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Cultura //// 13.01.2018
Qué difícil es contarlo

Cambió el tiempo: Qué difícil es contarlo. Fernández  y su compañera Marcela buscan cómo transmitirles la noticia del despido a sus hijos. Segundo capítulo de relatos por Santiago Gómez.

Por Santiago Gómez

Ilustración: Leo Sudaka

Fernández y la mujer tomaron dos termos de mate encerrados en la cocina, mientras los nenes iban por la segunda película en Netflix.

- Mejor le cancelamos a mi hermano mañana - dijo ella.
- Marcela, la carne ya la compré, hoy no vamos a empezar a ahorrar. A los chicos les va a hacer bien jugar con los primos y distraerse un poco.
- ¿Se lo contamos hoy, al final?
- Me parece que tenés razón, para qué ocultárselos, Martín ya se dio cuenta de que algo pasó y no vamos a pasarnos la cena haciendo como que no pasó nada.
- Bueno, perá que los llamo.
- No, aguantá, dejá que me pegue una ducha y piense cómo se los digo.

Fernández fue hasta su habitación, sacó del primer cajón del placard un calzoncillo y de la ropa apilada sobre una silla un short. Se sacó los zapatos, las medias y metió los pies en las ojotas que estaban al costado de la cama. Cerró con llave la puerta del baño, puso música en el celular y lo apoyó sobre la mochila del inodoro. Abrió la ducha, reguló con la fría la temperatura del agua. Se desvistió frente al botiquín, se encontró en el espejo, se apoyó sobre la pileta y mirándose fijo a los ojos se dijo: y ahora qué mierda vas a hacer Guillermito. En el espejo Guillermito se puso a llorar.

Marcela en la cocina chateaba por celular con el hermano, pidiéndole que en el asado no empezar a preguntarle al marido a quién había votado. Martín la interrumpió para preguntarle qué había pasado.  Cuando papá salga del baño, cenamos y él les va a contar, contestó.

- ¿Pero no me podés decir ahora?
- ¡Pero qué chico insistente! Martín, te lo pido por favor, que ya es bastante difícil para todos, andá a ver la película con tu hermana que cuando tu padre termine de bañarse comemos y conversamos los cuatro.
- ¿Pero qué te cuesta decirme vos ahora? - insistió el nene.

Marcela inspiró hondo, la cara de preocupación del chico la hizo serenar. Vení, le dijo, le dio un beso en la cabeza, lo abrazó fuerte y agregó: “vamos a dejar que papá sea el que se los cuente, que se los quiere decir él ¿Puede ser? ¿me hacés ese favor de quedarte con tu hermana mirando la tele hasta que los llamemos para cenar?”. ¿Qué vamos a comer? Pizza. Iupi, gritó el nene y se volvió corriendo al living para compartir con la hermana la buena nueva. Marcela sacó del freezer una pizza casera, del armario un sobre de salsa y del horno una asadera. Cerró la puerta de la cocina, se sentó de espaldas a la puerta y largó las lágrimas que le anudaban la garganta. No había perdido la fe en la fuerza del marido, pero habían pasado más de diez años de la última vez que lo despidieron y esta vez ya estaba del otro lado de los cuarenta solo con un título secundario.

Fernández se sentó sobre el inodoro para secarse los pies y aprovechó para leer los mensajes recibidos. Sus tres compañeros le mandaron abrazos y fuerza, uno le recomendó que averiguara para ser chofer de Uber y una compañera de logística que le sostenía la mirada hasta incomodarlo le dijo que se enteró de la noticia y se disponía a encontrarlo en el café que él dijera. “A mi hermano también lo echaron, me imagino cómo estás. Él consiguió trabajo rápido. Algo te va a salir”, le escribió.

- ¿Le falta mucho a esa película? - preguntó Fernández cuando pasó por el living. Bueno, termina y comemos.

A comer, gritó Marcela y los nenes fueron a paso lento, lo que no era costumbre ante ese llamado. Florencia miraba al padre en silencio, Martín a la madre con ansiedad. La mujer cortó la pizza sobre una tabla, el hijo quiso agarrar una porción antes de que termine la madre de cortar. Pará que está caliente, dijo ella. Eso, dijo Fernández, esperemos que la pizza se enfríe que papá tiene algo para contarles. Martín miró a la madre.

- Lo que tengo para contarles no es fácil para mí decírselos, pero de entrada les aviso que no es para que se preocupen. Hoy a papá lo echaron del trabajo.
- ¡Qué! - dijo Martín.
- Hijo por favor, esperá que termine – dijo Marcela.
- Dijo que no es para que nos preocupemos, Martín – dijo la hermana.
- Tranquilo hijo que plata no nos va a faltar, me van a pagar el sueldo de este mes y un sueldo por todos los años que trabajé ahí, así que papá le va tener plata como para estar un año sin trabajar. Además pensemos en el lado bueno, los voy a poder llevar yo a la escuela.
- ¡Sí! - dijo la nena.
- ¿Y Raúl? - preguntó Martín, por el vecino que los llevaba en remis a la escuela.
- Bueno, ahora que papá puede los va a llevar él – aclaró Marcela.
- O sea que él también se queda sin trabajo – dijo el nene.
- Hijo, te lo pido por favor – intervino la madre.
- Sin trabajo no se va a quedar, porque Raúl no trabaja solo para nosotros, él va a seguir trabajando en la remisería, así que sin trabajo no se queda, simplemente va a ganar un poco menos.

¿Podemos comer?, dijo el nene. La madre habilitó que empiecen. Bueno, eso era lo que tenía para decirles, agregó Fernández. Vas a ver que vas a conseguir otro trabajo, pá, dijo Florencia. Las palabras de la nena lo atragantaron y tosió. Bajó la mirada, apretó el repasador que tenía al lado. Seguro hija, voy a conseguir otro trabajo, dijo él, pero ahora comamos que la pizza se enfría.