Instrucciones para maltratar a Borges, segunda vuelta: a propósito de la edición de sus “Conferencias [mal] reunidas”
I
Como el útil copy & paste puede librarnos de gastos de saliva, tipeo, energía y otras yerbas, calcaremos lo que dijimos en una reseña anterior a propósito de la publicación del Curso de literatura inglesa y norteamericana de Jorge Luis Borges, sayo que también le cabe, por otras razones, a la edición de su Curso de literatura argentina. Decíamos allí:
“Maltratar a Borges es uno de los vicios más inveterados de todo argentino que se supone ilustrado. Maltratarlo por su anglofilia pero también por su malevofilia. Maltratarlo por almorzar con Videla, pero también por firmar petitorios de las Madres en la hora más atroz de la Dictadura. Maltratarlo por gorila o por no ser lo suficientemente gorila. Por no ser nacionalista, pero también por tratar temas nacionales, como el de los cuchilleros zaparrastrosos. Por ser un intelectual demasiado frío, pero también por mostrar ardores inesperados. En algún momento de la historia, se discutió tanto sobre Borges como sobre Messi. Y sin haberlo leído: bastaba la revista Gente y otras por el estilo. Hasta ahí, todo normal. La paradoja es que lo maltraten sus propios editores. La publicación de sus Obras completas es un desastre; y peores aún, con raras excepciones, son los modos azarosos de tratar los conjuntos de textos no incluidos en esas Obras completas. Sobre este drama, las quejas vienen múltiples, y hasta hay tesis doctorales al respecto: la falta de ediciones criticogenéticas; el acceso imposible a la versión primigenia de sus primeros poemarios; el caos, más que laberinto, que reina a la hora de reunir sus artículos, conferencias, cursos y misceláneas ajenas al canon que el propio Borges armó. Los criterios editoriales son tan variopintos que termina por no primar ninguno”.
Lamentablemente (¿o previsiblemente?), lo mismo cabe decir del esperado volumen de Conferencias reunidas 1960-1985, aparecido en agosto de este año, siempre dentro del holding Penguin Random House, y con curaduría de la ya veterana en estas lides Sara Luisa del Carril. Pero veteranía no es necesariamente sinónimo de sabiduría. Editó a Borges in vita sua desde 1977 hasta su muerte en Ginebra; es decir, participó del inteligente aunque inescrupuloso canon que Borges supo armar con su propia obra. El problema radica en lo póstumo; Del Carril es en buena parte responsable de ese laberinto del que hablábamos más arriba, de esas escisiones tan arbitrarias, bajo la férula no menos arbitraria de María Kodama, perita en pasillos judiciales más que en literatura. Jubilada ya, y fundida la empresa familiar, Del Carril dice haber encontrado en un ropero (¡!) esta compilación suya de las conferencias borgeanas, haberla ofrecido al holding, y estar satisfecha de la labor y de la buena recepción a ambos lados del Atlántico. Agrega que estamos ante un Borges fácil, apto para nuevas generaciones (por supuesto, es difícil imaginar “La muerte y la brújula” en formato tik-tok), a lo que la contratapa suma que es “un libro imprescindible para comprender no solo lo que Borges escribió, sino cómo pensaba”. Esta puerilidad, digna de viejas publicidades de cremas de enjuague o chocolates, inevitablemente nos hace sospechar que con la lectura de, supongamos, “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” u otras complejidades, nada podemos averiguar del pensamiento borgeano; posiblemente laboraba con una mente en blanco y sin sinapsis. Las conferencias solucionarían esa atroz deficiencia…Pero el equívoco mayor está en el propio título, Conferencias reunidas. Es cierto que no hay una definición académica de qué cosa sea una “obra reunida”, una “poesía reunida”, unos “cuentos reunidos”. Pero –y me tomé el trabajo de hacer una breve encuesta–, a la mayoría ese “reunido/a” le trae la idea de completitud: obras completas, poesía completa, etc. Es decir, todo lo contrario a una selección o una antología. Ahora bien, si curadora y/o editorial jugaron aquí con la posible ambigüedad de “reunidas”, estamos, como mínimo, ante una estrategia deshonesta. Pero si se quiere hacer pasar este volumen por uno de “conferencias completas”, como si de exhaustividad habláramos, nos hallamos sencillamente ante una estafa. O puestos en magnánimos, de una superlativa negligencia.
II
Como sabemos, Borges entró en el mundo de las conferencias con mucha timidez, pero también algo de hambruna. Primero la muerte del padre siempre bancador y después las conocidas desavenencias con el peronismo lo arrojaron, consejo de amigos mediante, a esta aventura que no cesaría más. Con el tiempo, erudición, ceguera, exotismo, contribuyeron de un modo u otro a que fuera un invitado frecuente en los estrados de casi todo el mundo. Pero volvamos a la compilación que tenemos entre manos, que es la de un disertante ya maduro y seguro de sí.
El volumen reúne veintiocho conferencias, consignadas redundantemente en el prólogo (que nos hace casi creer que se trataron siempre de paquetísimos vernissages) y en nota final a cada texto. Por supuesto, y esto no es lo objetable, quedaron afuera las que el propio Borges permitió publicar aún en vida en forma de volumen –Borges oral (1979), Siete noches (1980). Y las series compiladas y publicadas póstumamente –Arte poética (2001) y El tango (2016); las charlas hibridadas con el formato “seminario”, El aprendizaje del escritor (2014) y El misterio esencial (2021); apuntes previos rescatados de sus manuscritos, Cuadernos y conferencias (2024). A eso agreguemos algunos discursos, o resúmenes de tales, aparecidos en el tercer volumen de Textos recobrados (2003). ¿Por qué nos permitimos, entonces, hablar de cuasi estafa? ¿No reúne nuestro volumen todo aquello que “quedó afuera”? La respuesta tajante es: no. A vuelo de pájaro –no de investigación minuciosa–, podemos asegurar que faltan unas treinta disertaciones de relativo fácil acceso, con lo cual se duplicaría, momentáneamente, el número de estas supuestas “conferencias reunidas”. Y no dudamos que búsquedas más detalladas agrandarían todavía más la cantidad.
¿Qué método siguió Del Carril para su trabajo? Ella lo explica en el prólogo: fue siguiendo la ingente cuantía de entradas de la más que meritoria Jorge Luis Borges: bibliografía completa, de Nicolás Helft, y localizando luego las conferencias allí registradas, dispersas en distintos periódicos y revistas. Ya eso es una confesión: esa obra apareció en 1997, bajo el sello Fondo de Cultura Económica. Pero, aumentada, actualizada y hasta con otro título (Jorge Luis Borges: bibliografía e índice), se reeditó en 2013 y en 2018, bajo el auspicio de la Biblioteca Nacional. ¿Siguió Del Carril la edición ya perimida? ¿Por qué falta, por ejemplo, “The Achievements of Walt Whitman” (1962) o “Sobre Leaves of grass” (1983)? ¿Por qué faltan las tres conferencias dadas en la Escuela Freudiana de Buenos Aires (“Los sueños y la poesía”, 1980; “Baruch Spinoza”, 1981; “El poeta y la escritura”, 1982), que fueron reproducidas en 1993 en un librito inhallable y sin derechos de autor? ¿Y las cinco dadas –y conservadas– en la Michigan State University (1976)? Pero la parte del león no está en lo impreso dejado de lado; está tan a la vista como la carta robada de Poe.
Basta entrar en YouTube y escribir “Borges conferencias” para hallar un opíparo banquete de decenas de oralidades borgeanas. Es cierto, hay que diferenciar entre conferencias y charlas por un lado, y entrevistas disfrazadas de conferencia por otro. Es cierto también que, una vez separados los “géneros”, hay que transcribir y a veces traducir. Pero allí hay verdaderas perlas como la conferencia sobre Joyce, pronunciada en La Plata en 1960. No solo está disponible en YouTube. La UNLP la conserva en su Archivo de la Palabra y la identifica expresamente como conferencia, de 55:50 de duración; y además fue recogida en Variaciones Borges 45 (2018), pp. 207–220 con transcripción de Matías Carnevale.
Más bochornosa aún es la ausencia de La création poétique, dada en el más que prestigioso Collège de France, en enero de 1983, de la que hay filmación completa liberada de derechos por el CNRS, con un Borges presentado por Yves Bonnefoy, y escuchado e interrogado nada menos que por Henri Michaux, Claude Simon, Raymond Aron, Michel Foucault, Claude Gallimard… y la lista continúa.
El curioso internauta borgeanfan sabrá dar, sin duda, con muchas otras sorpresas.
¿Debemos entonces sospechar volúmenes complementarios, tipo Borges en Michigan, Borges en Calamuchita o Borges en Base Marambio, que nunca terminen de exprimir al tío Georgie sino que sigan entregando su obra en cuentagotas, sin brindar una exhaustividad ya más que necesaria a cuarenta años de su muerte? Y mejor ni hablar de lo que aún resta hacer con su epistolario…
¿Por qué falta, por ejemplo, "The Achievements of Walt Whitman" (1962) o "Sobre Leaves of grass" (1983)?
III
Olvidándonos por un momento de las falencias de la edición, pasemos a lo real, a lo que tenemos ante nosotros, a esas veintiocho conferencias reunidas o amontonadas. Hay que reconocer que nos deparan auténticas sorpresas, y de las mejores. Por ejemplo, el único texto que conocemos dedicado a un libro bíblico, y nada menos que al de Job. Tres disertaciones sobre Luís Vaz de Camões, el mayor poeta portugués, al que hasta entonces solo había rendido pleitesía en un soneto de El Hacedor. O gemas como estas (está hablando de Lugones): “Todo suicida muere asesinado por sus amigos, asesinado por todos, como murió César”. O este recuerdo de una experiencia casi iniciática, cuando descubrió el cante jondo: “Otro, más joven, parecía arrebatado por una especie de locura, un sueño, una pasión, y arrancaba de sí palabras. Reconocí muchas de las palabras. ¿Cómo decirlo? Había algo tosco y elevado en ellas, como si ese hombre fuera Adán. Un Adán que inventaba el habla y las palabras en el jardín del Edén. Cantaba como en una agonía…, una especie de ritual. Había algo religioso…”
Sin embargo, lo que prima en una lectura continua es la fatiga y la repetición por sobre la mentada “facilidad”. Por eso quizás sea mejor leer de a poco, salteado, al azar. De otro modo, agota. Hay al menos media docena de conferencias sobre el Martín Fierro y aledaños; más allá de las variaciones de la oralidad, todas parecen remedadas entre sí. Los mismos argumentos, las mismas ironías, las mismas citas textuales. Terminamos viendo hasta en la sopa al niño degollado por los indios y que “tenía los ojos celestes / como potrillito zarco”. Y de yapa, en una de las postreras Borges se arrepiente de todo lo dicho antaño y trata a Martín Fierro poco menos que de un egoísta traidor a la Patria por haber desertado de la Conquista del Desierto…
No solo eso; de la mitad del volumen en adelante, Borges parece estar diciendo siempre lo mismo, solo que cambiando el orden de la baraja, de los eternos comodines. Chuang-Tzu soñó que era una mariposa y al despertar no sabía si era un hombre que había soñado ser mariposa o una mariposa que había soñado ser hombre. En la historia de la literatura hay unas pocas metáforas, solo hay que darles nuevas entonaciones. Conrad ve una raya de tierra en el océano y se imagina que detrás hay selvas, estepas, el antiguo Egipto, la antigua Cartago. Cuando escribo un poema, conozco su principio y su final, luego elaboro lo intermedio. Qué bueno que Heráclito haya usado la imagen de un río en la que no nos sumergimos dos veces, y no la de una puerta que jamás atravesamos dos veces…
Agréguense unos cuantos postulados más, cámbieselos siempre de orden, y tendremos la esencia del Borges conferencista último. Es cierto que los auditorios mutaban, pero en la lectura podemos injustamente pensar si no estamos ante un chanta que juega entreverando cuatro o cinco muestras de su erudición. Y corremos el peligro de desear convertirnos en asesinos seriales de niños y potrillos ojiazules, de mariposas y filósofos chinos, de presocráticos efesios y escritores polacos metidos a británicos. Felizmente, esas tentaciones se disipan rápidamente.
No faltan las erratas gruesas. Juno no es una diosa romana, sino un dios sajón. Emily Dickinson resulta ser varón, o al menos un extraño precedente trans del calvinismo. La famosa “peregrina paloma imaginaria” de Ricardo Jaimes Freyre se convierte en “legionaria”. ¡Vaya forma de metamorfosear bélicamente nuestros símbolos apacibles! Quizás un día Gregor Samsa se despierte transformado en habichuela.
IV
Benévolo lector: toma el libro tal cual es, porque de momento no hay otro remedio. La exhaustividad es una eterna solitaria. O al menos una señora escurridiza. Los títulos mienten y los genios suelen ser repetitivos. Cuida de tus amigos y disfruta del cante jondo. Y quedamos a la espera de la edición aumentada del Borges de Bioy.