fbpx “La bestia ser”, el libro que colocó a Susana Villalba entre las grandes voces de la poesía argentina | Agencia Paco Urondo | Periodismo militante
Fractura //// 26.12.2021
“La bestia ser”, el libro que colocó a Susana Villalba entre las grandes voces de la poesía argentina

Un perro, un árbol, una piedra y sus monólogos en cuyos roces cabe todo un universo.

Por Norman Petrich

En El Gualeguay, Juan L. Ortiz hace hablar al río para contarnos la historia de la zona y (por qué no) del país, con una mirada descentralizada. Son sus aguas las que nos van contando lo que ven y cuando no pueden hacerlo son otras aguas que acercan los rumores como si fueran oleajes para anoticiarnos qué sucedió en lugares lejanos.

Susana Villalba usa una transmutación parecida en La bestia ser (Hilos Editora, 2018), donde se despoja del hablar y el pensar humano para “hacerlo” desde la mirada de un perro, de un árbol y de una piedra. La épica del entrerriano es trastocada aquí en filosofía existencial. Pero desbordada por un lenguaje poético que nos toma por sorpresa para no soltarnos ni siquiera en el final.

Para ello articula una serie de monólogos que si bien no dialogan directamente, se rozan en sus intenciones. Se tocan en sus anhelos, en sus imposibilidades, en el deseo de ser en el otro.

“como dios/ soy la memoria/ de lo que no perdí/ pero debo encontrar”, dice el árbol, el que nunca conoció ser otra cosa, el que sabe que “el viento es el desierto/ no la arena”, el que ES estando.

El perro salta a su alrededor y “nunca cae hacia el cielo”. Salta “como loco hasta el límite de su cuerda”, se queja de su suerte de no ir a ninguna parte y no ser árbol, descubre las enormes diferencias en aquello que se parece: “atado soy un espectáculo/ miserable/ sujeto a la tierra/ el árbol es majestuoso”.

La piedra apenas habla y no necesita decir mucho más. “al fin la noche/ me alivia/ de la responsabilidad/ de la sombra”. Su quietud está allí para dar forma a las otras cosas, su amor es eterno como la soledad. Después de todo, “soñar sin perderse es un arte”.

El árbol ve al perro saltar a su alrededor sabiendo que no comprende su inmovilidad. Sabe que “la soledad/ siempre es con otro”. El perro sabe que es imposible “amar a un árbol/ pero enamorarse es eso”. “Extraño el perro que no soy”, dice el árbol. El perro tiene celos de la tierra que retiene al árbol, celos de su infinito, sabe que aunque esté quieto no lo puede atrapar.

¿Cómo es que puede haber diálogos casi tan perfectos sin que existan, sin que se lleven a cabo como tales? Estos monólogos se huelen, se lamen las heridas, se dan sombra como si supieran lo que está diciendo el otro, lo que aumenta su belleza. Como si pudieran crecer aún más en esa imposibilidad; como si eso fuera algo a lo que hay que arriesgarse, pero también de lo que hay que tener cuidado. “Después de todo, enamorarse es eso”, seguro me responderían sin hacerlo.

“No es el lenguaje lo que habla sino su descarrilamiento”, dice Villalba y es algo que pone constantemente en juego en este libro. El árbol se mueve en los pájaros que de él se despegan, el perro se acerca a las aves porque huelen a árbol, y las piedras que fueron arrojadas hacia ellos saben que el tiempo es la forma. No son sólo en sí, sino en sus extensiones, en las suyas y en las de sus soledades compartidas.

Y de ese compartir, el hombre queda afuera. Sus imposibilidades no se acoplan al diálogo sordo de las bestias, queda excluido creyendo que no, creyendo que se ES con él. El árbol sabe que el humano advierte su presencia, pero “en silencio/ no saben si existen/ quietos/ no saben si están”. Y que “la vida pasa/ por los hombres/ como el viento/ por mis hojas”. El perro trata de protegerlo de los “animales humanos”, sabe que “cuando un animal/ se vuelve loco/ de universo/ empieza a hablar”. El habla es lo que no les deja comprender eso que llevan escrito adentro desde el nacimiento. Ni siquiera puede entender la eternidad de la piedra, esa “grieta de dios”. Su deseo no es el “cordón umbilical que lo conecta con el mundo”. Por eso corre sin saber a qué le ladra, desea volar sin saber de dónde despega, y no puede rozar la eternidad que le regala la quietud de la piedra.

Susana Villalba nació en Buenos Aires, Argentina, en 1956. Es poeta, dramaturga, crítica teatral y gestora cultural. Integró el Consejo de redacción de la revista Último Reino; dictó talleres literarios de cine y literatura, de poesía y fotografía, en la Facultad de Filosofía y Letras de la U.B.A. Cursó la carrera de dramaturgia y distintos seminarios de cine. Recibió la Beca Guggenheim 2011 (en Poesía) y el 2do Premio Municipal de Buenos Aires 2004/5 (Poesía édita). Es Asesora Artística de la Dirección del Libro, Bibliotecas y Promoción de la Lectura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Creó y dirigió la Casa de la Poesía de la Ciudad (1999), la Casa Nacional de la Poesía (2000) y los Festivales Internacionales de Poesía de dichas instituciones. Escribió y dirigió las obras teatrales Corazón de cabeza, Feria americana, Obsidiana, La muerte de la primogénita, La voz de la luz y Mi noche ideal. Realizó diversas performances con video y objetos, entre ellas Formatos de Julietas, en Haroldo Conti; y La voz de las piedras. Dicta la materia Poesía en Dramaturgia para la Maestría en Dramaturgia de UNA. Dirige la Casa de la Lectura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Libros de poesía publicados: Oficiante de Sombras (1982), Clínica de muñecas (1986), Susy, secretos del corazón (1989), Matar un animal, (1995 en Venezuela, 1997 en Argentina), Caminatas (2000), Plegarias, (New York, 2002) y La bestia ser, publicado en 2018, libro por el que obtuvo el Premio Nacional de Poesía, en 2019. Hace meses publicó su novela (o “poema gordo”, como también la suele llamar) La luna en harapos.

En 2017, en unos de los viajes que realicé a Ciudad de Buenos Aires, me junté con unos amigos poetas y nos fuimos a presenciar un ciclo en el que leía, entre otros y otras, Susana Villalba. Ella leyó varios de los poemas/monólogos que conformarían este libro, aún inéditos. Estaba enloquecido. Quería que se publicaran ya. Luego le perdí el rastro y me enteré (poco tiempo antes del confinamiento pandémico duro) gracias a una conversación con otra poeta, que ya había sido editado. Así que esta reseña es para saldar una deuda. Con una escritora que se ha metido entre los grandes de la poesía argentina. Y con un libro que, definitivamente, la colocó en ese lugar. Al que considero uno de los mejores de lo que lleva este siglo. Y si no soy más taxativo es por esa posibilidad latente que existe en esos libros que no llegamos a leer.

“No soy de las poetas que le gustan a todo el mundo, me gusta arriesgar”, afirma en una entrevista al diario La Nación. De apuestas como esas nació La bestia ser. Quienes todavía nos sentimos interpelados por la palabra poética que le escapa a los minimalismos, más que agradecidos.