Elena Dakuyaku: “No hay pasado en Ricardo, está presente, pero la puñalada es eterna”

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    Elena y Marcelo Dakuyaku
    Foto: Lorenzo Carranza
DOSSIER 24 DE MARZO

Elena Dakuyaku: “No hay pasado en Ricardo, está presente, pero la puñalada es eterna”

22 Marzo 2026

Ricardo Dakuyaku era estudiante de arquitectura y jugador de rugby , se lo llevaron de su casa el 6 de diciembre de 1977.

Marcelo y Elena trabajan en Hinomoto, la tintorería familiar. Hinomoto quiere decir tierra de sol naciente, etimológicamente origen del sol. 
Hi (sol), no (de), moto (origen). No sabemos si el nombre alude a Okinawa la tierra de los ancestros, quienes llegaron a La Plata y fundaron la tintorería o al rincón de una calle céntrica platense que los cobijó.
Marcelo nació en el año 1966, el hijo el menor de la familia. Cuenta la historia que Yoshi ocultó el embarazo porque tenía 42 años y el día que nació le dijo a Elena, que tenía 10, “voy a hacer un trámite, si no llego a las 17 vos llévame el bolso hasta la clínica Mater Dei”, fue así que Elena al advertir que eran las cinco y su madre no había llegado se acercó con el bolso, había nacido un hermanito. 
Ricardo, de 12, el mayor de los Dakuyaku, también se sorprendió ante la llegada del bebé.

Yoshi era una mujer muy fuerte, autosuficiente e independiente  “adelantada para la época” había vivido en la guerra y como saldo perdió a su primer marido, entonces cada obstáculo cotidiano le parecía menor. Un día se cayó en el sótano de la casa, se quebró tibia y peroné, pero no llamó a nadie, luego de unas horas de esfuerzo logró salir sola hasta que Elena la vio y la asistió para ir al médico, la mayoría de las veces no contaba los malestares, estaba acostumbrada a resolverse. 
Shokei, Pancho como le decían, era el papá. Un hombre muy callado y reservado pero absolutamente generoso, recibía a los japoneses que llegaban a la ciudad y casi siempre les daba trabajo en la tintorería. No solamente trabajo sino vivienda. Yoshi les cocinaba a todos cada día laboral, también cuidaba los hijos, la casa y el jardín. Amaba las plantas.

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Elena Dakuyaku
Foto: Lorenzo Carranza

Ricardo, Elena y Marcelo nacieron en La Plata, sus padres en Japón. Aquí se casaron por el sistema tradicional formal, denominado Omiai, es decir casamiento concertado, donde la figura de un intermediario  (nakoudo) presenta a dos personas. Omiai significa “mirarse el uno al otro”.
Si bien los tres hijos se formaron con la lengua española, el sonido de la infancia era el dialecto de Okinawa. 
Ricardo Dakuyaku “Daku” nació el 5 de mayo de 1954, estudió en el colegio San Luis donde también jugaba al rugby, al momento de la captura era alumno de arquitectura y militaba en el Partido Comunista Marxista Leninista. 
Cuando irrumpieron en la esquina de 8 y 44 para buscarlo, preguntaron por él y Yoshi pellizcó a Marcelo que era chiquito para que no hablara, pero la violencia de los captores no daba lugar a la conversación. Lo arrebataron de su casa familiar el 6 de diciembre de 1977.

AGENCIA PACO URONDO: ¿Cómo te presentarías?

Elena Dakuyaku: soy Elena Dakuyaku, hermana de Ricardo Dakuyaku. El 6 de diciembre de 1977, de madrugada, rompieron la puerta de mi casa, entró personal armado, vestido de civil y se llevaron a mi hermano. 

APU: ¿Dónde quedaba tu casa? ¿Y qué recuerdos tenés de ese día?

E.D.: Mi casa quedaba en 44 esquina 8. Se me viene la imagen de verlo a Ricardo. Él estaba durmiendo en una habitación, en un altillo, y me acuerdo que habían levantado la cama porque tenía un baúl y sacado las revistas de esa época, revistas y libros que eran míos, porque esa habitación era la mía. Y no vi cuando se lo llevaron porque me ordenaron ir al dormitorio donde estaban mi mamá, mi papá y mi hermanito. Pero yo estaba como sorprendida, no entendía nada, no entendía cómo podían entrar a tu casa rompiendo la puerta. Cuando salgo a la calle, porque iba a reclamar, vi la calle desierta porque era de madrugada y muchos autos sin patente, que son los mismos.

APU: ¿Qué tipo de autos?

E.D.: Comunes, civiles. Me acuerdo que a los dos o tres días, en uno de los lugares en los que fui a hacer el reclamo,  en la Brigada de Investigaciones civiles, me sorprendió ver también autos sin patente, claro, también era un centro clandestino. Uno se va despabilando de cosas. 

“En las marchas lo que siempre sentí era que estaba con otro, que podía mirar al otro y sonreírle sin conocerlo. En la empatía de haber vivido lo mismo”.

APU: ¿Sabían en tu familia, o  Ricardo sospechaba que estaban deteniendo personas?

E.D.: Si, porque mi hermano militaba en el Partido Comunista y le había dicho a mi mamá que ya habían secuestrado a compañeros de él, entonces mi hermano empezó a peregrinar por casas para refugiarse. Me acuerdo que el marido de una prima le dijo que se quedara en casa porque si él no había hecho nada era preferible que lo levantaran de casa y no de la calle. Y por eso volvió a mi casa. Y fue a la casa de otro primo también. Y volvió a casa a dormir, a seguir estudiando, trabajando. La única que sabía era mi mamá. Él sabía que estaban levantando gente.

APU: ¿Y cuando llegan a tu casa, sale tu mamá de la habitación? ¿Qué hora era? 

E.D.: Era de madrugada. No, no, no pudieron salir hasta que no se fueron los milicos. Primero preguntan por él porque él dormía en un altillo. Preguntan por él y vienen por la casa. Y después se lo llevan y eso no lo vimos. Cuando lo bajan no lo vimos. 

APU: ¿No lo vieron? ¿Los vecinos hablaron después? ¿Vieron algo? 

E.D.: No, una sola vecina dijo que se habían llevado un montón de armas de mi casa. No podíamos creer las cosas que se inventaron. Volvieron en la semana pero esa vez tocaron el timbre y directamente se fueron a una máquina la desarmaron y se llevaron libros, papeles y un mimeógrafo para hacer fotocopias, eso debe ser lo que a esta vecina le pareció que eran armas. La otra vez nos pasó con un comentario de Facebook que nos implicaban en cosas o que escondíamos armas. Cuando pasa eso siento que se cagan en el dolor de mi mamá y mi papá. Porque para ellos fue devastador. 

Una semana antes de morirse mi mamá me pidió que enmarcara una foto de Ricardo. Porque los japoneses en cada casa tienen un altar donde se homenajea a los muertos. Y estaba mi papá y me dijo que ella antes de morirse quería que pusiera la foto de Ricardo. O sea, como que ella no esperaba más. Estaba enferma y no decía nada, muere a los 74, son longevos los japos, pero te vuelvo a repetir ella se quería ir con su hijo, no decía nada, era como que se dejaba o que se quería morir. Como que la espera había sido mucha.

 APU: ¿Cómo empieza la búsqueda? El día después contame. 

E.D.: El día después fuimos a la Comisaría Segunda para que me tomaran la denuncia, después a Juzgados Federales, presentamos Habeas Corpus, fuimos al Ministerio del Interior. También a ver a la Nunciatura Apostólica, que habíamos pedido un turno y nos daban para un mes. Y gracias a que Ricardo es ex alumno del San Luis, nos atendieron en la semana y nos dijeron que rezáramos mucho, no nos atendió el nuncio apostólico sino el secretario y después la Embajada de Japón y  ellos no intercedieron porque era una cuestión de estado.

También fuimos a la Unidad 9 hablar con el cura y le dejamos una foto de Ricardo después me acuerdo de ir cada tanto Moreno 711 en Capital a preguntar por Ricardo y el tipo que me atendía en el mostrador con una cara como diciendo esta mujer a qué viene y después me entero, yo digo lo que es la  hijaputez, que en el mostrador de enfrente entregaban títulos secundarios o sea me mandaban a cualquier lado. Fuimos cuando vino la OEA  en el mundial, siempre haciendo trámites.
Hace poquito fui a la presentación de un libro sobre mujeres destacadas de La Plata y una de ellas era una vecina mía, Delia (*), y ahí me entero que era una Defensora de Derechos Humanos. Íbamos a las reuniones que se hacían en distintos lugares, a veces en casas de fiestas infantiles. Y ahora me entero, después de 40 años, que era una defensora de los Derechos Humanos, aparte de educadora. 
(*) Hace referencia a Delia Etcheverry quien se comprometió mucho con la búsqueda.

APU: ¿Cómo era un día de Ricardo? 

E.D.: Ricardo, tenía 23 años, estudiaba arquitectura, trabajaba de dibujante en un estudio, hacía el mantenimiento de las máquinas de la tintorería y entrenaba de noche. Se destacaba mucho en el deporte. Se me viene la imagen de Ricardo en un auto en la esquina de la tintorería que iba tapado porque yo le había cosido mal la camiseta de rugby. Formaba parte del equipo que ascendió a primera con el rugby,  viajó mucho. Participó en el diario El Día en un almuerzo con deportistas, estaba Pachamé. Además era hincha de Estudiantes.

APU: ¿Hasta dónde supieron del recorrido de Ricardo? 

E.D.: Una vez en el 78, voy caminando y me para alguien en Plaza Italia y me pregunta qué había de cierto que Ricardo había muerto. Según Página/12, en esa época estaba en el Batallón 601. Pero según los juicios, estuvo en el centro clandestino La Cacha. 
Cuando fui a declarar como testigo al segundo juicio de La Cacha me acuerdo que lloré como una desconsolada y alguien me agarra de la mano y me lleva, era la hija de Adelina. Y Adelina me abraza y me contiene. Era una manera de descargarte. Poner la emoción de saber que están juzgados y el abrazo de Adelina ay, qué lindo.
Una vuelta la llevé mi mamá a Plaza de Mayo, íbamos con Delia, yo manejando, y mi mamá, era la primera vez que iba a Plaza de Mayo. Cuando volvimos, mi mamá estaba furiosa, porque ella pensó que íbamos a entrar a Casa Rosada a acuchillar a Videla. 

APU: ¿Cómo era el rol de tu papá? 

E.D.: El de mi papá, no, mi papá no decía nada. Era reservado. Muy reservado, o sea, no hablaba nada. Me acuerdo haber puteado en el velorio de mi papá, lo puteaba a Videla para descargar el dolor, lo puteaba a Videla porque también pienso que eso también lo mató, primero murió mi papá a los 78 y después mi mamá. Mi papá en el 85 y mi mamá en el 2000. 

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Elena Dakuyaku
Foto: Lorenzo Carranza

APU: ¿Cómo es la cultura japonesa en torno a la figura del desaparecido y en cuanto al culto a la muerte?

E.D.: Ellos hacen un culto del que no está, o sea, de recordarlo constantemente, de homenajearlo con la comida. Cualquier reunión ponen la comida que hacen en el altar y prenden el sahumerio y en las casas los altares que tienen que estar en la habitación principal.

APU: ¿Cómo es el día a día con la ausencia de Ricardo?

E.D.: Hace poco me puse a llorar porque vi unas maquetas de La Cacha.
Me puse a llorar porque es como reconocer que ahí estuvo. Es algo que yo no lo puedo asimilar. Yo tengo que asimilar todos los días esa apuñalada.
El secuestro es vigente, sigue siempre, no se cierra. No hay pasado en Ricardo, está presente, pero la puñalada es eterna. Porque no es solamente Ricardo, es todo, es todo el país, todo el mundo.

APU: ¿Cómo ves el contexto actual?

E.D.: El otro día alguien decía que ya hemos pasado por esto y que vamos a salir, es histórico son ciclos, pero me resulta muy doloroso porque destruir es muy fácil pero construir es ladrillo por ladrillo y esta gente destruye todo de un zarpazo no entiendo.
Me da vueltas por la cabeza porque no entiendo cómo Menem murió en una silla en el Senado, no entiendo cómo Caputo vuelve a ser Ministro de Economía y sigue pidiendo préstamo y que el común de la gente no se dé cuenta que ese préstamo lo pagamos nosotros, el país, el futuro, o sea que no vamos a tener cultura, educación, trabajo, salud, lo básico. Eso lo hacemos entre todos, pero si bien este Caputo que nos endeuda y juega la ruleta, timbea con nuestros recursos, te quedás en un futuro... ¿cómo haces?
Es que es remar contra la corriente con esta gente. Porque se la llevan de arriba.

APU: ¿Vas el 24 a la marcha? ¿Qué sentís cada año?

E.D.: Siempre vamos, siempre vamos. Es emocionante. En la última marcha me parece que nunca vi tanta gente, nunca. Lo que me acuerdo era que íbamos apretados entre la gente y comparaba con la época de la pandemia que vos te alejabas de las personas. En las marchas lo que siempre sentí era que estaba con otro, que yo me podía mirar al otro y sonreírle sin conocerlo, sin nada. En la empatía de haber vivido lo mismo, ¿no? O que capaz no vivimos lo mismo, pero somos solidarios con lo mismo. Que sentimos lo mismo. Es el amor por el otro. Que parece una cursilería, pero es eso. Es el amor por el otro. Eso de seguir tratando de caminar y no poder pero con alegría, con ganas de seguir avanzando.

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Elena Dakuyaku
Foto: Lorenzo Carranza

Adentro de la casa de 8 y 44, ingresando por la tintorería, está el altar en honor a los ancestros. En el Butsudan está la foto de Ricardo junto a las de Yoshi y Shokei. 
Elena cierra las cortinas y prende el sahumerio, nos dice que sirve para purificar y el humo para alimentar simbólicamente al difunto. Nos muestra parte de la ceremonia. 
La foto de Ricardo, llegó después porque su madre lo siguió esperando hasta unos días previos a su fallecimiento. Haberlo puesto antes significaba asumir su muerte, saber que nunca más iba a volver.
Después me muestra la tintorería, las máquinas que mantenía Ricardo, el cajón con los botones de su padre. 
Caminamos entre ropa colgada, Elena prende la plancha a vapor y emana una niebla que queda suspendida en el aire. 
Las veces que le he llevado ropa la veo trabajar, es detallista, fija la mirada en la prenda y capta los roces, los hilos sueltos, el capullo o los huecos que dejan las polillas. 

Pienso que guarda su memoria de la misma manera que protege la ropa. Trabaja con las cicatrices, las cuida, les ofrece calor, las trata con suavidad. Repara la herida con sutileza, con mirada precisa y minuciosa. 
Hablamos del libro Dorayaki, de Durian Sukegawa y me dijo que se identificó con Tokue, la señora que mira y le habla a los porotos cuando hierven. Ella hace lo mismo con las prendas. 
Le dedica a los gestos cotidianos. Conserva de sus ancestros la forma de mirar el mundo. 
Hace un tiempo que la obsesionan las nubes. La maravilla el espectáculo que ofrecen, las siluetas que forman en el cielo y me cuenta sorprendida que por momentos se encuentra en esa situación, como queriendo encontrarle un motivo a esa expresión tan japonesa. 

Le pregunté cuando fue que empezó a poner la foto de Ricardo en la tintorería y me dijo: “Cuando se lo llevaron no lo contaba porque no quería transmitir dolor, hace un tiempo lo muestro porque quiero transmitir memoria”.