Abrasha Rotenberg: "¿Cuándo podrá ser el hombre feliz? No lo sé..."
Abrasha Rotenberg (1926), periodista insoslayable de Primera Plana y La Opinión, ha reeditado recientemente, por la editorial Hugo Benjamín, Última carta de Moscú. En una entrevista exclusiva con Fractura, suplemento literario de AGENCIA PACO URONDO, Rotenberg recorrió su trayectoria en el periodismo y reflexionó sobre distintos momentos de la historia argentina.
Agencia Paco Urondo: Abrasha, quisiera comenzar preguntándote cómo fue tu amistad con el poeta y periodista Francisco Paco Urondo. ¿Cuándo y cómo comenzó?
Abrasha Rotenberg: La amistad con Paco comenzó, primero, cuando trabajó en La Opinión. Pero además, estaba en esa época en pareja con una actriz que era muy amiga, Silvina Katz. Nos veíamos seguido. Yo lo apreciaba mucho. Tuve conversaciones muy íntimas con él y un día le pregunté por qué estaba donde estaba y él me dio una respuesta que me tocó mucho, aunque creo que era equivocada. Me dijo “estoy por mis hijas; porque el futuro está allí”. Ahora, los que conocen la verdadera forma en que y por qué falleció, esa frase duele.
APU: Y me recuerda ese clima que había en la redacción de La Opinión, tan bien retratada en Historia Confidencial; cuando te referís a que había un sesgo más partidista y ya no del periodismo independiente.
AR: Claro. Ahí estaban el ERP, los Montoneros… estaban los servicios secretos, había de todo.
APU: No faltaba nadie. ¿Estaba García Lupo?
AR: ¡Nooo, ese no estaba! A García Lupo lo llamaban Pajarito y fue gran amigo de Jacobo, en la medida en que esas dos personas -muy conflictivas- podían ser amigas.
APU: Claro.
AR: Volviendo a Paco: cuando me enteré cómo murió, me dio mucho dolor. Así que el hecho de que le hayan puesto a esta agencia el nombre de Paco, me parece una suerte de reivindicación de alguien que verdaderamente se arriesgó. Él creía de verdad que esto era una salida para el país.
APU: Una palabra recurrente en Última carta de Moscú: espejismo. Aparece el espejismo cuando describís la época stalinista, cuando ves los desfiles nazis en Berlín, diagnosticás un espejismo peronista; ¿es una constante de la historia que haya espejismos?
AR: No me había dado cuenta de esta palabrita. Creo que la política es un gran espejismo. La política es eso: un sueño, una posibilidad, un interés…pero, al mismo tiempo, es algo posible y no siempre realizable. Mas bien, no-realizable. Y cuando fue realizable, la pagamos con mucha sangre: me refiero al fascismo y al nazismo.
APU: Algo que me ha llamado la atención: en el momento de la enfermedad de tu padre y que empiezan a hablar y escucharse más, es la incredulidad de él ante tu memoria. Cuando hablás de este pueblo…
AR: ¿Estás hablando de Teofipol o del pueblo de mi madre?
APU: Del pueblo de tu madre, sí, que no sabría cómo pronunciar.
AR: Sí, se llama Zapadenietz. De lo que más me acuerdo es de mi infancia. No me preguntes qué almorcé hoy, porque voy a empezar a dudar; pero de mi infancia sí, tengo imágenes nítidas.
APU: Incluso la escena con el reencuentro con tu padre y el resto de la familia, en Buenos Aires es de gran nitidez en los detalles.
AR: Sí. Mi infancia la tengo muy marcada, porque fui desdichado: aunque en cierta forma era un privilegiado, porque era un cuasi huérfano-ya que mi padre ya estaba en Argentina- el resto de la familia me cuidaba. Recuerdo especialmente a uno de mis tíos, que fue un coronel del ejército soviético que tomó Berlín y fue durante años administrador de Berlín. Y tuvo un final político trágico, porque cuando fue la Guerra de los Seis Días, lo llamaron y le dijeron la Unión Soviética va a cambiar su política de apoyo a Israel y va a apoyar a los países árabes…así que te pedimos que, como secretario del partido, renuncies. Y él preguntó ¿y por qué tengo que renunciar? Porque sos judío, le respondieron. Y él contestó pero no, yo soy ucraniano. No hubo caso. ¿Sabés cómo terminó él, porque no está en el libro? A los 103 años, cubierto de medallas, murió en Nueva York. Un fanático, que nunca abandonó el comunismo. Él siempre decía “va a venir el hombre nuevo y el mundo va a ser feliz”. Es una de las paradojas históricas más dolorosas que me tocó vivir.
APU: Eso me recuerda cómo te ilusionan algunas frases; ¿qué ilusión implicaba emigrar a nuestro país?
AR: En Argentina, la leyenda era lo siguiente: que las calles estaban adoquinadas de oro. Es el sueño de nuestro presidente…
APU: En tu libro hay una frase que me llamó la atención: “los hábitos y la rutina son más poderosos que la voluntad” ¿Cómo hicieron tus padres para quebrar esa rutina y decidirse a cruzar el mar?
AR: No, no todos tienen el privilegio de la rutina. Kant tenía rutina: cuando salía de su casa, todo el mundo sabía que eran las 8 de la mañana. No necesitaban reloj.
Lector inteligente
APU: Hace 55-60 años, la trivialidad farandulera no aparecía en los diarios. ¿Cómo ves hoy día ese condimento que parece prácticamente obligatorio? Y pensando en La Opinión, que buscaba un lector inteligente.
AR: Sí, para la inmensa minoría, como solía decirse. Yo creo que la frivolidad estuvo siempre. Escuchame: yo me acuerdo, todavía, cómo, en mi peluquería a la que yo iba, en el barrio La Paternal, ¿qué tenían? La revista Radiolandia, que no hablaba de los actores de cine, sino de los actores famosos de la radio. Ustedes…buéh, donde yo entro, siempre soy el mayor; yo aprendí castellano en la calle y en la radio. ¿Qué radio escuchaba? Radio del Pueblo: donde había novelones gauchescos. Yo estaba aprendiendo castellano y cuando fui al colegio me miraban medio raro, porque decía ahijuna, canejo…Los novelones eran todos iguales: un patrón medio indiferente, un capataz malvado, el hijo del campesino, enamorado de la hija del patrón…y había un tipo malo que se metía en el medio…era todo igual.
APU: Ya, el folletín eterno.
AR: Y había también policiales muy buenos. Una serie que se llamaba Las aventuras de Carlos Norton, un detective de los años treintitantos. En la Unión Soviética yo escuché una sola vez radio. Que fue cuando tenía unos 5 años, apareció, en la casa de mi abuelo, un señor que trajo un aparatito, me llamaron y de ese aparatito salía el sonido de una orquesta. Y yo empecé a correr, a ver dónde estaban los músicos. No entendía eso, me parecía un milagro. Y era una radio a galena. Luego en Moscú, donde viví, ahí aprendí algo que no había visto en mi vida y es el circo. El circo, en la Unión Soviética, tenía una categoría igual a la del teatro y al cine. Y siempre me quedó la afición por la radio, al punto que ahora me la paso escuchando radio. Escucho música toda la noche.
APU: Hay un momento, en Historia confidencial, en que afirmás que el clima de trabajo en La Opinión era tan bueno, que lo consideraste la mejor etapa de tu vida…
AR: Una de las mejores.
APU: ¿Cómo era ese clima de trabajo?
AR: El clima de trabajo era: un lugar donde había, por metro cuadrado, el máximo de materia gris que conocí en mi vida. Al mismo tiempo, era muy apasionante todo porque se hablaba, se discutía, pero nunca se vio tal nivel de cultura, inteligencia y libertad para escribir, en el momento de una dictablanda, que fue la dictadura de Lanusse. Si bien muchas veces estuvimos al borde del cierre, ya cuando fue el último golpe militar no había lugar para un periódico así.
APU: Exacto. ¿Y tenían contacto con otros periodistas, con la gente de Crisis, por ejemplo?
AR: Bueno, había una mescolanza. Ahí tenían mucha fuerza los Montoneros y cuando Jacobo se fue, por amenaza de una bomba, yo fui 9 meses director de La Opinión, con un criterio distinto, muy distinto.
APU: Un abismo total entre ese periodismo y esos panelistas, en televisión, que se autoperciben periodistas.
AR: Ahora, el periodismo televisivo ha cambiado en una forma tal que las cosas buenas ahora son los servidores: Netflix, todo eso. Y ya no hay una producción argentina de telenovelas.
APU: ¿Participaste en producción de películas?
AR: Mirá, yo en mi profesión tuve mucha suerte y tuve tres clases de clientes que me interesaban y otros que me daban mucho dinero. Entre lo que me interesaba: asesoré empresas de cine. La vocación de mi hija no viene de allí, pero estaba muy metido porque en esa época daban créditos. Entonces en mi estudio me especialicé en cómo armar los pedidos de crédito. Y entonces me hice amigo de Hugo del Carril, de Tita Merello…porque a veces, había películas que me interesaban. Por ejemplo, cuando Hugo del Carril hizo 2 películas. Una se llamaba Culpable y la otra Esta tierra es mía. Era un ser encantador y terminó tan mal…
APU: ¿Y el que hacía Cosa juzgada, Stivel?
AR: Ah, sí, ese fue amigo mío. David Stivel.
APU: Que el guionista era Juan Carlos Gené.
AR: Sí, un grupo de gente talentosísima que se tuvo que exiliar. David murió a los 62 años en Colombia.
Bueno, pues a eso me dedicaba y también a editoriales. ¿Qué pasó? Cuando Jacobo Timerman iba a armar Primera plana me pidió que lo asesorara. Y ahí empecé, un poco desde afuera, no desde adentro.
APU: Sí, incluso decís que no sos periodista.
AR: No soy periodista; pero sé quién es buen periodista y quién no.
Fue una experiencia muy interesante para mí. Aprendí mucho. Y, sobre todo, aprendí lo que no hay que hacer. Es muy importante saber qué hacer y qué no hacer en periodismo. En la época era difícil, con mucho control y con bombas internas. Cuando fui director, te metían, de pronto, y fue muy duro porque los tenía adentro, contra mí, y afuera.
APU: ¿En España incursionaste en periodismo?
AR: No en España fue muy duro la cosa. Porque llegué – hubo un episodio en que la policía detuvo a mi hijo con el hijo de David Stivel, con Alejo. Fueron a un concierto y ese día habían asesinado a un comisario, que le pusieron debajo de la cama una bomba; la amiga de la hija del comisario. Un caso famoso. Entonces lo detuvieron, lo tuvieron encerrado toda la noche en la comisaría y a la mañana me dijo una frase que me sorprendió. Me dijo “salí corriendo de acá. Si te quedás un minuto más, te llevan”. Estuvo toda la noche. Y era la época de…¿se acuerdan lo que pasó en Trelew?
APU: Sí, claro.
AR: Y además, las amenazas: te vamos a matar; sabemos dónde está tu mujer, tus hijos; si llegás a publicar tal cosa, sos cadáver. Y yo decía, no, qué va…¿Te avisan y pensás que no te van a hacer nada? No, una teoría estúpida, que se me ocurrió porque no quería verlo.
APU: Volvamos a tu juicio sobre La Opinión.
AR: La Opinión fue, posiblemente, una de las pasiones que tuve en mi vida; porque tuve muchas, por suerte.
APU: ¿Te puedo ir tirando algunos nombres y me decís que recordás de ellos?
AR: Sí, vamos.
APU: ¿Tomás Eloy Martínez?
AR: Recuerdo a uno de los talentos más grandes que pasaron por La Opinión. Una prosa de una calidad extraordinaria. Gran autor: La novela de Perón me parece uno de los libros esenciales para entender quién fue Perón. No así Santa Evita. En fin, por Eloy Martínez, gran admiración. Políticamente…inescrutable.
APU: ¿A Koremblit, lo conociste?
AR: Sí, estás hablando de Bernardo Ezequiel Koremblit. Fuimos-no te diré que amigo, porque era mayor que yo- pero lo conocí bien. Y fue un hombre que me dolió.
APU: ¿Por qué?
AR: Porque cuando cerraron La Opinión, la tomó el gobierno-te estoy hablando de abril del 77- él empezó a colaborar. Y me dio mucho dolor.
APU: Claro, él además ya escribía en otras partes. En Davar…
AR: Yo empecé en Davar. Empecé en Davar porque el padre de Verbitsky -que él sí era muy buena persona- me pidió que colaborara. Y escribía…no sé lo que escribía.
APU: En Davar estaba también estaba un ensayista, Lázaro Schallman…
AR- Síiii…¡pero Schallman era mi abuelo! Yo era jovencito, tenía 19 años. La cuestión es que Verbitsky padre, Bernardo, me pidió que escribiera algo. Y por primera vez en mi vida – y esta cifra es exacta- me llegó un cheque por 135 pesos con 35 centavos por la colaboración mía. ¡No lo podía creer!
APU: ¿Conociste a Simja Sneh?
AR: ¡Hombre, claro! Gran amigo. Un hombre que respeto: guerrillero, escritor, vendedor de camperas, como Moldavsky. Casado con una muy gran amiga mía, Berta Bialy.
APU: La hija, Perla, es poeta y escritora…
AR: Sí. Una persona maravillosa. Ahora, con Berta, yo tuve dos experiencias teatrales. Resulta que, con Berta, ella quería ser actriz. Recitaba muy bien. Y yo, por esos azares de la vida, me tomó mucho cariño un actor excepcional, en ídish, Jacob Ben-Ami. Hizo una sola película, Esperanza, que fue un espanto. Antes, yo iba mucho al teatro. Con Berta- que no conocía mis antecedentes teatrales- porque en el IFT empecé a ser actor. Empecé modestamente. La primera escena, que dirigió un judío polaco que se llamaba Jakob Rotboim, era la siguiente: una obra de un autor ídish sobre la resistencia de los judíos partisanos en la invasión de los nazis a la Unión Soviética. La escena era trágica. Había una horca, estaba el guerrillero a quien habían capturado, pero, antes de morir, le permitían un speech una proclama sobre la resistencia. Y ahí estábamos nosotros, el pueblo, viendo eso. Y pasó una cosa que ocurre en el teatro: alguien hizo una pequeña broma y empezamos a reírnos como locos. Como lo estaban matando y nos movíamos así, conteniendo la risa, el público pensaba que estábamos llorando. Una cosa imparable. Pero quien se dio cuenta de eso no fue el público sino el director; con lo cual, mi carrera actoral terminó rápidamente.
APU: ¿Estudiaste Economía o Ciencias contables?
AR: No, no, no. Yo estudié acá, en la Facultad de Ciencias Económicas. Me recibí de contador público. Después, trabajé en la embajada de Israel. Cuando se estableció la embajada, buscaban gente que hablara hebreo. Yo acá lo estudié y fui maestro de hebreo e ídish; y entonces, me hice amigo del que fue el agregado cultural de la embajada de Israel, se llamaba Yitzak Navón-que terminó siendo presidente de Israel- y me dijo “¿querés venir a trabajar en la embajada?”. Yo, en esa época, estaba trabajando de maestro y, la verdad, no era mi vocación. Mis instintos de asesinato a los niños eran muy latentes. (Risas) Me di cuenta que…había un colegio judío donde los chicos estaban, porque las madres no sabían que hacer con ellos a la tarde y entonces los mandaban al colegio.
APU: Mitad escuela y mitad orfelinato.
AR: Me di cuenta que enseñar a niños no era lo mío. Entonces, en la embajada de Israel, ¡claro!, me gustó muchísimo.
APU: ¿Cómo ves, ahora, la situación mundial?
AR: Me asombra y entristece este momento. Me asombra, sobre todo, que hayan aparecido tantos exponentes de la derecha al mismo tiempo: Trump, Bolsonaro, Netanyahu, el que nos tocó a nosotros…Y me entristece, porque pareciera que la historia se repite.
Entonces, la duda es: ¿cuándo podrá ser el hombre feliz? ¿Con algún sistema socialista, con un sistema individualista?
Siempre es hoy
APU: ¿Cómo ves la sociedad argentina en relación con los ideales políticos de hoy en día? En algún momento de la conversación, que no grabé, dijiste que te sorprendía el giro a la derecha en varios países. ¿Crees que algunos de esos falsos ideales del siglo XX pueden llegar a repetirse, con nuevos maquillajes y nuevos actores?
AR: Estamos utilizando el lenguaje del siglo XX para hablar de fenómenos que se producen en el siglo XXI. Estamos en la era de la inteligencia artificial, que está avanzando con una rapidez que no nos damos cuenta todavía. No estamos preparados para ese cambio que vendrá, y nos sorprenderá no en cien años, sino en veinte o treinta como máximo. Por lo tanto, en ese sentido, Marx tenía razón: la infraestructura económica determina una superestructura ideológica, es decir, que el tipo de economía que va a venir va a cambiar nuestra mentalidad, nuestra forma de relación con la gente, nuestra vida social, nuestra cultura.
Creo que, en este momento, la derecha está en auge. ¿Por qué? No porque sea una gran buena idea, porque es individualismo, es desinterés por el prójimo. Yo creo en la solidaridad, creo en la idea de que el hombre debe ser el hermano del hombre y no su enemigo. Pero vamos a ver qué va a determinar la implementación de la inteligencia artificial.
Seguramente vamos a encontrarnos con una sorpresa: más soledad, menos solidaridad, más comodidad y, luego, algunas dudas que no sé cómo se van a resolver cuando las máquinas sustituyen al hombre. ¿La vida del hombre va a mejorar? No lo sabemos.
En cuanto a la Argentina, va a seguir el destino de todos los países sudamericanos: va a venir un período donde se va a imponer la derecha, la indiferencia frente a la vida individual, el “arréglese como pueda”, “el Estado no soluciona los problemas de la gente”, etc. Yo opino que el Estado no tiene que ser absorbente, pero hay problemas básicos que debe resolver: salud, trabajo, organización social, defensa; Todo eso lo tiene que hacer el Estado y mucho más.
¿Qué va a pasar en Argentina? Estamos en un momento, en una época donde la juventud está descreída de todo lo que significaba el socialismo, porque el socialismo, hay que reconocerlo, fracasó. No entendió el cambio que se producía en la sociedad, fue indiferente a él, y la gente buscó otra salida, que ahora supone que está en la derecha. Yo no lo creo.
¿Por qué fracasó el socialismo? Habría que estudiarlo. Porque, por ejemplo, en los países nórdicos, donde había un régimen semisocialista, desde que nacía alguien hasta que moría tenía asegurada su alimentación, su educación, su salud, etc. Sin embargo, tanto Suecia como Noruega, países donde la felicidad no existía, tener resueltos todos los problemas determinaba al mismo tiempo el mayor número de alcoholismo, el mayor número de suicidios, un grado de infelicidad muy notorio.
Entonces, la duda es: ¿cuándo podrá ser el hombre feliz? ¿Con algún sistema socialista, con un sistema individualista? Cuando tengamos resultado, con la inteligencia artificial, nuestra vida económica, que eso es a lo que se tiende, sobrará el tiempo y las ideas. ¿Pero el hombre será feliz? No lo sé, no lo sé. No hay una respuesta completa para hacer que el hombre disfrute de la vida y tenga una felicidad asegurada; eso no existe. Vamos a vivir siempre insatisfechos y con una incógnita: buscar la felicidad donde no sabemos en qué lugar se encuentra.
APU: ¿Estás trabajando con algún nuevo proyecto de escritura o con algún libro con el que vengas soñando escribir?
AR: Tengo un libro terminado, pero no tengo editor ni me he ocupado. El libro se llama Relatos breves para viajes cortos . Este libro son unos ochenta o cien relatos y reflexiones que he escrito durante años. Algunos con mucho humor, otros con temas serios; es muy variado. Espero ocuparme y ver si me lo publican el año próximo.
También tengo un libro que fue un fracaso y que es, en mi opinión, de lo mejor que él escribió. El fracaso no se debió a la calidad del libro, sino a que fue editado en la época de la pandemia. El día de la presentación, en la Biblioteca Nacional, firmé 187 ejemplares y, luego, se cerraron todas las librerías y pude vender el resto de los ejemplares, que creo que eran en total ochocientos más. Ese libro se lo vendí a una institución que los regaló para fin de año. Pero el tema fundamental es que, cuando terminaron, cuando las librerías abrieron, que fue en octubre del año 2020, y se pudo vender más ejemplares, decidió no reeditarlos. Por lo tanto, pasaron cinco años y el libro se perdió.
Me refiero a La amenaza , que es una novela que escribí y que, modestamente, creo que es lo mejor que escribí. Es autobiográfica y muy dolorosa. En todo caso, intentaré en 2026 —voy a cumplir cien años en 2026— que alguien me la reedite, porque creo que fue un libro muy de actualidad, porque trata un problema de antisemitismo que padecí, en parte por culpa mía, y que, como novela, es muy atrapante.
Bueno, esas son las dos cosas que tengo. Además, tengo una historia que comencé a escribir, con cinco capítulos, sobre la terrible experiencia que tuve al llegar a España, adonde vine como representante del diario “La Opinión” . Vine también porque nuestra seguridad corría peligro. En la Argentina tuvimos varios episodios muy traumatizantes y me quedé sin trabajo, el gobierno militar confiscó el diario “La Opinión” .
Estoy escribiendo, y me cuesta mucho, un libro sobre esa época, donde había muchos argentinos refugiados en España, la mayoría como yo, inmigrantes forzados. Cuento todos los malestares y fracasos que tuve hasta que me di cuenta de que el único que podía darme trabajo era yo mismo. El azar me ayudó, e inventé, junto con un socio español, Manuel Aguilar, la editorial “ Altalena ” , que fue un gran éxito cultural y, por suerte, también económico.