Malatesta se sienta y escribe en el nombre del hijo

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    Roberto Daniel Malatesta
RAREZA LITERARIA

Malatesta se sienta y escribe en el nombre del hijo

26 Noviembre 2023

Roberto Daniel Malatesta acaba de publicar un libro que, al igual que su Por encima de los techos (una dura crónica de la inundación de la capital santafesina en 2003 que le diera relevancia a nivel nacional), transita esa línea dificultosa, delgada, donde el poema corre el constante riesgo de caer en lo kitsch, pero sale airoso.

Es que el santafesino ha escrito, editado y publicado por cuenta propia (inventando sello, inclusive) El que bruñe la piedra de la gracia, una obra tan estremecedora como personal, donde deja reflejado ese mundo paralelo que se abre cuando un hijo sufre una enfermedad que le quita eso tan valioso como es el disfrute de la niñez.

Quizás no la quita, sino la vuelve otra (“Mi hijo tiene una vida/ diferente a la vida de otros tantos./ Algo torció los engranajes,/ descentró ruedas y ejes”) y, por supuesto, cambia la propia (“Su ser transporta casi todo / aquello que mi infancia no probó,/ esa extraña amistad con lo imperfecto/ y lo sufriente”).

Casi todos estos poemas fueron escritos mientras Emiliano estuvo entre las cosas y los días”, comienza afirmando el autor de Libro del Pescador, para luego realizar una aclaración que será fundamental para entender el por qué de este trabajo: “Un ser no necesita un poema para que le agregue un ápice de lo que fue, aquí el único necesitado soy yo”. Algo que también refleja en estos versos del poema “En ciertos días de oscura verdad”:

 

Formaciones turbias. Una válvula

como una bomba de tiempo. Restos

de cirugías. Cómo es posible.

Cómo es posible, además, que esto

pueda ser incluido en un poema 

No dejé de escribir ni siquiera

en los momentos de decir basta,

o en el silencio más sórdido que suena

como el aullido de la nada.

¿Está bien, está mal? ¿Quién puede

decirlo? De no hacerlo, quizás,

hubiese enloquecido.

 

El texto nace con un golpe de viento inesperado, esa aparición que se abre paso hacia la voz poética y su hijo, alterándolos, obligándolos a cerrar los postigos para intentar protegerse “acaso presintiendo aquello que el poema,/ mal cosido a la vida,/ habría de cantar”.

De allí en más, el escenario por el cual transcurrirá el libro en pocas ocasiones abandonará las salas blancas (“Hospital de niños, oxímoron sombrío”, dice su padre escritor) y la luz que lo alumbre no será otra que la tenue de los sanatorios (“asume el color de los enfermos y el gesto vacío de las manos”) tan diferente “a esta que baja de los árboles”.

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Tapa "el que bruñe la piedra de la gracia"

“Aquello que, insalvablemente, un poema requiere es el deseo, y en cada uno de los poemas de este libro está ese deseo, esa necesidad de tocar dolor, gratitud, impotencia, Amor”, asegura Malatesta en ese especie de prólogo o advertencia que da inicio al libro y uno cree percibir, ahí, una de las cualidades a la que le saca lustre su hijo, logrando con ese “bruñir” que esto tan doloroso se transforme (“quién sabe qué color está buscando,/ quién sabe que canción”) haciendo que de su interior afloren “fuerza, espíritu, luz/ para quedarse y sostenerme,/ valga la paradoja, vos a mí”.

 

Retirado en su mundo mi hijo

me aventaja, no parece

en nada necesitar de mí.

Soy yo el que pide

me enseñe la secreta herramienta

con que bruñe la piedra de la gracia.

 

Una lucha se entabla y así escuchamos a la voz poética partir del “Queremos aplazar para mañana toda fragilidad”, pasar por esa tremenda imagen que se resume en dos versos (“A veces siento que camino/ como el que porta un explosivo”) para, al fin, conocer lo distinto, ese “algo que nace cuando se asume la derrota” y obtiene “algo de dignidad desde las cenizas”. En el medio, el hijo que “No quiere saber nada con dormir./ La vida con él tiene una gran deuda/ y él pretende cobrársela”

 

Mi hijo juega con perros,

doce cachorros de tan sólo un mes,

les susurra en su idioma aflautando la voz.

Se siente bien allí y no abandonará

tal reino lúdico.

Los perros crecerán.

Con agudos caninos han de roer el hueso de la vida.

Él permanecerá cachorro de hombre.

 

Así Emiliano va puliendo la piedra/padre, que habla con un gato para decirle que si le quitasen el sol y los tejados, se sentiría como él; que en el reflejo se ve como “esos edificios que cruzan con cintas rojas/ porque el derrumbe es inminente”; que el día en que el hijo se levanta mal y dice “una palabra oscura”, esa palabra lo transforma en un agujero, un páramo, una media tirada en la basura, pero tiene la infinita certeza de que abrazarlo “es la mejor prueba de haber sido”.

“Un ser no necesita un poema para que le agregue un ápice de lo que fue, aquí el único necesitado soy yo”.

Roberto Malatesta nació en la ciudad de Santa Fe, en diciembre de 1961. Ha publicado varios libros, entre ellos: De las Cosas Blancas (1984), Casa al Sur (1987) ambos ediciones Mainumbí; La Prueba de la Soledad (1991), ediciones de la Universidad Católica de Santa Fe, reeditado parcialmente por ediciones del Arca del Sur (1995); Del cuidado de la altura del níspero (1992), Las vacas y otros poemas (1994), ambos ediciones delanada, éste último Premio Municipal de Sta. Fe, “Flores bajo la lluvia” (1998), ediciones del Dock; No importa el frío (2003), ediciones El arca del Sur, Libro del pescador; Por encima de los techos que obtuvo el Premio José Pedroni de Poesía (período 2000 a 2005) como obra édita, publicado primariamente por Ediciones El Leviatán, luego UNR y finalmente por Último Recurso en su colección Diente de León; y Esperanza- Spoon River, Ediciones Salta el Pez, 2019.

Al libro lo hice yo porque no lo podía presentar, no me veía presentándolo y una editorial va a querer, con toda razón, hacerlo. Tampoco quiero comercializarlo. En lo demás, es un libro como todos”, contesta Malatesta a mi pregunta de por qué tan particular forma de darle vida al libro. Su respuesta es clara, aunque a contramano de estos tiempos. Por eso, me parecía necesario dejar testimonio de la existencia de un trabajo que está escrito para la intimidad y (quien sabe, el tiempo tiene sus caminos) dejar una semilla esperanzado de que, alguna vez, llegue a todos, no solamente a aquellos con los que el poeta quiso compartirlo. Ojalá sea, el libro lo vale.

 

Todo estaba escrito antes de que partieses.

¿Y ahora? Todo estaba escrito

con un hilo de aliento.

Ahora, quebrado ese resto,

sé que detrás habita un borbotón,

un terrible socavón de aire.

Llanto por vos, por lo que no se puede,

y por todo lo que te hizo ser

entre mis brazos cansados,

como una deidad quebrada,

un dios que asumiese el cuerpo de la enfermedad.

Ahora vacío el cause hasta el vahído,

te saludo, bruñidor de piedras celestes, hijo

del dolor y la codicia por la vida pura,

hijo de los ojos dolientes y limpios.

Ahora cuidá de mí, ahora reprochame todo,

habitante del cielo, amante de los perros,

inquebrantable niño, eterno partícipe del amor.