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Opinión //// 31.10.2020
Problemáticas sobre Guernica

El Docente e investigador de la Universidad Nacional de Quilmes, Esteban Rodríguez Alzueta, ofreció una reflexión en el portal La Tecl@ Eñe en torno al desalojo instrumentado en el Municipio de Presidente Perón. 

Por Esteban Rodríguez Alzueta*

Voy a ser breve. El jueves no fue un día peronista. Hizo frío, mucho frío. Los múltiples y emotivos homenajes que la militancia dedicó el 27 de octubre para recordar la muerte de Néstor de repente quedaron muy lejos.   

Hannah Arendt decía que la rabia brota donde existen razones para sospechar que las condiciones podrían modificarse y no se modifican. Dice Arendt: “solo reaccionamos con rabia cuando es ofendido nuestro sentido de la justicia”. La rabia, entonces, es lo que uno siente cuando cree que las cosas podían ser de otra manera y sin embargo, está visto, no sólo no lo son sino que, dudamos puedan llegar a serlo.

Eso es lo que sentí frente a las primeras imágenes que nos llegaron de Guernica en vivo y en directo. Imágenes, me atrevo a decir, que no están destinadas a convertirse en una anécdota perdida, no creo que a estas imágenes se las lleve el viento o las tapas de los próximos titulares. Tampoco son una metáfora o un indicio previo, la forma que asume el futuro en el presente. Y sin embargo, nos preguntamos con los amigos de la revista Crisis si no estamos ante otro punto de inflexión. El tiempo dirá.  

Pierre Bourdieu nos enseñó que los estados contemporáneos a la hora de administrar la miseria del mundo, lo hacen a través de dos tipos de agencias, aquellas encargadas de contener la exclusión (Desarrollo Social, Trabajo, Justicia y Derechos Humanos) y las otras abocadas a punirla (Ministerio de Seguridad, Policía Bonaerense, poder judicial). Asistir o controlar, esa es la cuestión. Un control que se averigua no solo en el encarcelamiento masivo sino en el policiamiento agresivo. Un estado esquizofrénico, entonces, que estará presente de manera contradictoria, jugando con dos manos distintas, sucesiva o simultáneamente.  

Meses atrás sostuve que Sergio Berni era la mano derecha de Kicillof. Lo decía pero no perdiendo de vista que había otros funcionarios, con otra sensibilidad, jugando otro juego, que proponían otra agenda para la gestión. Una mano izquierda que en Guernica trabajó también incansablemente durante 90 días en el territorio con las organizaciones sociales para acordar y darle una salida pacífica al conflicto, mientras la mano derecha se paseaba por televisión coqueteando con la gran derecha nacional y global, extorsionando a la pobreza y estigmatizando a sus representantes, dispuestos a criminalizar la pobreza, pensando el problema de la vivienda con el código penal en la mano, en tándem con los operadores judiciales. Una pulseada donde, a juzgar por las imágenes a la que aludimos, nos damos cuenta que la mano derecha le ganó otra vez a la mano izquierda. Esa es la sensación que muchos tuvimos y expresamos por las redes sociales.

Ahora bien, me atrevo a decir que en los tiempos urgentes que se viven hoy día y se aventuran para los próximos años, las cosas no serán muy diferentes. Al contrario, sospecho que la mano derecha se convertirá en la carta de presentación en las próximas elecciones. ¿Acaso por eso mismo no se apresura Berni a levantar la mano, pintando las paredes del conurbano, anunciando su candidatura? Una vez más el kirchnerismo se presta a hacer campaña con los temores y las ansiedades de la vecinocracia. No es para menos, sabe que gran parte del electorado que reclutó en las últimas elecciones en la provincia proviene de esos sectores de la sociedad. Con todo, está visto que algunos sectores del gobierno provincial y algunos intendentes no están dispuestos a dejarse correr por derecha, es decir, están dispuestos a levantar sus reivindicaciones punitivas ostentosas y emotivas.   

Pero las imágenes que tengo todavía frente a mis ojos me producen rabia. Lo digo no sólo por la policía desalojando a sus moradores, cumpliendo la sentencia judicial, y reprimiendo a los manifestantes que expresaban su bronca tirando piedras, sino también por las topadoras volteando las viviendas precarias después del desalojo. Y lo digo sobre todo por las imágenes del ministro Berni sacando pecho durante el operativo, pero también por las declaraciones que hizo los días previos, llenas de amenazas, y las indolentes frases que dedicó Berni para comunicar su puesta en acción a sus seguidores en Instagram: “al frente”. Parece que no hay nadie que pueda decirle al ministro que cierre el pico, que por lo menos por una cuestión de respeto hacia la gente que no sabía dónde iba a pasar la noche era conveniente guardar silencio. Pero una vez más el Ministro eligió la bullanguería, plegándose al coro de la oposición que hizo de la propiedad privada y la seguridad jurídica un nuevo estandarte moral, perdiendo no solo de vista que las tomas de tierra son una forma de acceso al suelo en el país, y que hay otras formas de expropiación que se producen a través de la especulación y los desarrolladores inmobiliarios.

Hay otras imágenes que me producen rabia, por ejemplo los malabares que hicieron muchos periodistas comprometidos para justificar lo que resultaba injustificable. Releo los zócalos de C5N y me rio para no llorar: “Piedrazos contra la policía”, “rodean a la policía y le tiran piedrazos”, “Escudos precarios, piedras y botellas contra la policía”. Ya no hablan de la represión policial sino de la represión de los desalojados.

Después hay otras escenas que directamente me producen asco: la de los fiscales Juan Cruz Condomí Alcorta, Lisandro Damonte y Marcelo Romero sacándose una selfie, posando para las redes sociales. Pero estas imágenes de la familia judicial no me sorprenden, son muy esperables. Está claro que si por esta justicia fuera los ocupantes hubiesen durado 48 horas en el predio de Guernica. Pero la magnitud de la toma, y la dedicación que pusieron muchos funcionarios lograron demorar el desalojo que la gran derecha reclamaba a cuatro vientos.   

Hasta hace unos días pensaba que estábamos ante un gobierno de transición, hoy pienso que es un gobierno de emergencia. La cuestión es saber si el gobierno dejó de ser un gobierno de contención para transformarse en un gobierno de orden. Orden sin progreso, orden sin distribución. Orden sin peronismo básico. ¿Acaso no era esto lo que algunos interpretaban que se estaba reclamando en la correspondencia urgente del lunes pasado?

La realpolitic se ha convertido en este país en una manera de soslayar las discusiones. La apelación constante a la crisis se ha convertido en un mecanismo de extorsión. Se pierde de vista que las crisis –y con ello no queremos negar la magnitud de la misma- dejaron de ser coyunturales para volverse crónicas. Las crisis son una manera de valorización financiera pero también la mejor forma de desgastar a las democracias. De hecho el bacheo electoral es la prueba que tenemos para darnos cuenta que cada vez resulta más difícil ensayar políticas de largo aliento. Las crisis son una manera de ponerle freno de mano a las políticas de largo aliento, al tiempo que se sacan de encima los debates que necesita cualquier democracia para decidir entre todos y todas cómo queremos vivir juntos. De hecho cada vez que uno plantea cuestiones como estas que abordo en este artículo no faltan amigues que nos recuerdan que “le estamos haciendo el juego a la gran derecha” que, está visto, se frota las manos con las contradicciones y discusiones que acá se repasan muy por arriba. ¿Acaso hay que recordar todo el tiempo que ensayar una crítica, pensar en voz alta, no implica pegar un portazo, bajarse del bote, mandarse a mudar a Montevideo? Por nuestra parte conocemos las enormes limitaciones que tiene el gobierno y el tamaño de los problemas, pero no me parece que haya que tramitarlos en silencio, renunciando a poner de manifiesto nuestros desacuerdos. No hay democracia sin reserva de desconfianza que implica el ejercicio de la crítica. Como dijo Peter Sloterdijk: el cinismo es la paralización de la práctica crítica, adaptarse, volverse cómplices. 

Las imágenes de Guernika con K, son imágenes de desolación y fracaso, que los funcionarios deberán remar invirtiendo mucha militancia e imaginación si todavía quieren ser leales a las promesas que hicieron hace apenas un año.  

*Docente e investigador de la Universidad Nacional de Quilmes. Director del LESyC y la revista Cuestiones Criminales. Autor entre otros libros de Vecinocracia: olfato social y linchamientos y Yuta: el verdugueo policial desde la perspectiva juvenil. Este artículo fue publicado originalmente en el portal La Tecl@ Eñe.