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DDHH //// 23.03.2021
Bahía Blanca y el inmenso legado de Chiquito

El miércoles 17 falleció en Bahía Blanca uno de los principales referentes de la lucha por los derechos humanos en el sudoeste bonaerense: Eduardo “Chiquito” Hidalgo. Su trayectoria explica la tristeza y el vacío que la noticia generó.

Por Diego Kenis | Foto de Luis Salomón

Este 24 de marzo, Bahía Blanca vive su primer Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia sin Eduardo “Chiquito” Hidalgo, uno de sus mayores referentes en el campo de los derechos humanos, y Luis “Turko” Salomón, el fotógrafo que retrató las luchas y conquistas del sector. Ambos fallecieron entre el viernes 12 y el miércoles 17, produciendo una sensación de vacío que tardará en asimilarse en el sudoeste bonaerense.

Del Turko habla otra nota de este mismo dossier de AGENCIA PACO URONDO, por lo que este artículo se centrará en la figura y trayectoria de Chiquito, llamado así por sus casi dos metros de estatura. Equivalentes al tamaño de su lucha por la Memoria, la Verdad y la Justicia.

Para 1976, Eduardo no tenía militancia orgánica pero se identificaba con el peronismo, según narró él mismo al declarar en 2011 en el primer juicio a represores de Bahía Blanca. Esa identidad política desmiente la señalada por el excamarista y agente de inteligencia Néstor Montezanti, que manteniendo el prisma macartista de antaño le adjudicó una militancia comunista que nunca tuvo.

Entre septiembre y noviembre de 1976, cuando tenía 24 años y un hijo de uno, Chiquito fue secuestrado en dos oportunidades. En ambas ocasiones enfrentó interrogatorios bajo tortura por los represores que buscaban con insistencia a su hermano Daniel, a quien los servicios de inteligencia tenían marcado como perteneciente a Montoneros. En esa cacería, las patotas del genocidio no dudaron en secuestrar también a su padre y su madre, que por el resto de sus días padeció secuelas psicológicas de lo vivido.

Daniel, que había logrado huir dos veces, finalmente fue acribillado en el departamento céntrico de su abuela. Junto a él fue asesinada su pareja, Olga Souto Castillo, que estaba embarazada. La información oficial, propalada por el diario La Nueva Provincia, presentó al hecho como un enfrentamiento y publicó la única foto de Daniel Hidalgo que se conserva. El enfrentamiento era imposible por las características del inmueble y los rastros de proyectiles y la fotografía estaba tan adulterada como la versión de los hechos, con unos bigotes dibujados a mano encima de su rostro. El original fue hallado durante el allanamiento a la sede del diario, en 2014. El cuerpo de Daniel fue entregado a su familia, pero el de Olga se inhumó bajo un nombre falso y permaneció desaparecido por años.

Tras los homicidios de su hermano y su cuñada, Eduardo fue trasladado a las cárceles de Villa Floresta y la platense Unidad 9, donde pasó a disposición del Poder Ejecutivo. El cambio de situación no supuso mejores condiciones de cautiverio para él. Recién recuperó la libertad en 1978, pero continuó sufriendo vigilancia, persecución y hostigamiento hasta entrado el siglo XXI.

Tras el retorno de la democracia, Eduardo militó en el Partido Intransigente y se sumó a la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH) que encabezaba Ernesto Malisia. Desde el comienzo, la entidad tuvo gran protagonismo en la agenda de lucha por los derechos humanos en Bahía Blanca y la región. Impulsó denuncias por lo ocurrido en dictadura, y obtuvo buena recepción por la Fiscalía de Hugo Cañón (en la foto principal, junto a Eduardo Hidalgo) y la Cámara Federal de Luis Cotter, que comenzaron a trabajar en las causas.

Ese camino fue cercenado por la sanción de las leyes conocidas como de “Punto Final” y “Obediencia Debida”, esta última declarada inconstitucional por la misma Cámara Federal bahiense. Frente a la actitud de la APDH nacional, cuyo silencio avaló esas imposiciones, la filial bahiense decidió separarse y Ernesto Malisia y Eduardo Hidalgo continuaron su lucha por la Verdad, ya que la Justicia había sido vedada.

De ese modo, surgieron un sinnúmero de actividades y convocatorias que buscaban difundir lo ocurrido durante el terrorismo de Estado y reclamar su esclarecimiento. La muestra “Aquí también pasaron cosas”, por caso, pretendía demostrar a la sociedad regional que los hechos que comenzaban a conocerse en la Capital también habían tenido su correlato en Bahía Blanca y la zona, con una particular intensidad represiva dado el alto nivel de militancia previo.

Desde 1986, la APDH bahiense mantuvo un programa sabatino en la filial de Radio Nacional. Por la vida y la libertad, tal su nombre, continuó emitiéndose incluso luego de la Semana Santa de 1987, cuando se engendraron las leyes de impunidad. Pero el 7 de mayo de 1990, la nueva dirección menemista obligó a un operador a transmitir la decisión: “Muchachos, no van más”. La APDH apeló la decisión de censura, la Cámara Federal de Cotter le dio la razón y el caso llegó a la Corte Suprema que Carlos Menem acababa de colonizar. El máximo tribunal falló en sentido contrario. El caso está narrado en el libro Hacer la Corte, en el que Horacio Verbitsky lo toma como ejemplo arquetípico de dos fenómenos de época: la institucionalización de la “teoría de los dos demonios” y el funcionamiento automático de una Corte prefabricada. Con Malisia ya fallecido, el programa volvió al aire al comienzo de los doce años del kirchnerismo y dejó de emitirse al concluir el segundo gobierno de Cristina Fernández.

Además de esa tarea de difusión, que incluyó columnas regulares de Eduardo en el periódico EcoDias y esporádicamente de otros medios, la APDH organizó el acto conmemorativo de cada 24 de marzo en el predio del entonces V Cuerpo de Ejército donde funcionó el centro clandestino de detención “La Escuelita”. En los primeros años, se desarrollaba en el exterior y con el kirchnerismo se logró la señalización y el acceso para concretarlo dentro del propio predio. La convocatoria viene creciendo año a año.

En el plano judicial, pese a la sanción de las leyes de impunidad alfonsinistas y los posteriores indultos menemistas, la APDH bahiense tampoco se mantuvo quieta. En 1999, junto a su par neuquina logró la apertura de un “Juicio por la Verdad”. El concepto era que el encuadre normativo vigente impedía el acceso a la justicia, pero los familiares de las víctimas y la sociedad toda tenían derecho a conocer lo ocurrido. El proceso, que volvió a encontrar al juez Cotter y el fiscal Cañón, recibió horas de declaraciones de sobrevivientes, testigos y verdugos. El aspecto negativo es que estos últimos aportaron poco y nada, y al terminar las audiencias cruzaban las mismas puertas y caminaban las mismas veredas que sus víctimas.  

Caídas las leyes que garantizaban la impunidad, la APDH mantuvo su rol querellante en las causas penales que se reactivaron. Poco más de un lustro después, inició el primer juicio a represores en el sudoeste bonaerense. El debate oral y las actividades organizadas en torno a él sirvieron como catalizador para colocar en la agenda pública históricos reclamos de los organismos de derechos humanos, sobrevivientes y familiares: la participación civil en el terrorismo de Estado, la pata judicial que cubrió las espaldas de los verdugos y la mediática que difundió sus operaciones psicológicas para lograr la inacción social ante el plan criminal.

Casi una década después, Bahía Blanca espera su séptima sentencia en un juicio por crímenes de lesa humanidad. En este caso, por crímenes cometidos antes del 24 de marzo de 1976 por la organización paraestatal autodenominada “Triple A”. Será el primer veredicto que se pronunciará sin Eduardo Hidalgo presente.

Tras conocerse la noticia de su partida, en la madrugada del miércoles 17, se sucedieron muestras de afecto, reconocimiento y tristeza que poblaron las redes sociales. 

“Hemos tenido la suerte de recibir su acompañamiento físico e intelectual y no nos hemos privado en vida de mostrarle nuestro cariño y compromiso histórico con la lucha -su lucha- de los 30.000 compañeros y compañeras siempre presentes”, lo recordó la empresa recuperada “Textiles Pigüé”, con cuyo grupo de trabajadores y trabajadoras Chiquito construyó una especial relación de afecto y mutua admiración.

La Subsecretaría de Derechos Humanos de la Universidad Nacional del Sur (UNS), cuyo consejo asesor integraba, lo calificó como un “ejemplo imprescindible para todas las generaciones, inclaudicable en su militancia”. El mismo miércoles 17, el Consejo Superior de la UNS aprobó una nueva resolución de repudio al último golpe de Estado cívico militar. La Lista Azul que representa a trabajadores y trabajadoras no docentes y el decano de Humanidades, Emilio Zaina, rindieron especial homenaje a Hidalgo y el Turko Salomón.

La tristeza por la partida de Chiquito trascendió los límites de la región. Desde Buenos Aires y con la firma de Hebe de Bonafini, la asociación de Madres de Plaza de Mayo circuló una carta abierta. “Eduardo era de esos compañeros que son indispensables”, señaló Hebe.

Acaso la despedida más conmovedora fue la de la regional de H.I.J.O.S., que incluye en este dossier una evocación propia. A pocas horas de la noticia, la agrupación reconocía no encontrar aún palabras para describir un vacío de tal magnitud, pero resumió todo en un encargo: “Besá a los Viejos, y a los 30 mil”. El amor vence al odio, y a la muerte. Siempre.