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Fractura //// 26.09.2020
Fernando Marquinez: la venganza de los octópodos

¿Sueñan los pulpos con cazuelas de náufragos? es el nuevo libro de Fernando Marquinez, un artefacto "cienciaficcional" lleno de cine, rock y malevaje que viene a sacudir ciertos esquemas en la poesía vernácula.

Por Norman Petrich

“La participación en la digestión de otros revela mordaz el avance solapado de la empatía” avisa Fernando Marquinez en el texto que sirve como arcada, como portal para introducirnos en “¿Sueñan los pulpos con cazuelas de náufragos?”, libro editado por Lamás Médula, a principios de la cuarentena.

Como ya lo sugiere el título, Marquinez arma un artefacto "cienciaficcional" con su poesía y lo hace atravesar, con humor y acidez, la realidad a la velocidad luz del cine y la música, para trastocar los límites, para probar qué sucede si esto lo pongo… No como parte de algo improvisado, hay un patrón de búsqueda que recorre todo el libro. Tal vez ese patrón sea colectivo, utilice las formas en las que trabajó tanto tiempo (Excepto El resto no presenta alteraciones, de 2014, sus otros libros tienen coautoría). “Sommeliers Clase B”, el poema que abre el libro y la sección Clase B, es una muestra de ese accionar postsurrealista: una verdadera reivindicación a la labor de los mosquitos que discriminan y succionan mientras emiten “sonidos King Crimson”, opacados por otras comunidades o la fama de la mosca que “se mezcla con genes humanos por fortuita teletransportación” (obvia alusión a la película de Cronenberg), mientras reclama para éstos un final “digno de Hitchcock” o por lo menos un Oscar, por el aporte a la difusión de la malaria y la fiebre amarilla.

Hay una simbología extrema, distópica, podríamos decir, en esos “mundos que no serán suyos” o nuestros sino de aquellos que desprecian “al dios que inventó el dolor”, incapaz de aportar la solución psicomágica:

dice uno de la multitud

dejate fritar

dejate llevar

dejate joder

 igualados todos para abajo en la irrealidad construida por un dios que ya no mira y “solamente hace glu glu glu”.

No es sólo nombrando a grupos como The Who o insertando líneas de canciones como “podemos ser héroes aunque sea por un día” trayendo a Bowie, que el rock se hace presente. Hay todo un fraseo visceral que se identifica en versos como “Tótems de la era trifásica” o “flipado en una tormenta- sin truenos ni relámpagos”. No puede ocurrir de otra forma en un lugar donde hay “Barrabravas que arrojan piedras vesiculares en los hospitales”, mientra “un diente… bajo la suela del zapato sigue mordiendo”. No se puede “romper espejos sin derramar sangre”, nos alerta todo el tiempo, cuando el tiempo se parece a un corte publicitario hecho con eso que llaman vida real:

¿Y las pirañas?

Pienso en las palometas del Paraná.

Antes de hundirme en el río,

me lastimo los brazos y las piernas

con una hojita de afeitar.

 

Sangrando espero

los títulos.

No es el rock el único dialecto musical que se rastrea en los versos, el tango entra en la segunda parte del libro (que lleva el subtítulo de “el zorzal irrisorio”) y cambia radical el lenguaje, se vuelve malevo, pero hasta ahí nomás. Nenes edípicos vomitando sushi en el parque Independencia, cusifais que quedaron en orsay ante los morlacos del otario, la pantufla cíclica de un cachafaz, la ansiedad del burrero que no puede esquivar la yeta, son los habitantes de este medio tiempo que parece “pura laxitud del chamuyo”, producido por la “incomodidad” del per saltum literario. Cuando uno se está acostumbrando al nuevo ritmo llega el tercer apartado, “pulga láser” y nos pone a jugar a “¿quién quiere ser Fabricio Simeoni?”, poeta con el que ha compartido muchos trabajos e, incluso, premio: en el 2007 recibieron el Felipe Aldana por Cavidades del recreo. Ese accionar se replica en esta parte, desde la cita de “Nihilismo overo”, texto del “Rengo” (La nada lana da), con títulos que son clave y parte de la estructura de los poemas como en “Plegaria dorada”

Teme a dios

te mea dios 

No quedan esperanzas de un futuro parece decir el siguiente apartado, donde “las plumas decapitan”. Pasaportes engullidos, manicomios de hielos, “la magnitud de la esencia condensada en el humo”, el olvido junto a un sachet anoréxico, nuevamente parecen ser los únicos finales posibles ya que “siempre es tarde cuando descubrimos el peligro”. Ser parte de la conclusión, no de los que sueñan con la continuidad. Pensarse del lado de la cena, no en la mano que empuña los utensilios de cocina:

Somos espasmos de una marea reducida a monocromos,

la muerte misma

que acomoda los átomos de un plenilunio.

Cerrando el ciclo como un eterno retorno, “Partículas perversas”, el último apartado, retoma la estética y la forma del comienzo, completa la venganza de los octópodos. Las citas de Caetano Veloso, Narciso Ibáñez Menta, Luis Alberto Spinneta, Luca Prodan, Gustavo Cerati, Charly García, el Indio Solari, Ringo Starr, renuevan el puente cinéfilomusical. Por él circula quien busca su reflejo cuando lleva la mirada rota y carga el miedo mientras “seguimos flotando en aguas estancas” de una comunicación que no es palpable, sino sugerida

miedo a googlear

sobre oscuros monitores

que siempre empalagan

de noticias crisálidas.

¿Sueñan los pulpos con cazuelas de náufragos? es un libro que viene a sacudir cierta modorra creativa, viene a proponer una estética a la que no estamos tan acostumbrados en poesía y que ha centralizado miradas con todo el tema del concurso del FNA. Es más, si este libro no hubiera salido antes de la presentación de las bases, sería un serio candidato a ganarlo. Hay en él una constante sensación de peligro, resumido en la figura del octópodo cansado de ser cena. Quizás, hay aquí todo un posicionamiento que parece rastreable no sólo en este cambio de roles sino en versos como éstos

La voracidad de la especie

soporta un soplo

otra captura de sopor

y hambres transgénicas

/…/

Las certezas se deshacen

sobre la faz de la tierra

mientras los depredadores

preparan un infierno tardío.

No hay lugar para declaraciones de inocencia en estos poemas, resuena repetidas veces el ser una partícula perversa que “reflecta anemia”, ser un piano con “sólo las teclas negras”. Y parece que se llega hasta ese lugar no por inercia sino por dejar hacer, en silencio. Porque, como Marquinez o su pulpo avisa: “si llegaste hasta aquí, estás cocinado”.