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Entretenimiento //// 12.02.2022
El Marginal y la mercantilización del estigma

El Marginal regresó a Netflix con su cuarta temporada. La serie, que creó un mundo carcelario alejado de la realidad, supo convertirse en representación de los más dañinos estereotipos y a la vez captar a una audiencia cada vez más grande.

Por Jazmín Manuel

La cuarta entrega de El marginal, dirigida por Alejandro Ciancio, llegó con un carácter más crudo y violento, en exclusiva por Netflix y desligándose por completo de la Televisión Pública. Deja atrás a San Onofre y transcurre en Puente Viejo, otro penal en el que, convenientemente, aparecen los mismos personajes. Reciclando tramas anteriores, volvemos a ver a los hermanos Mario y Diosito Borges (Claudio Rissi y Nicolás Furtado) compitiendo con el mafioso de turno, a Pastor (Juan Minujín) planeando fugarse, y a los miembros de la Sub-21 intentando abatir a Marito y sus secuaces. 

Sorprende la aparición de Sergio Antín (Gerardo Romano), ya que no habría razón para que el director del penal anterior se haga presente en otra cárcel de la que no se habló nunca. El capricho innecesario se justifica en su inclusión como secretario de Seguridad de la Nación. Está acompañado de Capece (Jorge Lorenzo), el policía más malo de San Onofre que ahora es una especie de ayudante personal de Antín.

Lo que distingue a esta temporada es el notable incremento de escenas explícitas de tortura, violación y asesinato. Podrían funcionar ocasionalmente para impresionar al espectador, pero parecen repetirse de manera exagerada, perdiendo así la función de shock. No sorprende ni impacta de la misma forma. Sin embargo, más allá de ello y del reciclado contenido de la trama, hay otras cuestiones más interesantes de analizar en la producción y son sus representaciones. El personaje villero, la vida carcelaria y la marginalidad parecen plantearse desde la más vacía de las percepciones. El marginal se convirtió en una serie que creó una historia en base a estereotipos discriminatorios, clasistas y racistas, que mercantiliza los estigmas más profundos para lucrar con el morbo.

A los personajes privados de su libertad se los despoja de todo signo de humanidad. Se los retrata como criaturas casi caricaturizadas y se les niega su experiencia como ciudadanos pertenecientes a un contexto social y político específico. Están en cana porque sí, porque son malos y porque se lo merecen, punto. En general, no hay contexto ni trasfondo. Sus vidas se ven ligadas casi exclusivamente a peleas entre bandos dentro de un penal.

Sin ánimos de sólo marcar flaquezas, esta temporada también incluye a Silvia (Julieta Zylberberg), madre del hijo de Pastor, y a Coco (Luis Luque).  En ese sentido, nunca se pudo negar la calidad actoral de la tira. A ello se agrega Ariel Staltari y la participación de Dante Mastropierro, conocidos por sus papeles en Okupas, tal vez la mejor serie que ronda la marginalidad hecha en Argentina. 

El marginal tomó un colectivo discriminado y excluido, con poca o nula representación digna en producciones audiovisuales masivas, y lo llevó a la pantalla desde la mirada más estigmatizante posible. Se enfocó en perpetuar una imagen de la vida en el encierro dejando de lado aquella cárcel que se encuentra afuera del penal: la de la exclusión y el prejuicio.

Muestra la vivencia carcelaria desde los ojos del que nunca pisó un penal ni conoció a alguien privado de su libertad. Despoja a la cárcel de todo carácter de realidad y se basa en versiones amarillistas de la misma, de forma tan evidente que hasta incomoda. Todo bajo la excusa de la ficción, como si fuese un pase libre sin responsabilidades ni culpas. ¿Cuál es el límite de la ficción? ¿Por qué en nombre de la ficción las producciones audiovisuales siguen cayendo en lugares comunes? ¿A costa de quién?

No encuentro mejores palabras para abordar esta cuestión que las ya escritas por César González, creador de películas como Lluvia de Jaulas y Diagnóstico Esperanza, y escritor de El fetichismo de la marginalidad:

Ojalá algún día los privilegiados que pueden acceder a las herramientas audiovisuales puedan vencer el morbo, el fetichismo y los mecanismos de lo bizarro a la hora de representar la marginalidad. Ojalá algún día se den cuenta que estos temas son demasiado serios y chorrean litros y litros de dolor para encararlos siempre solo desde la lengua del show.