Comprándole al vendedor de bagatelas: lecturas, investigaciones y supuestos de Lautaro Ortiz
No puedo empezar a hablar sobre El Anfitrión, de Lautaro Ortiz (Del Camino, 2026), sin hacer paralelismo con un capítulo de Los Simpson. A usted le parecerá gracioso, pero le puedo asegurar que me es fácil recordar por dónde transcurre la trama principal del mismo, aunque se me dificulta en demasía hacer lo mismo con su inicio, hasta me animaría a decir que pocas veces lo vinculo con su posterior desarrollo, como si llegara a ese punto casi por casualidad. Y ahí (lector o televidente) debo admitir que, indefectiblemente, he caído en la trampa.
Eso es lo que ocurre en cada una de estas 27 contratapas hechas para Página/12 (excepto la última, que no fue publicada en dicho diario) nacidas de la lectura y la investigación, pero que rellenan sus espacios en blanco con supuestos. Y para alguien que disfruta de la narración hábil sobre un detalle presentado como algo secundario en el principio de la historia, es uno de los lugares más bellos donde puede caer.
Vale de ejemplo el primer trabajo que nos muestra, “Ese amigo de Walsh” (El de Rodolfo es uno de los nombres que se repite insistentemente y, como usted verá, no es casualidad), donde parece narrar sobre la escritura de Operación Masacre, pero en realidad se dirige hacia una de las tantas casas en donde durmió el periodista mientras lo escribía.
O mejor, la existencia de esa casa reside hoy en el dibujo que conserva entre sus papeles el pintor Horacio Guillermo Maniglia, hijo de Horacio, a quien Walsh le dedica “La aventura de las pruebas de imprenta”, en Variaciones en Rojo.
Es así como el lector se ve sumergido en una amistad que no por nada va de la mano con la Biblioteca de Bolsillo Hachette, el pensamiento político de época y las contradicciones que ésta lleva, por qué no. Algo que se va a repetir varias veces en el libro, como en la historia de Lafert en la voz de su hija Elena. “Todo dibujo es un intento por desenmascarar al olvido”, escribe Ortiz, y la crónica no es más que una muestra.
Así, fácilmente nos vemos sumergidos tras los pasos de Horacio Quiroga o su cabeza, en la visión que tuvo Stepán Erzia. En averiguar quién fue Michell Berboff, ese amigo que Raúl González Tuñón evoca en “Escrito sobre una mesa de Montparnasse”, dentro de la posible existencia de una “Enciclopedia Tuñón”. O en ese día especial de 1933 donde Oliverio Girondo colgó sus famosas ranas disecadas y “éstas pasaron a ser parte de una escenografía tantas veces recordadas por los poetas de la pasión surrealista”.
Ese “detalle” que se presenta como irrelevante en el comienzo de la historia, cobra otro valor a medida que se va desarrollando. No puedo negar que esa forma de realizar sus crónicas me dirigen hacia otro famoso escritor también conocido, entre otras cosas, porque escribir las suyas en el mismo diario, las cuales se volvieron tan indispensables que se recopilaron en cuatro tomos, pero Ortiz corre de cuajo este pensamiento desde el principio, en el mismo prólogo (un tanto picaresco, debo decir) al afirmar que sus investigaciones no seguían un plano general ni salían en forma determinada: “Ni jueves, ni viernes, ni cada tanto”.
La aparición de “el anfitrión” en estas historias donde “me preocupé por dejar en evidencia algunas cuestiones que rigen al conjunto: siempre investigar más que opinar, descubrir más que describir, preguntar más que dar certezas, contar más que relatar”, termina por darle cierta coherencia y continuidad a lo que uno va leyendo. Y por qué no, hay allí un cierto guiño a otro de los intereses de Ortiz: el policial.
Es que el anfitrión suele estar bien acompañado, sus historias no suelen ser directas y trae el lugar hacia donde nos dirigimos, escondido dentro de los banquetes opíparos que ofrece, por los cuales hasta el mismísimo Pepe Carvalho levantaría la copa en señal de satisfacción.
Las personas que tratan de resolver el enigma a través de lo que escuchan, compiten entre ellas como lo podrían hacer Borges o Bioy Casares con la Biblioteca Hachette o el mismo Rodolfo Walsh en ese tiempo. Una mirada interesante sobre este último, tal vez no tan tenida en cuenta.
Es así como Ortiz es capaz de trasladarnos a través de un disco de poemas surrealistas en la voz de Enrique Molina encontrado en una librería de la Chacarita, hacia “dónde queda todo lo que nos sobrevivirá: polvo y silencio”. Es decir, al proyecto de Thiers, su discográfica, y cómo llegó a la grabación de Molina que es la puerta de entrada para revisar un catálogo de casi secretas cintas para nosotros.
O nos mete en los dibujos de George Grosz, quien solía expresarse de la siguiente manera: “El arte por el arte me parecía una estupidez. Yo quería protestar contra ese mundo de destrucción, todo en mí protestaba oscuramente… Pinté en estado de protesta”. Y cuando todo parece ir para ese lado, aparece uno de sus cuadros dedicado a Oskar Panizza, para sumergirnos en sus infernales relatos, que Grosz obviamente conocía.
Ciertos “olvidos” de David Lynch, el hallazgo del eslabón fundamental entre la literatura argentina y la literatura de lengua inglesa del siglo XX en la figura de Lawrence Smith, el no menos importante de la moto que la revista Patoruzito entregó como premio (un encuentro que puede calificarse de detectivesco, teniendo en cuenta que la crónica oscila entre la historia del premio, la misma revista y la de los hermanos Lavintman, los creadores de la moto Broadway que se entrega), el curioso relato del superhombre argentino en la figura de Eduardo Nasep, Borges y sus máscaras (literal y metafórica), y el desagote final de esta marea en otra figura que se repite, la de Mansilla.
La lectura de El Anfitrión, provocadora de cierto éxtasis, me invita a pensar que poco importa si las investigaciones de Ortiz son fehacientes cuando están tan bien relatadas, tranquilamente pueden formar parte de nuestra literatura o saben cómo pasearse por ella, rescatando cosas que para otros no tienen valor. Tonto de mí, ya él mismo lo desliza en una de sus contratapas:
—¿No me diga que consideró la posibilidad de tomarlo en serio? —le pregunté al Anfitrión, asombrado y entonado.
—No. Pero entienda usted una cosa —respondió ofendido—. ¿Qué sería de nuestra literatura sin el auxilio de lo que no existe?
“Alguien me dijo una vez, mientras buscaba con lupa al cabo Gómez de Lucio V.
Mansilla en un cuadro de Cándido López, que yo pecaba de exceso de imaginación…
En ningún momento hice trampa al lector, sólo rellené los espacios vacíos de cada historia con supuestos, el mejor material para mantener de pie la casa del asombro
en relación a las misteriosas acciones de los hombres”.
“¿Qué sería de nuestra literatura sin el auxilio de lo que no existe?”
No es un detalle menor la aparición de nombres como el de Juan Carlos Sánchez Sottosanto, Guillermo Saavedra en esa hermosa historia donde el bandoneón se convierte en una metáfora, hasta el del querido y no menos incansable Julián Axat. Es que Lautaro Ortiz, además de ser escritor y periodista reconocido, fue editor y director de la Fierro hasta el año 2019; ha guionizado historietas en colaboración de dibujantes como Lucas Nine y El Tomi, además de escribir sobre arte, literatura e (me repito) historietas en diversos diarios.
Podría decir que es un vendedor de bagatelas, como el cuento que le dedica Rodolfo Walsh a la memoria del traductor Alfredo de León (Ortiz realiza una constante elevación de este oficio, en nuestro país y durante el siglo XX, algo en directa relación con lo que escribe al principio, “como el cazador pobre: a lo que salga”)
El autor utiliza dicha historia no publicada en el diario para dar cierre a este fructuoso libro y para rendirle homenaje al traductor y el análisis que tiene de León sobre la literatura policial, que fue “sólo recompensado por el olvido”.
Pero no existiría el vendedor de bagatelas si no hubiera quien se siente atrapado por ellas y las compra. Y suelo ser uno de ellos.
Hay quien sospecha en una de las redes famosas utilizadas para expresarnos, sobre la verdadera identidad del anfitrión y debo decir que, después de leerlo, no me da ganas de averiguar quién es (cosa que debería realizar, de todos modos).
Es más, me encuentro en la situación de pensar que Lautaro Ortiz no existe, que en realidad se trata de otro de los hábiles disfraces del anfitrión, y compro encantado.
Mire, hasta esa llegamos.
O hasta eso llegó el autor de este libro.
Y déjeme decirle: lejos estoy de no encontrarme contento por ello.