Elogio del poeta feliz: Ral Veroni, por las tierras de Al Pedín
I
Borges solía decir que la poesía era una de las artes especialmente propicias para la desdicha y la pérdida. Agregaba, ante un auditorio madrileño, que la propia literatura española, en mil años de existencia, sólo había producido un poeta feliz o al menos capaz de cantar a la felicidad, y ese poeta era Jorge Guillén. Obviamente, exageraba. Pero lo cierto es que, en nuestra sensibilidad, la poesía nos remite a dolor o melancolía; incluso géneros tan arcaicos como la sátira lo que hacen es maltratar un universo oscuro, sinuosamente trágico. Sucede como en el cine: en el fondo, las creaciones de Fellini pueden ser tan desgarradoras como las de Bergman.
Concordes, pues, con que el poeta feliz, -o la poesía feliz-, son la excepción a una regla no necesariamente escrita, es innegable que estas pampas asilvestradas han producido un número no desdeñable de esas anomalías. Podemos retroceder a Estanislao del Campo, subir por Oliverio y Macedonio, detenernos en los hermanos Lamborghini… y el avispado lector sin duda dará con otros ejemplos. Nosotros, por lo pronto, queremos detenernos en una rara avis, un señor alto, barbudo y desgarbado, artista plástico, maestro impresor como su padre, grabador, editor, creador de logias inverosímiles nada secretas, librero anticuario, performer y, cómo no, poeta.
Se llama Ral Veroni, muy conocido en ciertos círculos como muy desconocido lo es en otros. No ha sido canonizado, felizmente, ni por la Academia, ni por Puan, ni por Hablar de poesía, ni se integró a secta alguna como la de los Aulicino Boys. Lo cual, por supuesto, tiene costos y beneficios; entre estos últimos, el derecho a ser él mismo: suyos los méritos, suyas las metidas de pata.
Que lo hayamos presentado como multiplex et multiforme no implica que estemos ante una maraña en cortocircuito. Sabe integrar saberes y placeres, artes y oficios en un todo coherente, aunque haga de la incoherencia su objeto de culto. Si de esa integración extraemos para esta nota su poesía, es a modo de artificio; no debería ser separada ni de su plástica ni del libro como bello objeto físico. No será Walt Whitman, “un cosmos, hijo de Manhattan”, pero es un cosmito de los barrios porteños y de las pampas circunvalantes. Más importante aún: es un creador de cosmos, una suerte de hacedor de un legendarium totalizador, a lo Tolkien, pero menos glamoroso. No ha sabido crear elfos, orcos, hobbits o deidades como Ilúvatar, pero en su lugar nos deja una geografía fantástica que se parece mucho a la nuestra, poblada de Entidades no tan sofisticadas como los entes aristotélicos, y Efímeros, suerte de duendes chocarreros bastante simpáticos. Ese legendarium muta de un libro a otro; un personaje menor adquiere vida propia, otro se desintegra, otro cambia de función. A abstracciones bastante pueriles pueden sumarse también actores de solidez más comprobada, como lombrices, horneros, cóndores y demás bicherío. Y sobre ellos rige el Absurdo, única manera posible de estudiar la teodicea por estos lares, y Al Pedín, suerte de flatulencia cosmogónica y “adalid de las causas inútiles”.
II
Gran parte de la poesía de Ral Veroni, poeta harto caudaloso, sigue inédita o dispersa en fanzines, hojas plegables, efímeras, plaquetas. Estas últimas suelen ser de tiraje limitadísimo, a veces con ilustraciones originales y únicas, y plasmadas en antiguos y exquisitos papeles que heredó de su padre. Son, digamos, material para bibliófilos. Si no nos equivocamos, en formato libro tenemos cuatro obras, que a veces compilan textos publicados en otros formatos. Ellas son: Teatrito rioplatense de entidades, Adriana Hidalgo, 2013, con arte del autor y curaduría de Flavia Costa; San Martillo, Urania, 2022; Apocalipsis de Platinia, íd., íd., con arte de Cintia Vietto; Caro cosmos rioplatense, Mochuelo Libros, 2022, con arte de Teresa Arce. No desentrañaremos la mitología susodicha que los atraviesa; no podemos detenernos, ni aunque quisiéramos, en cada uno de ellos. Así que lo haremos en San Martillo que, para bien o para mal, es nuestro favorito.
En San Martillo Ral Veroni hace reír a la historia argentina, desde el Virreinato hasta el fin del menemismo. Pero lo hace de una manera mucho más compleja que mediante el simple chiste. Su humor nace del cruce de varias tradiciones literarias reconocibles: la poesía gauchesca, la parodia de los documentos históricos, la deformación carnavalesca de los nombres propios y, en un estrato más profundo, esa tradición rioplatense del absurdo que sabe que la realidad puede ser más disparatada que cualquier invención.
El procedimiento comienza ya en el título. San Martillo parece una errata, una deformación oral o el nombre de una localidad inexistente; en realidad anuncia una operación que el libro llevará a cabo sistemáticamente: tomar la historia argentina y pasarla por una máquina de desfiguración lingüística. San Martín se vuelve San Martillo; los próceres, militares, escritores y personajes históricos reaparecen transformados, desplazados apenas de su nombre verdadero, como si el documento histórico hubiese sido copiado por alguien que no termina de dominar la lengua en que está escrito. El resultado no es una historia alternativa en sentido estricto, sino una historia que ha perdido su solemnidad y, con ella, la obligación de comportarse como historia.
Aquí la relación con la poesía gauchesca resulta fundamental. No solamente porque San Martillo adopte ocasionalmente sus metros (pésimamente), su oralidad o sus inflexiones, sino porque recupera algo más profundo de aquella tradición: la posibilidad de contar la historia desde una voz que simultáneamente la conoce y la deforma. La gauchesca fue, entre otras cosas, una extraordinaria máquina de apropiación de discursos ajenos. El gaucho podía hablar de política, de guerras, de autoridades, de leyes y de acontecimientos nacionales sin hacerlo exactamente en el idioma de la Historia. Esa distancia producía comicidad, pero también una forma peculiar de conocimiento.
Veroni trabaja sobre ese mecanismo y lo lleva hasta la caricatura. Sus personajes históricos parecen haber sido recuperados por una memoria popular que los recuerda mal, los confunde, los rebautiza y los transforma en personajes de cuento. Pero ese “mal recuerdo” es precisamente una de las fuentes de la poesía. El libro no corrige la deformación: la convierte en procedimiento de composición.
Por eso resulta importante que el humor de San Martillo no sea simplemente humor de situación. Muchas de sus situaciones serían menos eficaces si no estuvieran acompañadas por una constante sospecha acerca de la manera en que se escribe y se conserva la historia. El libro inventa documentos, testimonios, versiones, genealogías, episodios y explicaciones con una seriedad deliberadamente desproporcionada. La parodia documental funciona porque imita los protocolos de la verdad histórica: nombres, fechas, relaciones de parentesco, batallas, autoridades, testimonios, versiones transmitidas. La falsedad, o la verdad a medias, o incluso la verdad completa, adquieren así la apariencia de archivo.
En algunos pasajes, el efecto cómico proviene precisamente de esa contradicción. Se nos ofrece algo que parece requerir la autoridad de un documento para ser creído y que, sin embargo, cuanto más documentalmente se presenta, más absurdo resulta. Es una especie de historiografía apócrifa llevada al poema. El libro inventa no solamente acontecimientos, sino también la documentación que permitiría acreditarlos. Y juega con tradiciones de las historiografías “reales”: la liberal y los infinitos revisionismos que rechazan una supuesta historia oficial a la vez que se desgarran entre sí. Del revisionismo se podría decir lo que Veroni dice de nuestros nacionalismos: hay un nacionalismo distinto por cada nacionalista; hay un revisionismo por cada revisionista metido a revisar lo revisado.
La operación tiene una consecuencia importante: la Argentina de San Martillo no es únicamente un país imaginario, sino una parte del ya mentado legendarium. Los próceres dejan de ser figuras históricas para convertirse en criaturas de una mitología nacional torcida. Los nombres deformados producen seres nuevos, aunque conserven todavía la sombra del personaje original. La historia ya no se organiza según la sucesión de acontecimientos verificables, sino según una lógica semejante a la del mito, la leyenda oral y el relato popular.
Y allí aparece una de las mayores virtudes del libro: la coexistencia de dos registros que normalmente tendemos a separar. Por un lado, la precisión paródica del documento; por otro, la libertad fabuladora de la poesía. San Martillo puede comportarse como un archivo y, en la página siguiente, como una tradición oral transmitida durante generaciones. Puede inventar una genealogía con la solemnidad de un historiador y convertirla inmediatamente en una escena absurda.
Esto acerca el libro a una tradición rioplatense más amplia. Hay en él algo del absurdo que en nuestra literatura nunca necesitó declararse completamente surrealista para producir mundos en los que las categorías ordinarias dejan de funcionar. El absurdo rioplatense suele tener una relación peculiar con la burocracia, el lenguaje, la historia, las instituciones y la vida cotidiana: no necesita inventar un universo completamente fantástico porque le basta con desplazar ligeramente las reglas del mundo conocido. Lo extraordinario aparece cuando una situación perfectamente reconocible continúa desarrollándose con una lógica apenas equivocada.
En “San Martillo” Ral Veroni hace reír a la historia argentina.
En San Martillo, ese desplazamiento alcanza incluso a las abstracciones. Tiempo, Destino, Absurdo, Olvido, Dolor, Injusticia dejan de ser solamente conceptos y adquieren una existencia casi física, como personajes capaces de intervenir en el mundo. El procedimiento recuerda que el absurdo comienza muchas veces cuando una palabra abstracta es tomada literalmente. Veroni hace exactamente eso: si existe el Destino, habrá que encontrarlo; si existe el Tiempo, tendrá alguna genealogía; si existe el Absurdo, deberá ocupar un lugar en la historia. Así, la metafísica termina convertida en folklore.
La aparición de Tiempo y Destino es particularmente reveladora: su origen mismo puede ser narrado como si se tratara del nacimiento de dos personajes dentro de una cosmogonía. Más adelante, ambos pueden encontrarse en un espacio tan material y concreto como el Aconcagua. La operación es cómica, pero también poética: el libro transforma conceptos en criaturas y la historia en mitología. Y nunca ¡felizmente! en alegoría.
En ese universo, Al Pedín ocupa un lugar central. Su nombre ya parece contener una historia: alguien que anda al pedo, alguien que está perdido, alguien que no termina de encontrar el sitio que le corresponde. Su trayectoria está atravesada precisamente por la pérdida y el extravío, hasta desembocar en esa frase que funciona casi como contraseña existencial: “Es que me perdí”. Al Pedín no es simplemente un personaje cómico. Es, en cierto modo, el habitante perfecto de esta Argentina desaforadamente deformada: un sujeto que atraviesa la historia sin terminar de comprender dónde está, pero que precisamente por eso puede aparecer en todas partes.
La gauchesca proporciona entonces una lengua; la parodia documental, una falsa autoridad; el absurdo, una lógica; y el humor, la posibilidad de mantener juntas esas cosas sin convertirlas en sistema. San Martillo no pretende reemplazar la historia argentina por otra historia verdadera. La desacomoda. La hace pasar por el habla popular, por el cuento, por la leyenda, por el documento apócrifo y por el disparate. Y en ese tránsito descubre algo bastante incómodo: que la historia oficial ya contenía una cantidad considerable de absurdo antes de que el poeta viniera a exagerarlo.
Veroni no necesita solventar una tesis histórica: le alcanza con desplazar sus piezas, cambiar sus nombres, alterar sus proporciones y dejar que la propia lógica del relato produzca su caricatura. Algo semejante ocurre con episodios militares que adquieren una apariencia casi documental y, justamente por su minuciosidad, terminan resultando cómicos.
Esa es quizá la particularidad más interesante de su humor. No se ríe desde afuera de la historia argentina: se ríe desde adentro de sus formas narrativas. Conoce el tono de la proclama, la retórica patriótica, la voz gauchesca, el documento, la genealogía, la biografía, la leyenda y el relato oral, y los hace colisionar. De esa colisión surge una Argentina improbable que, sin embargo, resulta extrañamente reconocible.
Sin embargo, podría surgir una objeción. Veroni no mira esa historia desde una torre de marfil; a lo sumo, desde un nido de hornero o de carancho. Pero a fuerza de tanta mordacidad uno puede preguntarse: ¿se juega el poeta por alguno de los personajes más o menos maltratados, se juega por alguna de las ideologías barajadas, o estamos ante una suerte de l’art pour l’art construido a fuerza de nuestros bochornos? El lector deberá dar la respuesta, de haberla o de interesarle la cuestión. Al cabo, aunque casi ignorado olímpicamente por la prensa especializada, San Martillo es lo más parecido que por acá se ha producido a un Canto general nerudiano, claro que en un registro absolutamente diferente, y felizmente sin aplausos a Stalin.
Lo innegable es que el libro consigue algo que no siempre consigue la poesía humorística: que la risa no clausure el sentido. Detrás de los nombres deformados, de los próceres convertidos en personajes, de las batallas absurdas y de los documentos imposibles permanece una historia real, cargada de violencia, derrotas, proyectos políticos, exclusiones y pérdidas. El humor no la borra. La vuelve a poner en circulación bajo otra forma.
Quizá ésa sea la verdadera invención de San Martillo: no una historia paralela, sino una memoria nacional capaz de recordar equivocándose. Una memoria que mezcla el archivo con el cuento, al prócer con el personaje de historieta, la gauchesca con el absurdo, el documento con la invención. Una memoria que sabe que toda historia nacional necesita fabricar sus héroes, sus monstruos y sus leyendas, y que decide fabricar también sus propios disparates.
Y allí, entre la historia y su caricatura, entre la gauchesca y el absurdo, entre el documento apócrifo y el poema, aparece Al Pedín: perdido, perplejo y, sin embargo, todavía en pie.
Dos palabras sobre los recursos formales. A Veroni le salen muy bien las onomatopeyas, los falsos pleonasmos, las aliteraciones, los encabalgamientos, los calambures, los retruécanos. A Veroni le sienta el verso libre, a veces con base en el eneasílabo u otros metros. Increíblemente, le sale muy mal el metro natural del castellano, el octosílabo o romance, tan caro al pueblo llano español del Medioevo como a la gente de nuestras campañas. En esas cuestiones, Al Pedín no ha sido generoso con él: le ha otorgado una toscanidad auricular galopante, que el peor payador de Tierra Adentro podría detectarle incluso después de cinco cañas y ocho ginebras. Quizás lo mejor sea no reintentarlo; no se necesita jugar a ser pueblerino, y sí proseguir con el verso libre sin remordimientos.
No una historia paralela, sino una memoria nacional capaz de recordar equivocándose.
III
Que el feliz Veroni pueda seguir haciéndonos felices con sus creaciones, es algo que deseamos con fervor. Es cierto que un mundo como el presente, mileísmo incluido, puede aplastar al poeta mejor plantado. Pero si San Martillo no miente, el Absurdo del presente también será una racha. Quizás nos extingamos, quizás resucitemos. Si se da lo segundo, ojalá la poesía de Veroni siga allí.