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Fractura //// 29.08.2020
Detrás de las paredes: el arte como expresión, resistencia y denuncia

El escritor y psicólogo Pablo Melicchio reflexiona sobre los Diarios de Ana Frank: "El arte es un modo de vomitar angustias, de hacer algo con la cruda realidad, es un ejercicio de la libertad y es la manera de construir un universo grande a pesar del encierro".

Por Pablo Melicchio | Ilustración: Matías De Brasi

Ana Frank era una adolescente cuando el nazismo estaba en pleno apogeo. Estuvo 761 días oculta junto a sus padres, su hermana mayor, y cuatro personas más, en un “anexo secreto” de la empresa familiar, en Ámsterdam, Holanda. Ocultos en un espacio de 120 metros cuadrados. Bajo el escondite había un almacén y por lo tanto horarios muy peligrosos en los que apenas podían respirar. Recibían alimentos de unos protectores que los visitaban cuando podían. Sus vidas eran sedentarias y sencillas, de susurros y de andares descalzos, de paranoia y de mucho temor. Encerrados, intentaban preservarse y sobrevivir a una de las pestes más inhumanas de la historia de la humanidad: el nazismo.

Poco tiempo antes de tener que ocultarse, cuando Ana cumplió los 13 años, los padres le regalaron un diario en el que ella fue describiendo, entre otras cosas, su vida en la clandestinidad. Es el diario de su inicio adolescente, son cartas, expresiones, pensamientos y diálogos. Entre sus páginas accedemos a su vida cotidiana, conocemos sus ideas, sus anhelos y dolencias. En cada entrada se dirige a Kitty que no es exactamente una amiga imaginaria, es un personaje ficticio y por lo tanto es ella también; le habla, se habla. Diario que es su modo de resistencia frente al encierro y el miedo a ser descubiertos por los nazis. Miedo que finalmente se hizo real cuando fueron capturados y trasladados a diferentes campos de exterminio. El diario es, por sobre todas las cosas, el testimonio de quien se pensaba una sobreviviente, escrito y corregido por Ana con la esperanza de ser publicado cuando el horror del nazismo terminara; pero cuando el nazismo terminó, Ana ya había muerto.

El viernes 29 de octubre de 1943, Ana Frank escribe en su Diario: “(…) Me da la sensación de ser un pájaro enjaulado al que le han arrancado las alas violentamente, y en la más absoluta penumbra choca contra los barrotes de su estrecha jaula al querer volar. Oigo una voz dentro de mí que me grita: ¡Sal fuera, al aire, a reír!”. Una extensa cuarentena que nunca terminará. Saldrá de allí, pero hacia otro encierro: el holocausto, el campo de concentración. Saldrá de su extenso aislamiento para vivir peor que un pájaro enjaulado, muriendo cada día en la más absoluta e inimaginable deshumanización. Con apenas 15 años, en el campo de concentración de Bergen-Belsen, cuando ya no quedaba casi nada de aquella joven que resistía escribiendo su Diario en el “anexo secreto”, desnutrida, rapada y harapienta, Ana muere de tifus y es enterrada en una fosa común. Pero nos queda su letra, su testimonio, el relato de una parte fundamental de su historia y de la historia más horrenda de la humanidad. Del holocausto solo sobrevivirá su padre, Otto Frank, que continuó hasta el final de sus días sosteniendo la memoria de lo padecido, brindando conferencias y respondiendo miles de cartas llegadas de todos lados del mundo.

¿Cómo es posible resistir en el encierro, en la cárcel, en un campo de concentración? ¿Cómo sobrevivir ante tanto dolor?

“Todo puede ayudar a sobrevivir. Recitar todos los poemas que conocíamos, intercambiar recetas de cocina, cantábamos las canciones de Edith Piaff”, nos relata Sarha Lichtsztejn en el documental Descubriendo a Ana Frank: vidas paralelas. Sarha es una sobreviviente de un campo de concentración y tenía la misma edad que Ana cuando fue apresada. Poemas, recetas, canciones, el arte como resistencia, como posibilidad de salvación ante el horror más deshumanizante. Hay quienes estuvieron atrapados, encerrados, ultrajados, pero aun así, resistieron y la palabra oral y escrita fue esencial para sostener lo humano, la memoria, la dignidad, para no enloquecer.

El poeta español Miguel Hernández murió de tuberculosis en la cárcel el 28 de marzo de 1942, condenado a 30 años de prisión por formar parte activa de la Guerra Civil española. Entre las rejas no dejó de escribir, incluso en trozos de papel higiénico, bellísimos y conmovedores poemas como Nanas de la cebolla, en respuesta a una carta en la que su mujer le hacía referencia al hambre que estaban pasando afuera. En el Cancionero y romancero de ausencia, hay poemas como “Antes del odio”, que rezuman vida y esperanza, a pesar del dolor y el acecho de la muerte:

No, no hay cárcel para el hombre.

No podrán atarme, no.

Este mundo de cadenas

me es pequeño y exterior.

¿Quién encierra una sonrisa?

¿Quién amuralla una voz?

Ana María Ponce, militante peronista, fue secuestrada durante la última dictadura militar, el 18 de julio de 1978 en Buenos Aires, y vista por última vez en la ESMA, Escuela de Mecánica de la Armada, hoy Espacio de la Memoria. Allí fue torturada y finalmente desaparecida. Durante su cautiverio resistió escribiendo poemas que una compañera, Graciela Daleo, pudo rescatar del centro clandestino:

Aquí,
estamos,
estás
estamos,
vos, yo,
todos.
Mientras mis manos
puedan escribir
mientras mi cerebro
pueda pensar,
estaremos
vos, yo, todos.
y habrá un mañana.

 El arte es la posibilidad de expresión y denuncia de las diversas crisis que atraviesa la humanidad, es un modo de resistencia, de vomitar angustias, de hacer algo con los límites impuestos, con la cruda realidad, es un ejercicio de la libertad y es la manera de construir un universo grande, a pesar del encierro. Urge repensarnos de manera creativa para trasformar el mundo en un lugar mejor, sin violencias, más profundamente humano.