Así en la cancha como en la escena: cuando el fútbol se convierte en teatro y el hincha en héroe
“Sólo como fenómeno estético están eternamente justificados el mundo y la existencia”
Nietzsche
Tras el último triunfo de la Selección Argentina en la Copa del Mundo, y de cara a este Mundial que acaba de empezar, algunas reflexiones sobre la naturaleza específica de la experiencia de ser un hincha:
No siempre el fútbol es un arte, y mucho menos su despliegue es siempre teatral, en todo caso no todo del fútbol lo es o puede serlo. Pero a veces, en esa representación, en esa condensación de sentido tan singular que es el fútbol, sucede que su aspecto artístico, especialmente dramático, despunta y le gana al deportivo, o se funde con él, haciendo del partido una puesta en escena, un acontecimiento teatral, cuya potencia estética -en el sentido en que Nietzsche hablaba de la estética como la única justificación de la existencia- se libera, se vuelve autónoma. Y esto, en particular esto último, el hincha lo sabe. Y lo sabe con un saber sin teoría, un saber pleno, inapelable.
Todos sentimos en la final del Mundial 2022, que si Francia ganaba no había un después. En ese partido no sólo se jugaba la Copa del Mundo, sino que se jugaba nuestra existencia toda, el sentido de nuestro ser y especialmente el sentido de nuestro ser colectivo. En menor escala, algo parecido volvió a suceder en la Copa América 2024, ¿pero de qué se trata exactamente ese algo que sucede, que nos sucede a los hinchas, cuando juega nuestra selección o nuestro equipo? Diremos aquí que la naturaleza existencial de la experiencia de ser hincha tiene un carácter decididamente trágico, no tanto vinculado a un espíritu sufriente, tanguero, propiamente argentino -o más bien porteño- como a algunos futboleros les gusta pensar; sino, sobre todo, a un espíritu trágico, en sentido estricto: el fútbol es drama, y el drama es acción. Y no cualquier acción, sino, y valga la redundancia, acción dramática, entendida como aquella que se configura en una trama trágica en torno a un conflicto, a un agón. Por eso la agonía que experimenta el hincha, en ciertos partidos de fútbol, no tiene tanto que ver con el mero sufrir, sino que más bien está dada por su participación directa en la progresión dramática, y su gesto heroico de aguantar, igual que el jugador o el protagonista, hasta el desenlace.
El “aguantar los trapos” de la hinchada, no es sólo aguantar las banderas, sino soportar la acción. Sabemos, por experiencia, que a lo largo de un partido de fútbol que realmente nos importa, se nos juega la vida; y los hinchas, como espectadores, ponemos el cuerpo al punto de -literalmente- infartarnos (ha sucedido más de una vez) en un partido que está muy peleado, ante una amenaza de gol contrario, o en la hipérbole del desenlace que implican los penales. En este sentido el hincha es un como un espectador teatral, pero a diferencia del espectador teatral del teatro burgués, el hincha forma parte del acontecimiento, no se distancia de él, por el contrario, es con su propio cuerpo que lo lleva a término.
Todos los hinchas, los verdaderos hinchas, sabemos que cuanto más ponemos el cuerpo, cuanto más nos tensionamos, hacemos fuerza, respetamos a rajatabla nuestras cábalas y alentamos con la misma intensidad hasta el final, muchas más chances tenemos de ganar el partido. Porque eso que nosotros transmitimos a los jugadores con nuestro esfuerzo, sabemos que les llega. Y porque eso que los jugadores hacen en la cancha, nosotros también lo hacemos, a metros de ellos, o como espectadores remotos; nosotros también participamos de ese ritual activamente, y de nosotros también depende su resultado. Nuestra acción tiene una incidencia directa sobre el desenlace. Y esto, que para una mente racional es fantasía, para el verdadero hincha -enterado del aspecto metafísico del ritual futbolístico- es una certeza.
En este sentido, el hincha es más, y algo distinto, que un espectador; y se podría comparar más bien con el coro trágico griego, que representa al pueblo y que soporta activamente la acción, dándole un carácter espectacular a través del canto y la danza. La hinchada de fútbol es tan dionisíaca como el coro trágico, y por eso su naturaleza es colectiva siempre, porque no distingue separaciones ni jerarquías, en el sentido de que lo que la hinchada hace se funde con lo que los jugadores hacen.
El hincha es uno, no sólo uno con su equipo, sino uno con la cancha, la pelota, el arco y la patada. Es uno con la fuerza, la velocidad, el movimiento, las relaciones especiales y temporales de la jugada, es decir, con el aspecto estético del acontecimiento. Así involucrado en la experiencia, deja de ser un sujeto individual y se hace parte, deviene, juego. El hincha sabe volver al UNO primordial en el que dioses, hombres y naturaleza permanecen unidos. Conoce una forma de estar en el mundo más allá de su principio de individuación. Ver y ser para el hincha es lo mismo. En lo que ve, se convierte. Y a la vez, él convierte la realidad en lo que es capaz de pre-ver. Antes de que la pelota entre al arco contrario, los hinchas la vemos entrar, y porque la vemos entrar, la HACEMOS entrar.
Para el hincha la potencia del juego -en su carácter trágico- es su propia potencia. ¿Pero de qué se trata esa potencia? Del cumplimiento de un destino. La acción dramática en la tragedia, según Aristóteles, se desarrolla en la fórmula del “uno a causa del otro, en contra de lo esperado”. No es que el juego/drama trágico del partido no tenga causas para sus consecuencias, de ahí la importancia de la figura del director y todo el equipo técnico, pero, al igual que en la tragedia, hay causas y consecuencias que son inesperadas. “La mano de dios” de Maradona cuando le ganamos a Inglaterra en 1986, la decisiva atajada del “Dibu” a Kolo Muani en el final del partido contra Francia en 2022, la lesión y salida obligada de Messi en la final contra Colombia en la Copa América, son ejemplos de eso.
Definitivamente, el hincha de fútbol no mira el partido, lo hace. Y porque lo hace puede. Con un poder que es pueblo y es promesa. Que habrá que cumplir.
Esa “discordancia” de la que habla Aristóteles, es la que hizo llorar a Messi y nos hizo llorar a todos en la última final, y es la misma discordancia de lo inexplicable o inesperado, que para Nietzsche constituye la fuerza dionisíaca, es decir, el espíritu de la tragedia. Al igual que en la tragedia, en la cancha el destino es un hecho, un ya hecho, un fatum; pero también como en el teatro griego, a ese destino que ya está hecho, HAY QUE HACERLO, hacerlo suceder.
La potencia del fútbol como teatro trágico está dada por el coro (ese que Nietzsche reconoce como el núcleo de la tragedia), y la mejor tragedia es aquella en la que el coro tiene más presencia escénica; porque coro y héroe comparten esa potencia, que es la de hacer suceder el destino. Y en este sentido, tanto jugadores como hinchas, participan del orden de lo divino. Porque los seres humanos, los simples mortales, intentan. En cambio los dioses hacen, crean. La acción, tanto en el teatro como en el fútbol, jamás es una tentativa. No puede serlo. Porque perdería su carácter divino, su aspecto metafísico. La acción, en el buen teatro y el buen fútbol, es acción dramática, es acción que desafía las coordenadas del tiempo, del espacio y de lo posible, y que cambia el curso de la Historia.
Cuando Messi hace el pase o va al arco, no intenta hacer el pase o ir al arco, lo hace: crea y a la vez ejecuta la jugada. Cuando Maradona o Messi hacen el gol, no hay ahí nada tentativo, porque eso que ellos hacen ya sucedió, y está en el destino, y está esperando en el tiempo para efectivamente suceder, y ese tiempo es también un presente, un ahora, justo ahora, que en la jugada los llama y ellos la crean. El don de jugadores como éstos es el de saber cómo hacer suceder el destino y entonces atender su llamado. El don de jugadores como éstos es intervenir el tiempo, incluso corregir la Historia, hacer justicia para el desfavorecido, y en un lance patético, al igual que en la tragedia, convertir a un país oprimido como el nuestro en el país campeón del mundo. Esta tarea es la más difícil de todas, la que exige mayor esfuerzo, preparación, entrenamiento, pericia y talento; pero lo que más exige, por sobre todas las cosas, es que estos jugadores sean capaces de entregar su don, como diría Derrida.
¿No es lo mismo que hace un verdadero actor en escena? Porque el actor ya sabe cómo sigue la obra y lo que va a pasar, pero siempre hay un factor de creación, de improvisación, porque cada representación es para él siempre la primera; y cada vez tiene que darse a la escena, disponerse para hacerla suceder, despegarse de su subjetividad individual, y renunciar a su cuerpo biológico, para convertirse en un cuerpo teatral, un “cuerpo sin órganos” diría Artaud. El actor también entrega su don a la escena, para otros. Tanto el actor como el futbolista son capaces de esta entrega, se deshacen de sí mismos en tanto individuos y se funden con la acción, por eso ambos son de otra naturaleza, se vuelven sobrenaturales. No quieren o desean hacerlo, no dicen hacerlo, ni intentan hacerlo: lo hacen. PUEDEN. Y esa potencia no es poder capitalista, es potencia de todos y de cualquiera. Es potencia colectiva. Potencia ya no del individuo, sino de la acción. Porque la tragedia no es imitación de caracteres, es imitación creadora de acción, por lo tanto, el héroe en sentido estricto, o el protagonista, es quien lleva adelante la acción; y en la cancha/tragedia dionisíaca, el coro es el protagonista, porque representa al dios Dionisos, que para Nietzsche es, finalmente, el protagonista de todas las tragedias.
Todos los futbolistas juegan, pero no todos llevan adelante la acción dramática JUNTO al hincha que encarna la fuerza dionisíaca del coro. Maradona llevaba adelante la acción dramática junto al hincha-coro y Messi lo hace también. Y en última Selección Argentina, en otra medida pero con la misma cualidad, el “Dibu” Martínez y “Fideo” Di María, lo hicieron, y por momentos Julián Álvarez, y en la última Copa América, también por momentos “el Toro” Martínez lo hizo. Ciertas jugadas, como ciertos gestos actorales, REÚNEN: reúnen pasado y presente, reúnen centro y periferia, reúnen espectador y espectáculo, hinchas y jugadores, individuo y colectivo. Y reúnen, sobre todo, lo humano y lo divino, y por lo tanto, pegan un salto metafísico.
El ritual futbolístico así como el teatral, justifican estéticamente la existencia y se constituyen así en metafísica porque impactan a nivel estructural. Esa potencia desplegada, así en la cancha como en la escena, es potencia de transformación. No todo el fútbol, pero algún fútbol, nos cambia la vida, nos muestra otros posibles, otras formas de ser y de estar, otras maneras de percibirnos; y sobre todo, pone en acto relaciones existenciales que, en un contexto cotidiano de extremo individualismo capitalista, nos pasan desapercibidas. En el anfiteatro griego del estadio de fútbol SOMOS UNO, y porque somos uno, PODEMOS.
Según la sabiduría popular, “el que puede, puede; y el que no, mira”. Definitivamente, el hincha de fútbol no mira el partido, lo hace. Y porque lo hace puede. Con un poder que es pueblo y es promesa. Que habrá que cumplir.