Instrucciones para maltratar a Borges: a propósito de la edición de su “Curso de literatura inglesa y norteamericana”

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POLÉMICA NOVEDAD

Instrucciones para maltratar a Borges: a propósito de la edición de su “Curso de literatura inglesa y norteamericana”

30 Agosto 2026

I

Al menos unas once veces, quincenas de por medio, Jorge Luis Borges viajó a Mar del Plata para dictar clases de literatura inglesa y norteamericana en su universidad. Corría el año 1966, y a mitad de camino se produjo el golpe militar que dio inicio al onganiato, el período quizás más conservador, puritano y fachicatólico de la historia argentina, pese a los nuevos aires del Concilio Vaticano II, que aquí llegaban enrarecidos. La Universidad de Mar del Plata no era pública y nacional como hoy, sino católica y recién parida. Por presiones curialescas contra tamaño hereje u otras razones, lo cierto es que Borges interrumpió su cátedra por septiembre, dejando sin impartir unas tres clases. Sus alumnos eran oficialmente pocos pero entusiastas; muchos ignoraban el inglés. Y a ellos se sumaban cada vez más oyentes libres. Las clases podían durar hasta tres horas, intermedios mediante.

A diferencia de otros casos, no se salvaron por grabaciones magnetofónicas, sino por transcripciones grupales; en los archivos de una de las alumnas se conservó el ciclo completo, salvo, naturalmente, la primera lección, dedicada probablemente al análisis del Beowulf, y obviamente las que no se dictaron.

Reunidas en libro, aparecieron hace unos meses bajo el título Curso de literatura inglesa y norteamericana: Universidad de Mar del Plata, 1966, en los distintos sellos del holding Penguin & Random House. La edición está a cargo de Mariela Blanco, responsable de unas no muy claras reglas metodológicas ubicadas en el prólogo; las notas, casi 700, son de Germán Álvarez.

II

El curso es de gratísima lectura, aunque tal vez no tanto como el recogido en Borges profesor, dictado en la UBA ese mismo año de 1966 y editado hace ya un tiempo. Sólo que el que reseñamos pretendía abarcar la totalidad de la historia literaria inglesa y yanqui (aunque ésta, apenas llegó a rozarla), mientras el Borges profesor se concentra en el Alto Medioevo, saltea unos cuantos siglos, y aterriza en el Romanticismo. Otra diferencia a destacar: el curso de la UBA contó con una magnífica curaduría, a cargo de dos Martines, Hadis y Arias. En cuanto al nuestro… volveremos sobre ello.

Que las literaturas anglófonas fueron las favoritas de Borges, no hay quien lo dude; eran las de sus ancestros, y las de la lengua de su infancia. Por eso, un mediano conocedor de la obra borgeana oirá resonar en estas páginas, y vez tras vez, ecos de sus ensayos monográficos sobre distintos escritores, de los manuales escritos en colaboración que dejó sobre literaturas germánicas medievales, inglesa y norteamericana, incluso de cuentos, poemas y textos misceláneos.

Quien quiera hallar nuevas claves de su anglofilia en estas clases densas, eruditas y a la vez pedagógicas y risueñas, difícilmente las encuentre. Quizás le sorprenda la acendrada presencia de autores no muy habituales en otras partes de su corpus, como Geoffrey Chaucer o Christopher Marlowe. O la ausencia de otros, como Defoe, Shelley, Keats, Wilde. Pero lo apretado del programa explica el necesario recorte, y su propio hedonismo como lector torna natural que se detenga en sus siempre revisitados favoritos: Samuel Johnson, Stevenson, Kipling, Chesterton… Hay clases brillantes, como la que dedica a los poetas metafísicos del XVII; las hay francamente anodinas, como la que se centra en los prerrafaelistas –pero donde encontramos, a su vez, una inesperada sorpresa: un cuasi elogio de su detestado Federico García Lorca.

Lamentablemente, tampoco faltan los furcios, y de los gruesos: la genialidad de los memoriosos es proclive a estos vicios. Por ejemplo, nos dice que el legendario rey Arturo es una creación de la Bretaña francesa, no de las islas británicas. Y no: más allá de la apropiación bretona, Arturo ya aparece en textos galeses de los siglos X u XI, toma formas clásicas en la Historia de los reyes de Britania con Godofredo de Monmouth en el XII, penetra en la poesía aliterativa anglosajona, y tiene su cierre grandioso con La muerte de Arturo de sir Thomas Malory, ya en el XV. Otro ejemplo: relaciona las ruinas neolíticas de Stonehenge, del 3000 a.C., con la religión de los druidas, casi tres milenios posterior… El lector dará cuenta de otros anacronismos. Extrañamente, ninguno de ellos va esclarecido en las notas. Y las notas sí que merecen atención aparte.

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Tapa de curso de literatura inglesa y norteamericana

III

Maltratar a Borges es uno de los vicios más inveterados de todo argentino que se supone ilustrado. Maltratarlo por su anglofilia pero también por su malevofilia. Maltratarlo por almorzar con Videla, pero también por firmar petitorios de las Madres en la hora más atroz de la Dictadura. Maltratarlo por gorila o por no ser lo suficientemente gorila. Por no ser nacionalista, pero también por tratar temas nacionales, como el de los cuchilleros zaparrastrosos. Por ser un intelectual demasiado frío, pero también por mostrar ardores inesperados. En algún momento de la historia, se discutió tanto sobre Borges como sobre Messi. Y sin haberlo leído: bastaba la revista Gente y otras por el estilo. Hasta ahí, todo normal.

La paradoja es que lo maltraten sus propios editores. La publicación de sus Obras completas es un desastre; y peores aún, con raras excepciones, son los modos azarosos de tratar los conjuntos de textos no incluidos en esas Obras completas. Sobre este drama, las quejas vienen múltiples, y hasta hay tesis doctorales al respecto: la falta de ediciones criticogenéticas; el acceso imposible a la versión primigenia de sus primeros poemarios; el caos, más que laberinto, que reina a la hora de reunir sus artículos, conferencias, cursos y misceláneas ajenas al canon que el propio Borges armó.

Los criterios editoriales son tan variopintos que termina por no primar ninguno. Nosotros mismos nos quejamos en este medio a propósito de la edición de su Curso de literatura argentina, curada por Nicolás Helft. Con tristeza, tenemos que ampliarnos y repetirnos.

El prólogo del presente curso es más que oscuro sobre los criterios seguidos. Pero el colmo está en las notas. Dijimos que son unas 700; pero realmente útiles, solo nos queda una cincuentena. Primero, su autor se complace en citar como fuente secundaria casi exclusiva, y una y otra vez, su propio libro en coautoría con Laura Rosato, una bibliografía, por cierto muy valiosa, sobre las marcas y apostillas que Borges dejó en las páginas de cortesía (las en blanco, las de atrás) de buena parte de sus libros. Así que el lector deberá soportar casi como un mantra, y no de los mejores, la nota “Cfr. Rosato y Álvarez, op. cit., p. x”. A veces la cita ni siquiera está bien hecha: ¿el colmo de un bibliógrafo será no saber bibliografiarse a sí mismo? Otras fuentes secundarias pertenecen a la prologuista, cosa de que todo quede en familia. Ahora bien, si el paciente lector sobrevive a este brote narcisista desbordante, descubrirá pronto que no está preparado para leer el resto del aparato de notas, a menos que sea un inveterado políglota.

La buena acción del anotador ha sido localizar muchas (no todas) de las citas y alusiones literarias mentadas por Borges. El problema es que las pone solo en la lengua original, sea anglosajón, Middle English o inglés moderno; sea alemán, francés o italiano, y siempre en un abanico que va de la etapa medieval a la contemporánea. Así que el lector no solo deberá ser políglota: deberá conocer toda la historia de esas lenguas, porque el anotador ha decidido no traducir jamás, jamás dar una mano.

Una política inversamente proporcional a la generosidad de verdad erudita de Borges, que hacía un esfuerzo ingente para que los alumnos que ignorasen el inglés pudieran seguir y disfrutar del curso. Así que tenemos el ya proverbial hedonismo lector de Borges por un lado versus la pedantería de su anotador por el otro. Y eso no es todo.

El “original” de François Rabelais ¡lo cita en inglés (sic)! Y ya obtenemos un Gargantúa nacido del otro lado del Canal de la Mancha. Para explicar la etimología de la Utopía de Tomás Moro, nos dice que es una mezcla de griego y latín, que el sufijo “–ía” es latino, cuando es puramente griego, como el resto de la palabra. Se ve que las lenguas clásicas no son el fuerte del anotador, y mucho menos las orientales.

Es una suerte que haga una excepción a su método citatorial con el hebreo del Antiguo Testamento o el árabe de Las mil y una noches: tendríamos notas con un montón de caracteres adicionales, de yapa escritos al “vesre” como es de público conocimiento, que hubieran aumentado notablemente el malhumor de maquetadores y diseñadores.

Las desprolijidades no terminan ahí; las normas nuevas en el uso de mayúsculas y minúsculas son obviadas completamente en la transcripción. Cuando se citan versos al pie de página separados por barras, se olvida la pauta de que esas barras deben ir precedidas y seguidas de espacio, y no solo por regla: por guardar una amabilidad básica para con el lector que no quiera sufrir apelotonamientos visuales, y por respeto a la maltratada ars typographica. Las erratas abundan;  ¿proceden de la transcripción original, o del proceso editorial? Los hermanos Manuel y Antonio Machado son fundidos en una entidad singular, previsiblemente llamada Manuel Antonio: nos recuerda al Dios del cuento “Los teólogos” de Borges, que confunde a los hasta ayer enfrentados a muerte Aureliano y Juan de Panonia en una sola persona. Al escritor griego Luciano de Samosata se lo hace escribir en latín: ¿confusión con Lucano? Y una vez más, otros casos habrá para que el leedor se entretenga.

Felizmente, las citas de Quevedo quedaron en español.

Que la deidad-tigre de “Las ruinas circulares” se apiade de la soberbia académica o seudoacadémica, y sobre todo de sus víctimas lectoras. Sabemos que en agosto aparece otra exhumación borgeana, las Conferencias reunidas: 1960-1985, con curaduría de Sara Luisa del Carril.

Seguimos rezando a la divinidad atigrada.