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Fractura //// 29.05.2022
Novedad literaria: "Nadie sale de acá", de Manuel Álvarez

En la columna semanal Informe de un día, una reseña del último libro de cuentos del escritor, editado por AzulFrancia.

 

Por Inés Busquets

Nadie sale de acá es el último libro de Manuel Álvarez editado por AzulFrancia. El escritor publicó en el 2019 A ninguna parte (Barenhaus), su primera novela que fue seleccionada para participar en el festival de Semana Negra de Gijón 2020.

 Nadie sale de acá está compuesto por ocho cuentos, distintas historias, lugares disímiles para escenas muy visuales, donde los espacios y los paisajes tienen protagonismo, conforman la arquitectura de los relatos.
Los personajes se mueven en un universo propio, precedente y real. Las creaciones son complejas y completas. Vera, Diego, Hahn, Coqui, Cebiche, Seberali, Gutiérrez, Marcela, Mariano, Maxi, Magalí, Clara tienen identidad propia: nombre y apellido, lugar de pertenencia, personalidad, fisonomía, estilo, gestos, vínculos.
Manuel Álvarez ordena esos mundos con maestría, los elementos elegidos responden a un esquema porque cada relato es un sistema. 
Los detalles, las voces, la gama de colores, las luces, el clima, se conjugan y forman la trama de un telar perfecto.
Detrás de Nadie sale de acá hay un trabajo artesanal, minucioso, atento que solo tiene que ver con la mano del escritor o mejor dicho con la mirada, como dice el personaje de un cuento.
Pienso en los factores comunes que llevaron a que los ocho cuentos estén reunidos en un libro y se impone la presencia de la naturaleza, los animales, las puestas de sol, la luna, la complicidad en las relaciones humanas, el carácter receptivo en los diálogos, todo eso en convivencia plena con lo esotérico, lo desconocido, el caos, el terror y la muerte.
Los cuentos de Nadie sale de acá no son previsibles, ni cerrados, ni circulares, cuando creemos que van por un lado dan un giro y sorprenden. Dejan una puerta abierta, una sensación de libertad, una idea de posibilidad en todas las cosas.
Como en la vida, nada responde a un orden específico o a una consecuencia determinada, lo descubrimos a medida que vamos avanzando, siguiendo los pasos de los protagonistas.
La ficción en el libro cobra un rol preponderante, allí donde lo verosímil se construye con esa realidad que vista en profundidad se fusiona con lo extraño. Cortázar dice que lo fantástico no está en el unicornio sino en el unicornio adentro del patio, algo de eso se percibe en Nadie sale de acá. De la misma manera que ocurre en los cuentos de Luciano Lamberti, Federico Falco, Samanta Schweblin.

“La casa de los espíritus”, el primer cuento tiene una reminiscencia o suerte de continuidad con la novela del autor A ninguna parte, también transcurre en Zapala y el relato se desarrolla en el Cementerio. Un grupo de jóvenes se reúnen para hacer un ritual en nombre de un amigo asesinado por otra banda con la intención de encontrar el culpable para vengarse. El narrador como testigo y participante cuenta en una primera persona apelativa los sucesos del ritual, de esta manera introduce a los/as lectores a la magia, al miedo y a la incertidumbre.

“Esto es el campo,” el cuento elegido por Fabián Casas en la contratapa como un relato perfecto, despierta emoción y encantamiento. ¿Qué es el campo? ¿Un estado, un aprendizaje, una revelación? Cerca de Azul un campo familiar donde el protagonista, Seberali, y su madre deciden volver después de la muerte del padre que era el que más disfrutaba del lugar. Allí el joven transita un despertar, una experiencia nueva a través del encuentro con los caseros y el descubrimiento de campo.

Esto es el campo funciona como una clave de acceso al conocimiento real: “Ramón tenía expresiones que usaba seguido pero la que más utilizaba, sin dudas, era “esto es el campo”. Siempre precedida de una historia y la expresión, usada como sentencia final, era la justificación; para Ramón todo podía pasar –y era lógico que sucediera−en el campo. Seberali creía que también la usaba como una manera, algo reiterativa, de explicarle a él, el porteño, que el campo no es como la ciudad y que había cosas que él, el porteño, no iba a entender nunca.”

Esto es el campo subrepticiamente es la llave a la complicidad, a la picardía, a la caída, al riesgo, a las decisiones, a la libertad.

“Fueron ellos” es un lector sumido en una ficción que se ve interpelado por una situación de la vida cotidiana, pero que por sus características podría mezclarse tranquilamente con la historia que lee. 

“Nosotros somos los pedazos” empieza con un epígrafe elocuente de W.H. Auden: “la divinidad se ha roto como un pan. /Nosotros somos los pedazos.”

Es la historia de una venganza que, como en el primer cuento, esgrime algo místico, mágico, esotérico donde el perdón y el dolor tienen algo de sacrificio.

“El mural” es un cuento saereano, acá no el matemático sino el psicólogo y el escritor conversan en una caminata nocturna donde se van a dirimir cuestiones creativas. En este relato la trascendencia no está en los protagonistas, ni dónde van, ni de dónde vienen, sino en el diálogo, en el contenido, en la profundidad y se va a complementar con el escenario porteño donde acontece. Aquí Manuel Álvarez muestra a los personajes interiormente, sus cavilaciones, sus dudas, tan incierto como el camino que recorren: “El psicólogo se volvió a reír y asintió con la cabeza. Enseguida llegamos a la esquina de Medrano y, esperado que el semáforo se pusiera en verde, me preguntó si estaba escribiendo algo.

No mucho, siempre salgo de acá movido y me dan ganas de escribir un cuento, pero no se me ocurren ideas.

Caminá con los ojos abiertos que las ideas entran por ahí. No busques mirar con la mano, dijo mostrándome el puño cerrado.”

“Ese no es” es una distopía con mucho de realidad. La muerte y la perdurabilidad virtual. Una metáfora de la ausencia. En el medio la pérdida, el amor, la enfermedad, la despedida, la soledad.

“Uno solo” es de una pareja que va de camping a Bariloche y es sorprendida por un personaje singular, la tensión y el suspenso marcan la temperatura del relato. 

El último cuento, el que da nombre al libro “Nadie sale de acá” es un grupo de adolescentes que están reunidos en una casa de Buenos Aires, cercana a Plaza de Mayo, en ese momento se estaba desatando la crisis del 2001, en pleno estallido los dueños de casa atraviesan un conflicto marital, entre el miedo, la angustia y el caos, lo personal se va a confundir con el drama colectivo.

Nadie sale de acá, es un libro que recupera la tradición del cuento, la curiosidad por saber lo que sigue, la imaginación de esos seres que deambulan sumergidos en secretos, rituales, viajes y venganzas.

“Un cuento es una plantita que nace”, dice Felisberto Hernández, Manuel Álvarez ya es dueño de su propio jardín.