Teatro: "Una", la pregunta sobre la identidad

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CARTELERA TEATRAL

Teatro: "Una", la pregunta sobre la identidad

12 Julio 2026

“Tenes la nariz un poco torcida”, le dice su marido a Angélica Moscarda frente al espejo. La frase parece insignificante. Sin embargo, basta para hacer estallar una ficción que sostenemos todos los días: la de creer que somos una sola persona. Hasta ese momento, Angélica no se había dado cuenta de su nariz torcida, ni tampoco de la enorme distancia entre la Angélica que ella creía ser y la Angélica de su marido.

La premisa de Una, inspirada en la novela Uno, ninguno y cien mil, de Luigi Pirandello, parece sencilla. Una mujer descubre que la imagen que los demás tienen de ella no coincide con la que construyó sobre sí misma. Pero esa grieta inicial pronto deja de pertenecer únicamente a Angélica. Se convierte en una pregunta que atraviesa al espectador. ¿Alguna vez llegamos a vernos realmente? ¿O aprendemos a habitar el relato que los otros construyen sobre nuestra existencia?

Vivimos convencidos de que nos conocemos. Habitamos el mismo cuerpo desde hace años, pronunciamos el mismo nombre, reconocemos el mismo rostro cada mañana frente al espejo. Sin embargo, casi nunca nos vemos directamente. Nos vemos reflejados. Pero incluso ese reflejo no somos nosotros. Como en La traición de las imágenes (1929), del pintor belga René Magritte, donde la inscripción "Esto no es una pipa" nos recuerda que toda imagen es apenas una representación y nunca la cosa en sí, el espejo tampoco devuelve una verdad. Devuelve una construcción. Angélica descubre que tampoco ella coincide con la imagen que la representa. Entre la persona y su reflejo existe la misma distancia que entre la cosa y su representación. Nos vemos en una fotografía, en una videollamada, en la cámara frontal de un teléfono, en la mirada de quienes nos rodean. Somos la hija de alguien, la amiga de alguien, la pareja de alguien, la profesional que otros describen. Nuestra identidad nunca es completamente nuestra.

Angélica no descubre que tiene la nariz torcida. Descubre algo infinitamente más perturbador: existe una versión de sí misma que nunca le perteneció. La mujer que los demás conocen no coincide con la mujer que ella creía ser. Esa distancia, casi imperceptible al comienzo, termina convirtiéndose en un abismo.
Hay una pregunta que atraviesa toda la puesta y que nunca termina de formularse del todo: ¿quién sabe más sobre mí? ¿Yo, que llevo toda una vida habitando este cuerpo, o los otros, que me observan desde afuera? La respuesta parece evidente hasta que alguien señala un detalle que jamás habíamos visto. Entonces comprendemos que vivimos suspendidos entre dos imágenes irreconciliables: la que construimos de nosotros mismos y la que los demás proyectan sobre nosotros.

Esa fractura también ocurre en el cuerpo. Y es precisamente allí donde el trabajo de Miriam Odorico encuentra una potencia extraordinaria. Sus movimientos rara vez avanzan de manera lineal. Un gesto comienza y, de pronto, algo lo desvía. Un brazo cambia de dirección, una intención se interrumpe, un impulso queda suspendido antes de completarse. Es el cuerpo haciendo el "como si" de las respuestas de Angélica. Cuando creemos que encontró el camino, justo ahí aparece una interrupción que, una vez más, como una espiral, la devuelve a una nueva pregunta. 

¿Alguna vez llegamos a vernos realmente? ¿O aprendemos a habitar el relato que los otros construyen sobre nuestra existencia?

Mirándola, resulta inevitable recordar el método de la interrupción desarrollado por Pompeyo Audivert. No porque la puesta busque reproducir esa investigación, sino porque comparte una intuición semejante: el cuerpo nunca parece obedecer a una única voluntad. 

En Una, esa interrupción deja de ser un procedimiento corporal para convertirse en una idea. Si toda acción supone un sujeto capaz de sostenerla hasta el final, entonces un cuerpo que nunca termina de completar sus movimientos es también un cuerpo donde la identidad se encuentra permanentemente en disputa. Cada gesto parece preguntarse quién lo está realizando. Cada uno de los personajes que interpreta Odorico, desde el marido hasta el amigo de este o la suegra, aparece irrumpido por Angélica, como si ninguna identidad consiguiera imponerse definitivamente sobre las demás. 

La puesta acompaña esa decisión con una austeridad notable. Una silla, la luz y el cuerpo de la actriz. El vacío no aparece como una carencia, sino como un espacio de resonancia donde cada transformación sucede delante del espectador. Todo ocurre en el cuerpo.

Cuando Pirandello publicó Uno, ninguno y cien mil, escribió que aquella era la historia de la descomposición de una personalidad. Casi un siglo después, esa intuición continúa interpelándonos. La obra no habla solamente de un individuo que deja de reconocerse. Habla de la imposibilidad de reducir una vida a una única versión de sí misma. Somos distintos para cada persona que nos conoce y, al mismo tiempo, distintos para nosotros según el momento desde el que nos recordamos.

Pero cuando esa pregunta recae sobre una mujer, adquiere otra dimensión. La identidad femenina ha sido, históricamente, narrada por voces ajenas. En ese sentido, Una dialoga con La mujer rota, de Simone de Beauvoir, donde las protagonistas descubren que la imagen sobre la que edificaron su vida comienza a desmoronarse. No porque ellas hayan cambiado de un día para el otro, sino porque los papeles que sostenían su identidad dejan de ofrecer respuestas. Angélica atraviesa una experiencia semejante. Su recorrido no consiste únicamente en una crisis existencial, sino en despojarse de los nombres, los mandatos y las expectativas que otros depositaron sobre ella. No busca convertirse en alguien nuevo. Busca averiguar cuánto de lo que llama "yo" fue escrito por los demás. 

¿Dónde habita realmente la identidad? ¿En el cuerpo? ¿En el nombre? ¿En la memoria? ¿En la percepción de los otros? La obra no ofrece una respuesta. Apenas sugiere que ninguna de esas dimensiones, por sí sola, alcanza para explicar quiénes somos. La identidad aparece entonces como una construcción compleja, atravesada por la historia, los vínculos, el deseo, la experiencia y la forma en que nos narramos a nosotros mismos. 

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Vivimos rodeados de espejos. Ya no son únicamente los de vidrio. Son las pantallas, las selfies, las redes sociales, las videollamadas. Nunca antes habíamos tenido tantas imágenes de nosotros mismos y, sin embargo, pocas veces resultó tan difícil responder una pregunta tan sencilla como antigua: ¿quién soy?

El título de la obra termina revelando otra paradoja. Una parece nombrar una identidad singular, pero también funciona como un pronombre indefinido. Podría ser cualquier mujer. Podría ser todas. Cuanto más intenta convertirse en una sola, más descubre que está hecha de muchas. Y allí vuelve Pirandello. No porque seamos nadie al descubrir nuestra multiplicidad, sino porque la ilusión de un yo único termina por desmoronarse. Somos uno para nosotros, cien mil para los demás y, en ese tránsito, nunca dejamos de transformarnos.

La obra apenas abre una hendija para que nos atrevamos a espiar. Somos apenas una imagen momentánea entre muchas otras posibles.
Tal vez el problema nunca haya sido descubrir que somos muchos. Tal vez el verdadero problema sea el mandato de tener que ser una. La sociedad necesita identidades estables porque las clasifica, las ordena y las vuelve previsibles. El teatro, en cambio, insiste en otra cosa. Nos recuerda que habitamos una contradicción permanente. Que somos quienes fuimos, quienes creemos ser, quienes los otros imaginan y quienes todavía no conocemos.

Y como todo arte suele tener esa rara capacidad de alterar imperceptiblemente a quien lo mira. Uno entra creyéndose el mismo de siempre y sale con una pregunta nueva habitándole el cuerpo. Una trabaja exactamente sobre esa transformación. No busca decirnos quiénes somos. Hace algo mucho más inquietante: pone en escena la fragilidad de todas las respuestas que habíamos construido para creer que lo sabíamos. 

Una se presenta los sábados a las 17.30 horas en Almagna Teatro (Guardia Vieja 3783, CABA).  

Entradas en venta por Alternativa Teatral.

Ficha técnico artística

Actúa: Miriam Odorico @miruodorico
Dramaturgia y Dirección:  Giampaolo Samá @gpsama 
Vestuario:  Julio Suárez @jualayonvestuario
Diseño gráfico: Paola Bilancieri @paolabilancieri_ag
Diseño de luces y fotografía:  Giampaolo Samá  @gpsama 
Producción:  Perbacco
Prensa: Susan Lonetti @suvalo88
Duración: 70 minutos
Instagram: @una_laobra