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Fractura //// 31.07.2022
Fontanarrosa en tiempo de descuento

No hace falta aclarar la relación que tenía el escritor rosarino con el fútbol. A 15 años de su partida es tarde para pedir VAR, pero no para recordarlo con este texto.

Por Norman Petrich

Uno como que ya avizoraba el final por la cantidad de veces que el viejo de negro relojeaba el reloj. Ni tiempo de descuento quedaba ya.

No hay caso, che. Se nos para el cuore cada vez que el bicho ese queda mirando para el centro del campo con el silbato en la boca. Uno piensa que está preparado, que la resignación debe aparecer solita, pero no hay caso.

Mientras no caiga la sentencia a uno le quedan esperanzas. O como dice el Tripa: “dale que todavía no cantó la gorda”. Sin embargo había que reconocer que, esta vez, la cosa venía fulera.

Y eso que probamos con todo lo que teníamos a mano. Hasta pisamos una iglesia otra vez después de cómo 5 vidas, encaramos a un santito que tenía pinta de generoso y le pedimos que cambiara el resultado. Le quebramos un dedo, por supuesto, como correspondía, para que cumpla.

Hubiésemos secuestrado al viejo que venía invicto si fuera eso posible, pero ya todos saben que siguió invicto y dejó de ser viejo. Es más, el 305 no es más el 305. Le pusieron otro número. El 113, creo. ¿Y a quién se le puede ocurrir “tomar prestado” un colectivo que termina en la yeta? Ni en pedo, loco.  

Y el viejo de negro dele mirar el reloj.

“De esta no nos salva ni el Pichón de Cristo”, pienso. Ni el Pichón de Cristo y el Pacú juntos, nos salvan, la puta que los parió. Ni toda la OCAL junta metiéndose a la cancha nos salva.

Porque el tipo, jugar, no sé si jugaba ¡pero cómo puteaba! Por eso lo querían tanto, además de hacer como los dioses lo que sabía hacer. Porque no podés ser ídolo si sos demasiado perfecto, viejo. Si no tenés ninguna fulería, si no te han cazado en ningún renuncio… ¿Cómo mierda la gente se va a identificar con vos? ¿Qué tenés en común con los monos de la tribuna?

Ojalá desapareciera el cuervo, ahora que están sonando las campanas del ocaso, pero no sería solución. Llamarían los del VAR desde no se dónde para invalidar lo hecho y de nuevo a sufrir. Después de todo, él ya había imaginado una torre de 50 metros sobre el nivel del piso a la cual se accede mediante el servicio de tres elevadores, uno para el árbitro y los restantes para algunos jueces de línea. Allí, 127 pantallas estarían al servicio de los tres para condenar a unos y salvar a otros.

Puta madre si se la vio venir. Lo que no se imaginó fue que lejos de reducir sensiblemente los disturbios, sólo los multiplicaron.

Porque, viejo, seamos honestos. Te trazan una línea diciendo si o no en el instante que la ven partir, pero los que detienen la imagen son humanos ¿quién puede asegurar que no lo detienen microsegundos más tarde y que eso cambia todo? No sería este el caso, donde todo está más que claro.

Ya sé que me fui un poco al carajo, qué querés. Si uno sigue mirando, como hipnotizado. Ni fuerza para desviar la vista, te queda. Para colmo ni cerca de pisar el semicírculo contrario, ese lugar donde empiezan a crecer a pasos agigantados las esperanzas, aunque casi siempre terminan en un “¡uhhhhh!”.

Somos una verga, nosotros, Gato, no me digás… No, no me hago el amigo, ahora. Si, ya sé que lo puteamos unas cuántas veces. Se tendría que alegrar por eso. Si lo putean es porque todavía esperan algo de él, todavía lo consideran apto. Ni siquiera se lo putea a aquel del que ya no esperás más nada.

La cosa es no mirar el reloj. No mirarlo nunca, dijo una vez. ¡Eso si no estás por perder! ¿Cómo carajo hacés si te están sacando del campeonato? Ahí te puedo dictar una maestría sobre la diferencia en la densidad del tiempo. ¿Gratis? No seas forro. Antes lo hice por amor, mirá si ahora no lo voy a hacer por dinero. Pero te estoy hablando de esto, de no saber si ganás, empatás o finalmente terminás perdiendo, como parece que va a suceder esta vez, la ansiedad te destruye.

El tipo de al lado cree adivinar lo que estoy pensando y me mira como diciendo “quéselevacer”. Le clavo los ojos y me esquiva la mirada, entiende el “por qué no cerrás el orto” tan clarito como si lo dijera.

Y suena el pitazo, nomás.

Da ganas de llorar, viejo. Lo veo al Monito enjugarse la cara sucia con el revés de la mano y me da envidia. El Monito que a los 8 le quebrara en tres partes el tabique nasal a su profesora de música, estaba llorando.

¡Mierrrrda!

No se puede decir otra cosa. Y así, con muchas erres. Porque también la cosa está en los nombres, en cómo suenan. Como Roberto. Roberto Fontanarrosa. No es José Miguel. Si se llamará José Miguel no serviría para esto. O sí. Bah, qué se yo. Pero en cambio, con ese nombre, no puede defraudar. ¿Quién mueve? Roberto, Roberrrto Fontanarrrosa. Infalible. A buscarla a las piolas. Aunque no hoy.

Por suerte, queda el consuelo del amargo choripán de la derrota. Y una lata de birra. De la más barata, no alcanza para otra. Si todavía hicieran la Rosario, hasta esa me tomaría. ¿Te acordás cuando fabricaron una que se llamaba la Diosa? Hijos de puta, ni fría dejaba de parecer que tomabas meo.

¡Pará! ¿A dónde vas?

¿Qué tenés que hacer? ¿Te espera alguien?

¿Qué otra cosa más importante que hablar de fulbo hay para hacer?

Decile al calavera sorete ese que espere.

Quedate un rato más.

¿Qué el mejor lugar para recibir la noticia de una derrota decisiva es el Café Grecco, allí en la escalinata de Piazza Spagna? ¿Y a mí me lo venís a decir, que sólo una vez crucé la frontera y ni pasaporte necesité, de lo cerca que estaba?

Dejate de joder, Negro. Vení, sentate, sigamos hablando, imaginemos que mañana tendremos revancha.

Imaginemos que tendremos mañana.   

Total, mañana vemos.