internas suelen cerrar filas en torno a la defensa de su soberanía, fortaleciendo momentáneamente la unidad política y social. En el caso de Irán, analistas señalan que los ataques o presiones externas tendieron a fortalecer temporalmente al régimen, porque se desplazó el foco desde los conflictos internos, que también fueron fogueados desde fuera, hacia la defensa nacional. Sin embargo, ese efecto no siempre es permanente y dependerá de cómo evolucione el conflicto.

Irán, además, juega con una ventaja estructural que muchas veces pasa inadvertida en esta guerra; el tiempo. Se trata de un país que combate en su propio teatro de operaciones, en una región cuya geografía, dinámica política y estructura social conoce en profundidad. No improvisa este conflicto; lo tenía entre “ceja y ceja” y lo viene preparando desde hace décadas, desarrollando redes regionales, capacidades asimétricas y herramientas económicas para sostener una confrontación prolongada, aunque no sabemos por cuánto. Pero el tiempo político no corre de la misma manera para un régimen que para una gestión presidencial. Un régimen puede pensar en décadas, acumular poder lentamente y sostener estrategias prolongadas. En cambio, una administración está atravesada por la urgencia del corto plazo, por la presión de la opinión pública y por calendarios políticos que obligan a mostrar resultados rápidos. Por eso, en los conflictos prolongados, quien dispone de tiempo estratégico suele contar con una ventaja decisiva.

Por caso, en el sistema político de Irán, el centro real del poder lo ocupa el Líder Supremo (Rahbar), máxima autoridad política, militar y religiosa de la República Islámica. Desde esa posición ejerce la última palabra en las decisiones estratégicas del Estado, incluyendo el control de las fuerzas armadas, la orientación de la política exterior y las cuestiones de seguridad nacional. El carácter profundamente concentrado y prolongado de ese poder se reflejó en el largo mandato del ayatolá Ali Khamenei, quien ocupó el cargo durante casi treinta y siete años, desde 1989 hasta su reciente eliminación. Tras su muerte, fue designado como nuevo Líder Supremo el ayatolá Mojtaba Hosseini Khamenei, su hijo. El cargo no posee límite temporal, es vitalicio, como lo es un Papado. El Líder Supremo ejerce de por vida, salvo que sea removido por la Asamblea de Expertos, el órgano religioso encargado de su designación y eventual destitución.

Por obvias razones, el liderazgo político de Estados Unidos parece moverse con una lógica diferente al enfrentar esta guerra. La figura de Donald Trump, más allá de la continuidad imperialista de aquel país; expresa muchas veces una política belicista orientada al golpe de efecto inmediato y la retirada; acciones contundentes que buscan producir impacto político rápido, tanto en el plano internacional como en la opinión pública interna, como fue el caso de Venezuela; si, hace un par de meses, en enero de 2026. Pero ese mismo liderazgo está condicionado por el humor de la sociedad norteamericana, por su sistema mediático opositor y por los costos políticos internos que cualquier escalada militar puede generar, por los costos materiales y de vidas humanas. Tema muy sensible en materia social y política desde la guerra de Vietnam.

En boca de su presidente, Estados Unidos mismo ha ido cambiando su discurso a lo largo del conflicto en pocas semanas. En distintos momentos Donald Trump afirmó que lo que se buscaría era “el cambio de régimen Iraní”, que la guerra estaba “casi terminada” y que el final llegaría “muy pronto”, mientras que en otras declaraciones sostuvo que la decisión sobre cuándo terminar el conflicto sería tomada por Estados Unidos en coordinación con Israel. Incluso llegó a plantear que la paz sólo sería posible con una “rendición incondicional” de Irán, dejando claro que el desenlace debía responder a los términos fijados por Washington. Por lo anteriormente mencionado, todo parece indicar que no será así.

La Argentina donde no debe estar

En el actual tablero internacional donde se entrecruzan economía, soberanía, civilización, religiosidad, geopolítica y poder militar, las declaraciones y los alineamientos automáticos de terceros países adquieren un peso particularmente delicado. En ese contexto, resulta difícil de justificar —y potencialmente riesgoso— que la Argentina adopte una postura de alineamiento incondicional en un conflicto de semejante magnitud. Declarar a Irán como enemigo, adherir sin matices a la estrategia de Estados Unidos e Israel, asumirse “el presidente más sionista del mundo” y presentarse como aliado automático en un escenario de confrontación global no expresa prudencia diplomática ni defensa de intereses propios; por el contrario, implica asumir tensiones que están muy lejos de las necesidades estratégicas del país. Por eso, es muy preocupante la conducta del propio Javier Milei, cuyo balbuceo sobre política exterior parece guiada más por impulsos ideológicos, obscena obediencia y dogmas exacerbados, más que por una evaluación prudente de los intereses nacionales. Esto último no está en sus capacidades cognitivas.

Su alineamiento automático y sin matices con Estados Unidos e Israel no sólo rompe con una tradición diplomática argentina basada en la autonomía y la prudencia estratégica, sino que además expone innecesariamente al país en un escenario internacional cada vez más tenso con diversos focos en varios puntos del globo. La irracionalidad de ese posicionamiento no se limita al plano discursivo; se inscribe en una orientación más amplia que desarma, entrega y rifa capacidades materiales de la Argentina, debilitando nuestro margen de maniobra económico y político, en un mundo cada vez más peligroso e incierto. En síntesis, Javier Milei ha puesto a la Argentina a disposición de los intereses geopolíticos de EEUU e Israel, a cambio de un salvataje financiero y apoyo político en la anterior campaña electoral de medio término. El destino de un país, por un minuto político.

En lugar de preservar la soberanía y proteger los intereses nacionales en un mundo atravesado por disputas entre grandes potencias, esa actitud termina subordinando a la Argentina a estrategias geopolíticas ajenas, colocándola en conflictos que no le pertenecen y cuyos costos podría terminar pagando. Por eso, en un mundo atravesado por guerras que son, en última instancia, guerras económicas, la primera obligación de cualquier Estado responsable debería ser la defensa inteligente de sus propios intereses.

La Argentina donde debería estar

La Argentina debe reencontrarse con su socio histórico y estratégico; Brasil. Sobre esa relación —que durante décadas constituyó el eje político y económico de América del Sur— puede reconstruirse una política exterior con sentido regional. A partir de ese vínculo, resulta posible fortalecer la integración sudamericana, coordinar intereses comunes y dotar a la región de mayor capacidad de negociación en un mundo atravesado por disputas entre grandes potencias. No sabemos qué destino tendrán los BRICS en medio de las tensiones externas y de las fricciones entre sus propios miembros. Pero ojalá, a través de Brasil y del liderazgo de Lula, Argentina pueda ser perdonada por esta indisciplina y encuentre la puerta abierta para volver, si el país logra recuperar un rumbo distinto en 2027.

Y hay, además, una reflexión final que interpela directamente a nuestra propia dirigencia política. Mientras el mundo atraviesa una disputa estratégica cada vez más abierta —económica, tecnológica y militar— buena parte de la dirigencia argentina parece transitar en otra frecuencia, absorbida por las urgencias domésticas o por disputas menores, pero que ha perdido decididamente el horizonte histórico para nuestra nación. Me refiero, particularmente, a la dirigencia del campo nacional y popular, del peronismo, que hasta ahora se ha manifestado muy poco frente a acontecimientos internacionales que, sin embargo, terminan impactando de lleno en nuestra política interna y en nuestro futuro económico.

A diferencia del presidente de Brasil, Lula; la realidad es que nuestro espacio político, hoy en la oposición, no parece haber desarrollado todavía los anticuerpos estratégicos necesarios para pensar la política internacional con la profundidad que exige el momento histórico. Y, sin embargo, esa tarea es impostergable. El mundo está reorganizando sus centros de poder, redefiniendo sus alianzas y reconfigurando sus estructuras económicas. Frente a ese escenario, la Argentina no puede moverse improvisando, ni por impulsos ideológicos ni por alineamientos irreflexivos; necesita una estrategia política sólida en la materia. Mientras observa, tarde o temprano, la dirigencia del campo nacional deberá hacerse cargo de esta responsabilidad; comprender el mundo en el que vivimos, leer con inteligencia la nueva correlación de fuerzas global y ubicar a la Argentina en la equidistancia más conveniente o en el polo que mejor resguarde y potencie sus intereses nacionales.

Bien entrado ya el siglo XXI, los países que no piensan estratégicamente su lugar en el mundo corren el riesgo de quedar reducidos a lo que otros decidan que sean; simples territorios proveedores de materias primas, ricos pero empobrecidos, mercados cautivos para bienes ajenos y piezas subordinadas dentro de un orden internacional que los condena a la dependencia. Pensar la inserción internacional de la Argentina no es un ejercicio teórico; es la condición para evitar que el país termine definitivamente relegado al papel de colonia abastecedora dentro de la división global determinada por este violento capitalismo senil.