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Entretenimiento //// 11.09.2021
La casa de papel: renacer con otra máscara

Tras dos temporadas perdiendo el rumbo, la serie española volvió decididamente como una producción basada en la adrenalina. La primera parte de su quinta entrega, la última, le da un poco de aire pero le cambia la cara, muy alejada de sus inicios.

Por Francisco Pedroza

El 2 de mayo de 2017 llegaba a Netflix La casa de papel, serie que rápidamente se convertiría en un éxito pocas veces visto. Las referencias a la producción aparecieron  en la música de boliches y campañas políticas, en el merchandising, en publicidades y hasta en paquetes de papas fritas. Un fenómeno gestado en plataforma de streaming.

La serie tenía los elementos claves para conquistar a cualquier espectador: protagonistas marginados por la sociedad, ideas revolucionarias con las que era fácil empatizar, una historia de amor al estilo Romeo y Julieta, la caída de los grandes poderes y, por sobre todas las cosas, un robo minuciosamente planeado por un líder intelectual y detallista. En el público argentino fue una caricia a los nostálgicos de Los simuladores, ya que la similitudes entre sus operativos y el plan del profesor son abundantes y fáciles de detectar. Se puede llegar a decir que Mario Santos y el líder español están cortados por la misma tijera.

En noviembre de ese mismo año todo había terminado bien para los atracadores: botín intacto y, más allá de alguna muerte dolorosa, salir por la puerta grande. Dos años después llegaba un tráiler que nos decía que la tercera temporada estaba en marcha, lo que significaba una ambición aún mayor. La producción se estaba exprimiendo más de la cuenta. Esa entrega y la siguiente confirmaron que la serie estaba agotada, con recursos repetitivos y la reaparición del ya fallecido. La única sensación  que generaba era aburrimiento.

Más allá de pequeños factores que le daban otro aire, como la incorporación de Rodrigo de la Serna o flashbacks al pasado del profesor, La casa de papel había perdido su rumbo intentando salir de un pozo que ella misma cavaba. Al parecer  todavía no era suficiente para terminar su ciclo, se necesitaba una temporada más. 

La quinta llegó el pasado viernes, con los espectadores sin ilusiones y convertida en una producción del montón, y quizás es por eso que los capítulos funcionan. Si bien habrá una segunda parte, los elementos del fenómeno que fue han sido dejados atrás. La dedicación del profesor con su plan se vuelve meramente contextual y sólo disfrutamos a los atracadores en medio de múltiples balaceras. Por el estreno, entre Avenida Santa Fe e Intendente Bullrich, en Palermo, instalaron una escultura en homenaje a los “cinco caídos” de la serie. 

La acción conquistó toda la temporada y, en cierta medida, es un acierto, ya que se dejó de intentar sacarle jugo a un producto gastado y fueron a lo seguro: la adrenalina de ver disparos, explosiones, derrumbes y toda la parafernalia que eso conlleva. Lejos está el ingenio del principio, pero también lejos está el desgano del par de entregas que le siguieron, La casa de papel se reinventó y para eso tuvo que volar todo por los aires.