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Relámpagos //// 25.10.2018
Ante la posibilidad del abismo, Brasil en primera persona, por Alejandro Goldín

Finalmente, se confirmó la peor noticia: Jair Bolsonaro presidirá Brasil. Una reflexión del periodista Alejandro Goldín, escrita horas después del triunfo del líder de la ultraderecha en la primera vuelta.

Por Alejandro Goldin 

Fue mi primer viaje con amigos fuera de Argentina. Yo tenía 19 años. Salimos el 26 de diciembre de 1985 en bondi hasta Paso de los Libres y cruzamos la frontera con el objetivo de tomar un micro en Uruguayana hasta Río de Janeiro porque allá eran muy baratos los que no eran “coche cama”, los “comunes”, que ni siquiera tenían aire acondicionado. En uno de esos queríamos viajar para ahorrar, ya que nuestra travesía era larga, de 35 días, y deseábamos llegar hasta Salvador de Bahía. Al llegar a la rodoviaria nos desayunamos con que no había ni un boleto a la capital carioca para dentro de tres días y optamos por tomar un micro trucho, muy trucho, un escolar, hasta Porto Alegre, y de ahí otro hasta San Pablo; y finalmente de ahí a Río, donde llegamos para pasar año nuevo en la playa de Copacabana.

La mezcla de sensaciones fue un shock: a ciudade maravilhosa con su naturaleza extraordinariamente generosa en la que el mar y los cerros se funden, y al mismo tiempo la miseria absoluta de la favela La Rocinha que también se “funde” con el Sheraton de Leblon. Después de unos días muy intensos, en los que el disfrute de las olas y el viento, y de la alegría que era solo brasileña, como el arte de vivir con fe sin saber con fe en qué, se mezclaron con la violencia cuando regresando del Centro a Ipanema en un bondi repleto vimos por la ventana como un tipo acuchillaba a otro; continuamos recorriendo Brasil, acompañados por “Las venas abiertas de América Latina”. Mientras, al combinar entre un micro y otro para llegar a alguna ciudad, durante esas horas de espera, a veces hasta entrada la madrugada, conocimos en detalle muchas rodoviarias en las que se nos acercaban a pedir plata y comida, pero también a charlar. Lxs niñxs que allí vivían que, con naturalidad y sin dramatizar, nos contaban cómo eran sus días y noches en ese lugar en el que eran hostilizadxs y perseguidxs por las fuerzas de seguridad. Y con las venas más abiertas aún seguíamos internándonos en ese país continente y avanzando por las rutas que nos llevaban a Porto Seguro, Arraial D’Ajuda, Trancoso, Ilehus, Salvador…

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Hace mil años vi una gran película que no volvería a ver: Brasil. Es “futurista” y exhibe una sociedad autoritaria y donde el panóptico funciona a la perfección, o casi, y en la que los subversivos son quienes reparan aire acondicionados por fuera del Estado. Ese es el recuerdo que tengo de esa película que me pareció una obra de arte pero de la que salí del cine casi descompuesto, con la sensación de que me faltaba el aire y de que la pata de un enorme elefante oprimía mi pecho.

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Volví muchas veces a Brasil, un par más en micro y varias en avión a visitar a una amiga brasileña que vivía en Río, hija de un intelectual de izquierda, profesor universitario; y a la que conocí en 1991 siendo simpatizante del PT pero sin saber lo que era usar el transporte público.

Amo ese país, su música, su comida, la caipirinha, su alegría… En enero de 2003 viajé con la CTA al Foro Social Mundial de Porto Alegre. Fue una experiencia inolvidable. Armamos nuestra carpa, junto a 40 mil más, en el Campamento de la Juventud. Lula había asumido su primera presidencia hacía muy pocos días y fue para allá y nos habló, nos conmovió y nos enamoró. Aunque yo ya estaba enamorado de él y del PT hacía varios años. Recuerdo el debate presidencial de 1989 cuando se presentó por primera vez y perdió con la derecha. Junto con amigxs nos juntábamos a verlo por la Bandeirantes y gritábamos y nos entusiasmábamos frente a la tele como con el gol de El Diego a los ingleses…

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Es nuestro vecino, nuestro socio estratégico, nuestro aliado; y también nuestro clásico futbolero, a veces nuestro competidor; un pueblo y un país por el que sentimos admiración y mucha rivalidad. Y al mismo tiempo tenemos muy poco, o nada, en común.

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Chico, Caetano, Cazuza, Gismonti y Gil en lugar de Piazzolla, Charly, el Indio, Atahualpa y Mercedes Sosa; solo 6% de trabajadorxs sindicalizadxs y no 35%; feijoada y no locro; son pentacampeones y nosotros solo bi. Es un país continente históricamente desigual con un nordeste muy pobre y un sudeste industrial, al que llamaban “Belindia” (Bélgica + India); y no tuvo Peronismo, su industrialización fue llevada adelante por la alianza de la dictadura militar y la burguesía paulista mediante un modelo desarrollista con salarios bajos y alta tasa de ganancia del Capital. Tampoco tienen Madres y Abuelas de Plaza de Mayo ni juicio y castigo a los genocidas, y desde hace décadas sufren el flagelo del narcotráfico, de los paramilitares y parapoliciales… y de la violencia (mucha violencia, alta tasa de homicidios, y diecisiete de sus ciudades están entre las cincuenta con más alto índice de homicidio del mundo) combinado con la presencia territorial y televisiva de iglesias evangélicas y de la Iglesia Universal del Reino de Dios, de extrema derecha. Desde hace muchos años que tienen peso en la política brasileña y representación parlamentaria, incluso el primer vicepresidente de Lula fue el empresario evangelista José Alencar. El avance en Brasil de las iglesias evangélicas, que en gran parte fue la causa de la jubilación anticipada de Ratzinger y la llegada de su sucesor, Francisco; y el ascenso de un militar que es legislador hace veintisiete años y que basó su carrera política en un discurso de extrema derecha, misógino, xenófobo, homofóbico y de reivindicación de la dictadura militar a la que solo le cuestionó su “moderación” por haber torturado pero no matado.

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Tuvo y tiene a Lula, un huérfano nordestino que junto a su madre y sus hermanxs llegó de niño a San Pablo buscando un futuro mejor; y que se convirtió en obrero industrial, después en un gran dirigente sindical y luego en fundador y líder del Partido de los Trabajadores, un partido clasista. Y Lula fue el primer dirigente sindical y clasista en llegar a ser Presidente; y logró sacar de la pobreza a 40 millones de brasileños, algo imperdonable para la oligarquía local. Pero Brasil también tuvo la decepción cuando en su segundo mandato Dilma designó al ortodoxo Levy al frente del ministerio de Economía y comenzó un giro a la derecha, intentando calmar a los mercados, que solo provocó un ajuste recesivo sin lograr frenar la ofensiva del establishment que desembocó con el Lavajato, su destitución (por una cuestión administrativa), el encarcelamiento de Lula y su reciente proscripción.

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Así como cuando impedido por la Constitución de Brasil de ser reelecto por segunda vez, Lula eligió a Dilma y consiguió que partiendo de una intención de voto de solo el 4% se convirtiera en Jefa de Estado de Brasil, cuando en el mes de septiembre fue proscripto por el Partido Judicial-Mediático que encabeza el Plan Cóndor II, el ex Presidente y su fuerza política, el PT, consagraron a la fórmula integrada por Fernando Hadad, quien fuera ministro de Educación y alcalde de San Pablo, y la joven dirigente del Partido Comunista de Brasil, Manuela Dávila. La intención de voto de Lula oscilaba en el 39% de los sufragios; y en solo tres semanas consiguió transferirles tres cuartas partes de su apoyo y que consiguieran un 29% de los votos.

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El cóctel explosivo estalló. Ingredientes históricos de racismo y clasismo de las clases altas, combinadas con el incremento descontrolado de la violencia provocada por la guerra entre narcos y la policía militar; y el avance de las iglesias evangélicas en desmedro de sectores de la Iglesia Católica, y la feroz campaña antipolítica impulsada por La Embajada mediante el Lavajato y la alianza del Partido Judicial y los grandes monopolios comunicacionales, principalmente O Globo, que hirió al PT, pero que como daño colateral prácticamente asesinó a los partidos tradicionales del establishment brasileño: el Partido de la Social Democracia Brasileña de Fernando Henrique Cardoso, que llevó como candidato a Gerardo Alckmin y que consiguió menos del 5% de los votos, y el Partido del Movimiento Democrático Brasileño del actual Presidente Temer,  que llevaba como candidato a Meirelles, que contó con menos del 2% de los sufragios. Y todos sus votantes (y algunos más) emigraron para una opción extremadamente autoritaria y violenta encabezada por un militar que supo sintetizar el hartazgo y el escepticismo de diferentes sectores de la sociedad brasileña para quienes el fascismo, el racismo, la misoginia y la homofobia dejó de ser un límite. Y fundamentalmente encontró el apoyo mayor en las grandes ciudades del sur y sudeste, con mayor incidencia de los sectores medios como Río de Janeiro, Sao Paulo y Curitiba.

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La última vez que vi a mi amiga carioca fue acá, en Buenos Aires. Vino por unos días de visita, aproximadamente hace diez años. Ya había dejado de ser “Tika”, era Patricia, trabajaba en una empresa de telecomunicaciones estadounidense, vivía en Belo Horizonte en lugar de Río, había perdido su alegría, su desparpajo, su “onda”, su belleza; y por sobre todo su simpatía por Lula y el PT.