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Entretenimiento //// 04.12.2021
La precuela de Los Soprano y el pecado original

Con más pena que gloria, The many saints of Newark se estrenó hace más de un mes. La trama en muchos aspectos se queda a mitad de camino pero, de todas formas, abre la puerta a seguir expandiendo el universo de aquella serie que tanto había cautivado a la audiencia.

Por Diego Moneta

El 10 de junio de 2007 se emitió el último capítulo de Los soprano, serie emblemática que marcaría el camino del género mafioso tanto en el cine como en la televisión. Desde entonces, el pedido a su creador, David Chase, para expandir el universo se replicó durante más de una década, hasta que una precuela fue anunciada en 2018. Después de diversos retrasos por la pandemia, The many saints of Newark (Los santos de la mafia, en español) se estrenó el 1 de octubre de este año por HBO Max, aunque con más pena que gloria.

Coescrita por el mismo Chase y Lawrence Konner y dirigida por Alan Taylor, quien ya lo había hecho por unos episodios en aquel entonces, la película fue publicitada como la  presentación de los inicios y la conversión de Tony Soprano, líder mafioso con ataques de pánico y hundido en un espiral de violencia, interpretado primero por William Ludwing y luego por Michael Gandolfini, hijo del fallecido actor de la serie original. Sin embargo, la trama es más una historia familiar que la narración de un origen. Tony es relevante, pero el centro está puesto en Dickie Moltisanti (Alessandro Nivola) y su influencia sobre el joven ante un padre y una familia en general ausente.

La ambientación a finales de los 60 y principios de los 70, con los conflictos raciales de Newark de por medio, es decir un cambio de escenario, le dan identidad propia al film. El punto de partida es la llegada del padre de Dickie, Aldo Moltisanti (Ray Liotta), de un viaje por Europa con una nueva esposa, Giuseppina Moltisanti (Michela de Rossi), lo que modificará los roles en la familia. En paralelo, un exempleado, Harold McBrayer (Leslie Odom Jr.), buscará posicionar a la comunidad afroamericana en el mundo de la mafia, una subtrama que simplemente desvía la atención de forma innecesaria y resta verosimilitud en general. 

A ese cambalache de personajes hay que sumar a Christopher Moltisanti (Michael Imperioli), hijo de Dickie y voz en off del relato. La trama no define protagonistas, por lo que tiende a confundir con tantos frentes abiertos. Tampoco es claro el rol de Dickie, que se acerca más a un jefe entre pares que a un capo. Su ascenso y caída es el paralelo que se ve en Los Soprano. Tony y Chris irán tomando conciencia de los problemas de sus familias y esos serán los traumas que el primero, una vez adulto, intentará resolver en  terapia.

Pero, ¿es necesario haber visto Los Soprano para ver The many saints of Newark? Ahí es donde la precuela se vuelve a quedar a medio camino. Los mundos no son del todo diferentes, pero funcionan de forma opuesta: la serie cuenta varios años en muchos capítulos, la película media década en sólo dos horas. A pesar de que la única exigencia es entender que no hay inocentes en el mundo de la mafia, la complicidad con el espectador consciente es otra. Aparecen caras conocidas, aunque lógicamente más jóvenes, pero también una larga lista de recreaciones, simbolismos y relaciones que se ofrecen como guiños. Eso es tan cierto como que su narrativa es autónoma, acercándose más al universo italoamericano de la saga de El padrino o de la obra cumbre de Martín Scorsese, Buenos Muchachos— cerrando de alguna manera un círculo, ya que sin la tira original ésta no hubiera existido—.

Aunque se asemeja a esa colección de momentos contextuales que suele presentar Spike Lee, el trabajo puesto en la reconstrucción de época es efectivo gracias a la propuesta visual, la banda sonora— una oda a la cultura italoamericana neoyorquina—, el ritmo vertiginoso y una cámara que acecha la violencia intrínseca. A nivel narrativo, lo más destacable son las dualidades constantes que ofrece, enmarcadas en su relación con la serie y en sí misma con la contradicción como base: el personaje de Liotta, Dickie y Tony, la idealización romántica de la vida mafiosa y la presión policial, el estereotipo de macho y el rol de la mujer o la matriarca, los valores de la familia y la religión frente a la actividad criminal, es decir, una dualidad moral que nunca se salda. En definitiva, si son santos o pecadores, o si es que son los dos a la vez, mientras vemos la vida a través de la muerte.

Sin embargo, con la herencia no es suficiente y ese es su pecado original. Se propone una película a modo de precuela cuando un formato más extendido, que es probable en un futuro, hubiera dado más desarrollo, en especial a las referencias de las que depende. Por fuera de elementos que funcionan a modo de anticipo y le dan sentido, su razón de ser se diluye. No se sumerge del todo en el mito, por lo que su supervivencia termina siendo un problema en una época de remakes y secuelas tardías. No pierde su identidad, pero se la debate cuando este lento juego de intrigas y rencores es el anuncio de algo más grande.  

¿Recuperar la estética es suficiente para justificarse o su diseño a futuro requería de más? La dimensión temporal se suma a los roles familiares y la lucha por el poder en la cadena mafiosa, pero ya no se trata de eso. Ahora es una pieza más. Casi un anexo, un capítulo suelto y perdido. Es una historia que sirve de antecedente y de introducción, de agasajo a los fanáticos pero de puerta de entrada a nuevos espectadores, por eso tanto a mitad de camino. En cierto modo, similar a algunas precuelas de Star Wars, que funcionan más como apéndices que con autonomía propia. Una obra menor dentro de semejante universo, y de una temática siempre atractiva, a la que le hubiera ido mejor sin ese peso sobre su espalda.