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La mano de Dios //// 25.11.2020
Parte del aire: Diego Armando Maradona

"La ciudad está triste. El mundo vertiginoso un poco más solo. Sin esa voz desenfadada que represente al pueblo". Inés Busquets comparte su experiencia familiar y social en la jornada en que fallece el referente futbolístico más grande de nuestra historia.

Por Inés Busquets | Ilustración: Leo Olivera

A Santi se le entreveran las palabras. Sus 13 años transitan una línea muy delgada entre el fútbol y la poesía. Me muestra una carta/poema que habla de Dios, de brote, de eternidad, de siempre.

No es de lágrima fácil pero hoy lo consolé como pocas veces. Íbamos en el auto y a la emisora que escuchábamos se le ocurrió pasar la canción de Rodrigo. Lloramos y lloramos detrás del barbijo y Pupe nos miraba con la sorpresa de ver llorar “por fútbol” a una mamá que no consume ese deporte.
No sé por qué a Diego lo sigo desde siempre. Me crié en familia de mujeres y poco fútbol, pero mi abuela siempre lo destacaba: “El que es buena persona es Maradona, cuando llegó lo primero que hizo fue comprarles una casa a los padres.” Será por eso que cada tanto pensaba en Diego y se me transfería el deseo también de llegar y andar por la vida cumpliendo sueños. (Claro yo no jugaba al fútbol)
Había algo que trascendía, que superaba su figura de jugador para que alguien ajeno al deporte se impregnara de ese no sé qué.
En esta última etapa la cercanía con Gimnasia y con la ciudad me hizo presenciar momentos, muchos con él. Digamos entre la multitud y él.
Una vez, hace relativamente poco, salimos caminando hasta Ipensa sin saber que lo estaban por trasladar. Afuera la gente rodeaba la institución con la delirante ilusión de verlo. Y ahí estábamos entre las cámaras y las ambulancias. Es que Diego generaba esas fusiones extrañas.
—Mamá—me dijo Santi. — ­¿Viste que él está acá? —
—Si claro, está subiendo a la ambulancia— le contesté de la manera más básica posible.
—Ya se mamá. Yo te hablo de la energía. ¿Viste la energía que tiene? —
Cada vez que un hijo me habla en términos espirituales me embarga una especie de mudez que me deja pasmada, algo así como que prefiero callarme para no cortar el clima.
—Lo que quiero decirte es que es una persona con una energía tan fuerte que aunque no esté físicamente cerca se siente en el aire. —
Es cierto pensé, cuando me di cuenta que no era la primera vez que me conmocionaba solo por saber que adentro de esa clínica estaba él. De la misma manera que cuando estábamos en la cancha y la vibración de su llegada al estadio subyugaba a miles de personas. Inclusive a mí.
Antes, mucho antes de que naciera Santi confieso haberme hecho la dormida cuando sentía el llanto de su papá ante algún resumen de TV con el gol a los ingleses. Es que hasta ese punto me costaba comprender.
La ciudad está triste. El mundo vertiginoso un poco más solo. Sin esa voz desenfadada que represente al pueblo. Ese grito preciso. Esa palabra limpia de dobles intenciones, porque si había algo que tenía era que hablaba sin eufemismos.
“Ahora es parte del aire y cuando pasa lo hace más puro” dice Santi en el poema.
Pienso en Gardel, en Evita, en Roland Barthes cuando habla de la construcción de los mitos y en la idea de una nota argumentada y racional, pero esto es distinto.
Es un sentimiento que emerge de las entrañas, como esa energía que ahora se siente en todas partes.