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Cultura //// 16.08.2020
Osvaldo Costiglia: el hablante

Veinte años de poesía de este bahiense se reúnen en un sólo volumen: El último hablante, una selección de Álvaro Urrutia, con prólogo de Guillermo David, publicada por Urania Ediciones. Un desafío de la poesía compuesta por fuera de los centros de poder cultural y pese a ellos.

Por Gerardo Burton*

Hay una conversación telefónica entre dos hombres aislados por la cuarentena y separados por más de algo más de 500 kilómetros. El virus no puede con la poesía: desde Bahía Blanca, Osvaldo Costiglia habla de su poesía, de esa atmósfera de Mediterráneo que trae a estas costas, de la escansión italiana de sus versos y los influjos de esos poetas que se meten en los mínimos entresijos que dejan las palabras. Costiglia no le esquiva el bulto a los avatares casi siempre desventajosos de la existencia, pero esa luminosidad de su poesía basta, casi siempre, para calmar la sed que lleva a mirar, tranquilamente, un acontecimiento, un pequeño animal, un árbol, una calle.

Son destacables los epígrafes que ha elegido para algunos tramos de la antología titulada El último hablante, publicada por Urania, la editorial del bibliófilo Raoul Veroni y que reúne poemas de dieciocho libros escritos en veinte años, desde el inicio del milenio hasta ahora. Es conocida la paciente labor compositiva de Costiglia: sus numerosos amigos y discípulos –casi siempre ambas cosas a la vez- mencionan la cantidad de cuadernos que almacenan sus manuscritos, y que se acumulan en su casa en un espacio compartido con una ya famosa biblioteca, además de las antologías que el poeta elabora con sus autores y autoras preferidas y encuaderna en fascículos anillados. Dice Álvaro Urrutia, el responsable de esta antología, que Costiglia recuerda con alegría su temporada en Madrid –casi una década desde 1985- y su infancia, y que su regreso a la Argentina no fue sin pena. De eso no habla en esta larga conversación; sí de su fraternidad con los poetas italianos. Tradujo, dice, un libro de Eugenio Montale –La tormenta y otros poemas- que aún está inédito, y no figura entre los que publicó en el país Horacio Armani –quizás el traductor oficial, el canónico o, al menos, el más conocido, del italiano.

Y ahora habla de esos poetas con quienes dialoga en un contrapunto calmo, delicado. Es una poesía que oscila entre la luz y la sombra de una siesta, y entonces menciona a Valerio Magrelli, que escribió una biografía de su padre titulada Geología de un padre, y quiere leerla pues lo intrigan esas capas que quizás haya en una relación así. De Magrelli, de quien recuerda un juego de palabras con su apellido - “magro, magrelli” es decir, “delgado”-, tradujo “algunos poemas”; también de Andrea Zanzotto un poeta nacido en el Véneto y es considerado uno de los más importantes de la segunda mitad del siglo pasado.

Como en una espiral, casi al final de la conversación, hablará de un sueño recurrente con su propio padre; se trata de “un sueño oscuro”. Él era propietario de una confitería y bombonería en Bahía Blanca que había fundado en 1938 y que se vendió en 1972, un año después de su fallecimiento. En el sueño de Costiglia es de noche en la ciudad, sólo está iluminado el local de su padre, el resto es de una profunda oscuridad. Entonces se pregunta, “ahora, con el paso de los años, si fue por torpeza, por ignorancia o por negligencia que no conocí bien quién era mi padre”. Desde esta duda, desde esta incógnita, ahora escribe un grupo de textos que se titula, de manera provisoria, “Rescate de un padre”.

En El último hablante Costiglia construye, al menos, dos circuitos. El primero es con los epígrafes: hay citas de Arnaldo Calveyra y Aldo Oliva entre los argentinos; y de Magrelli y Salvatore Quasimodo, dos de un grupo de poetas que dialoga sin cesar con su poesía: están también Cesare Pavese, Giuseppe Ungaretti, Montale, Dino Campana, Umberto Saba. Acaso involuntariamente construyó un canon marginal, un centro dislocado que han elegido en el país Juanele Ortiz, José Leónidas Escudero, Juan Carlos Bustriazo Ortiz e incluso la Irma Cuña final que eludieron los grandes centros de irradiación –y concentración- de poder cultural. Costiglia está aquí.

El segundo circuito está dado por las citas o referencias internas, más o menos explícitas en los poemas. Hay menciones a Kavafis, a Bustriazo Ortiz, a Pavese, dedicatorias a poetas amigos. En ambos casos, propone un recorrido poético, quizás el mismo que él ha hecho. Justamente, en la conversación telefónica ha dicho que la antología comenzó con poemas algo más extensos, incluso narrativos, y hacia el final adquieren un sesgo ascético, con una palabra más libre de imágenes y por ello más liviana. Más liviana, no menos condensada. Cierta vez, Juan Gelman sostuvo que la poesía es palabra calcinada. Si esa afirmación no resulta exagerada, en el caso de Costiglia la palabra ha sido puesta en un altar, donde se ha transfigurado para que la poesía sea. Se convierte, así, en ofrenda pura. Qué otro lugar puede elegir un poeta cuya obra se compuso con paciencia y tozudez, en soledad y con cierta extranjería y cuya mirada sobre la realidad, sobre las gentes y sobre las palabras y los afectos concita seguidores que se definen como discípulos suyos.

A Costiglia le produce alegría recordar a sus poetas queridos. Por ejemplo, en “Pavese revisitado” da una vuelta de tuerca a la negación que Pedro hará de Jesús en Getsemaní. Está al borde de la defraudación, pero se repone: “todo era alegría”, dice, “pero de una calidad impensada”. Veamos:

Antes que cante el gallo

recorrí la casa en dos idiomas

aunque al entrar tuve miedo de un rostro furtivo

entre las páginas donde comenzó el viaje.

Me interné luego en el campo de flores de la edad

y llovió suavemente como posando

lágrimas de alegría sobre el rostro

de alguien que debí conocer

un primo de infancia que no vi más después de la cena

o la niña que cantaba en otro hemisferio.

Luego salí al patio para tocar el corazón

que cobijabas en la palma de tu mano.

No estabas y todo era alegría

pero de una calidad impensada

nunca vista.

Cuentan que, en Bahía Blanca, cuando hay una lectura de poesía, Costiglia concurre con un viejo portafolios donde lleva sus textos, llega cinco minutos antes del inicio –eso dice su antólogo, Álvaro Urrutia- y “siempre encuentra la oportunidad para leerle a alguien una poesía”. Es una poesía que transcurre con el hálito de la existencia, sin aparentemente poner o quitar nada del acontecimiento que narra, de la imagen a que alude. Eso que sugiere el poema es apenas una invitación a descomponer el camino andado por el poeta: ir hacia la fuente, volver al inicio, reconstruir el sendero donde se fue elaborando el poema. Es el desafío de retomar esa senda “que nunca se ha de volver a pisar”. Y detrás está, también, la visión política del poeta, expresada mediante “el manejo de la ironía histórica”. Así, hablará de Rosas en su campaña contra los malones, y su encuentro con Charles Darwin, y también de la comida con que Videla convidó, en mayo de 1976, a los escritores Horacio Esteban Ratti, Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato y el cura Leonardo Castellani.

La cena transcurría entre sonrisas formales,

tensando el temblor de las palabras

de los ilustres visitantes a la mesa dictatorial.

El tiempo se dilataba

en el frío del acero de la mirada del anfitrión,

y la soberanía de la literatura

parecía abolida.

Las admoniciones tolstoianas de uno de ellos

no osaban elevarse

al par que la ironía tan conocida del otro

era invadida por una extraña sordina.

Las miradas parecían vagar

en un desierto de arena.

De pronto, hacia los postres

un tercero puso su mano derecha

bajo el grueso cinturón militar

que apresaba su sotana

y descargó con soltura de confesor

la frase justa, con sonoridad de látigo,

la que debían haber dicho los tres al asesino

sin cena de por medio. (Cenando con lobos)

Algunos datos

Osvaldo Costiglia nació en 1940 en Bahía Blanca, Buenos Aires. Estudió en la Escuela Nacional de Comercio y luego se graduó como ingeniero químico en la Universidad Nacional del Sur. Vivió varios años en España en la década de los ochenta. Publicó Los laberintos rotativos (Madrid, 1989), Umbral del resplandor (Fondo Municipal de las Artes, 1999), Poeta de los paisajes (plaqueta, 2000) y Arquitectura celeste (Vox, 2011). Posee una importante obra inédita cuya mayor parte aparece hoy publicada en El último hablante.

Dice de sí mismo que pertenece a “la generación de la Segunda Guerra Mundial, para tomar una referencia internacional o a la generación que asistió al nacimiento del peronismo a nivel nacional... Mi pasión por la literatura y por la poesía –que considero son dos cosas relacionadas pero distintas- atravesó toda mi vida, desde la juventud. Siempre escribí y siempre me acompañó la insatisfacción por los logros que momentáneamente me pareció alcanzar, que es el motor que me sigue impulsando en este oficio de nieblas”.

El último hablante es una selección realizada por Álvaro Urrutia, con prólogo de Guillermo David, y editada por Vrania Ediciones. Reúne poemas de Ciudades de invierno (2000); Palabras asediadas (2001-2004); Un pie en la orilla (2006-2006); Destino de la voz (2007); Envés de la palabra (2007-2008); Tiempo secreto (2008-2009); Palabra ganada (2010-2011); Aquí mismo (2010); Es el mundo (2010-2011); Microcosmos (2011); Cae una hoja (2013); Cédula de identidad (2013); Bajo especie de sueños (2015); Tránsitos y transiciones ((2015); Entreacto (2018); A poste restante (2019); Si alguien pudiera estar aquí (2020).

Dos aporías kavafianas

Kavafis nos dijo que la función de las Ítacas

es darnos la sabiduría de los viajes

aunque el que llegó adonde llegó

no sepa quién era al empezar.

También nos abrió el desasosiego que nos provee

la eterna espera de los bárbaros.

En los dos casos deberemos atravesar

la oscuridad del sentido

para arribar al sentido de la oscuridad,

es decir, a su luz.

De Tiempo secreto (2008-2009)

 

Patria barrosa

Balneario Maldonado, 1945

 

Aquí estoy

tan cerca, tan lejos

cangrejales del Maldonado

infancia desasida en la pulga gris del tiempo

saturadas de sal

las piernitas hundiéndose

en aquella módica ciénaga

bajo cielos que me trae

mi padre cada verano obstinadamente

de la suya

sin fondo

de la que no vendrá

 

 

Buscar la lengua

 

¿Quién te dio la lengua muda

de los tiempos de penuria

para hablar hoy que son los mismos

pero no lo parecen?

Sales a mirar la luna

bajando donde hablan otras lenguas

sentado contra la pared

sintiendo deshacerse

la trama que armaban las voces

de exiliados coléricos

al costado del Rastro

¿qué sacas de aquí y pones allá?

promesa de los años

escribiendo en un campo de sal

engañado una vez más por la última promesa

dirás por fin que en mano cerrada

no entran armas ni sale un dedo libre.

 

 

De Palabra ganada (2010)

 

Intimidad de los parques

 

En la cuesta de la mañana nos alejamos del centro

buscando la promesa de los parques

en el camino que transitamos tantos años

con amigos que olvidamos

nos llega música de acordeón desde una calle lateral

y al cielo, al cielo arriba, alto, inmune a las decepciones

y a las deserciones,

lo sostiene todavía el dios que llevamos dentro.

 

 

De Aquí mismo (2010)

 

La tarea

es el don póstumo

preparado y nunca ofrecido

Valerio Magrelli

 

Con esta pluma, es un decir, escribes para no morir,

sabiendo que lo propio es vivir.

No puedes tejer un sudario de palabras

para defenderte de huéspedes olvidados.

El diagrama que de la oscuridad

plantas en la luz debe tener otra base,

no el abandono, no el vacío,

que hace desvanecer a todas las páginas.

donde entregas el informe del viaje:

la oficina donde se pulen las sienes

de los mensajeros de la consunción.

Nada de eso, nada, sólo el aliento de la felicidad

que esparcen los rostros en tu pupila,

el arco silencioso del cielo,

el susurro de los maestros de infinito.

 

 

Tarea

 

la caída en la plenitud

de lo oscuro, llamada

a veces, vida.

Aldo Oliva

Hay muertos y sus observaciones,

pero no se trata de taparles la boca

a los héroes crepusculares del corazón:

solo ponernos a la altura serena de las estrellas

en una latitud de ascensión

allí donde la ciudad se vuelve irreal,

allí donde se forja un rostro nuevo,

y los puntos en un campo abierto

a los soles sucesivos de los días

que dibujan una geometría expuesta

a los valores de la época,

se empiezan a borrar.

Allí quieras o no deberás empezar a nombrar

todas las cosas como traduciendo un sueño.

 

De Es el mundo (2011-2012)

Días de lluvia

 

Salones como calles mojadas por la lluvia

caminabas allí con una esperanza desmesurada

que no alcanzó a cubrir tu cielo

el engaño del espejo y los paseos

transformas una remota amistad

en un dibujo a lápiz sobre una mesa

como un actor vistiendo una clámide oscura

te dispones a recitar los poemas canónicos de tu edad

miras alrededor dices quién era quién era

en el denso trono de la rosa que azotó el vendaval

es un aire de otoño el que florece ahora en el vaso

que se mueve solo sobre la mesa

ciñes tu acento a lo incierto y repites era era…..

 

De Si alguien pudiera estar aquí (2020)

 

Efecto tiempo

El tiempo ciega al que cree saber

el tiempo que es como dijo el poeta

un ser antiguo que roe los pilares

de abiertos días y noches entornadas

sobre la adversidad de los símbolos

terminará por pulir las visiones

y como los misterios que propone

ya están escritos

la vanagloria de las voces

se apagará como una fiesta

y andar por el mundo

será caminar sobre una tela suave.

La única pregunta

Un ensayo de vivir donde se grabe

la palabra amor, así, en minúscula

algo de los días nuestros

desposeídos para comenzar,

hermanos del hálito cálido

de un corazón desierto

pero sin precio, límpido

como sus cielos,

cobijando a un duro animal que llora

por el desuso del alma de las cosas.

El caso no es comenzar a desvivir lo vivido,

el caso es vivir no olvidando la pregunta

que las supone a todas.

 

 

Llamada al ausente

 

Esa sombra que en el día soleado te desdobla

se ha plegado sobre el muro del patio,

y no te obedece, se atiene al sol que dura

algún rato todavía,

y vuelve bermejas tus manos,

Recurres al recuerdo para salir airoso

de esta escogida ceguera de las raíces

y sus frutos que ni siquiera te has propuesto

recoger.

Te das vuelta y dices tu nombre

para sentir como suena en el cuarto vacío.

Ya eres un extraño en una extraña casa

Llamando a alguien que no está.

 

 

Ser un felino, ser un perro

 

Asimilo mis ojos a los ojos de un felino

y busco en ellos la fiera que late allí.

No la encuentro,

sólo la mansa tristeza silenciosa

de un perro abandonado cuando atardece

Un felino tiene una herencia cósmica

en sus ojos,

como estrellas en la noche

mi mirada se ha aquietado y parpadeo

ante las sombras antes de ladrarles en silencio.

Las noblezas del felino y el perro

me ennoblecen,

justamente a mí que no tengo ninguna.

*Gerardo Burton, poeta y periodista de Neuquén: geburt@gmail.com