Vuelve a escena "La Moribunda", de Urdapilleta y Tortonese
La Moribunda, de Alejandro Urdapilleta y Humberto Tortonese, vuelve a escena con dirección de Malena Miramontes Boim y hay algo que no cambió en casi treinta años: esa sensación de que todo está a punto de romperse.
En la obra, hay una hermana que se está muriendo. O eso parece. Pero no es solo ella. Lo que flota en el aire es otra cosa: la idea de que, en el fondo, todos estamos un poco en ese proceso. No como tragedia espectacular, sino como una presencia constante, silenciosa. Una especie de desgaste.
Afuera hay una guerra. Nunca termina de explicarse, pero está. Y adentro, en esa casa, también hay otra: más íntima, más rara. Contra el miedo, contra la soledad, contra la sensación de que el mundo se desarma.
Y sin embargo, ahí adentro pasa algo completamente distinto.
Las hermanas inventan. Fantasean. Se van a playas que no existen, se vuelven vedettes, entran y salen de melodramas. No es que no vean lo que pasa. Es que necesitan construir otra cosa para poder seguir. El sueño, la imaginación, no aparecen como escape sino como una forma de sostener la vida cuando todo alrededor empuja hacia el final.
Ahí se cuela la pulsión de vida.
No como algo luminoso o ordenado, sino como algo medio desesperado, incluso torpe. Como cuando uno se ríe en el momento menos indicado. El humor en La Moribunda es así: incómodo, exagerado, a veces absurdo. Pero funciona. Porque permite quedarse un rato más.
Y en medio de todo eso, aparece algo que desarma.
El cariño.
No grandilocuente, no perfecto. Un cariño medio roto, medio exagerado, pero profundamente necesario. Las hermanas se sostienen como pueden. Se hablan, se pelean, se cuidan. Y en ese vínculo aparece la ternura como refugio. No soluciona nada, pero abriga.
"La Moribunda" se mueve todo el tiempo entre esas dos fuerzas: lo que empuja hacia el final y lo que insiste en quedarse. Y en ese tironeo arma su mundo.
Quizás ahí esté lo más potente de la obra: en mostrar que, incluso cuando la muerte no es una idea lejana sino algo que respira cerca, lo que aparece como respuesta no es la épica ni la negación, sino algo mucho más frágil.
El deseo de estar con otro.
De inventar algo juntos.
De no quedarse solos en el derrumbe.
La Moribunda se mueve todo el tiempo entre esas dos fuerzas: lo que empuja hacia el final y lo que insiste en quedarse. Y en ese tironeo arma su mundo.
Un mundo raro, exagerado, por momentos delirante. Pero también, profundamente humano.
La Moribunda, con dirección de Malena Miramontes Boim se presenta en Ítaca Complejo Teatral. Funciones: jueves de abril a las 20.30 h.
Localidades $20.000 (estudiantes y jubilados $16.000) disponibles en Alternativa Teatral.
Ficha técnica
Autoría: Humberto Tortonese, Alejandro Urdapilleta
Actuación: Darío Sernates (Karen), Juan Rutkus (Kara)
Diseño de escenografía y vestuario: Alejandro Mateo
Diseño sonoro y música original: Matías De Stéfano
Diseño gráfico: Sabrina Lara
Fotos: Nacho Lunadei
Redes sociales: Agustín Corsi
Prensa y comunicación: Cecilia Gamboa
Asistencia de dirección: Ayelén de la Rosa
Dirección: Malena Miramontes Boim
Duración del espectáculo: 60 minutos