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La mano de Dios //// 25.11.2020
Sed de potrero y copas de oro

Se decretan tres días de duelo nacional, falleció a los sesenta años Diego Armando Maradona. Natalia Carrizo comparte su sentir tras el fallecimiento del ídolo nacional y popular.

Por Natalia Carrizo | Mural realizado por Leo Olivera

El hombre se hace mito y el mito se hace hombre, y yo quiero racionalizar como me voy a sentir, pero sé que es trampa… Hay tipos que vienen a desordenarnos las pasiones. No encuentro ninguna coherencia y no necesito encontrarla. Vení y hablame de dejar morir la infancia… No, Maradona ni, aunque muera se puede apagar.

Todavía los escucho emocionarse, llorar, abrazarse entre ellos; los hombres que hallaban al hombre, y al llanto; y después toda la familia enredada en un festejo, el barrio abrazando una magia compartida. Esa tarde aprendí que gol es una buena palabra, porque si hay malas palabras, seguro hay buenas palabras, pensaba mientras los adultos a mi alrededor puteaban en el nombre del amor y la gloria. Fue la primera vez que vi a tantos hombres grandes llorar.

Hoy se apagaron los ida y vuelta, WhatsApp se llamó a silencio, nada mucho más allá de compartir la noticia. Cientos de posteos. Un estupor que nos empuja a todos a escribir algo, a hablar un poco solos, a repensarnos en esa pelota de contradicciones que fue nuestro único héroe en este lío, y también fue nuestro lío.

Si existe un infierno para los dioses que se atreven a ser humanos, se las tendrá que arreglar solo donde sea que vaya, pero hoy no le voy a reclamar nada. Todo ese barullo de la perfección fue cosa nuestra, él nunca negó su historia ni su sangre, tampoco prometió no pifiarla como humano, metió decenas de goles adentro de la cancha, y como diría Evita: “no se dejó arrancar el alma que trajo de la calle”. Él se abrazó a la memoria, a las Madres, a las Abuelas, a Fidel, a Chávez, a Néstor, a sus compañeros, a los pueblos, escribió la historia desde abajo y se convirtió en el gran ladrón del olvido…

Es una huella de barro en la historia de la cultura popular argentina.

Hoy me voy a permitir todo, irme de la tumba a la rumba y de la rumba a la tumba, como el Diego… Ángel roto, campeón perdido. Bebió en una copa de oro su sed de potrero. Jugó el partido de la vida, con faltas, gambetas, pases fuera de línea, y acaso alguna vez gritó gol.