"The Opera Locos": la música y el amor en código de clown

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CARTELERA TEATRAL

"The Opera Locos": la música y el amor en código de clown

03 Mayo 2026

En The Opera Locos, la ópera deja de caminar en puntas de pie por salones dorados y se permite tropezar, reírse y, en ese gesto, volverse inesperadamente cercana. El espectáculo presentado por Juan José Campanella, se instala en un territorio híbrido donde el virtuosismo vocal convive con el desborde físico del clown y donde la música clásica sacude cualquier rastro de solemnidad sin perder precisión.

La propuesta es, en apariencia, simple: cinco cantantes líricos. Alfredo, un tenor desalentado con un pasado glorioso; Enrique, un barítono tan preciso como orgulloso; Franelli, un excéntrico contratenor apasionado por el pop; María, una soprano dulce y soñadora; y Carmen, una mezzosoprano salvaje. Un escenario despojado y una selección musical que va de Wolfgang Amadeus Mozart y Giacomo Puccini a Whitney Houston y Elton John. Pero lo que ocurre en escena está lejos de un concierto: hay una dramaturgia precisa que organiza vínculos, jerarquías y tensiones. No se pronuncia una sola palabra, y aun así todo se comprende. O, mejor dicho, se percibe.

La decisión de prescindir del lenguaje verbal es central. La narración se construye desde el cuerpo y la música, apoyada en el código del clown, donde el ridículo funciona como una forma de verdad. Allí los personajes exponen sus fragilidades, sus celos y su necesidad de destacarse. En esa exageración aparece una dimensión profundamente humana.

El vestuario refuerza esa lógica. Lejos de la sobriedad tradicional de la ópera, se apuesta por una paleta intensa, cercana al universo del espectáculo infantil, donde el color captura la atención de manera inmediata. No se trata de una simplificación, sino de una amplificación del juego escénico. Los trajes potencian las identidades y construyen figuras reconocibles, en línea con una estética donde lo visual es parte estructural del relato. Esta elección dialoga con una tradición más antigua: la de los bufones. Figuras de las cortes medievales y renacentistas que, bajo el humor, podían decir aquello que otros callaban. Su lenguaje era el exceso, el cuerpo llevado al límite. En esa ambigüedad —ni dentro ni fuera del sistema— encontraban un espacio de libertad. The Opera Locos retoma esa lógica: no parodia la ópera desde afuera, sino que la tensiona desde adentro.

En esa línea también aparece inevitablemente Candilejas, la última película de Charles Chaplin, donde comparte escena con Buster Keaton. Allí, Chaplin interpreta a un artista en declive atravesado por la melancolía y la necesidad de volver a ser visto. Esa fragilidad, ese humor atravesado por la tristeza y esa dignidad inestable resuenan en el personaje de Alfredo. Como en Candilejas, la risa no anula la caída: la acompaña. En ese equilibrio entre lucimiento y derrumbe, se afirma una humanidad que persiste incluso en el artificio.

Los personajes funcionan así como versiones contemporáneas de aquellos bufones: ridículos y lúcidos al mismo tiempo. Se disputan el centro de la escena, se enamoran, se frustran, compiten. En ese juego emergen tanto las tensiones del espectáculo como las del mundo artístico: el ego, el deseo de reconocimiento, la fragilidad detrás de la técnica.

El espectáculo presentado por Juan José Campanella, se instala en un territorio híbrido donde el virtuosismo vocal convive con el desborde físico del clown.

La comicidad es uno de los motores de la puesta. Los gags físicos, los tiempos rítmicos y la construcción coral evitan que el espectáculo se reduzca a una suma de brillos individuales. El humor, además, funciona como puerta de entrada: relaja al espectador y habilita una escucha más directa. Cuando aparece una aria, no lo hace como pieza de museo, sino como impacto emocional.

En paralelo, la propuesta trabaja sobre una idea persistente: la de la ópera como lenguaje inaccesible. Al cruzar repertorio clásico con canciones populares y atravesarlo con humor, esa barrera se desarma. La música no se simplifica ni se traduce: se comparte.
Hay también una dimensión política en ese gesto. La ópera, desde sus orígenes en el siglo XVI, abordó emociones universales —amor, deseo, rivalidad, pérdida—, pero su circulación quedó asociada a ciertos códigos que la alejaron de amplios públicos. Aquí, esos límites se corren incorporando lenguajes históricamente considerados menores y poniéndolos en diálogo con una tradición altamente codificada.

En el centro aparece el amor. O, mejor, múltiples formas de lo amoroso. No como relato cerrado, sino como una red de vínculos que se construye entre pieza y pieza. No hay una definición única ni normativa: lo que importa es la intensidad, la vulnerabilidad, el modo en que ese sentimiento desestabiliza.
En ese punto, resuenan las ideas de Alexandra Kohan, quien en Y sin embargo el amor. Elogio de lo incierto señala: “Cuando lo amoroso irrumpe, irrumpe fuera de tiempo y fuera de lugar. Nunca es el lugar adecuado, nunca es el momento justo”. Esa irrupción atraviesa los vínculos que se despliegan en escena, marcados por encuentros y desencuentros.

La propuesta sugiere, además, que nadie puede arrogarse una definición del amor. Lejos de ordenar o explicar, lo expone como una fuerza que descoloca y escapa a cualquier control. La música, en ese sentido, opera como un lenguaje inclusivo: no necesita traducción ni categorías. Cada pieza abre un campo de identificación posible.

En ausencia de palabras, los vínculos se vuelven más abiertos. Gestos, miradas y distancias construyen sentido sin necesidad de explicaciones. Ese vacío habilita una experiencia más libre, donde cada espectador puede proyectar su propia lectura.

Al final, lo que queda no es solo el recuerdo de grandes interpretaciones, sino la sensación de haber asistido a una experiencia que amplía el acceso. Como aquellos bufones que, desde el humor, decían lo indecible, aquí el lenguaje escénico corre los límites de lo que se entiende por ópera.
Quizás ahí esté su mayor acierto: en recordar que, antes que un código cultural, la música es una experiencia. Y que, como el amor, nunca llega en el momento justo, nunca se acomoda del todo… pero cuando aparece, transforma. Y en ese movimiento, la devuelve a un territorio compartido. 

El elenco de "The Opera Locos"—Duilio Smiriglia, Constanza Díaz Falú, Lucas Alvan, Laura Pirruccio y Julián Molinero— se presenta en el Teatro Politeama.
Funciones viernes, sábados y domingos hasta el 17 de mayo inclusive. Entradas disponibles en Plateanet.