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Fractura //// 01.08.2020
Juan Marsé y el rayo aniquilador de Pijoaparte

Manuel Vázquez Montalbán supo definir con justeza la importancia de la aparición de Últimas tardes con Teresa, de los malestares que provocó y por qué esta novela de Marsé consiguió la atemporalidad necesaria para ser fundamental dentro de la literatura española.

Por Manuel Vázquez Montalbán / Ilustración: Silvia Lucero

Si alguien puede hablarnos desde una posición cercana, hasta de izquierda, de cómo influyó la aparición de Últimas tardes con Teresa, el libro que pone a Juan Marsé en los primeros planos de la literatura española, ese es Manuel Vázquez Montalbán. No sólo por pertenecer a la generación que empieza a traslucir los cambios que se avecinan, sino porque es dueño de ese voyerismo para ver la incomodidad y los efectos en aquellos que se estaban construyendo un rinconcito de yeso. Aquí, completo, el ensayo del creador de Pepe Carvalho recopilado en El escriba sentado (Mondadori, 1997) que celebra la aparición de Pijoaparte.

Los años épicos de los señoritos de izquierda

Cuando apareció Últimas tardes con Teresa provocó un malestar en ciertos sectores comprometidos, sobre todo entre los aún jóvenes profesionales, los valores recién fraguados en la universidad que habían vivido los hechos de Paraninfo (1956-1957) y la constitución de los primeros movimientos universitarios clandestinos de izquierda. El juicio de Pijoaparte-Marsé sobre aquellas promociones críticas no podía ser menos benévolo: “Con el tiempo, unos quedarían como farsantes, y otros como víctimas, la mayoría como imbéciles o como niños, alguno como sensato, ninguno como inteligente, todos como lo que eran: señoritos de mierda”. Veinte años después de la aparición de la novela habría que añadir que algunos de aquellos pioneros de la contestación universitaria barcelonesa han llegado a redactar la Constitución y otros a concejales de ayuntamiento del cinturón rojo o rosa.

Lo cierto es que el rayo aniquilador de Pijoaparte-Marsé se dirigía contra una incipiente izquierda señorita, teatral y frívola que con el tiempo adoptó los objetivos de su clase congénita y convirtió su compromiso juvenil en los mejores y únicos años épicos de su vida. Veinte años después, esta irritación pijoapartesca del exrelojero Marsé contra aquellos “señoritos de mierda” apenas si cuenta tras una relectura de la novela. Queda en pié, en cambio, el tema de la instrumentalización social y la relación desigual entre el desclasado por ideas y el malclasado de nacimiento y cómo esta relación se complica cuando interviene el amor. El novelista toma partido e inculca al lector el punto de vista de su personaje pretexto, Pijoaparte, el xarnego marginal que relaciona y sanciona dos territorios sociales en los que el bien y el mal se atienen a dos códigos diferentes de supervivencia o, mejor dicho, en uno de los territorios se trata de un código de supervivencia. En el otro, de un código para mantener la hegemonía, sea en nombre de Cristo o del Anticristo. La historia, ese ingrediente narrativo que tanto le interesa a Marsé, consigue veinte años después el grado de atemporalidad necesario para ser ejemplar. Contemporáneamente, en 1965, se especulaba con las entidades escondidas tras los nombres de Teresa o Luis Trías, cuando de hecho Marsé había utilizado dos arquetipos. Hoy, Teresa y Luis Trías sólo interesan desde su verosimilitud literiaria.

Últimas tardes con Teresa fue una obra clave en la trayectoria literaria de su autor. Encerrados con solo un juguete fue la primera y madura novela de un joven autodidacta. Esta cara de la luna fue el precio que tuvo que pagar Juan Marsé por el conocimiento de nuevas amistades, del sector social de la pequeña burguesía ilustrada, sin tener resuelto el problema técnico y moral del punto de vista desde el que abordarlas; en cambio, este problema lo resolvió Marsé magistralmente en Últimas tardes con Teresa mediante el hallazgo de Pijoaparte, punto de vista primado a través de toda la novela, en la que también interviene el autor como narrador o utiliza la cámara subjetiva desde otros personajes, Teresa y la propia Maruja, incluso otros menores. Técnicamente, la novela era sincrética, pijoapartesca, al margen de las recomendaciones de los tecnólogos entonces en funciones. La técnica estaba pegada a la necesidad de contar una historia mediante un lenguaje rico, insisto en lo de lenguaje, que nada tiene que ver con vocabulario. Marsé tiene el don de la adjetivación imprevisible y la capacidad de describir un cuerpo humano y su conducta a través de la hipérbole o de un gesto o rasgo físico. El autor entra y sale de la novela al margen de los protocolos behavoristas u objetivistas, incluso anuncia lo que va a pasar o puede pasar, como cualquier realista del siglo XIX; pero esa intervención del autor está novelada, literaturizada y el lector contemporáneo lo acepta con toda naturalidad,

Otra característica de esta novela, que ya no va a abandonar la futura escritura del autor, es la adquisición de un tono y una estrategia sintáctica. El tono irónico distanciador, encogido de hombros y con las manos en los bolsillos. La estrategia sintáctica merodeadora influida, creo, por la poesía de Jaime Gil de Biedma y por el papel que el poeta ejerció como consultor literario de Juan Marsé en el transcurso de la redacción de Últimas tardes con Teresa. A partir de esta novela, la escritura de Juan Marsé será inconfundible, aunque estemos en el caso de un escritor que se sucede a sí mismo dejando por el camino la piel utilizada para escribir cada novela. Últimas tardes con Teresa o La oscura historia de la prima Montse están emparentadas tanto por el propósito como por la realización. Marsé gasta en estas dos novelas su voluntad de comprender una sociedad contemporánea, y se dedicará, a partir de este momento, a recuperar su memoria, a perder la obligada amnesia del vencido en la Guerra Civil, y ahí están Si te dicen que caí, La muchacha de las bragas de oro, Un día volveré o Ronda de Guinardó.

Releer Últimas tardes con Teresa en 1985 te lleva a coincidir con la nota preliminar que Juan Marsé añadió a la séptima edición revisada en 1975. Tras su propia relectura, Marsé dice que: “…aquellas amarras profesionales destinadas a acortar la famosa distancia insalvable, aquellas, tal vez, triviales soldaduras del relato, puentes de diseño o suturas de sentido, a las que concedí una desdeñosa y convencional funcionalidad, por una parte, han adquirido con el tiempo una vida independiente y autónoma y, por otra, han enraizado secretamente con la materia temática que nutrió la historia, hasta el punto que podría quizá llegar a constituir, para un lector de hoy, los auténticos nervios secretos de la novela, las coordenadas subconscientes mediante las cuales se urdió la trama”. Es decir, el autor invita a que el autor pueda degustar la novela al margen de consideraciones históricamente obsoletas: qué historicidad real contemporánea acarreaba voluntariamente o qué representaba en el nunca suficientemente utilizado contexto de lo que era entonces la novela española.

Esta novela ha conseguido poder ser leída hoy y probablemente mañana por sí misma y en sí misma, como una propuesta novelesca autosuficiente.