fbpx La poesía de Sonia Scarabelli, esa flor de stapelia que brota sin dar aviso | Agencia Paco Urondo | Periodismo militante
Fractura //// 27.02.2022
La poesía de Sonia Scarabelli, esa flor de stapelia que brota sin dar aviso

La poeta rosarina traza en su obra reunida un sendero propio y continuo. Una epifanía donde la felicidad no es solo la alegría delicada y simple de lo único amoroso sino también de la finitud y lo efímero por venir.

Por Yaki Setton | Foto: Eterna Cadencia

“Tengo un pájaro

que gorjea para mi sola-

un señuelo de primavera”

 

Emily Dickinson

 

La felicidad de los animales (Bajo la luna, 2021) se abre de pronto como esa flor de la stapelia orbea variegata que tanto deslumbra a Sonia Scarabelli. De apariencia cactácea, austera y nítida, la stapelia ofrece una flor que brota sin dar aviso: nos levantamos una mañana a pleno sol y ella está ahí inesperada, soberana. Silueta de estrella “con puntos grietas de oro/ sobre el pardo rugoso/ de los pétalos”, escribe Scarabelli. Su corola de piel de lagarto, con un vello apenas perceptible, adquiere una presencia majestuosa, deudora de un sutil esfuerzo; “Animalito/ de desolación/ cuánta belleza/ fragilidad detrás/ de la máscara/ de diosa, alma escondida/ humilde /hablando de la carne/ que perece”. Y a su alrededor, embelesados, abejas, tábanos, libélulas, moscas azules; la adoran.

Sin que nos diéramos cuenta, la obra de la poeta Sonia Scarabelli ha ido creciendo silenciosa, son siete poemarios; dos se distribuyeron solo en la ciudad de Rosario y otros dos son inéditos hasta hoy. Primero fue La Memoria del árbol (2000). Luego Celebración de lo invisible (2003), premio Felipe Aldana, Azogue (2004, inédito), Flores que prefieren abrirse sobre aguas oscuras (2008), El arte de silbar (2014), Últimos veraneantes de febrero (2020) y ahora, La felicidad de los animales.

Todos estos libros están aquí.

En diciembre del 2000 Scarabelli publica su primera obra en la editorial independiente Los lanzallamas, “de un día para el otro me ofrecieron sacar un libro y estuve trabajando con un conjunto de poemas hasta encontrarles un orden”; se trataba de La Memoria del árbol.

Leer esos primeros versos veintiún años después nos obliga a desandar de modo retrospectivo el inicio y el alcance de esta obra reunida que tienen ustedes entre sus manos. Porque todo principio en la escritura de una poeta es la invención de un lenguaje imprevisto en la lengua de la poesía. Edward Said lo piensa muy bien cuando se pregunta en Beginnings por el sentido de todo comienzo: ese “punto en el cual, en una obra determinada, el autor se aparta de las demás obras” ya existentes para crear la propia. Justamente, La Memoria del árbol devela el origen de una poesía que adquirirá, de libro a libro, una intensa vocación lírica. También encontramos esa naturaleza enmarcada en la casa y el jardín de infancia con los seres queridos que irán poblando la poética de Scarabelli. Padre, madre, abuela, hermanos, forman una ronda de espejos, se mira la voz austera, oculta por detrás de todas y todos ellos: “Cuando mi madre era una niña/ se trepaba a la copa de una higuera/ y desde allí/ como un pájaro/ de palidez lunática/ defendía su infancia/ de los dolores de la vida”.

 “La infinidad de veces que me quedé mirando desde un punto cualquiera de este lado hacia aquel otro”, escribe Sonia Scarabelli en su ensayo La orilla más lejana (2009, EMR). Qué trae la naturaleza liberada del recorte urbano en los pájaros, la luz del día y de la noche, los insectos, el río, árboles, viento, animales; qué descubre la poesía a través de su ojo.

Celebración de lo invisible es el tránsito hacia una revelación de la naturaleza en su mirada poética. Generosa la perspectiva nos deja abierto el campo focal: “Ahora el viento, / el pájaro, / la abeja, / la mariposa, / son carruaje// portadores de criaturas anónimas/ y seres de gran belleza/ -que en sí llevan/ Inscritas sus misiones”. La tierra está habitada por formas tan diversas, por seres tan singulares que las cosas adquieren vida propia pues “Calla la piedra/ lo que sabe/ por el sauce y el agua/ y por la golondrina, // y el colibrí, la abeja/ y el color mariposa, // y el escarabajo/ y la culebra/ y la hormiga// y la hoja/ y los árboles/ y aves/ cuales fueran// peces y plantas/ gotas y animales// el río, / el rayo de la luna/ la lluvia, el sol, el viento”. Entonces, se funden sentidos, intensidad poética, arte menor del verso y estrofa breve para detenerse en los detalles de la vida como si lo visible, aquello perceptible, se tornara por unos instantes un paraíso actual.

“Lírica es una voz desnuda en la impudicia de volverse sobre sí y hallar, en lo profundo del yo, aquello que lo rebasa, aquello que también le hace lugar de habla cuando se hablan de las pequeñas cosas, las pequeñas voces en concierto”, afirma Diana Bellessi en La pequeña voz del mundo y es esa voz la que progresivamente se enhebra de Flores que prefieren abrirse sobre aguas oscuras a El arte de silbar y Últimos veraneantes de febrero. Sí, son tres libros, pero juntos son también la historia de una introspección, de un modo de composición métrica y rítmica, de una lengua propia; como bien dice la poeta “el criterio de un poema a otro, de un libro a otro, es la voz”. Así, cada una de estas obras son peldaños de una escalera inmanente que nos traslada a distintas dimensiones en la subjetividad de la poesía de Scarabelli.

Con Flores que prefieren abrirse sobre aguas oscuras nos sumergimos en una sensibilidad donde el yo, las palabras, los seres, la sintaxis y las cosas en la vida cotidiana están hechas del mismo misterio y la misma materia; “¿será cierto/ que hay flores que prefieren/ abrirse sobre aguas oscuras, / serán ciertos/ los fugitivos actos de memoria/ que descubren, apenas entrevisto, / el amoroso borde/ de una forma completa?”. Un De rerum natura, un explicar el universo no a la manera de Lucrecio desde el átomo sino desde el lenguaje poético en sus distintos avatares. El arte de silbar es, en tanto, el cambio hacia el predominio de la segunda persona, es el habla, el diálogo con el padre recién ausente (“¿Me conversás a mí, / me hablás a mí más tierno que la tierra?”). Últimos veraneantes de febrero es la grada que nos transporta a una dimensión introspectiva que se expande y a su vez se detiene a observar, reflexionar y coexistir dentro de este cosmos poético. Su voz en primera persona dialoga consigo misma y con otras o nos incluye creando un clima y una intimidad ampliada, por medio de versos de arte mayor y poemas de largo aliento, mientras condensa y combina de manera natural las diversas aristas que atraviesan nuestras vidas de poema en poema: “Somos los últimos veraneantes de febrero/ llenos de lágrimas y autocompasión/ porque el año fue duro.// ¿Podría un río transparente lavar/ Corazones rotos en pedazos,/ heridas que cierran superficialmente,/ sueños insatisfechos hasta que la vida pierde/ todo valor?”

Inédito del 2004, Azogue, es el eslabón perdido entre los poemarios de Scarabelli que aquí recuperamos. Poesía de música dorada del siglo de oro con armonía, pausas y métricas etéreas sus poemas llevan la tradición bíblica del desierto, del verbo creador, del nazareno y del amor por los pequeños detalles de la naturaleza y las cosas; “¿qué haremos con lo que queda/ de la inocencia, el canto que tuvimos, // los deberes de llamar al pájaro, la abeja, / la hormiga, el trébol, el árbol/ por su nombre?”.

Azogue explica y ahonda la sensibilidad abierta en La memoria del árbol, que se amplía y se desplaza en Flores que prefieren abrirse sobre aguas oscuras hasta volverse comunión en La felicidad de los animales, nuevo libro de esta colección. Se trata de una comunión que enlaza y al mismo tiempo singulariza los elementos y seres de este mundo. Árboles, fuego, hermanos, pájaros, madre, viento, insectos, agua, padre y amada se tornan composición poética en la voz plena, lírica de sus poemas. Porque aquí todas las formas de vida hablan el mismo lenguaje y dialogan sin traductores con un anhelo de lengua total.

Sonia Scarabelli nos va guiando en La felicidad de los animales por un sendero propio y continuo. Una epifanía donde la felicidad no es solo la alegría delicada y simple de lo único amoroso sino también de la finitud y lo efímero por venir: “¿cuántas veces dijimos/ que éramos/ dos hojitas al viento? / La revuelta baraja/ y el azar entre las ramas/ del árbol que nos lleva/ primero hacia el cielo/ y después hacia la tierra”.