El Papa Francisco y la Argentina de los políticos profesionales
Sería superficial atribuir todo el drama social simplemente a la conducta de la dirigencia o a esa palabra ya gastada que llamamos “grieta”. Debajo de ella existe un conflicto histórico verdadero. La Argentina arrastra, desde mucho antes del peronismo, la tensión entre proyectos de país difícilmente conciliables, porque expresan intereses y concepciones del orden nacional que no pueden convivir sin que alguno termine subordinando aspectos sustantivos del otro; aunque, hay que decirlo, una parte del peronismo contemporáneo fue progresivamente domesticada e incorporada a los límites del orden que históricamente había nacido para disputar.
Lo cierto es que, resolver de una vez nuestra cuestión nacional para levantar las banderas del 17 de octubre, exige, como condición de partida, terminar definitivamente con la capacidad de las élites antinacionales para condicionar el destino de la Nación y subordinarlo a intereses ajenos al pueblo argentino. Una tarea histórica, la de pisarle la cabeza y no la cola a la serpiente, que difícilmente pueda internalizar nuestra política demoliberal.
Bien. Esa contradicción estructural explica una parte sustancial de nuestra inestabilidad en la superficie. Pero la dinámica política, económica, social, institucional de la Argentina no es circular; es tectónica y, por lo tanto, frontal. Presentarla como un eterno retorno de errores equivalentes —como si todos fracasáramos siempre por las mismas razones, como si las crisis económicas fueran para la Argentina naturalmente cíclicas— diluye responsabilidades y oculta los intereses concretos que actúan como epicentro de cada crisis. El plafón para darle marco a ese relato demagógico de que “el problema de la Argentina somos los argentinos” lo da la naturalización de la alternancia política de un estado apenas democrático, pero no soberano.
Sobre ese conflicto real se montó, especialmente durante las últimas décadas, otra cosa; una política profesional que aprendió a vivir de administrarlo sin resolverlo. Después de décadas de gestionar la política como una sucesión interminable de antagonismos —peronismo y radicalismo; kirchnerismo y antikirchnerismo, La Cámpora y el PRO, Macri y Cristina, Cristina y Milei —, lo que quedó abajo, en la vida concreta, fue otra cosa; el tedio diario de vivir para las grandes mayorías. La democracia liberal, reducida al juego partidario de este sistema político y vacía de contenido popular, ha dejado de producir horizonte y esperanza para administrar apenas alternancias republicanas para la política e incertidumbre existencial para el pueblo.
Políticos profesionales del campo popular
No hablaremos de los herederos de la casta Mitrista porque de nada vale llevarles una crítica. A ellos hay que deportarlos con lo puesto en una balsa rumbo a Miami.
En Argentina, la política se ha transformado desde hace décadas en una profesión y, para demasiados, en una profesión muy rentable. Generalmente se estudia abogacía, se ingresa a ella, se hace carrera, se construye una pertenencia, se aprende a obturar y a rosquear, se cambia de espacio o se permanece en el mismo lugar siempre, se dominan las cajas y los vínculos, se ocupa un cargo, se salta al siguiente y se aprende, sobre todo, a sobrevivir dentro del sistema. El valor ha pasado a ser la permanencia; nadie suelta, nadie quiere que venga otro a ocupar su lugar. Lo cierto es que la confrontación dentro de los esquemas políticos pasa a ser parte del negocio. Siempre hace falta un adversario, una amenaza, una nueva batalla que justifique la permanencia de los mismos profesionales administrando nuestras diferencias; operación que solo sirve para definir sus propias siluetas.
La gente trabaja, hace cuentas, llega cansada, posterga un viaje, una salida, un arreglo de la casa; acompaña a sus viejos, corre riesgos, hace cola en el Hospital, trata de ayudar a sus hijos, cena una mandarina y vuelve a empezar al día siguiente. Y mientras tanto, una dirigencia profesionalizada sigue discutiendo el país como si millones de argentinos se levantaran cada mañana pendientes de las prioridades de sus respectivas capillas políticas.
Actualmente, buena parte de la dirigencia y sus voceros del llamado campo popular parece convencida de que el pueblo vive en vilo por saber si es más importante la proscripción de Cristina o que el peronismo gane la elección. Son asuntos políticamente relevantes para quienes participan en mayor o menor medida de la política, desde luego. Pero confundir las preocupaciones de una minoría “politizada” con las urgencias y los deseos de las mayorías populares es una forma grave de ceguera. Y el problema, tal vez, sea justamente ése. Hace demasiado tiempo que una parte de nuestra política, tal vez la más virtuosa hasta hace unos años —paradójicamente, la que más se jacta de nacional y popular, de interpretar las necesidades del pueblo y de hablar en su nombre— dejó de escucharlo y comenzó a escucharse sólo a sí misma. Terminó confundiendo su propia agenda con la agenda mayoritaria hasta llegar a creer que aquello que desvela a quienes habitan sus estructuras, sus internas, sus herencias y sus institutos, necesariamente desvela también al hombre y a la mujer común. Y la verdad es que no.
Hay millones de argentinos que antes que una nueva batalla entre apellidos políticos necesitan que vivir vuelva a ser un poco menos pesado. Tener tiempo, previsibilidad, algún proyecto, una sobremesa tranquila, una escapada, un hijo, una ilusión, dos alegrías seguidas. De ese tamaño es la distancia. Lo cierto es que en Argentina todo se ha politizado, y la porción de cultura política que venía de antaño se ha empobrecido. No es difícil de observar que la formación, la doctrina, la calidad representativa, nuestro lugar en el mundo y la comprensión histórica fueron cediendo ante una política cada vez más líquida, inmediata, efectista, operadora, hiper táctica, internista y superficial. No hay estrategia porque se ha perdido el horizonte histórico.
El caso del Papa Francisco y las alegrías perdidas
Y tal vez por eso tampoco alcanzamos a advertir la dimensión de lo que perdimos colectivamente mientras la grieta nos obliga a decidir, frente a cada cosa, de qué lado debemos pararnos. Una comunidad se construye también en esos momentos excepcionales en que las diferencias retroceden y volvemos a sentir que hay algo que nos pertenece a todos al mismo tiempo. Y nosotros tuvimos una de esas oportunidades extraordinarias.
Un argentino llegó a ser Papa. Jorge Bergoglio, nacido y criado en el barrio de Flores, fue durante doce años Francisco, la figura argentina de mayor dimensión universal de toda nuestra historia. Recorrió el mundo y murió sin volver como Papa a su tierra.
Algún día habrá que pensar ese hecho no solamente desde Francisco, sino desde nosotros mismos. Porque Francisco quedó atrapado en una Argentina que hacía tiempo había decidido que absolutamente todo debía pasar por la aduana de la grieta. Más allá, incluso, de cuál haya sido verdaderamente su identidad política personal, por estos tiempos, caratular al Papa como “peronista”, además de ser una inversión conceptual; fue achicar a Francisco hasta hacerlo caber en las categorías menores de la política argentina. Una figura global quedó sometida a nuestro miserable interrogatorio doméstico. Y en el camino, perdimos el arraigo y la potencia de la universalidad de su figura. La paradoja fue tan dolorosa como elocuente; Francisco encontró en su propia tierra un nivel de rechazo y una erosión de su imagen difíciles de explicar fuera de la lógica espejada de la grieta. Decimos con esto; si en la Argentina existiera una cultura política más madura, o simplemente algo de cultura política, Francisco podría haber sido recibido sin que su visita quedara sometida al tribunal mezquino fabricado por la política profesional. Veamos.
Entre odios y prejuicios
Con una conciencia casi escolar, seguimos dividiendo a nuestros próceres entre buenos y malos, como si décadas de actividad política y dos siglos de historia pudieran caber en dos columnas del pizarrón. Si hacemos eso con los muertos, imaginen lo que somos capaces de hacer con un líder vivo.
Para una parte del conservadurismo argentino, Francisco resultaba sospechoso porque hablaba demasiado de los pobres, del descarte, de la comunidad nacional, de la justicia social, del dios dinero, de la unidad de los pueblos de América Latina, de la recuperación del sentido histórico, de la dignidad del trabajo y de los límites de una economía convertida en un fin en sí mismo para pocas manos. Y como además era argentino, ese lenguaje inevitablemente resonaba con una tradición política que esos sectores históricamente combatieron. Entonces apareció el odio y la simplificación; era peronista, era populista, era zurdo.
En la otra esquina del ring ocurrió otra “incomprensión”. Una parte importante del universo kirchnerista había construido previamente su imagen de Bergoglio desde sus enfrentamientos con los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner. Y cuando llegó a Roma cargó también con una lectura de los años setenta que lo colocaba bajo sospecha por su actuación durante la dictadura. Horacio Verbitsky, escriba del kirchnerismo y operador de Cristina, fue una de las figuras centrales de aquella interpretación. La discusión sobre los sacerdotes jesuitas Yorio y Jalics quedó durante años adherida a Bergoglio. Sin embargo, el propio Francisco Jalics terminó afirmando expresamente que ni él ni Yorio habían sido denunciados por Bergoglio, que su antigua sospecha de haber sido víctimas de una denuncia carecía de fundamento y que era falso atribuir su secuestro a una iniciativa del entonces superior provincial de los jesuitas.
Es decir; unos no podían escuchar a Francisco porque les sonaba demasiado peronista. Otros, mientras militaban la separación de la Iglesia y el Estado, tardaron demasiado en escucharlo porque antes habían decidido que Bergoglio pertenecía al otro lado de su propia frontera ideológica. Es dable destacar aquí, que la partidocracia inepta e hipócrita– de “derechas e izquierdas” –que comprendió perfectamente el significado de su figura y de su obra, por odio gorila o prejuicio anticlerical, íntimamente siempre estuvo en su contra y no lo quiso interpretar. Cada uno tenía su Francisco inaceptable. Pero el problema de cierta progresía argentina es más profundo. Producto de su formación con categorías ajenas que les formó un prisma extranjerizado, su desconfianza hacia todo aquello que nace de nuestras propias tradiciones nacionales le impide reconocer incluso sus expresiones más transformadoras. De allí la contradicción que todavía le resulta difícil asimilar; que dos de las figuras de mayor potencia revolucionaria de nuestra historia política reciente hayan surgido precisamente de dos instituciones que buena parte de ese universo aprendió a mirar únicamente con sospecha; la Iglesia y las Fuerzas Armadas. Francisco y Perón.
Las alegrías que nos faltan
Ahora viene el Papa León a la Argentina y sentimos entusiasmo. Tenemos ganas de ir, de verlo, de participar de ese acontecimiento masivo e histórico para la Argentina. Y es precisamente este entusiasmo el que ilumina, por contraste, la dimensión de aquella ausencia. Imaginen por un instante lo que hubiera significado Francisco en la Argentina. No para el kirchnerismo; no para el antikirchnerismo; incluso, no solamente para los católicos. Para nosotros; para todos juntos. Un argentino convertido en Papa volviendo a su barrio, a su ciudad, a su país. Las rutas llenas, familias viajando desde Córdoba, Mendoza, Salta, la Patagonia. Los viejos esperando verlo, los chicos preguntando cuándo pasa, las campanas, familias enteras en las calles, los preparativos en cada parroquia de barrio, su mensaje directo al pueblo, el amor y la empatía a flor de piel. Millones de argentinos compartiendo durante unos días un suceso histórico para sus corazones.
En fin, sólo queda el suspiro cargado de impotencia. Porque ese tipo de alegrías son, entre tantas, las que se nos vienen escatimando.
La grieta se sentó en la mesa familiar. Nos han dividido profundamente. El político profesional en ambas bandas necesita administrar nuestras diferencias porque de ellas vive. Y cuando esa lógica se vuelve cultural, terminamos nosotros mismos haciendo el trabajo; sospechando del que celebra, midiendo quién capitaliza cada cosa, buscando una operación detrás de cada emoción, vaciando de sentido todo, festejando si uno que no nos votó perdió el laburo. Se nos enseñó a ser pequeños gorilas a cambio de la defensa acérrima de nuestras posiciones, creyendo tener siempre la razón. ¿Qué es eso? Y nunca falta ese sector de la progresía dispuesto a explicarnos que hasta entregarnos a la alegría popular supone hacerle “el juego a la derecha".
La unidad y el elemento tiempo
Francisco, con su visión de hombre formado en el barro y en la paciencia de la oración, nos recuerda que los cambios verdaderos se gestan como procesos colectivos, se encarnan en la lucha, maduran en el tiempo largo de los pueblos y se orientan –ineludiblemente– en el sentido de su historia. Nada que pretenda ser fundacional puede construirse sin esa noción de duración, de paciencia activa, de acumulación estratégica. Los pueblos no conquistan su destino a golpe de instantaneidad, lo hacen cuando una conducción es capaz de organizar el deseo popular y proyectarlo en el horizonte histórico.
Tenemos, salvo excepciones que no quiebran la regla, una dirigencia rosquera que se desespera por el espacio –una banca, un lugar en la lista, una cajuela– pero que ha olvidado que sin tiempo no hay raíz ni tampoco frutos. Francisco nos advierte con una lucidez impiadosa que el vértigo del presente sin proyecto es la forma más eficaz de la impotencia política. El tiempo es superior al espacio, nos enseña. La obsesión por “estar” ha sustituido la vocación de “realizar”; y en ese desplazamiento, la política se ha vuelto un simulacro de poder sin contenido popular.
La unidad nacional no es la negación del conflicto, sino su condición hacia un horizonte superior. La política que no reconoce el conflicto es ingenua o hipócrita, pero la que se regodea en él, la que convierte la fisura social en identidad de los extremos y el antagonismo en una especie de doctrina para detectar enemigos y traidores, termina sirviendo a los intereses del enemigo histórico de los pueblos favoreciendo la fragmentación interna como preludio del sometimiento externo. La unidad no es uniformidad, ni renuncia a la pluralidad, es la síntesis poliédrica superior que organiza las diferencias en función de un proyecto común. Una cosa es la diversidad, indispensable para expresar la riqueza de una comunidad; otra muy distinta es convertirla en un fin en sí mismo, fragmentando hasta el infinito aquello que necesita reconocerse también como parte de un origen común. Muchas identidades en constante pugna por ocupar el centro de la escena política y cultural mientras la cuestión nacional desaparece del horizonte, se llama diversionismo; trae división y fabrica aliados a la contra. Y está muy bien ser distintos, pero dado lo que tenemos enfrente, afuera y adentro, es mucho más importante ser iguales.
La historia argentina es también la historia de esas derrotas que nacieron en el seno mismo de nuestro pueblo. Unidos o dominados, decía el General Perón. La unidad, entonces, es la condición estratégica nodal sin la cual no hay acumulación posible. Claro, dependiendo de qué tipo de acumulación estemos hablando. Para los círculos políticos, la fragmentación es condición necesaria.
Francisco entendía algo elemental que nuestros políticos profesionales parecen haber olvidado; para conducir hay que estar cerca; y para estar cerca no basta con hablar del pueblo; hay que compartir, de algún modo, su suerte. Hoy más que nunca, cuando la política se encierra en despachos, cargos, paneles televisivos e institutos o se disuelve en la fugacidad de las redes sociales, este principio exige volver a pensar desde las bases y el retorno de la cultura del encuentro; en los barrios, las casas sindicales, los comedores, las cooperativas, las parroquias, los clubes, las escuelas y los centros vecinales; allí donde el pueblo vive, trabaja, resiste, circula y sueña; allí donde, en definitiva, se gesta lo nacional.
Francisco lo expresó con una imagen formidable: “pastores con olor a oveja”. Nosotros reclamamos, con el mismo sentido, políticos con barro en los pies.
Después de décadas de gestionar la política como una sucesión interminable de antagonismos —peronismo y radicalismo; kirchnerismo y antikirchnerismo, La Cámpora y el PRO, Macri y Cristina, Cristina y Milei —, lo que quedó abajo, en la vida concreta, fue otra cosa