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Fractura //// 31.10.2021
Paula Bombara: “Todas las mujeres desobedecemos a la estructura social”

Fractura, suplemento literario de APU, dialogó con la escritora y bioquímica que publicó este año La desobediente en Loqueleo. Una novela epistolar que dialoga con Frankenstein o el moderno Prometeo, el clásico de Mary Shelley, desde una singular perspectiva de género.

Por Natalia Pascuariello              

¿Qué hubiese pasado si la criatura creada por Víctor Frankenstein hubiese sido invención de una mujer? Esta pregunta fue el leit motiv que llevó a Paula Bombara (Bahía Blanca, 1972), bioquímica y autora de literatura infantil y juvenil, a escribir La desobediente (Loqueleo, 2021), una novela que conversa con Frankenstein o el moderno Prometeo, el clásico de Mary Shelley de 1818. Con esta obra, la destacada autora abre preguntas no sólo a los lectores jóvenes sino también al público adulto.

Admiradora de María Teresa Andruetto, Liliana Bodoc, Silvia Plath, Virginia Woolf, Margarite Duras, Alejandra Pizarnik, Clarice Lispector, Ursula Le Guin, Siri Hustvedt, Manuel Puig, Julio Cortázar y Edgar Allan Poe, Bombara nos lleva por el derrotero de la protagonista: Florence, una adolescente del siglo XVIII que, con una cicatriz monstruosa en el rostro, desafía al patriarcado forjado alrededor de su familia adoptiva y de la Universidad de Ingolstadt.

La relación de intertextualidad con la obra de Shelley se estructura a través del género epistolar no sólo para dar cuenta de otras épocas sino por su evidente potencial narrativo. La desobediente es una obra que se remonta a la vida de las primeras feministas a la vez que nos arroja a la contemporaneidad: la desigualdad en términos del acceso al conocimiento, una historia que, como dice el epígrafe en el que cita a Malala Yousafzai: "Les cuento mi historia, no porque sea única, sino porque no lo es".

AGENCIA PACO URONDO: ¿Por qué sentiste la necesidad de reescribir Frankenstein protagonizada por una adolescente?

Paula Bombara: Más que como una reescritura, la pienso como una conversación con Mary Shelley porque no quise meterme con la misma historia que ella estaba contando y hacer una interpretación sino, justamente, colarme en los márgenes que había dejado. Por eso pensé en tomar los personajes de los formadores o ese capítulo en donde Frankenstein quiere encontrar un guía de estudio. Yo quería mostrar un ámbito universitario distinto al de Lo que guarda un caracol. Así aparece la Universidad de Ingolstadt y estos dos modelos de científico que contrastan: el profesor Waldman, que quiere rescatar algo de las bases pseudocientíficas más antiguas y Kremple, que prefiere poner un punto final. Me interesó mucho este perfil porque entre lo temperamental que pone en Kremple y este aspecto vinculado al espíritu mágico, pseudocientífico que pone en Waldman configuran y confluyen en la construcción de Frankenstein, que es la base del estereotipo del científico loco.

La estereotipación de los personajes científicos es mi tema de investigación de Doctorado. Entonces todo este interés nació primero por el costado académico y después una editora me preguntó: “¿Por qué no abordarlo desde la ficción?”. Yo dudé pero no tuve argumentos. Y me empezó a picar el bichito de por dónde lo abordaría si tuviera que construir una ficción. Así me aparecieron ideas de cuando leí esta novela en la adolescencia:recordé que todo el tiempo me sentía identificada con la criatura. Y pensé: “¿Qué hubiese pasado si fuera una mujer la que hubiera llegado a esa invención?”. Esa pregunta fue dándole forma a Florence y cimentando esto de que la pregunta también se la hicieran los personajes. No invadir la obra de Mary Shelley sino conversar desde la perspectiva de otra era.

APU: El diálogo con el clásico de Shelley no es sólo desde el contenido sino también desde la forma, la estructura tiene algo de "desobediente". ¿Cómo fue ese trabajo?

P.B.: Fue muy divertido. Jugar con las formas es una de las cosas que más disfruto del proceso de escritura porque, más allá de la trama, el cómo contar es lo que más me desafía. Creo que pensar en la misma estructura que ella usó era una manera de homenajearla. En la obra de Shelley, hay muchísimos aciertos y siempre el personaje de la criatura se lleva todo. El conflicto con su creador es tan intenso que no deja que podamos apreciar todas las cuestiones interesantes que tiene este libro. Frankenstein es una carta a Margaret y no sabemos cómo recibe toda esa información. Que ella acusara recibo hizo que tuviera que pensar en qué lenguaje usar. Empecé a usar cajas chinas viendo dónde Shelley había construido las suyas y dónde yo podía armar las mías. Esa decisión hizo que usara un lenguaje como si fuese escrito en esa época. Revisé muchas traducciones y, dentro de esas, elegí un tono de “tú”, con cierto modo de adjetivar.

Si a un lector se le da por armar el tetris (ver cómo mis personajes interactúan con los de ella) y quisiera hacer esa operatoria de armar el rompecabezas, la idea es que esa manera de hablar que tienen mis personajes no sea un obstáculo: que fluya una novela sobre la otra. Así que primero fue la forma, después el lenguaje y, por último, quién iba a contar. Me pareció muy interesante tomar el punto de vista de Waldman, el patriarca, formador de Frankenstein. Ella lo presenta como un personaje amable, dulce, dedicado a la ciencia. Y yo quise que apareciera el contraste de cómo una persona puede ser de una manera en su ámbito laboral y de otra en su vida personal.

APU: El título La desobediente alude a Florence, una adolescente mujer que lucha por tener un lugar dentro del ámbito académico del siglo XVIII. ¿En la sociedad actual sigue habiendo mujeres desobedientes?

P.B.: Yo creo que todas las mujeres desobedecemos a la estructura social, todo el tiempo. Aún en cuestiones que ya están muy transitadas pero que siguen siendo complejas. Por ejemplo, la educación de nuestros hijos varones, que también está en la novela. ¡Qué difícil pensar una educación diferente! ¡Cuántas veces caemos en una naturalización del sistema patriarcal!Es muy difícil estar atentas todo el tiempo. El acto de estar conscientes de que eso debe ser mejorado ya es un acto de cierta desobediencia. La filósofa francesa Anne Dufourmantelle plantea la desobediencia como obediencia a otra cosa: vos desobedecés a algo porque en realidad estás obedeciendote. Obedecés a tu propio deseo.

Entonces, en la medida en que una mujer se dé cada vez más la oportunidad de obedecer a su propio deseo, habrá una continuidad de las desobediencias. Por eso, para mí, en distintos momentos del día estamos desobedeciendo. En el ámbito académico, creo que el deseo de muchas chicas de estudiar carreras vinculadas tradicionalmente a los varones y luego ejercer esas profesiones sigue siendo un acto de resistencia que por suerte está muy sostenido por la generación de las madres. Hay una red de contención, que en general son redes de mujeres, pero también hay algunos padres que dicen: "sí". Hay una consolidación de seguir ampliando nuestra presencia en los campos laborales de todas las áreas.

APU: La lucha de las mujeres y la violencia de género es un tema que tratás en La chica pájaro (2015, Grupo Editorial Norma). ¿Cómo surge presentar una novela con una marcada función social para las adolescencias?

P.B.: Es un tema que me atraviesa porque lo sufrí de muy pequeña y, por lo tanto, hizo que siempre estuviera atenta para no volver a caer en un hecho de violencia por ser mujer. Y como es parte de mí, surge en las novelas. En La chica pájaro apareció el deseo de escritura por una experiencia familiar. Un mediodía del 2012, estaba llevando a mis hijos a la escuela y fui testigo de una pelea muy violenta entre una pareja de adolescentes, cerca de un colegio secundario. Yo me quedé paralizada. No pude soltar de las manos a mis hijos e ir y hacer algo. Creo que esa parálisis, esa impotencia, ese saber que a pesar de haber estado toda la vida interesada en esto, haber leído, haber reflexionado frente al hecho de violencia y, sabiendo que estaba con mis hijos, me paralizó.

Creo que fue esa impotencia la que me llevó a escribir. La vergüenza de no poder responder de un modo práctico. Después estuve en otra situación en donde pude llamar a seguridad, ayudar a esa mujer y de algún modo sentí que La chica pájaro me había educado o afectado como para que ese miedo no me paralizara. Cuando estaba en el proceso de edición, se dio una seguidilla muy intensa de femicidios de adolescentes que hizo que yo quisiera que figurara algún dato de contacto en la novela y lo hablé con las editoras. Yo no quería que estuviera pegado a la ficción y a los agradecimientos, quería que estuviera en otra página porque podrían arrancarla de necesitarlo. Ellas me dijeron que no se podía. Entonces se pensó en un recuadro pero no como algo independiente a los agradecimientos. Hubo quienes no vieron bien ese agregado porque sujetaba mucho la novela a la realidad social del momento, no le permitía tener otro vuelo.

APU: El mar y la serpiente (2005, Grupo Editorial Norma), aborda las consecuencias de la última dictadura cívico militar argentina en las infancias y adolescencias. ¿En qué basás la configuración literaria del desaparecido? ¿En tu propia vida? ¿En otras obras?

P.B.: Al ser parte de una familia desmembrada, al ser una víctima directa de la violencia de la dictadura, al haber sido yo misma secuestrada, no hay una elaboración cien por ciento consciente de la figura del desaparecido. Los desaparecidos están. Por más que suene como un oxímoron. ¿Cómo no van a estar presentes en lo literario si están en todas partes? Mi realidad es una composición entre la ficción y lo que sucede día a día. La ficción, en mi memoria, como los recuerdos, tiene una entidad muy sólida. También se cuelan libros donde se abordan otras temáticas o donde aparecen otros personajes, otros conflictos.

En el estado de escritura todo eso fluye y yo me doy cuenta después, cuando leo el borrador. Yo entro en el estado de escritura con un plan que después se modifica. No hubo un proyecto de cabo a rabo en ningún libro. En El mar y la serpiente menos todavía porque fue el primero. Fue prueba y error, siguiendo las mecánicas del trabajo científico, de considerar cada prueba de escritura un experimento. Eso hizo que avanzara muy lento, que reescribiera de cero, que fuera rechazado en editoriales, que llegara a ser lo que es después de muchos años. Ahora, ya con el ejercicio de todas estas escrituras lo que me doy cuenta es que intento dejar fluir estas configuraciones sin censurarme.