Teatro: "Secretos de un vínculo" o lo cóncavo y convexo

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CARTELERA TEATRAL

Teatro: "Secretos de un vínculo" o lo cóncavo y convexo

19 Abril 2026

Hay algo en la maternidad que no encaja en una sola forma. No es pura entrega ni pura distancia. Es, más bien, un territorio en tensión, donde conviven fuerzas opuestas: lo que aloja y lo que empuja, lo que calma y lo que inquieta. Pensarla desde lo cóncavo y lo convexo, como recalca Adriana Grande —autora de la obra— en una nota radial, permite acercarse a ese movimiento sin simplificarlo. 

Lo cóncavo aloja. Es el primer mundo: el cuerpo, la voz, la mirada que está ahí para sostener. Es refugio, disponibilidad, presencia. Es ese lugar donde el hijo puede existir sin preguntarse demasiado por el afuera. Pero ese gesto, cuando se vuelve absoluto, empieza a tener un costo. La madre que todo lo da, que todo lo contiene, que todo lo anticipa, corre el riesgo de correrse de sí misma. El deseo propio queda en pausa, el tiempo se reorganiza, la identidad se vuelve difusa. Lo cóncavo calma, pero también puede absorber.
Y sin embargo, no alcanza.

En lo convexo aparecen las formas. El borde, el límite, la diferencia. Es el movimiento que empuja hacia afuera, que introduce una pequeña ruptura en esa continuidad inicial. No es rechazo, es construcción. Es ahí donde el hijo empieza a recortarse como alguien distinto, a no depender completamente de ese primer refugio. Lo convexo no quita amor: lo vuelve posible en otra dimensión.
Pero ese pasaje incomoda. Porque implica aceptar que no todo puede ser sostenido, que no todo puede ser evitado. Aparece la frustración, la espera, el límite. Y con eso, también, una pregunta que atraviesa a muchas madres: ¿qué queda de mí cuando dejo de ser todo para ese otro?

Entre lo cóncavo y lo convexo no hay una elección definitiva. Hay una oscilación constante, una especie de respiración del vínculo. Sostener y soltar. Acercar y correrse. Estar y dejar ser. Cuando una de esas formas se rigidiza, algo se pierde: o el aire, o el sostén.

Esa misma lógica se traduce con fuerza en la puesta en escena. Lejos de un realismo literal, Secretos de un vínculo construye un universo visual abstracto, casi onírico, donde predominan los tonos claros, suaves, envolventes. Blancos, pasteles, texturas livianas que remiten a ese primer espacio cóncavo: lo que aloja, lo que calma, lo que parece sin bordes. Pero en medio de esa atmósfera aparece lo negro, irrumpe, corta, marca. No como un elemento ajeno, sino como un contraste necesario que introduce tensión, límite, forma.

La escenografía —con ese círculo que se repite como portal, útero o umbral— refuerza esa idea de pasaje constante entre adentro y afuera. Los cuerpos también construyen sentido: se pliegan, se sostienen, se empujan, se separan. Hay algo coreográfico en ese ir y venir, como si el vínculo mismo se estuviera ensayando frente a los ojos del espectador.

En esa elección estética no hay ornamento: hay concepto. La escena respira en esa dualidad, en ese juego entre lo que contiene y lo que expulsa. Y ahí, otra vez, lo cóncavo y lo convexo se vuelven experiencia.

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La obra, escrita y dirigida por Natali Aboud y nacida de Emociones de la maternidad, de la doctora Adriana Grande —quien durante más de treinta años coordinó grupos de madres, escuchando y acompañando aquello que muchas veces no encuentra un discurso lineal y coherente—, recoge ese material vivo y lo lleva a escena, no para dar respuestas, sino para abrir preguntas. 

Allí, las madres no aparecen como figuras ideales, sino múltiples. Hay algo casi quimérico en esa construcción: distintas versiones de la maternidad que conviven, se superponen, se contradicen. La madre sostén, la madre agotada, la madre que duda, la que se enoja, la que no puede más. Esa multiplicidad rompe con una imagen única y ordenada, y deja ver que maternar también es un territorio de conflicto.
En escena, esas tensiones no se explican: se actúan. Las madres toman situaciones reales, las representan, las observan, las modifican. Como si el teatro habilitara una pausa en medio de la intensidad cotidiana. Un momento para mirar lo que se repite, lo que duele, lo que no termina de cerrar. Y también para ensayar otras respuestas posibles.

Ahí aparece algo interesante: criar deja de ser una experiencia completamente solitaria. Lo que parecía un problema individual se vuelve compartido. Lo que parecía un error personal se inscribe en una trama más amplia. Y en ese pasaje, muchas veces, aparece un pequeño respiro.
Desde una mirada feminista, esta apertura resulta clave. Porque durante mucho tiempo la maternidad fue narrada como destino y como mandato, sostenida sobre una exigencia de entrega total que recaía casi exclusivamente sobre las mujeres. La figura de la “buena madre” —siempre disponible, siempre paciente, siempre amorosa— funcionó como un ideal difícil de sostener sin costo.

En ese sentido, poder mostrar el cansancio, la ambivalencia, incluso el rechazo momentáneo, no es un gesto menor: es político. Es correr a la maternidad del lugar de perfección y devolverla a la experiencia real. Es también cuestionar la idea de que criar es una tarea individual, cuando en realidad requiere red, tiempo, recursos y corresponsabilidad.

La obra, sin bajar línea, deja entrever esa pregunta: ¿qué pasa cuando las madres dejan de ser las únicas responsables del sostén emocional? ¿Qué lugar hay para el deseo propio, para el tiempo propio, para una identidad que no quede completamente absorbida?
Ahí, lo cóncavo y lo convexo también pueden leerse desde otro lugar. No solo como formas del vínculo, sino como formas de distribuir el cuidado. Contener no debería implicar desaparecer. Soltar no debería ser sinónimo de abandono. Tal vez se trate de construir vínculos donde ambas dimensiones puedan existir sin que una anule a la otra… y donde maternar no signifique hacerlo todo sola.

Porque si algo deja ver Secretos de un vínculo es que no hay una única manera de ser madre, pero sí hay algo en común: la necesidad de poder pensarse, de correrse un poco del automatismo, de habilitar preguntas.

Quizás de eso se trate, en el fondo. De poder habitar esa tensión sin quedar atrapada en una sola forma. De ser refugio sin desaparecer, de impulsar sin romper.
Y de entender que criar a un hijo no es solo acompañarlo a crecer.
Es también, inevitablemente, una forma de volver a mirarse… y, tal vez, de empezar a correrse sin dejar de estar. 

"Secretos de un vínculose presenta los sábados a las 16 horas en el Border Teatro, Godoy Cruz 1838 (CABA).
Texto: Adriana Grande. Con: Josefina Botto, Jennifer Moule, Bárbara Goldschstein y Emilia Rodríguez Miñó. 

Redes: @secretosdeunvinculo