¿Textos inéditos de Rodolfo Walsh?: una historia hecha de acertijos

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    Rodolfo Walsh
    Walsh en tiempos de la CGT de los Argentinos.
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¿Textos inéditos de Rodolfo Walsh?: una historia hecha de acertijos

12 Septiembre 2026

I

Entre enero de 1953 y septiembre de 1954, en un momento por cierto mágico de las editoriales argentinas, de las revistas para todo paladar, y del creciente interés por el género policial, el magazín Leoplán publicó una sección titulada “El problema policial”. No siempre con periodicidad estable, consistía, básicamente, en acertijos: denominarlos cuentos suena demasiado pretencioso, y, como veremos después, también un poco peligroso.

Estos juegos se asentaban en relatos brevísimos, donde ocurría un crimen. El texto era paratáctico por demás; los personajes, secos, despersonalizados, perfectamente intercambiables, sin pretensión alguna de rasgos psicológicos. Se suponía que el lector, con ese breve episodio y las pistas diseminadas en la narración, estaba capacitado para resolver el macabro asunto. Si no lo lograba, la misma revista proporcionaba la solución en las páginas de atrás: una estrategia que también hemos visto en folletos de crucigramas, o en adivinanzas de manuales escolares.

Los textos iban firmados por J. Dupin e ilustrados por Raúl Valencia. Paradójicamente, fue más fácil comprobar la identidad del excelente ilustrador, peruano de origen, muerto por estos pagos hacia el 2008, que la del autor, individual o colectivo. Dupin, ya sabemos, es el pater familias de todo el moderno género policial, una de las invenciones supremas de Edgar Allan Poe, y protagonista y deductor de la santa trilogía compuesta por “Los crímenes de la rue Morgue”, “La carta robada” y “El misterio de Marie Rogêt”, todos convenientemente ambientados en una Francia que Poe nunca conoció.

Por supuesto, es difícil que el caballero Dupin condescendiera a transmigrar a la Buenos Aires peroncha de los años 50, a rebajar su estilo y dedicarse a las adivinanzas. Este evidente neo-Dupin seudonímico se hubiera quedado sin pena ni gloria si dos grandes investigadores argentinos, Juan Sasturain y Mariano Buscaglia, no hubieran apostado a que detrás de él se esconde nada menos que el mismísimo Rodolfo Walsh –entonces dedicado a la traducción, la corrección de pruebas y la redacción de sus primeras obritas maestras dentro del género policial.

Y hasta lo pusieron en connivencia con un escritor hoy prácticamente olvidado, Ignacio Covarrubias, alias “el Cova”, del que se conserva una novela y varios textos dispersos. “El Cova” murió muy joven. Y Walsh aún estaba lejos de Operación masacre.

Esta apuesta ya tiene sus años; en marzo de 2019, la revista Fierro publicó unos quince de estos acertijos; restaba el desafío de editar los veintisiete casos completos, con sus lindas viñetas y soluciones correspondientes. Este regalo nos lo ha proporcionado el número 3 de la benemérita colección Fuera de Registro, verdadera belleza editorial que nació por el 2024, y debutó con entrevistas inéditas de Paco Urondo. Prosiguió con el magnífico Alfabeto erótico de Clara Rodríguez, y al ritmo de nuestra contemporaneidad atribulada, masoquistamente renace ahora, unos dos años después. Y lleva el título de la sección de Leoplán: El problema policial.

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Tapa el problema policial

En un país como la Argentina, que no desconoce el problema de las atribuciones falsas o dudosas –piénsese en el Plan de operaciones cargado a espaldas de Mariano Moreno, que hasta el descubrimiento de su impostura fue motivo de lucha de tirios y troyanos; en El matadero, que parece demasiado bueno como para ser de Echeverría; o en varios artículos de la Revista multicolor malamente imputados a Roges–, animarse a entrever nuevos textos a Walsh es un acto valiente, casi temerario.

II

Antes de examinar el affaire Dupin/Walsh, hagamos un repaso por los protagonistas, no de crimen alguno, sino de este libro que ahora tenemos ante la vista. Creo que Juan Sasturain no necesita presentación alguna. Pertenece con todos los honores a la geografía de nuestra literatura, la policial en particular, pero mucho más importante, a nuestra Literatura, a secas y con mayúsculas. Se merece ya un monolito, una fuente con nenúfares o incluso una estatua ecuestre. Vayamos al resto.

El otro responsable de la investigación es Mariano Buscaglia. Buscaglia es un bibliófilo impenitente, de una admirable e ilimitada curiosidad intelectual. Si tuviéramos que definirlo en un campo en particular, hablaríamos de su amor por los géneros plebeyos, literarios o hemerográficos. Le fascinan los folletines, las viejas novelitas de entregas, las colecciones populares de las editoriales más inverosímiles, los avistajes de ovnis, los escritores menores o los escritores mayores pero en su etapa de minoridad intelectual o de panem lucrando.

Es un auténtico sabio, incluso con entusiasmos excesivos: en su papel de exhumador y editor de textos olvidados, ha sacado a la luz auténticas joyas (él suele hablar de “gemas”), pero también ejemplares de una literatura que quizás hubiera merecido seguir durmiendo el sueño de los justos… o de la fauna bibliófaga. Pero ojo: sus gustos aparentemente menores no le impiden el acercamiento continuo a las literaturas más glamorosas. Por otros lares, hubiera sido un gran medievalista.

El curador de la colección, Lautaro Ortiz, también es un cazador de temas limítrofes, y sabe trasladarlos a sus brillantes contratapas de Página/12, recientemente reunidas. A lo que habría que agregar que Walsh, “el primer Walsh”, aparece entre sus obsesiones, como en otro lugar dijimos.

Mención aparte merece el diseñador Matías Castro Sahilices. Las reseñas raramente recuerdan a gente de su oficio, y quizás con razón. Es que últimamente los encargados de arte del libro parecen haber mutado en auténticos archienemigos, ya no se sabe si del editor que no les paga, del autor que no han leído, o del libro mismo como objeto de rencores inexplicables. Felizmente, aquí estamos ante una excepción. Los libritos de Fuera de Registro son de esos objetos dignos de amor, por su formato cuidadosamente atípico, por la limpieza de sus líneas, por el ascetismo pundonoroso de su concepción.

Como dato negativo: no habría venido mal un mejor trabajo de edición. Erratas las hay desde el título mismo del ensayo inicial de Sasturain; y una verdadera subversión u omisión de cursivas, mayúsculas y puntuación logran que la lectura sea menos grata de lo que uno quisiera.

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Tapas de Leoplan

III

Como dijimos, hacia 1953 Walsh distaba de ser un novato en cuestiones de literatura policial. Ya había traducido clásicos y novedades del género, e incluso publicado algunos textos que han resistido con holgura el paso del tiempo. Por ejemplo, el cuento de ambiente rural “Los nutrieros” (¡1951!) en la misma revista Leoplán, y su primer libro Variaciones en rojo, con un tímido corrector de pruebas haciendo las veces de detective y ayudando a un tal comisario Jiménez, renegado y buenazo al mismo tiempo. Ahora bien, aunque Walsh sabría con el tiempo cómo superarse a sí mismo en el género, Variaciones en rojo ya lo muestra como un escritor maduro, o a punto de serlo. ¿Por qué condescender, entonces, a los acertijos de J. Dupin? La cuestión de la identidad es abordada con respuestas disímiles y hasta contradictorias en los distintos paratextos de la edición que ahora tenemos entre manos.

Por ejemplo, Sasturain comienza cauteloso: alega que “ni la atribución puede ir más allá de la simple y más o menos fundamentada conjetura”. Sin embargo, ¡lo que tenemos ante nosotros es un libro donde desde la tapa y la portada la autoría se atribuye expresamente a Walsh y Covarrubias! Un poco después, Sasturain agrega: “Hay rasgos de estilo, ambientes y planteos formales que nos permiten aventurarlo. No cabe acá desarrollar estos fundamentos; tampoco evaluar la excelencia literaria”. Que no quepa desarrollar esos fundamentos es una verdadera lástima. Porque si no se hace en el momento mismo de intentar adosar al canon walshiano estos textos hasta ahora ignotos, y cuando quien firma es un experto como Sasturain, ¿cuándo o dónde cabrá entonces? ¿No es una manera un tanto ubicua de desperdiciar el prólogo aclaratorio? Lo de no evaluar la excelencia literaria, ¿no es un elegante recurso eufemístico para negarla? Yo iría más allá y me preguntaría incluso si estamos ante textos de calidad ínfima o ni siquiera estamos ante literatura propiamente dicha.

Pasamos ahora al ensayo de Buscaglia. Rápidamente descubrimos que carecemos de elementos heurísticos: ningún manuscrito, ninguna mísera carta, ningún testimonio oral poseemos para juntar a Walsh y Covarrubias en el seudónimo J. Dupin. Siguiendo con Buscaglia, las pruebas se reducirían a: Walsh y Covarrubias trabajaron juntos en Leoplán por esos años; eran los más avezados del staff en temas policiales (¿pero en realidad se necesitaba gran inteligencia para formular estos acertijos?); eran grandes amigos (¿dónde nos consta?); quizás escribían estos divertimentos entre copa y copa o entre risa y risa… pero si hay algo que falta en estos breves relatos es precisamente el sentido del humor (el único que parece haberse solazado es el ilustrador), mientras que la ironía y el humor negro tienen una presencia muy marcada en el primer Walsh.

Solo hay un dato innegable: algunos comprobados personajes de Covarrubias (Mendoza, Garat) aparecen en los acertijos… pero no hay ningún Daniel Hernández, comisario Jiménez ni Laurenzi walshianos. Su protagonista es el comisario Menéndez, héroe de veinte de las veintisiete charadas. Buscaglia lo compara con el Jiménez de Variaciones en rojo; ahora bien, Jiménez nunca resuelve nada. Depende siempre del corrector Daniel Hernández. Menéndez en cambio lo resuelve todo. Buscaglia también aduce sonoridades: si no malinterpreto, así apunta al hecho de que Menéndez y Jiménez comparten cuatro letras —m, n, e, z. Si esto constituye una posible prueba, agreguemos entonces a Emma Zunz, que también las incluye, y ya tenemos una autoría borgeana…

A medida que se avanza en el texto de Buscaglia, el vocabulario cambia. Primero leemos que la identificación es “posible”, luego “más plausible” y por último, “más que probable”. En las fichas biográficas que cierran la edición, los acertijos son tan certeramente salidos de Covarrubias y Walsh “que justifican este volumen”. Si no de la autoría, tenemos al menos todas las pistas de la conversión de un agnóstico en un hombre de fe acendrada.

“Hay rasgos de estilo, ambientes y planteos formales que nos permiten aventurarlo”.

IV

Si es hora de divertirse, permítaseme entrar en el juego de acertijos. Ignoro todo sobre Covarrubias; creo saber bastante poco sobre Walsh. Pero desde el conocimiento y uso de los métodos histórico-críticos aplicados a los textos sagrados de occidente, creo saber algo sobre estilometría. Dicho esto, ¿qué cuestiones estilísticas podrían unir a J. Dupin y Walsh?

Comencemos. El dispositivo intelectual de Dupin es muy compatible con el Walsh policial temprano. Estos acertijos parten de una situación aparentemente banal, esconden un dato decisivo y esperan del lector una reconstrucción racional. Eso está perfectamente dentro del territorio de Variaciones en rojo y de los cuentos policiales que Walsh escribía en esos años. Podemos afinar la coincidencia: Dupin y Walsh tienen una marcada inclinación a convertir un detalle material aparentemente insignificante en la clave de una situación criminal.

Por otro lado, aunque esto quizás sea en exceso genérico, hay una concepción del policial como desafío al lector: el lector debe tener, al menos en principio, las mismas posibilidades que el investigador. La extrema pobreza narrativa de Dupin, que torna tan árida la lectura continua de los veintisiete casos, podría deberse más a requerimientos editoriales que a decisiones walshianas. Por otra parte, hay cierta ironía walshiana en los relatos de Dupin, aunque ciertamente no con su pródiga abundancia.

¿Y en contra? La caracterización pobrísima de los personajes de Dupin. Los personajes aparecen esencialmente por la función que desempeñan en el mecanismo. Comparemos eso con el Walsh policial. Incluso cuando éste trabaja con personajes funcionales, suele introducir rápidamente una peculiaridad verbal, social, psicológica o física que los individualiza. En J. Dupin, si quitáramos los nombres propios, buena parte de los personajes podría intercambiarse sin que el mecanismo sufriera. Las descripciones ambientales también son puramente funcionales, no narrativas: no hay un minimum de algo que podamos llamar “atmósfera”.

Las soluciones son paupérrimas intelectualmente: tienden a tomar al lector por opa y las cosas pueden llegar a explicarse dos veces, todo esto en un espacio más que acotado. Algunas deducciones son más opiniones o pareceres que resultados en sentido clásico. No se aprovechan las (muchas) situaciones que podrían convertirse en humor.

Y hay cosas peores: la solución llega a admitir defectos del propio problema. Esto es casi una confesión de que quien construyó el acertijo no ha terminado de controlar el mecanismo. Por ejemplo: hay pistas falsas que no cumplen función alguna. Ya sabemos que la pista falsa es esencial en el policial, y no solo para “despistar”: debe tener un plus, debe significar algo. Y Walsh, incluso cuando hace literatura de género, suele tener una obsesión extraordinaria con la exactitud del mecanismo. Por último, falta una segunda capa: esas otras cosas que, sumadas a la intriga en sí, hacen tan fascinante el policial walshiano. Falta una voz propia; es tan genérica y seca como la de los personajes.

Conclusión de compromiso: Walsh pudo haber escrito estos textos; los textos son compatibles con un Walsh joven trabajando bajo una fórmula editorial extremadamente rígida, antes que con la hipótesis de unas copas entre compañeros. Pero no hay en ellos suficientes rasgos idiosincráticos para reconocerlo, y sí hay una pobreza de caracterización, de densidad narrativa y de elaboración deductiva que resulta llamativa frente a su producción policial indudable del mismo período.

Quizás el problema radique en otro lado: en que estamos haciendo mal las cosas. El problema sería soluble, amén de algún providencial descubrimiento documental, si pudiéramos comparar estos acertijos con otros acertijos de Walsh, y no sencillamente con sus primeros cuentos, que ya muestran la huella de muchos borradores previos y de un obsesivo perfeccionismo. El tema es que no tenemos acertijos walshianos de autoría indubitable, a menos que asumamos por tal al famoso microcuento “Tres portugueses bajo un paraguas (sin contar el muerto)”, de 1955. Pero este posee todos los méritos habidos y por haber de los que carecen las charadas del Dupin criollo.

Es una lástima que este juego de identidades no posea una página atrás, como la Leoplán, para la solución. O quizás sea mejor así: el juego queda abierto para todos. Ojalá esta belleza bibliográfica halle muchos lectores, con capacidades mayores que las mías, y que den nuevas y más convincentes respuestas.

V

El libro puede adquirirse en la librería especializada La Escena del Crimen, ubicada en Ravignani 1187 (CABA). También en Librería Hernández. O contactando por Instagram a la colección Fuera de Registro o al curador de la colección. Si no me equivoco, todos ellos hacen envíos al interior. Y, como última solución —pero muy última—, recurrir a Mercado Libre.