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Dossier //// 19.05.2021
1991: el nacimiento del periodismo noventoso

Los años 90 convirtieron a la comunicación en mercancía del espectáculo, hasta los extremos de bizarras puestas en escena. ¿Es casual que su primer gran objetivo haya sido Diego Maradona? ¿Por qué su detención televisada de 1991 se recuerda hoy en medios progresistas?

Por Santiago Asorey y Diego Kenis | Ilustración de Matías de Brasi

Es conocido para el campo popular que el diario Clarín y el resto de los medios de comunicación del monopolio que encabeza suelen estimular lo que Jorge Asís catalogó de “periodismo patrullero”, en alusión a una práctica que apunta a avivar la indignación moral. Una forma discursiva orientada a impactar en el blanco de la furia.

Sin embargo, es justo señalar que tal anzuelo no es ni ha sido patrimonio exclusivo de los medios de Héctor Magnetto. También proyectos vinculados al ideario progresista pueden caer en esta reproducción “policíaca”.

No hace falta más que leer el modo en que Página/12 circuló a través de las redes sociales, hace menos de un mes, su nota “Se cumplen 30 años de la detención de Maradona en el departamento de la calle Franklin”.

“Aquella tarde en que lo sacaron esposado y bajo los efectos de las drogas frente a las cámaras de televisión marcó una bisagra definitiva en su imagen pública”, recordó en la bajada la página en Facebook del matutino el 25 de abril.

El diario eligió recuperar así, como mera efeméride, aquel triste capítulo en la vida de un símbolo de la cultura popular cuyo cuerpo falleció el 25 de noviembre pasado.

Como en la odisea lectora de cada día, emergió la pregunta: ¿era necesario? Multiplicada por la proximidad del dolor máximo, la ausencia fresca. Se estaban buscando clics con el recuerdo de la caída televisada de una persona, que era y es además un símbolo con múltiples significantes caros al sentir popular. 

Luz, cámara, acción

Para abril de 1991, hacía nueve meses que el 10 había dejado con la mano extendida al presidente de la FIFA, João Havelange, durante la entrega de premios del Mundial de Italia. En los años siguientes, haría frecuentes sus denuncias al brasileño como cabeza de una corporación con prácticas corruptas y mercantiles que se comprobaron dos décadas y media después. 

El artículo de Página/12 -por cierto, no el único en recordar el episodio recientemente- se limita a narrar el traspié de un Pelusa que, en el ápice de su carrera deportiva y con cuatro años menos que Lionel Messi hoy, había sufrido la primera de dos largas suspensiones por doping, ambas sospechadas de manipulación.

Acaso la nota habría tenido más sentido y mejor presentación de haber concentrado su publicidad en señalar que aquella detención de 1991 en Franklin y Rojas, convertida en un espectáculo bajo la luz de flashes y reflectores, marcó el nacimiento de la era noventosa en materia de comunicación y uno de los momentos más bochornosos del periodismo argentino desde la recuperación democrática, ocho años antes.

Tal vez lo más ilustrativo de aquello que el diario porteño presentó sean los facsímiles de tapas y recortes de diarios y revistas, algunos de los cuales se reproducen aquí.

Horas después de la muerte de Maradona, Ernesto Cherquis Bialo repasó en tevé la relación del 10 con El Gráfico, revista que el experimentado periodista dirigió por varios años. “Hubo una tapa bochornosa, que no debió haberse publicado”, dijo al llegar a 1991. “Yo no era ya director: era lector y a partir de ese momento dejé de serlo, porque se había transgredido el código de lealtad hacia quien nos dio tanto y por un hecho que no competía a la revista, porque no ocurrió en una cancha”, señaló Cherquis.

Maradona le había narrado el episodio en primera persona casi una década después de ocurrido, cuando junto a Daniel Arcucci contribuyeron a la autobiografía Yo soy el Diego de la gente. Como en la cancha, el primero que se dio cuenta de lo que sucedía en aquel otoño de 1991 fue Maradona.

En el libro, relató su diálogo con uno de los policías que lo detuvieron:

- Maestro, ¿están todos los periodistas afuera, no?

- Sí, Diego, sí. Hay un montón…

- Bueno, acomódese la corbata entonces, porque va a salir en todos los canales. Así lo ven en su casa…

¿¡Y podés creer que el cabeza de termo se la acomodó?!

Una anécdota tan ilustrativa que parece una metáfora deliberada. Con ese lenguaje tan maradoniano que combinaba el humor indignado con la crítica, para señalar lo ridículo de aquellos hechos que se instalan y naturalizan con una seriedad de cartón pintado. Imposible mejorar la descripción de la detención de un ídolo popular convertida en mercancía de espectáculo.

Es difícil no ver detrás de las notas de entonces el residuo de prejuicios de clase y el culto a una moral de las formas que siempre se hace evidente en quienes nunca supieron amar a Maradona. Porque el Diego, al igual que otros grandes artistas, ponía en primera línea su defecto. La nota reciente de Página/12 se lo reconoce, pero a riesgo de reactivar un elemento que era y es imperdonable para los verdugos de la moral de las clases medias y altas. Maradona no ocultaba sus contradicciones, miedos, errores. No fue un hipócrita, algo que difícilmente puedan decir quienes persisten en acusarlo desde el púlpito señalador.

Tapas que tapan

Es una ironía triste que haya sido Página/12, que con su periodismo de los 90 marcó una época, quien publicitó de ese modo la efeméride de referencia.

“Demasiadas cosas pasaban en el país, demasiado graves. (…) Me necesitaban, parece”, escribió el 10 a través de la pluma de Cherquis y Arcucci, en su libro autobiográfico. Recuperar sus palabras actualiza la pregunta histórica: ¿qué sucedía en abril de 1991?

Argentina iniciaba una era neoliberal de la mano impensada del peronismo menemista. Pocos días antes había nacido la convertibilidad y con ella una década de entrega de soberanía económica, caída del consumo popular y desempleo.

Carlos Menem ya había sellado su abrazo con el almirante Isaac Rojas. Infame intento de reconciliación con la dictadura que, según definió uno de sus impulsores, se había hecho para que “el hijo del barrendero muriera barrendero”. Desde Fiorito, Pelusa había sido la flor rebelde en el campo popular arrasado.

El mundo, por su parte, estrenaba su unipolaridad. No había espacios para las utopías ni las quejas. Maradona acababa de hacer su desplante al protocolo y al poder de la FIFA, nada menos que en la ceremonia de premiación de un Mundial.

Ensayar una reflexión sobre qué significó la detención del Pelusa en materia comunicacional excedería los límites de esta nota. Sin embargo, es posible dejar planteada la pregunta: ¿por qué fue justamente Maradona el personaje sobre el que giró aquel quiebre en el modo de comunicar? Es cierto que hubo coberturas periodísticas bochornosas mucho antes de aquel abril, para no mencionar la participación mediática como sostén del terrorismo de Estado. Pero en la era democrática iniciada en 1983, aquella detención estelar fue el comienzo de una serie a tono con la época. 

Los de Maradona eran, desde luego, el nombre y el rostro más conocidos del mundo de entonces. Pero, ¿era –contra su voluntad- el primer exponente del planeta globalizado y mercantil, o el último de una era en que el espectáculo pasaba por el talento de la cancha y no el escándalo de los sets de tevé?

Dejarlo descansar en la memoria popular

La presentación de la efeméride en las redes y titulares de Página/12, disparador de estas indagaciones, no es un hecho aislado. Ni un descuido, ni el mero producto de la necesidad de ganar clics desde Facebook. Se inscribe, también, en una serie. Semana a semana asoman, en ése y otros medios, notas de actualidad que también llevan a preguntarse por la necesidad de perseverar en ciertas coberturas relacionadas con la muerte del 10 y sus últimos días. 

Más allá de la disputa familiar por afectos, capitales y símbolos, cabe preguntarse si se ha meditado en el impacto que la divulgación de detalles escabrosos puede producir en la dignidad de la persona fallecida, que además es (en tiempo presente) un pilar de la identidad argentina y la cultura popular mundial.

La sensación es que no se lo cuida. El cuerpo de Maradona, admirado por décadas, es sometido semanalmente a una nueva autopsia en las páginas web que anotan el peso de su corazón y sus riñones, se detienen en sus decisiones e incluso ponen en duda su capacidad de razonar. Aunque todo lo dicho fuera cierto, no parece tener justificativo. Difícil decidirse: ¿se busca una anormalidad que confirme su condición de diferente? ¿O una reedición de la fábula de Esopo, que acabe mostrando que la caja mágica que desveló al mundo era por dentro un cuerpo tan humano como el de cualquiera?

En otros términos, y con perdón de su corazón xeneize por la cita: ¿es Maradona, hasta ese punto y aún hoy, una gallina de huevos de oro para los medios que no cuidan su herencia popular?