Teatro: “Me gusta de oro”, el deseo, el odio y el algoritmo
Hay un gesto mínimo que define buena parte de nuestra época: levantar el pulgar y tocar una pantalla. El “me gusta” se volvió uno de los gestos más comunes de la aprobación contemporánea. Un signo diminuto que, sin embargo, organiza jerarquías, visibilidad, deseo y pertenencia.
La obra Me gusta de oro, escrita por Daira Basin y Alejandro Lifschitz, toma ese gesto y lo coloca en el centro de una pregunta filosófica inquietante: ¿qué dice de nosotros la manera en que miramos y reaccionamos frente a los otros en las redes sociales?
Declarada de interés cultural por la Legislatura de la Ciudad, la pieza no se limita a representar el mundo digital. Más bien lo disecciona. Como si el escenario fuera una mesa de anatomía donde se examinan las emociones contemporáneas.
En las redes sociales el deseo adopta una forma particular: desea ser visto. No alcanza con existir, con vivir, con sentir. Todo necesita convertirse en imagen, en relato, en contenido. La vida se vuelve algo que debe ser narrado públicamente para adquirir valor.
Pero esa exposición permanente tiene un costo. El tiempo se diluye en la distracción. El scroll infinito promete siempre algo nuevo, algo mejor, algo más interesante. Y mientras tanto el presente se escurre con la misma velocidad con la que pasan las imágenes. El resultado es una experiencia paradójica: nunca estuvimos tan conectados y, al mismo tiempo, tan distantes.
Las redes producen una forma peculiar de proximidad. Vemos la vida de los otros con una intimidad casi cinematográfica. Sabemos qué comen, a dónde viajan, qué piensan, qué celebran, qué detestan. Sin embargo, esa cercanía visual convive con una creciente distancia afectiva. Todos estamos ocupados. Todos estamos conectados. Pero cada vez nos vemos menos.
La presencialidad, ese encuentro físico que durante siglos organizó la vida social, comienza a convertirse en algo excepcional. Un esfuerzo logístico. Una cita que compite contra cientos de estímulos digitales. En ese contexto aparece una de las emociones más persistentes de la cultura de redes: la sensación de estar en falta.
Miramos al otro y casi siempre aparece la comparación. El otro parece más exitoso, más feliz, más bello, más productivo. La vida digital se convierte así en un gigantesco sistema de expectativas. Un escaparate donde todos, de alguna manera, intentamos cumplir con una imagen. El miedo a no estar a la altura circula silenciosamente entre publicación y publicación.
Pero la obra también se detiene en un fenómeno más oscuro: el odio.
Las redes sociales han demostrado algo inquietante sobre el funcionamiento de la atención humana. Las emociones intensas viajan más rápido. La indignación se comparte más que la serenidad. El escándalo se multiplica con mayor eficacia que la calma.
En ese paisaje emocional aparece el algoritmo. Ese sistema invisible que organiza lo que vemos. Lo que parece una navegación libre en realidad está mediado por cálculos que priorizan aquello que genera más interacción.
Y la interacción, muchas veces, se alimenta del conflicto.
Así, el odio comienza a ocupar un lugar central en la circulación digital. No necesariamente como emoción íntima, sino como fenómeno amplificado. Como algo que se vuelve rentable.
Tal vez la idea más provocadora que sugiere Me gusta de oro sea justamente esa: el odio no funciona solamente como emoción humana. En el ecosistema digital se transforma también en un producto.
Un contenido que circula, que convoca reacciones, que alimenta discusiones interminables. Un combustible perfecto para las economía de la atención. Las redes sociales, en ese sentido, no son únicamente espacios de expresión. Son también plataformas lucrativas. Cada interacción, cada reacción, cada enfrentamiento genera datos. Y estos datos producen valor económico.
El odio, entonces, se vuelve útil.
La obra se mueve en ese territorio ambiguo donde la crítica al sistema se mezcla con una pregunta más incómoda: ¿hasta qué punto participamos activamente de esta dinámica?
Porque el “me gusta” encierra una contradicción fascinante. Es un signo de aprobación. Sin embargo, muchas veces le damos “me gusta” a contenidos que nos indignan o nos enfurecen. Celebramos aquello que criticamos. Amplificamos aquello que decimos rechazar.
El resultado es una cultura donde lo lindo y lo horrible conviven dentro de la misma lógica de visibilidad.
Tal vez la idea más provocadora que sugiere "Me gusta de oro" sea justamente esa: el odio no funciona solamente como emoción humana. En el ecosistema digital se transforma también en un producto.
Me gusta de oro explora esa paradoja sin ofrecer soluciones fáciles. En lugar de señalar únicamente a las plataformas, se permite cuestionar también ciertos comportamientos profundamente humanos.
Tal vez el problema no sea solamente el sistema tecnológico que habitamos, sino también algunas inclinaciones muy antiguas: la fascinación por el escándalo, la necesidad de pertenecer, el placer ambiguo de señalar el error ajeno.
En ese mundo hiperreactivo, el otro comienza a aparecer cada vez más como amenaza. Como adversario. Como alguien que encarna una posición opuesta dentro de una lógica de polarización creciente.
Y allí surge el riesgo mayor: cuando la sociedad se organiza alrededor de bandos irreconciliables, la conversación pública se empobrece. La complejidad desaparece. Solo quedan consignas.
La obra propone entonces un pequeño gesto de resistencia. Algo simple y, al mismo tiempo, radical: detenerse a mirar. Mirar nuestras propias reacciones. Nuestros impulsos digitales. Nuestra manera de participar en esa maquinaria emocional que son las redes.
Tal vez allí aparezca una pregunta que atraviesa silenciosamente todo el espectáculo: si el odio circula con tanta facilidad, ¿qué lugar queda para el amor? No como una palabra ingenua ni como una consigna sentimental, sino como una forma distinta de vincularse con el otro.
Tal vez el problema no sea solamente el odio que circula en las redes, sino algo más profundo: el riesgo de dejar de reconocer al otro como sujeto. El filósofo Emmanuel Levinas insistía en una idea simple y radical: el rostro del otro nos interpela, nos obliga, nos recuerda que no estamos solos en el mundo. Cuando el otro se reduce a perfil, a comentario o a enemigo, algo de esa dimensión se pierde. En ese punto el problema ya no es solamente tecnológico ni comunicacional, sino profundamente humano. Porque si el otro desaparece como sujeto, también se debilita la posibilidad de reconocernos a nosotros mismos en esa relación.
Tal vez una hipótesis posible sea que parte del deterioro de la salud mental contemporánea tenga que ver con esa pérdida. Y allí aparece una paradoja inquietante: si el otro deja de existir como sujeto, también empieza a vaciarse la posibilidad del yo. Porque, en última instancia, la identidad humana siempre se construye en relación con otros.
El teatro, con su antigua capacidad de reunir cuerpos en un mismo espacio, propone algo que el mundo digital no puede replicar completamente: la experiencia de la presencia. Personas respirando en la misma sala. Mirando la misma escena. Compartiendo el mismo tiempo. Quizá allí, lejos del algoritmo y del scroll infinito, se abre la posibilidad de volver a preguntarnos quiénes somos cuando nadie está midiendo nuestros “me gusta”.
Tal vez el problema no sea la falta de amor, sino algo más profundo: el riesgo de dejar de reconocer al otro como sujeto. Como alguien cuya existencia también nos implica.