María Belén Aguirre y su "Art Brut": la poesía creciendo en los lugares en que no la sabemos buscar
Art Brut es un término concebido por el artista francés Jean Dubuffet para describir el arte creado fuera de los límites de la cultura oficial. Su interés se dirigía especialmente hacia las manifestaciones artísticas llevadas a cabo por pacientes de hospitales psiquiátricos, gente ajena al mundo artístico sin una formación académica.
María Belén Aguirre utiliza dicha denominación para agrupar sus tres trabajos que acaba de presentar en el Museo del Libro y de la Lengua, en el auditorio David Viñas: Diario Negro, Diario de la Letrina y Diario de la Carne.
“Art Brut es esa necesidad de llenar el vacío, pero desde una pureza desvirgada. El horror es una hondura incapaz de ser rellenada con nada. Es, ante la falta de todo, la impotencia de un absurdo. Amueblar la ausencia”, explica la escritora tucumana.
Es ante lo que considera “un pronunciado estancamiento de la poesía argentina y de una suerte de imperativo tácito que promueve sólo la escritura políticamente correcta”, que decide partir de lo escatológico para lograr su objetivo, convencida que lo sublime acota.
Aguirre necesitaba dar cuenta de lo marginal, “emancipar al lector”, no darle más de lo mismo, eso que está esperando y a lo que está acostumbrado: no será eso lo que encontrará en estos tres diarios producidos por Ediciones Arroyo, con Alejandra “Pipi” Bosch a la cabeza, trabajo artesanal que que realiza en la santafesina Arroyo Leyes.
La puerta de entrada fue Diario Negro, traída por la misma editorial en el 2023. Para empezar, en este diario Aguirre rompe el tiempo, lo atomiza hasta volverlo la nada misma. Las palabras iniciáticas de Williams Carlos Williams son más que una guía: “¿Por qué no imaginé belleza allí donde no existe o no está disponible?”.
La escritora tucumana rompe sistemáticamente lo que uno espera de un diario. No respeta una continuidad en el tiempo para reflejar lo que le pasa a quien lo escribe. Sin embargo, el que lee sí se va a encontrar con el tiempo como coordinada física, con su repliegue. Porque Aguirre nos deja un diario regresivo, va de adelante hacia atrás, hacia una fecha que no es casual. Nada es casual en este diario, diría que en ninguno de los tres.
Es uno complejo, hasta el final no sabe dónde situar a la que escribe. Ni cómo lo escribe. Ahora si, partiendo de lo escatológico, es probable que pueda situar su dolor. Hallar eso que no sabemos aún qué, donde menos espera que lo encuentre: “En la enfermedad, hay salud”. “Hoy, a las 15:35, en el ínterin que va de la biblioteca a la cocina, no estuve ahí”. “Digo no. Digo no. Bajo la ducha, cuando esas manos extrañas me bañan, digo no. Grito no./ Madre pregunta desde la puerta si estoy bien./ Sin convicción, sin conato, sin pathos/ respondo sí”.
Lo sublime entra en tensión con lo siniestro, hasta podríamos decir que lo fantástico talla en este recorrido. El lector comprenderá la fecha a la que es llevado y cómo termina encontrando, tal vez, lo que no quería encontrar.
En Diario de la Carne y Diario de la Letrina, la oposición al estilo convencional, a la concepción rectilínea del tiempo, se profundiza. Para empezar, el primero no está dedicado a una persona sino a una institución, al Hospital Público Ángel C. Padilla. Y esa dedicatoria es un símbolo: Aguirre quiere dejar sentado que en la provincia de Tucumán hay dos formas de encarar una enfermedad; las clínicas y los sanatorios son para los “pudientes”, los hospitales públicos son para los pobres. Y en estos últimos nadie se salva, salvo que utilice “la eterna falacia de huir”.
Es por eso que en este diario se repiten constantemente el acantilado, el coso y el vacío. “El acantilado era eso a lo que se temía. Pero que al mismo tiempo ejercía una irresistible atracción”. “Aquí decimos ‘coso’ cuando ignoramos el nombre exacto de las cosas. Todo lo que ignoramos es coso. También el acantilado. También los otros y nosotros. También el pasado y el futuro. También el presente. Y cuando el velo del coso caiga, también el terror será el coso”.
Decimos “coso” cuando ignoramos el nombre exacto de las cosas. Puede ser reemplazada por discapacidad. O mala praxis. O violencia (real o simbólica), inclusive desaparición, en este caso, de las historias clínicas. Entonces, esa “atracción” por el “acantilado” es entendible, pero difícil de explicar. Me pongo de ejemplo. Hace un año, me caí de 6 metros. Si estoy escribiendo es porque me salvé. Me salvaron. Pero en estos momentos, tengo lo que se llama epasticidad y dolor neuropático, que es crónico. Y cuando alguien me dice que entiende mi dolor me produce cierto enojo, porque me parece difícil que eso suceda, a la vez que me es difícil explicarlo.
“La imaginé comiéndose literalmente los días. O los días a ella. Estos son algunos de los impensados efectos del acantilado. El acantilado transforma todo en otra cosa; todo en él es agobiante transubstanciación. Imagino que por esa razón es tan difícil definirlo. Al acantilado digo. O al coso. Uno lo sabe para uno. Pero cuando tiene que explicárselo a alguien se escabulle. El acantilado es así y uno aprende a quererlo con el tiempo”.
Si hay un transcurrir del tiempo, es a través de lo que comen, la mirada que tiene de ello la que escribe. Y allí, la dulzura también es áspera:
“Jueves
Hoy nos dieron milanesa con ensalada de lechuga y tomate y tres frutillas de postre. A la milanesa la comimos entre las dos. Separamos la lechuga del tomate. La lechuga para mí, el tomate para ella. A las tres frutillas las comimos entre las dos.
Miércoles
Hoy había paro de hospitales. Hoy ayunamos”.
Esa situación que, a toda vista, es insostenible y (por qué no) asquerosa. No se comprende cómo sigue ahí, de dónde sacar fuerza para hacerlo. “Ya no doy más, me confiesa. Algo me hunde en la silla al oírla decir esas palabras. Algo. El coso. El acantilado. Algo me entierra en la cama cuando ella o mi hermana pronuncian esas palabras pesadas. Palabras de plomo. Palabras de rocas. Un ADN nos une. El ADN de un lenguaje harto de sí mismo. Para darle ánimo le hablo de los muertos. Las ocurrencias de nuestros muertos son nuestra alegría. Ellos vuelven. No como zombis, como presencias más reales que nosotras”.
Diario de la Letrina es (en su estética) de los tres, el más parecido a un libro de poemas y el que me choca como un tren de frente, porque he conocido casas, hasta instituciones con ellas. Los tres libros son políticos y los tres hablan de economía, pero la figura de la letrina marca una raya que no queremos ver. Quizás, como La fuente de Duchamp, deje de ser un grito salvaje, que parte de lo escatológico para convertirse en algo más del paisaje. Pero definitivamente, no es un lugar cómodo de dónde partir como escritor. Y menos lo es para el lector.
Y María Belén Aguirre vuelve a dar un salto al vacío, vuelve a escribir en una zona que la aleja del confort.
La puerta era/ de madera endeble/ y la letrina daba/ al aserradero/ donde Padre/ por las siestas/ desfloraba/ colegialas.
Quiero quitarme/ el hedor de este/ recuerdo.
Mañana será otro día./ Ojalá nunca se repita el anterior.
“Necesitaba dar cuenta de lo marginal, de lo temido y de lo deleznado”.
Esa letrina es todo un grito, se vuelve cada vez más ensordecedor a medida que se aleja del centro, del canon por el cual regulamos nuestra lectura. Y la compara con una bañera. No con cualquiera, sino con “la bañera”.
Aquí estoy/ como solía para contarte/ otro cuento. Lo escribió una/ niña con lengua rumana y letra alemana./ por entonces por un tal Ceausescu. Herta Müller se llama/ y “Baño suabo” su historia./ Una bañera es la protagonista./ Algo de ella me recordó turbiamente a ti.
“Baño suabo” es cuento de Herta Müller perteneciente a En Tierras Bajas, es una escritora que ganó el Premio Nobel. El cuento describe con extremo minimalismo y crudeza un sábado por la tarde en el que una familia entera (padre, madre, abuelos y el hijo pequeño) se baña por turnos utilizando exactamente la misma bañera y la misma agua. Y quien relata, la última en utilizarla, la describe como siempre tibia y limpia, aunque la descripción que realiza marca todo lo contrario.
“Creo que Herta usa la bañera como una metáfora y a la familia como una metonimia, un pretexto que le permite hablar de política, jerarquías, utopías y distopías ideológicas. De este modo, literaturas mayores y menores tensan a su vez una nueva batalla en un campo semántico minado”.
Entonces, este uso de la letrina también se vuelve un campo de batalla que no sé si todos están dispuestos a dar. Basta recordar el debate que se armó cuando un político marcó como algo positivo que aquellos pertenecientes a su territorio tenían un inodoro (esta relación que Aguirre establece entre letrina y bañera no termina acá, merece una nota propia).
“Es una obra completa, cerrada. Son tres diarios que dialogan, están totalmente imbricados uno con otro. Vistos a la distancia, su infancia, su adolescencia también, entre otras cosas, en Tucumán, los vínculos familiares, la cuestión de la salud mental, la cuestión de la escritura. Tiene un posfacio de Roberto Papateodosio que es una belleza, también, y son diarios que están en la oscuridad de las personas, de los cuerpos mancillados y está en las enfermedades”, resume muy bien su editora, Alejandra Bosch.
“Necesitaba dar cuenta de lo marginal, de lo temido y de lo deleznado; de todo eso pero desde un enfoque pueril”. Somos tratados como enfermos mentales. Todos somos una potencia y una impotencia neutralizándose recíprocamente. Por eso los llamé Art Brut”, define Aguirre.
María Belén Aguirre (Argentina, 1977) estudió cine en la Escuela Universitaria de Cine, video y televisión (UNT). Es escritora, editora y video-ensayista, autora de más de una treintena de libros, entre nouvelles y poemarios. En 2013, su poemario Praga en dos fue traducido al portugués por la escritora Dia Nobre, y al francés por Patricia West. Obtuvo el Primer Premio de Poesía del Fondo Nacional de las Artes 2020 por su obra Siamesas, publicada en Argentina y España. Fue finalista del Premio Hispanoamericano de Poesía Gabriela Mistral 2025, mención honorífica del Concurso Néstor Perlongher (2024) y finalista Premio Hispanoamericano Gabriela Mistral (2025). Desde 2012, sus libros forman parte del acervo cultural de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Fue traducida al portugués, francés, alemán, italiano, ruso y catalán. En 2026, su libro bilingüe Matorral fue traducido al ruso por el poeta Pavel Aleshin, y presentado en el Centro Cultural Iberoamericano de Moscú. Matorral forma parte de la Biblioteca de Lenguas Extranjeras de dicha institución.
Traigo noticias necrológicas:/ Nuestros vivos han muerto uno por uno/ en efecto dominó. Ninguno supo/ sobrevivir al otro. Ya descansan/ en paz en guerra o en tregua./ Ya minan la tierra/ en campo/
santo.// Ya se engusanan./ Ya se parecen/ a ti.
Como escritor, debo decir que estos tres diarios me dejaron conmovidos, me hicieron preguntarme dónde estoy parado al hacerlo. Como lector, sólo puedo invitarlos a realizar la misma experiencia obteniéndolos en las redes de Ediciones Arroyo, o en los lugares que ellos le pueden indicar. Vale la pena recibir esta sacudida, encontrar belleza donde uno piensa que no existe.