Pilar Hernández: “Me interesaba explorar cómo las experiencias de las mujeres se transmiten entre generaciones"

  • Imagen
    Pilar Hernández
ENTREVISTA LITERARIA

Pilar Hernández: “Me interesaba explorar cómo las experiencias de las mujeres se transmiten entre generaciones"

03 Mayo 2026

“El esfuerzo por eliminar los aspectos ‘repulsivos’ de la existencia, que es la obsesión de los moralistas, no sólo es absurdo sino también fútil. Acaso uno logre reprimir feos pensamientos y deseos, impulsos ‘pecaminosos’, pero los resultados son patentemente catastróficos (no hay casi diferencia entre un santo y un criminal). El liberarse de sus deseos y, al hacerlo, alterar sutilmente su naturaleza constituye la aspiración de todo individuo que quiera evolucionar”, escribió Henry Miller en su libro El mundo del sexo.

“Soy Astrid. Así me llamó mi madre porque no le sonaban los nombres de las telenovelas. No me gusta el suspenso ni cambiarle el tono a las verdades; por eso diré que soy prostituta desde que tengo memoria”, escribe una de las narradoras de Cuatro putas, notable novela de la escritora colombiana Pilar Hernández. “Soy linda, provocadora; en conclusión soy de esas mujeres que dicen estar buena. Mi alma se quedó perdida en algún lugar de mi infancia. Quizás nací sin una, no lo he podido descifrar. Soy temeraria, atrevida, loca. No tengo miedo de morirme. Para mí, la muerte es un privilegio que aún no merezco. La he tenido de frente tantas veces y de tantas formas que creo que cualquiera de ellas sería más tolerable que llevar ciertos tipos de vida”.

Lo que las lectoras y lectores van a encontrar en Cuatro putas, editada por Escarabajo editorial, es más que una novela que desarrolla con maestría una gran variedad de géneros literarios, desde el policial negro al realismo que íntimo hasta lo inconfesable que la tradición literaria universal ha profundizado en lo que solemos llamar diarios. Se trata de una radiografía espiritual de una misma Mujer en busca del amor tal como lo imaginó Rilke, una mujer que, en perspectivas pueden ser cuatro, llamarse Mesalina u Ofelia, los nombres no importan tanto como la profundidad existencial, dar placer o ternura y, a cambio, recibir todos los embates posibles de una sociedad violenta materializada en la supuesta supremacía del macho latinoamericano.

En estas páginas sublimes no hay redención ni queja ni victimización alguna. “Crecí en una selva donde la ingenuidad siempre juega en contra; perderla lo antes posible era la mejor forma de protegerse”, dirá una de las narradoras mientras resuenan los ecos de Sartre, recordándonos que no importa tanto lo que hicieron de vos sino lo que hacés de tu vida con lo que hicieron (o intentaron hacer) de vos. Transformar el dolor en amor, eso es lo que harán estas mujeres a lo largo de esta novela.

AGENCIA PACO URONDO: El título Cuatro putas es provocador y difícil de ignorar. ¿Qué historia y qué intención hay detrás de esa elección?

Pilar Hernández: En unas prácticas académicas que hice en la zona de prostitución de la calle 22 en Bogotá, hace muchos años, había que llenar una ficha de entrevista y registro. A ellas les resultaba tedioso el interrogatorio y siempre decían que lo llenaban ellas mismas. En esa ficha se preguntaba: profesión / ocupación. Todas escribían PUTA, en mayúscula. Ahí entendí que los apelativos que buscan suavizar o darle un nombre distinto —y a veces ridículo— a una de las profesiones más antiguas del mundo nacen de los prejuicios sociales, de la hipocresía social, de su propia incomodidad que les produce el término PUTA. En el caso del título Cuatro putas son simplemente cuatro mujeres es un reconocimiento al lugar real que ocupan en la sociedad y, también, una manera de incomodar y provocar a esa absurda hipocresía social.

APU: Tu novela refiere mucho a la memoria. ¿Qué tipo de memorias te propusiste rescatar?

PH: A las mujeres, a lo largo de la historia, siempre se nos ha señalado. Para referirse a nosotras aparecen de inmediato términos como: la fea, la bonita, la gorda, la flaca, la decente, la pobre, la rica, la puta. La ex de alguien, la esposa o la mujer de. Nuestra sexualidad es pública, manoseada, juzgada, controlada, preconcebida como requisito del lugar social que debemos ocupar. Y el respeto que debemos recibir. Pero las mujeres tenemos un universo propio donde navegan el amor, los sueños, la realización personal, nuestra libertad sexual, el reconocimiento intelectual. Somos como dicen algunos textos religiosos, la sal de la tierra. Somos quienes parimos el mundo y quienes contenemos la sociedad. Tenemos la fuerza del cuidado y del amor incondicional. Somos un discurso riquísimo de subjetividades maravillosas y debemos empezar a liberarnos de esos señalamientos perpetuados.

Todas, absolutamente todas tenemos una PUTA encadenada dentro de nosotras. Esta novela enfrenta a cada una de estas cuatro mujeres con lo mejor que tuvo cada una y con lo que pudieron para manifestarse ante el mundo como mujeres, el resultado de su infancia, de sus decisiones, de sus maneras particulares de transitar el amor. De lo que una sociedad enferma les permitió ser. Astrid, la protagonista, se confronta y se rebela contra la idea del amor. Margarita lo transita desde su amor de madre. Ofelia encarna el ideal del amor romántico. Y Paula,mi favorita, entiende que el único amor que puede ofrecerse nace del amor propio, de la emancipación del placer y de su propio autor reconocimiento como mujer.

APU: ¿Cuál es tu concepción del feminismo?

PH: No me he querido etiquetar como feminista, pero transito la feminidad militante desde una fuerza que supera discursos, símbolos y odios derivados de deudas históricas de género. Ellas nos enseñan que todo eso se queda en lo superficial cuando se trata simplemente de defender el derecho a ser mujer. El feminismo no es un territorio que se exige ni se arenga. Es un territorio que se habita y que se defiende desde la propia manera de enfrentarse y estar en el mundo. Me interesaba explorar cómo las experiencias de las mujeres se transmiten silenciosamente entre generaciones: la forma en que aprendemos a habitar el cuerpo, el deseo, el miedo o la vergüenza. La memoria femenina muchas veces no está en los grandes relatos históricos, sino en las historias íntimas, en la infancia, en aquello que las mujeres recuerdan aunque nadie lo haya escrito. 

"Esta novela quiso salirse del morbo que provoca un mundo que la sociedad desconoce y del cliché de lo sexual como eje de estas historias".

APU: En la novela aparece la infancia como un territorio fundamental. 

PH: Soy una gran lectora de Julio Cortázar, y en muchas entrevistas él habla de la seriedad de jugar y de ser niño, de la legitimidad con la que los ojos de un niño ven el mundo y de cómo esa mirada nos define como seres participantes del mundo y  que deberíamos conservarla toda la vida. Todas fuimos niñas con sueños, sin importar el contexto en el que nos tocó nacer. Sin importar las dificultades ni los universos que construyen los adultos, los niños juegan. Siempre juegan. Con lo que tienen a mano. Cuando uno mira a los ojos a una PUTA durante más de un minuto, los invito a hacerlo, se encuentra con una niña que tuvo que crecer de un modo que la sociedad no esperaba. Hay fuerza, ternura e ingenuidad que aun habitan en esa mirada.

Porque la ingenuidad no está en medio de las piernas sino en el nivel de la vulnerabilidad. Pero cuando la sociedad señala, desecha y juzga, olvida que las personas son mucho más que aquello que se arroga el derecho de nombrar. Muchas de las cosas que nos atraviesan como adultos tienen raíces profundas en la infancia. En la novela me interesaba mostrar que ninguna vida comienza en el momento en que la sociedad decide juzgarla. Detrás de cada mujer hay una niña, una historia y una serie de circunstancias que construyen su camino.

APU: La novela surge también de una experiencia académica que te acercó a ese mundo. ¿Cómo transformaste esa vivencia en literatura?

PH: Me interesaba explorar cómo las experiencias de las mujeres se transmiten silenciosamente entre generaciones: la forma en que aprendemos a habitar el cuerpo, el deseo, el miedo o la vergüenza. Alguien me dijo una vez que atreverse a superar el terror de las esfinges es la única manera de encontrar el tesoro. También sé, sin ánimo de parecer presumida, o tal vez presumiendo un poco, que las escritoras y escritores no se hacen ni se forman en academias. Escribir es una experiencia vital. Es una forma de estar en el mundo. Es una necesidad ineludible que todo el tiempo nos habla al oído.

Cuando entre las opciones de prácticas universitarias apareció esta, fui la única que decidió elegir ese territorio. Todos pensaron que estaba loca y si un poco, es una de mis atesoradas virtudes. Pero de algún modo sabía que allí podía encontrar tesoros de vida para contar. Y no me equivoqué .La novela es un 10% de realidad y un 90% de ficción, pero ese pequeño fragmento de realidad que me permitieron ver es la columna vertebral de la historia. Las historias nunca están en los lugares cómodos ni fáciles de digerir. Para mí, la literatura está justamente ahí: en los mundos que nos incomodan y nos confrontan.

APU: ¿Qué descubriste sobre las mujeres —y sobre vos misma— mientras escribías esta novela?

PH: Descubrí una sororidad y una narrativa legítima de lo que significa ser mujer. Desde mi propia feminidad, mi maternidad y mi sexualidad, pude plantear un punto de vista frente al machismo y a la construcción social de un patriarcado normalizado. Llegando a la conclusión que todas las mujeres somos una. Me confronté con mis miedos, con abusos que había normalizado simplemente por el hecho de ser mujer. Me confronté con el derecho a mi libertad y a mi sexualidad desde lo que yo elijo y decido. Tuve apenas tres entrevistas breves con estas mujeres durante mis prácticas académicas. Pero a través de la novela ellas me hablaron, me enseñaron, me confrontaron y me liberaron.

Escribir es ponerse al servicio de los personajes que quieren contar sus vidas sin corromperlos con la vida propia. Es ser simplemente un instrumento de catarsis y transformación: para quien escribe y para quien se atreva a leer. Y también la certeza de que un hombre que merezca lo que una mujer como yo puede ofrecer tiene que ser un hombre excepcional. Ningún otro. Sin la mediocridad de los prejuicios. 

APU: El libro cuestiona las etiquetas con las que la sociedad define a las mujeres y la posición de los hombres frente a ellas. ¿Qué hay detrás de esas palabras y de esos juicios?

PH: Detrás de los juicios sociales hay una hipocresía encallada y un profundo miedo a confrontarse, a mirarse al espejo, a sentir y a ser como un derecho. El juicio hacia las mujeres ha sido siempre violento. Los hombres señalan y, muchas veces, las mujeres perpetuamos ese señalamiento. Una mujer empoderada, que se conoce y se valora, asusta a los hombres acostumbrados a sus posiciones de poder. Y también es castigada por mujeres que perpetúan el absurdo concepto de lo que debe ser una “buena” o una “digna” mujer. Recuerdo un castigo fuerte que recibí en un colegio femenino en el que estudié. Una profesora dijo:
“Les voy a dar la lección más importante de sus vidas: en la vida hay dos tipos de mujeres. Unas son para gozar y otras para amar. ¿Cuál quieren ser?”
Yo respondí: “Las dos.”
Aquello fue recibido como un insulto, una provocación y un acto que, según ella, en su conversación al respecto con mi padre, dejó mi buen nombre y mi dignidad por el piso. Cosa que a él y a mí nos importó un pito. Un hombre de verdad no es el que tiene una mujer “digna” a su lado. Es el que se atreve a ver y amar a una mujer libre. A amar esa libertad y a ser libre él mismo a partir de ella. Como decía Simone de Beauvoir: una mujer libre es todo lo contrario de una mujer fácil.

APU: ¿Qué hace diferente a Cuatro putas frente a otras obras que han abordado el mundo de la prostitución o la marginalidad femenina?

PH: Esta novela quiso salirse del morbo que provoca un mundo que la sociedad desconoce y del cliché de lo sexual como eje de estas historias. Tampoco parte de esa idea moralista de la “redención” de la puta, ni del arrepentimiento que muchos esperan encontrar como punto de transformación de los personajes. Es una novela difícil e incómoda, pero también profundamente tierna y conmovedora. Más que una historia sobre la prostitución, es una confrontación directa con los prejuicios de quien la lee.