fbpx La Casa de Papel: ¿hasta cuándo se puede estirar una serie sin que se convierta en rehén de sí misma? | Agencia Paco Urondo | Periodismo militante
Entretenimiento //// 10.04.2020
La Casa de Papel: ¿hasta cuándo se puede estirar una serie sin que se convierta en rehén de sí misma?

Con el reciente estreno de la cuarta temporada, la serie española de Netflix volvió a confirmar su popularidad y aceptación a nivel mundial. Pocos días después ya había anunciado una quinta y sexta entrega. En este contexto, la producción pendula entre su rotundo éxito y la avaricia de seguir agregando temporadas sólo por su fama.
 

Por Diego Moneta

El pasado 3 de abril La casa de papel estrenó su cuarta temporada. Rápidamente, se convirtió, otra vez, en lo más visto de Netflix. Situación que se repitió con un especial que analiza el fenómeno mundial que representa la serie. Pero, ¿cuánto más se puede estirar el producto sin caer —si no lo hizo aún— en la avaricia de la renovación constante?

La premisa que estructura la serie es conocida. Sergio Marquina (Álvaro Morte), alias “El profesor”, se propone lograr el mayor golpe en la historia de los robos: reclutar a un grupo de criminales que no tenga nada que perder, ingresar a la Fábrica Nacional de la Moneda y Timbre, y mantenerse adentro lo suficiente como para conseguir fabricar 2.400 millones de euros. Al finalizar la segunda temporada, la trama principal varía y el objetivo pasa a ser asaltar el Banco de España para hacerse con el oro que se encuentra dentro de la cámara acorazada. En la actualidad, la serie ya confirmó una quinta y sexta temporada; sin asomarse, por ahora, la idea de un cierre definitivo.

La casa de papel se estrenó el 2 de mayo de 2017, producida por Atresmedia y Vancouver Media para la cadena española Antena 3, que distribuyó las dos primeras temporadas en España. La primera entrega tuvo niveles aceptables de audiencia, pero a partir de la segunda todo se vino a pique. La serie fracasó y se canceló. A fines de ese mismo año, Netflix adquirió los derechos y subió el contenido con los capítulos re-editados (originalmente duraban más de una hora), para convertirlos en piezas de, más o menos, 40 minutos.

Los protagonistas cuentan que ni siquiera se había publicitado la incorporación de la serie a la plataforma. Sin embargo, se volvió un fenómeno mundial, hasta convertirse en la producción de habla no inglesa más vista alrededor del globo. Una vez que había explotado su éxito, Netflix ordenó una tercera temporada. Los actores pasaron del anonimato a la masividad. El show se globalizó en todo sentido.

La recepción de la audiencia condujo a distintas apropiaciones. Por un lado, utilizaban las máscaras y la vestimenta característica, en carnavales, protestas y todo tipo de eventos. Por otro lado, se dice que “inspiró” algunos robos, sobre todo a bancos.

Tuvo dos puntos culmines: el premio Emmy internacional a "Mejor drama" en 2018 y la celebración de los migrantes rescatados en el barco español Open Arms, tras llegar a la tierra de Italia luego de 19 días, cantando Bella Ciao. Sin embargo, la cuestión más importante es que La casa de papel es el primer caso exitoso en donde se logra trasladar la fórmula de las películas de robos al formato serie. Pero la pregunta se instala otra vez: ¿cuánto se puede estirar la idea de un robo sin caer en la repetición constante? Como pasó con The Walking Dead y Blindspot, entre otras series.

De todas maneras, si el producto es exitoso es porque hay factores que contribuyen a ello. El primer punto fuerte es el desarrollo de los personajes. El juego entre el presente y el pasado permite presentar historias de vida y explorar el porqué de sus emociones. Todos tienen algo característico: Berlín (Pedro Alonso) y su lado villano, la impredecible montaña rusa que es Tokio (Úrsula Corberó), el feminismo de Nairobi (Alba Flores), por nombrar algunos ejemplos. Exceptuando los momentos en que alguno pierde peso (por acierto o error del guión), la totalidad de los personajes completa un arco bien marcado en su desarrollo.

Además, la serie logra que el espectador no se relaje. Se vuelve impredecible, apelando a cambios repentinos y moviéndose entre la calma y la tensión. Combina lugares comunes con giros inesperados, complementados con un elemento central: la historia gira en torno a una cuenta regresiva. Todo debe resolverse en el menor tiempo posible, lo que da pie a situaciones frenéticas. Por otro lado, en el medio de un robo de tal magnitud, nadie se niega a mostrar sentimientos pasionales. La serie mezcla, con éxito, la típica acción “esperada” con momentos marcados de intimidad.

A pesar del grado de complejidad y locura que implican los asaltos, casi nunca se pierde la veracidad. Los giros inesperados y la respuesta a cada acción —como si estuvieran en una partida de ajedrez—, suelen ser totalmente verosímiles. Esto se debe a la inclusión de documentalistas, fundidores, ingenieros y cirujanos en la producción, el guión y el rodaje. El desafío era estar a la altura de una audiencia exigente sin que el despliegue de “la artillería pesada” rompa con la verosimilitud y terminar asemejándose a una película de la saga de Rápidos y Furiosos.

La gran apuesta de la serie era lograr que se empatizara con el villano. Ponerte del lado "malo", los ladrones, y no apoyar a los "buenos", que representan al Estado. En un nivel más micro, Berlín —y, más adelante, Palermo—, encarnan la figura del villano. Sin embargo, la serie logra, a través del pasado de cada personaje y de sus momentos emotivos, que la audiencia empatice con ellos. En nuestro país, el caso de Palermo (Rodrigo De la Serna) se nota mucho más, resultado de sus expresiones clásicas argentinas.

Sin dudas, el elemento más recordado es su iconografía. Es la clave del efecto que logra. Desde la ambientación en colores terciarios para que destaque el rojo hasta canciones como Guantanamera o Bella Ciao, el popular himno de los partisanos antifascistas en Italia, ahora convertido en un hit. Además, la máscara de Dalí se convirtió en el escudo de la serie y, como se ha señalado, es usada en protestas alrededor del mundo. ¿Qué mejor que tener como símbolo al pintor más trasgresor de los últimos tiempos?

Por otro lado, no puede entenderse a La casa de papel sin el contexto sociopolítico en el que está inmersa. La relación es clara. Luego de la crisis mundial del 2008, especialmente en países europeos, tuvo lugar una crisis de legitimidad política. La serie, con su toque antisistema, cuestiona la legitimidad de un poder cada vez más distanciado de sus ciudadanos. Por eso ataca dos de sus puntos representativos: la Casa de la Moneda y el Banco de España. El país del sur de Europa fue uno de los grandes afectados y todavía no se ha recuperado de la última crisis. Entretanto, los bancos sólo especulaban con el dinero de sus clientes.

Anclado a lo anterior, un factor determinante —tanto para los que llevan a cabo los robos como para los que están a cargo de impedirlos— es el papel de la opinión pública. La narración avanza en una especie de maniqueísmo constante, donde la cuestión pasa por darse cuenta quiénes son los buenos y quiénes los malos. Los españoles se visten con los monos rojos como gesto reivindicativo contra el Estado. Varias medidas que piensa El profesor van tras el objetivo de limar la opinión que tienen los ciudadanos sobre las autoridades y que eso influya en la negociación.

Cuando la tensión escala, los personajes son forzados a tomar decisiones que pueden sacarlos de ese papel de héroes que el público les ha otorgado. Esa parecería ser la propuesta de la serie para su recta final. Por eso toca temas como la post verdad o la lucha por el relato.

Quedará abierta la pregunta que tanto nos hacemos: ¿cuánto más de La casa de papel puede haber, sin convertirse en el nuevo relato repetitivo y circular, al mejor estilo The Walking Dead?