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Fractura //// 24.10.2020
Por qué amamos a Louise Glück

Cuatro reconocidas poetas le cuentan a Fractura, suplemento literario de APU, por qué hay que leer a Louise Glück, la ganadora del Premio Nobel de Literatura 2020.

Por Norman Petrich | Ilustración: Gabriela Canteros

Hace unas semanas nos enteramos que el premio Nobel de Literatura correspondiente a este año pandémico le fue otorgado a la norteamericana Louise Glück. Para muchos, entre los que me incluyo, fue el primer registro de ese nombre y apellido. Lo que disparó el pensamiento reflejo de “se lo dieron a una desconocida”. Pero pronto los muros virtuales (el lugar que nos queda en estos días de aislamiento para comunicar nuestras novedades) de los y las poetas se llenaron de alegría y poemas de la escritora galardonada. ¿Será que no era “desconocida” sino que era poeta y, sobre todo, mujer?

No buscan estas líneas responder esa pregunta que es sólo un espiar por el ojo de la cerradura de la deconstrucción literaria, o en todo caso, lo que busca es dar unos pequeños pasos por ese camino invitando a otras poetas que sí la leyeron a que nos cuenten por qué es importante adentrarse en el mundo de Glück, o cuál fue la clave que atrajo sus miradas hacia la lectura de los poemas de la norteamericana.

Alicia Salinas, escritora, periodista, comunicadora social y docente que ha publicado cuatro libros de poesía: La sumergida, 2003 (segunda edición virtual en 2016), Gallina Ciega (2009), Tierra (2017) y Teoría de la niebla (2019), nos dice: “Sentí genuina alegría al enterarme de que Louise Glück había ganado el premio Nobel de Literatura, como si existiera una continuidad con cierta vibración vivenciada hace unos cuantos años, cuando me topé con una serie de poemas suyos del libro The Wild Iris. Entonces me convocó su trabajo con la palabra. Esa afinidad que produce la poesía, si bien es una experiencia singular y de alguna manera intransferible, inclina el fiel de la balanza hacia determinadx autor o autora. Aquí la inclinación obedece al registro que Glück hace de una hondura, el cual va labrando con sencillez y despojamiento –este don de los creadores de hacer mucho con poco siempre me resulta valioso y admirable. Acepté el convite cursado con delicadeza para pasar a una habitación donde enseguida me encontré cómoda, aunque al dar el siguiente paso pudiera caer por un abismo. Será algo del tono o de los motivos de sus poemas, por lo que resuenan familiares y, sobre todo, verdaderos. Charlan sin emperifollarse, se resisten a la estridencia y al final hincan el diente. Claro, la pequeña voz del mundo se ha alzado”.

“Mi interés por Louise Glück es muy antiguo”, nos comenta Lidia Rocha, diplomada en Ciencias del Lenguaje, poeta, narradora, ensayista, productora del programa de radio Moebius, con varios libros de poesía publicados. El último, Soltar la Casa, presentado en estos días. “Cuando me llegó un ejemplar de El iris salvaje (1992), yo ya la rastreaba en Internet buscando sus poemas bilingües, especialmente los que han sido traducidos por autoras locales, como María Negroni o Mirta Rosenberg. El iris salvaje está más allá de la vida, un alma interrogándose a sí misma, a Dios, a la naturaleza. Contado como argumento cualquier poema parece poca cosa, algo que cualquiera podría hacer, la gracia reside en el cómo. Aunque muy reconocida en su país, antes del premio Nobel, Glück no era famosa en el resto del mundo, ni siquiera en el anglosajón, pero había conseguido en Argentina un grupo no tan pequeño de admiradores, que nos hemos sentido acompañados por ella, porque nos habla, habla para nosotros, es nuestra. Por la belleza de su escritura, por su profundidad, por su pensamiento enlazado al mundo concreto e inmediato, por su humor también, y por el equilibrio entre sentimiento, por lo certero (en el sentido en que una flecha de en el blanco) de sus palabras. El poema que elegí muestra la condición humana o, mejor dicho, el descaro de la vida, cómo nos arroja a un hambre insaciable y cómo luego nos expulsará".

Para Alejandra Méndez Bujonok, escritora y productora cultural que tiene publicado los libros de poemas Tarde Abedul (2013), Charlas con Chuchúa 2018) y Trece maneras de enfocar otro pájaro (2019), “leer a Louise Glück es adentrarse en el despojo de un lenguaje alimentado de lo más íntimo de lo íntimo, lo familiar. Pero no desde un modo confesional de experiencias grandilocuentes sino desde el repliegue al origen como intento del poner en palabras. Y es encontrar un rasgo identificatorio del modo más directo, más descarnado. Conmueve el trabajo en la crudeza de esa zona sensible del pensamiento. En un tono grave pero minimalista, la poeta va tocando una y otra vez sus vínculos primarios lastimados, aquellos que van a hacernos sentir la oscuridad en lo hondo de las emociones, los miedos infantiles, los odios, los traumas, las mentiras, y las faltas, las pérdidas que son en el sentido de Bataille, la condición para la creación. A veces se escucha su soledad a lo Dickinson, como una forma de libertad. Por eso, todo ese sufrimiento, toda esa incertidumbre tienen una luz, la palabra, y pareciera que con la palabra, busca curarse del desamor. Dice en El iris salvaje: `Al final de mi sufrimiento/ había una puerta´. Devela así, ese acontecer de la poesía que no enseña nada, ni le interesa mostrar nada, que sólo es en acto, en el hacer la trama”.

“La memoria es la materia delicada con la que la poeta hilvana la intimidad de un mundo: uno en el que siempre habrá una isla, un jardín, una casa, una tierra, una vida, una conciencia de estar en el mundo, atenta a sus ritmos y a sus desolaciones”, afirma Julieta Lopérgolo, licenciada en Letras y psicoanalista que tiene publicado los poemarios Para que exista esa isla (2018) y Más lento que la noche (2019). “A través de la contemplación de la naturaleza, de las relaciones que se entraman en `la máquina de la familia´ más allá de la anécdota, los avatares del amor en trance de romperse, el tiempo avanza en una sola dirección pero aun así retorna como recuerdo y sueño, y apunta hacia la infancia, ese `largo deseo de estar en otra parte´. El pasado es lo único que regresa al modo de `un mundo en proceso / de cambio, de construcción o desaparición´. Nunca se está en el pasado. Sin embargo allí se vivía. Imposible constatar lo que uno atesora mientras vive. La poesía de Glück está llena de voces. La propia voz apela a la de otros, para ensayar en ese llamado un modo de conversación, alguna cercanía con los seres y las cosas del mundo a los que confía que su propio lenguaje puede interpelar. El sustento está en todo lo que la rodea. Allí se encuentra, aunque solo sea por instantes, `la inmunidad al tiempo, al cambio´. Los poemas deberían imitar la vida, dice Glück, como los gestos de alguien decidido a crear belleza, austera y decidida, en `la gran oscuridad´ y a conservarla como si se tratara del cuidado de un jardín, un deseo de inmortalidad, compuesto por palabras simples. En la poesía de Glück pensar es algo que sucede, y es quizá el único espacio donde no es necesario temer”.

Para completar este lúcido panorama que nos proporcionan estas cuatro voces, les pedimos que eligieran y nos participaran un poema de Louse Glück. Se los compartimos haciendo coincidir la elección con el orden de aparición de sus reflexiones en esta nota.

El Umbral

Yo quería quedarme como estaba

quieta, a diferencia del mundo,

no en el medio del verano sino en la fase previa

al brote de la primera flor, el momento

en que nada es pasado aún-

 

no en medio del verano, intoxicante,

sino a fines de la primavera, cuando el césped no es alto todavía

al borde del jardín, cuando los tulipanes precoces

empiezan a brotar-

 

como un niño que ronda el umbral, observando a los demás,

los que entran primero,

tensa fusión de brazos, atento a los

fracasos ajenos, las vacilaciones ajenas

 

con la brutal confianza infantil de un inminente poder

preparándose para vencer

esas flaquezas, para sucumbir

a la nada, el tiempo directamente

 

previo a la floración, la época de la maestría

 

antes de la aparición del don,

antes de la posesión.

 

(Traducción: María Negroni)

 

The sensual world
I call to you across a monstrous river or chasm
to caution you, to prepare you.

Earth will seduce you, slowly, imperceptibly,
subtly, not to say with connivance.

I was not prepared: I stood in my grandmother’s kitchen,
holding out my glass. Stewed plums, stewed apricots–

the juice poured off into the glass of ice.
And the water added, patiently, in small increments,

the various cousins discriminating, tasting
with each addition–

aroma of summer fruit, intensity of concentration:
the colored liquid turning gradually lighter, more radiant,

more light passing through it.
Delight, then solace. My grandmother waiting,

to see if more was wanted. Solace, then deep immersion.
I loved nothing more: deep privacy of the sensual life,

the self disappearing into it or inseparable from it,
somehow suspended, floating, its needs

fully exposed, awakened, fully alive–
Deep immersion, and with it

mysterious safety. Far away, the fruit glowing it its glass bowls.
Outside the kitchen, the sun setting.

I was not prepared: sunset, end of summer. Demonstrations
of time as a continuum, as something coming to an end,

not a suspension: the senses wouldn’t protect me.
I caution you as I was never cautioned:

you will never let go, you will never be satiated.
You will be damaged and scarred, you will continue to hunger.

Your body will age, you will continue to need.
You will want the earth, then more of the earth–

Sublime, indifferent, it is present, it will not respond.
It is encompassing, it will not minister.

Meaning, it will feed you, it will ravish you,
it will not keep you alive.

 

El mundo sensual

Te hablo a través de un río monstruoso o un abismo

para advertirte, para prepararte.

 

La tierra te seducirá, lenta, imperceptible,

sutilmente, por no decir con tu consentimiento.

 

Yo no estaba preparada: de pie en la cocina de mi abuela,

sosteniendo mi vaso. Ciruelas en compota, damascos en

compota...

 

el jugo vertido en el vaso de hielo.

Y el agua agregada con paciencia, un poco cada vez,

 

los diversos primos opinando, probando

con cada agregado...

 

aroma a fruta de verano, concentrada intensidad:

el líquido coloreado que se volvía más claro

gradualmente, más radiante,

 

atravesado por más luz.

Placer, después solaz. Mi abuela esperando

 

por si alguien quería más. Solaz, después

ensimismamiento profundo.

Nada amé más: la profunda intimidad de la vida sensual,

el yo fundiéndose en ella o inseparable de ella,

como en suspensión, flotando, todas sus necesidades

 

a la vista, despierto, plenamente vivo...

Ensimismamiento profundo, y con él

 

una misteriosa seguridad. A lo lejos, la fruta reluce en sus

     cuencos de vidrio.

Fuera de la cocina se pone el sol.

 

No estaba preparada: puesta del sol, fin del verano.

     Manifestaciones

del tiempo como un continuo, como algo que lleva a su fin,

 

no una suspensión; los sentidos no me protegerían.

Te advierto lo que nadie me advirtió:

 

nunca bastará, nunca estarás saciado.

Serás herido, quedarás marcado, y querrás más.

 

Tu cuerpo se hará viejo, tu necesidad persistirá.

Querrás la tierra, después más de la tierra.

 

Sublime, indiferente, ahí presente, no responderá.

Te circunda, no te atenderá.

 

Es decir: te alimentará, te cautivará,

no te mantendrá vivo.

 

 (Traducción de Mirta Rosenberg)

 

Círculo quemado

Mi madre quiere saber

por qué, si tanto odio

la familia,

fundé una y la saqué adelante. No le contesto.

Lo que odiaba

era ser una niña,

no poder elegir

a quién amar.

No amo a mi hijo del modo en que pensé que le amaría.

Pensé que yo sería

el amante de orquídeas que descubre

trillium rojo creciendo

a la sombra de un pino

y no lo toca, no necesita

poseerlo. Pero soy

el científico

que se acerca a esa flor

con una lupa

y no la deja,

aunque el sol dibuje un círculo

quemado en torno

de la flor. De esta forma

más o menos,

me quería mi madre.

Debo aprender

a perdonarla,

puesto que soy incapaz

de perdonar la vida de mi hijo.

 

(Traducción de Abraham Gragera)

 

Gracia

Nos enseñaron, en esos años,

a no hablar nunca de buena suerte.

A no hablar, a no sentir:

era un paso ínfimo para una niña

con un poco de imaginación.

 

Y sin embargo se hacía una excepción

con el lenguaje de la fe;

nos entrenaban en los rudimentos de esa lengua

como una precaución.

 

No hablar con arrogancia en el mundo

sino hablar como homenaje, abyectamente, en privado…

 

¿Y si una no tenía fe?

Si una creía, ya en la infancia, solamente en el azar…

 

¡qué palabras tan potentes usaban los maestros!

Desgracia, castigo: muchos

preferíamos quedarnos mudos, aun en presencia de lo divino.

 

Nuestras voces eran esas que se alzaban en lamentos:

contra las crueles vicisitudes.

Nuestras eran las sombrías bibliotecas, los tratados

sobre la aflicción. En la oscuridad, nos reconocíamos

mutuamente;

veíamos, en la mirada de otros,

la experiencia nunca expresada en palabras.

 

Lo milagroso, lo sublime, lo inmerecido:

el simple alivio de despertarse una vez más a la mañana…

sólo ahora, a las puertas de la vejez,

nos atrevemos a hablar de esas cosas, o a confesar,

con entusiasmo,

incluso nuestras más pequeñas alegrías. En cualquier caso,

pronto desaparecerán: nuestras vidas son aquellas

en las que este saber llega de regalo.

 

(Traducción: Mirta Rosenberg)