Hay un solo Manuel, y se llama Manuel Puig: a propósito de “Necesito contarte”, de Patricia Bargero

  • Imagen
    Patricia Bargero
NOVEDAD

Hay un solo Manuel, y se llama Manuel Puig: a propósito de “Necesito contarte”, de Patricia Bargero

05 Noviembre 2026

I

Con Necesito contarte, el esperado libro de Patricia Bargero, aparecido en octubre bajo el sello editorial Sigilo, estamos ante una obra excepcionalmente, exquisitamente, apabullantemente hermosa. Si el despistado lector, ante tal título, cree que se trata de una suerte de llamada telefónica a Luisa Delfino o de un retoño tardío de la onda Poldy Bird, se equivoca de pe a pa.

El subtítulo nos alivia de esas sospechas: son Cartas a Manuel Puig y los suyos. ¿Novela epistolar, non-fiction novel, biografía, autobiografía, novela confesional? ¿Relato de vidas paralelas, como reminiscencia de Plutarco, solo que aquí las espadas y las batallas son de otra índole? Posiblemente todo eso y más; pero la verdadera felicidad del lector consistirá en que los rótulos dejen pronto de importarle.

II

Bargero es escritora, bibliotecaria y gestora cultural. Nació en Emilio V. Bunge y pasó buena parte de su vida en General Villegas, donde llegó a dirigir la biblioteca pública y emprendió una tarea que excedió largamente las funciones de su cargo: devolver a Manuel Puig a su pueblo. Un accidente automovilístico, ocurrido poco antes de su proyectado casamiento, la dejó cuadripléjica con apenas veinte años. Durante su lenta recuperación, comenzó a leer a Puig, un autor al que hasta entonces había conocido, como tantos otros habitantes de Villegas, a través de los prejuicios y las habladurías locales. Aquella lectura fue una revelación, una verdadera epifanía. Después vinieron los talleres en las escuelas, los homenajes, las actividades culturales, el documental Regreso a Coronel Vallejos, de Carlos Castro, y la casa de la infancia de Puig, que Bargero adquirió y convirtió en un lugar de encuentro. Pero enumerar estos hechos no alcanza para explicar el libro: lo decisivo es el modo en que todos ellos se han incorporado a una escritura.

Hay en Bargero una capacidad de acercamiento a los otros que constituye, a mi juicio, una de las mayores virtudes de Necesito contarte. No se trata solamente de la empatía, palabra que suele gastarse con facilidad, sino de una disposición más exigente: la de mirar a cada persona sin reducirla a la anécdota que la hizo conocida, a su papel familiar, a sus actos o a sus desgracias. Bargero trata a sus personajes con amor y ternura, pero no los idealiza. Tampoco se reserva para sí misma una consideración especial. Cuando habla de su cuerpo, de sus limitaciones, de los dolores y de las humillaciones que debió atravesar, no busca la conmiseración del lector. Puede llamarse a sí misma “paralítica”, “lisiada” o “tullida” para quitarles a esas palabras el poder de herirla; puede contar con una franqueza desarmante las rivalidades, las mezquindades y hasta la crueldad de los internados en el Instituto de Rehabilitación. Y, sobre todo, puede reírse de sí misma.

Imagen
Tapa necesito encontrarte

El humor no es aquí un adorno ni un recurso para aligerar un relato que, por momentos, se interna en experiencias atroces. Es una forma de inteligencia y de supervivencia. En las páginas dedicadas a la vida hospitalaria, por ejemplo, la autora recuerda cómo los propios internos podían organizarse en una especie de patota, visitar a los recién llegados, provocar a los deprimidos y hacer apuestas sobre cuánto tardarían en morir. No hay complacencia en esa evocación, pero tampoco una voluntad de ofrecer una versión edificante de la discapacidad. En otro registro, la narración de las experiencias artísticas y de las performances que se organizaron en Villegas muestra a una autora dispuesta a entregarse a lo inesperado, incluso cuando ella misma no termina de entender qué está sucediendo. Esa libertad para reírse, desconfiar de las solemnidades y no ponerse a salvo de las propias contradicciones vuelve particularmente hospitalaria su escritura y, a veces, hasta desopilante.

El destinatario principal de las cartas es Manuel Puig. Desde la primera página, Bargero establece una intimidad que no necesita justificaciones: “Sos el único Manuel de mi vida”. No se propone escribir una biografía convencional ni ordenar la vida del escritor según las exigencias de una cronología académica. Tampoco pretende corregir o completar las biografías existentes. Su procedimiento es otro: reconstruye episodios de la vida de Puig a partir de cartas, testimonios, fotografías, recuerdos familiares, entrevistas y documentos, pero los hace pasar por el vínculo que ella misma ha establecido con él. Le habla a Manuel, a Male, a Bebé, a Mita, a Raba, a Teté y a Paquita; entra y sale de la ficción, de la memoria y de la investigación con una naturalidad que termina por volver irrelevante la pregunta acerca de dónde comienza o termina cada una.

La casa ocupa en ese diálogo un lugar fundamental. Bargero vive en uno de los hogares en las que transcurrió la infancia de Puig, y la describe no como un objeto de veneración ni como un museo, sino como un espacio vivo, transformado por la luz, las plantas, los árboles y las personas que lo visitan. La casa es, junto con los cuerpos, una suerte de santuario: un lugar donde algo que estuvo amenazado o fue expulsado puede encontrar refugio. Pero no se trata de una sacralización ingenua. La autora conoce las historias que esas paredes guardan y sabe que el hogar puede ser también el escenario de la violencia, el silencio y la imposición. Por eso su casa no conserva el pasado como una reliquia: lo vuelve habitable de otra manera.

En este punto aparece Juan Forn, figura decisiva para que el libro llegara a existir. La dedicatoria inicial lo recuerda con gratitud, pero Bargero cuenta también el encuentro que tuvieron en Villegas en 2019. Forn la alentó a poner por escrito precisamente aquello que ella dudaba que pudiera contar: su propia lectura de Puig, no una más entre las lecturas académicas, sino una mirada nacida de la experiencia, de la intimidad con las novelas y de la relación con el pueblo.

Le propuso que confiara en su voz y que el libro avanzara desde el yo experiencial hacia el relato de ideas. Es difícil no pensar que esa indicación fue también una forma de reconocimiento: Forn comprendió que Bargero tenía algo que nadie más podía contar. Necesito contarte es, entre otras cosas, el resultado de aquella confianza. Y la presencia de Forn, muerto antes de que el libro llegara a publicarse, añade a estas cartas una dimensión de conversación interrumpida.

Bargero establece una intimidad que no necesita justificaciones.

El amor de Bargero por Puig no es una devoción que linde con la ceguera. Al contrario: es el punto de partida para mirar con mayor rigor aquello que el pueblo prefirió no mirar. Recordemos que el nombre de Coronel Vallejos, en las dos primeras novelas de Puig, remite de manera casi transparente a la localidad de Villegas, pasada por el tamiz de la memoria, el tiempo, el realismo, pero también la ficción. La autora vuelve una y otra vez sobre la violencia que marcó la infancia del escritor allí: las burlas, la hostilidad de los otros varones, la obligación de participar de los rituales masculinos, el fútbol, la bicicleta, la pesca, la demostración de fuerza, el habla grosera.

Puig no podía o no quería cumplir con ese mandato de virilidad que su padre y su entorno esperaban de él. Amaba el cine —una pasión que lo marcaría de por vida—, la música clásica, las muñecas, los juegos suaves. La diferencia lo convirtió en blanco de humillaciones y agresiones. En la reconstrucción que hace Bargero, los episodios de hostigamiento y los intentos de abuso —o quizás algo más que intentos— sufridos durante la infancia y la adolescencia encuentran una resonancia particularmente dolorosa en las escenas de La traición de Rita Hayworth.

La autora no necesita convertir esa relación en una demostración biográfica: le basta con volver sobre las palabras de Puig y sobre las escenas de la novela para mostrar cuánto de aquella experiencia quedó allí depositado.

El final del capítulo dedicado a Bebé contiene una imagen especialmente certera de la ciudad natal: después de haber creído, por un momento, que el mundo podía ser una película melodramática, con escenarios espléndidos, bailes y finales felices, Puig descubre que “Villegas volvía a ser un western de clase B, con decorados pobres, aridez y muerte”. La frase no es solamente una descripción de la decepción de un niño; condensa una experiencia de exclusión y una forma de mirar el mundo. También permite entender la hostilidad que recibió el escritor cuando publicó sus primeras novelas. Durante años, en Villegas se lo consideró un resentido, un chismoso, alguien que había ensuciado a personas respetables y, sobre todo, un putarraco. Se discutía la identificación de los personajes con vecinos reales, pero casi nadie parecía dispuesto a interrogarse por la violencia que las novelas dejaban al descubierto.

Bargero lo formula con toda claridad: “Muchos se enojaron con vos porque manchaste a Danilo Caravera y a las hermanas Massa en Boquitas pintadas, pero nadie reparó en los abusos que en cada recreo tenían lugar frente a la plaza principal y que pusiste en la novela. Jamás escuché que alguien se detuviera a preguntarse por ellos”. La observación desplaza el centro del escándalo. Lo verdaderamente intolerable no era que Puig hubiera retratado a personas reconocibles, sino que hubiera expuesto una trama de abusos, silencios y complicidades que el pueblo prefería mantener oculta. En ese sentido, la lectura que Bargero hace de la obra no es una operación de desagravio literario: es una intervención sobre la memoria colectiva.

Imagen
Patricia Bargero

La historia de una adolescente violada por tres adultos en 2010 muestra hasta qué punto aquella trama no pertenecía únicamente al pasado. El video del episodio circuló por el pueblo y provocó una vergonzosa marcha en favor de los agresores, en la que incluso participó una enorme cantidad de mujeres. Muchos recordarán el hecho. “Entonces el pueblo mostró su verdadero rostro”, escribe Bargero. La multitud que se congregó para defender a los abusadores —y que despreciaba a la víctima parece reproducir, con una crudeza difícil de soportar, el mundo que Puig había narrado décadas antes. El libro no establece una equivalencia mecánica entre ambos episodios: muestra, más bien, la persistencia de los mecanismos que hacen posible la violencia, la culpabilización de las víctimas y el silencio de quienes deberían protegerlas. La autora vuelve sobre los eufemismos, las medias palabras y las fórmulas tranquilizadoras que permiten negar lo ocurrido. “No pasó nada”: esa es la frase en la que se refugian tanto los perpetradores como quienes han sufrido el abuso y todavía no encuentran cómo nombrarlo.

La religión aparece también como una de las formas de ese silenciamiento. Bargero conoce la intimidad de los pueblos pequeños, sus redes de información, sus juicios morales y sus culpas heredadas. “Los pueblos chicos tienen esas cosas. Manejan cierta información de los demás que puede ser lapidaria. El rumor crece y se expande a tanta velocidad que nos infecta a todos”. La frase tiene una precisión que excede el caso de Villegas: describe una comunidad en la que todos saben algo de todos, pero ese saber no necesariamente produce solidaridad; puede convertirse, por el contrario, en un instrumento de vigilancia, condena y exclusión. Las culpas impuestas por la religión, las expectativas familiares y el temor al juicio ajeno terminan por hacer que las víctimas participen de su propio silenciamiento. Así lo muestran las historias del abuelo de la propia autora, “regalado” por su madre para peoncito de estancia y violado por peones más grandes; también la de su tía y las de tantas sirvientas de la obra de Puig.

Hay una frase, hacia el final de uno de los capítulos dedicados a la experiencia de la discapacidad, que podría funcionar como una clave de lectura de todo el libro. Bargero recuerda la necesidad que tenían ella y sus compañeros de hacerse visibles, de ocupar el espacio público con sus sillas de ruedas, de romper un paisaje que los mantenía al margen: “Queríamos hacernos visibles, romper el paisaje, meternos en los ojos de los demás a cuchilladas”. La violencia de la imagen es deliberada. No se trata de pedir que los demás miren con benevolencia, sino de irrumpir en una mirada que ha aprendido a no ver. Algo semejante ocurre con Puig: sus novelas obligan a mirar aquello que la comunidad había dejado fuera de campo. Eso mismo hace Bargero al escribir sobre los cuerpos, las casas, las mujeres, los niños y los hombres que quedaron atrapados en historias que nadie quería contar.

Muchos lectores se sentirán interpelados, y quizás más que interpelados. ¿Acaso yo mismo no fui “obligado” por los primeros capítulos a recordar mi infancia y adolescencia en Dolores, otro pueblo de la llanura pampeana, que llegó a tener 14 prostíbulos adonde concurrían la flor y nata de las élites locales y hasta nacionales, pero que ahora prefiere autodenominarse “primer pueblo patrio”, “capital nacional de la guitarra” o de “la torta argentina”? ¿No me hizo recordar también esa “crueldad de la infancia” —feliz expresión de Marguerite Yourcenar—, los sufrimientos de aquellos años en que detestaba el fútbol, las carreras y los bailes, y trataba de esquivar la violencia ante la cual los docentes hacían la vista gorda? ¿No vi a profesores de educación física golpearnos o vapulearnos por no cumplir con los requisitos de la mentada masculinidad? ¿No conocí también a docentes que abusaban de chicas, que eran expulsadas de los colegios mientras a ellos no se les iniciaba ni un mísero sumario y que hoy hasta son adalides de la moral y las buenas costumbres?

No es una operación de desagravio literario: es una intervención sobre la memoria colectiva.

IV

No todo, sin embargo, alcanza la misma intensidad en este libro. Hay momentos en que la narración pierde impulso, como sucede en el capítulo 8, donde algunas reflexiones y asociaciones parecen demorar el avance del relato sin agregar una perspectiva equivalente a la que el libro ofrece en sus mejores páginas. O dicho sin vueltas: se convierte en un embole, un catálogo de películas, actores, directores. También se percibe, de tanto en tanto, cierta inclinación a recurrir a lugares comunes de la psicología contemporánea: la expresión “poner en palabras”, por ejemplo, o algunas formulaciones demasiado previsibles sobre el valor reparador de la expresión. No son objeciones que alteren el balance de una obra de una singularidad poco frecuente, pero sí señalan los momentos en que la escritura parece confiar menos en sus propias imágenes y experiencias, y más en un repertorio de fórmulas ya disponibles.

Y, por supuesto, nada de esto disminuye la grandeza de esta autora. Muchos medios, que la sometieron a innúmeros reportajes tras el inusitado éxito del documental de Castro y el espaldarazo de Forn, la abarataron precisamente al querer aumentarla. Lo hicieron al reducirla nuevamente a lo que no es: una meritócrata de la desdicha, una habitante de una silla de ruedas, una enamorada necrófila de un puto —el famoso Manuel Puig—, ahora respetado por su lugar en el canon literario.

Quizás personas como Patricia Bargero formen parte de ese grupo de justos que, según el Talmud (Sucá 45b), hacen posible que este mundo no sea destruido. O, si esto suena a hipérbole, digamos que en su caso es de aquellos que al menos amarran a Coronel Vallejos a la vida y no a la muerte: quienes impiden que se convierta en un pavoroso remolino de polvo y fuego centrifugado como Macondo, y logran que las estirpes condenadas a cien, incluso a doscientos o trescientos años de soledad tengan una nueva oportunidad sobre esta tierra.