Soledad Castresana: “Escribir es un ejercicio del cuerpo”

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Soledad Castresana: “Escribir es un ejercicio del cuerpo”

27 Junio 2021

Soledad Castresana nació y se crió en La Pampa. Más tarde, estudió Letras en Buenos Aires. Ha vivido en Colombia, en México, en Tailandia y también en Costa Rica. Publicó Carneada (Córdoba, 2007), Selección natural (La Pampa, 2011) y Contra la locura (Quito, 2015). Que sangre (Caleta Olivia, 2019) es su último libro. Su colección de cuentos cortos incluye La hermana animal, que obtuvo el segundo lugar en el Premio Itaú 2020. FRACTURA, el suplemento literario de la AGENCIA PACO URONDO, conversó con ella para realizar un breve recorrido sobre sus libros y detenerse más profundamente sobre el último.

AGENCIA PACO URONDO: No te habíamos entrevistado desde que presentaste tu primer libro, Carneada (Córdoba, 2007). Luego publicaste Selección natural (La Pampa, 2011).

Soledad Castresana: Selección natural fue elegido en una convocatoria que organizó el gobierno de La Pampa dentro del Fondo Editorial Pampeano. Es un fondo editorial dirigido a poetas de la provincia, vivan ahí o no. Después de Carneada, yo necesitaba limpiarme un poco de toda esa sangre y de esa mirada tan cruda que tenía. Entonces me propuse mirar las cosas de otra manera, me propuse hacer hincapié en la levedad; por eso aparece toda esa serie de poemas titulados La supervivencia del más leve. Como en Carneada estaba toda la violencia (una violencia latente, una violencia explícita). En este otro libro necesité una mirada diferente, que conectara de la naturaleza desde otro lugar. Cuando lo tuve terminado lo envié al concurso y fue premiado, junto con el libro de otra chica de mi mismo pueblo. Fue para mí una gran alegría. El problema fue la distribución, por tratarse de un fondo editorial provincial.

APU: Hiciste en Selección natural un trabajo con los poemas, un trabajo de cincel y observación detallada, como en el haiku

S.C.: Fueron textos que requirieron muchísimo trabajo. De cada uno de esos poemitas hubo versiones y versiones y versiones y páginas y páginas hasta encontrarles la vuelta, el orden de los versos, el orden de la palabra. Y es el día de hoy que, cuando agarro uno de esos poemas puede ser que todavía diga: “no, está palabra no iba acá, iba en otro lado”. El trabajo de corrección es interminable.

APU: Luego apareció Contra la locura, publicado en Quito en 2015. Un libro muy mágico que se merecería una entrevista entera sobre él. Ahora estás más dedicada a la narrativa y uno, La hermana animal, de tus cuentos obtuvo el segundo lugar en el Premio Itaú 2020.

S.C.: Empecé a escribir narrativa hace un montón, cuando me fui a vivir a Colombia. Y vengo escribiendo una serie de cuentos desde entonces. Viví los últimos años en Tailandia, y mientras estuve allá la poesía se diluyó y apareció más fuerte la narrativa. Y fue una suerte ese premio, una especie de palmadita. Cuando estaba escribiendo eso, me atacó Contra la locura, entonces lo escribí, lo terminé y lo publiqué. Es un libro que quiero mucho. Después volví a escribir los cuentos, hasta que me atacó Que sangre. La poesía se impone, entonces dejo de lado la narrativa. Pero, desde la publicación de Que sangre, he escrito muy poca poesía.

APU: En tu Que sangre ponés en escena el cuerpo en el poema, el cuerpo femenino

S.C.: Me hiciste acordar a Alejandra Pizarnik: “hacer el cuerpo del poema con mi cuerpo”. Algo así es lo que dice ¿no? Creo que ése es como el tema que está flotando desde el principio al fin en el libro de diferentes formas. Ese es el tema central o el tema general que toca todo el libro.

APU: Y empezás por las cicatrices

S.C.: Y este libro era eso. Empezar a mirar las cicatrices, a reconocerlas y a valorarlas como marcas de la historia en el propio cuerpo. Escribo desde la experiencia. De una forma u otra, sea que haya sido real o no, el cuerpo siempre está presente. Para mí escribir es un ejercicio del cuerpo. Y este cuerpo que tengo es femenino. Entonces, si es que escribo desde el cuerpo, siempre es el cuerpo de mujer el que aparece. Pero también en este libro aparecen otros cuerpos, más viejos, como los de los abuelos en el final del libro. No aparecen allí las cicatrices sino algo más del orden de lo vulnerable y de la fragilidad.

APU: Te atrevés en estos últimos poemas al tema de la muerte

S.C.: El tema de la muerte de los ancianos y cómo eso impacta en uno. Esa parte del libro, leída en este momento en el que estamos en contacto frecuente con la muerte, en el que todos tenemos a alguien cercano que se ha ido, vuelve a conectarme con esas emociones y me permiten expresar lo que siento. Me sorprende, porque nunca me había pasado que se resignifique una lectura de algo que yo misma escribí.

APU: Nos conmueve mucho este libro, tan vitalista, de una fuerza erótica enorme, atravesando por una fuerte pulsión de supervivencia. Y muy peleador también. Elige deidades paganas, pelea contra la religión, pelea contra el poder médico, enfrenta al sistema burocrático estatal…

S.C.: Me gusta mucho esa lectura, esa interpretación. Generalmente no muestro mis enojos. Estaba muy enojada cuando escribí muchos poemas. Después ese enojo fue bajando, mientras corregía, pero quería que quedara algo de toda esa furia.

APU: Tu libro fue publicado en 2019 por la editorial Caleta Olivia de Buenos Aires

S.C.: La escritura del libro había sucedido bastante antes, en 2015 y 2016, cuando vivía en México. Casi todos los poemas fueron escritos en México. Fue una experiencia nueva, que me sorprendió. Como en general pasa con la poesía, uno no busca, sino que algo aparece. México se me coló, me impregnó, se metió por todos lados y apareció en los poemas. Era el trasfondo de la escritura, pero también la cultura mexicana aparece como tema. Hace su entrada también. Vivimos dos años en la ciudad de México, que es intensa y abrumada. Se iba a meter en mi escritura a fuerza.

APU: Como en el poema dedicado a Coyolxauhqui

S.C.: Coyolxauhqui es una figura que me impresionó muchísimo, está en el Templo Mayor de la ciudad de México. Me sentía como una intrusa escribiendo sobre ella, como la extranjera que viene a escribir sobre algo local. Creo que todavía me pasa eso en la lectura. Cuando lo escribí se lo di a leer a unas escritoras mexicanas, como para sentir que ellas me daban permiso a mí para escribir sobre esta figura de su mitología. No quería que sonara muy cursi ni muy extranjero, pero era sobre una figura que me había llegado muchísimo. Escribí gran parte de este libro en 2015, cuando se estaba iniciando en la Argentina el movimiento Ni una Menos, que después se replicó en México. Miraba las noticias y cómo se daba a conocer en todo el mundo información sobre los feminicidios. Cuando me encontré con una diosa desmembrada en el Templo Mayor, me quedé atónita, pensé que era la metáfora de lo que masivamente se estaba conociendo, lo que había sucedió con tantos cuerpos femeninos.

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Invocación a la diosa

Acá estoy, Coyolxauhqui,

borracha de tan extranjera.

 

Traigo el cuerpo destrozado

igual que el tuyo,

pero a mí no se me nota.

 

Como ofrenda, te dejo este hijo

que estoy perdiendo ahora

y mi lengua cruzada de tajos.

 

Quisiera frotar tus pezones azules

que tu leche me llene la boca.

 

Para identificar mi cuerpo

-¿Señas particulares? –me pregunta la mujer

del Instituto Nacional de Migración-,

¿tatuajes, manchas, cicatrices? –Nada

que se vea a simple vista –digo. Y ella,

impúdica, insiste. –Una cesárea, ¿le sirve?

–subo la voz para que escuchen todos en la sala-.

¿Un corte en el pezón derecho,

otro en la ingle, uno en el cuello del útero?

-Y su hija, ¿tiene alguna marca?

-Un lunar en la palma de la mano izquierda.

Como si hubiera matado una mosca.

La mujer del Instituto Nacional de Migración

completa el formulario. No me mira.

 

De cuando visité por primera vez el Templo Mayor

En el campo, el silencio es como un golpe de martillo

en las orejas. Por eso cuando era chica,

yo quería un dios o una diosa que me ayudara a dormir.

No me servía un hombre que elegía a otros hombres

para enviarlos por el mundo a contar sus hazañas.

Ni una virgen que limpiaba con lágrimas

las heridas del hijo, que aceptaba el misterio

y subía a los cielos. Esclava y sin manchas.

Tampoco, ese hijo que ofrecía la mejilla y después,

mientras sufría sabiéndose dios,

llamaba al padre llorando de miedo.

No.

 

Me hubiera encantado tener una diosa

de torso desnudo, con falda de serpientes,

con rodilleras hecha de cráneos de los tontos

y los pies bien metidos en el fuego,

que mostrara las piernas abiertas, las garras

y tuviera y un serrucho por lengua.

Que viniera, no a salvarme

sino a enseñarme a matar a la madre,

que luchara con el hermano deforme

y perdiera la cabeza entre las piedras.

 

Ahora, no necesito nada para mí,

aprendí a dormir sola. Pero para mi hija

yo quisiera una diosa que sangre.

 

Extracción de fibroademona

Me habían obligado a quitarme

el esmalte negro de las uñas,

los dos anillos, los cinco aros,

la tobillera, los dos collares,

pero logré meter en el quirófano

el elástico mugriento

que apretaba mi trencita, ese pelo

que no había cortado cuando me rapé.

Desperté triunfante. No me importaba

el resultado de la biopsia,

ni la costura en el pezón.

 

Diálogo con la anestesista

Yo dije:

esto es lo que siento: el trazo del filo,

el olor a quemado, las tripas enredadas,

la presión en las costillas,

la parte en que me arrancan. Me duele.

 

Ella dijo:

es pura imagen: si de verdad sintieras

lo que estamos haciendo,

no podrías mirarme, no podrías hablar.

 

Hija única

Cuando eran jóvenes mi abuela y mis hermanas

los domingos visitaban a los muertos.

Junto a la madre, limpiaban el panteón como la casa.

Afuera el padre, fumando en el Ford

y por la radio, las carreras de caballos.

 

Mamá no tuvo hermana. Yo tampoco.

Ahora, los bronces no brillan y el viento,

que se cuela por los vidrios rotos, confunde

la tierra del campo y las cenizas.

Una mariposa de noche descansa sobre el mármol.

Ahí quedará su huella.

 

Lo normal

Ayer murió mi abuelo. Es normal

que a los 97 te dé una neumonía

y no la pases. Para nosotros

es la vida, ya era hora, somos grandes.

 

Pero él no estaba listo para irse.

Un poco antes pedía un rato más.

Porque es tan lindo en primavera

sentarse a tomar mate, a comer

masitas dulces y a escuchar

las noticias del pueblo por la radio.

Esas cosas que suele hacer la gente

cuando no se muere.

 

Credo

¿No vamos a volver a verlo nunca? No.

Yo quiero verlo otra vez. No podemos

hacer nada. Ya está. Pero ¿y el alma

y la resurrección y el día de los muertos?

 

En esta casa, no creemos en esas cosas.

Cuando sea grande y viva en otra casa,

voy a creer en lo que quiera.  

***

Esta entrevista se basa en el diálogo entre la poeta Soledad Castresana con Lidia Rocha y Gerardo Curiá en el programa de radio Moebius realizado el 27 de mayo de 2021