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Fractura //// 28.11.2021
El universo Aira por Walter Lezcano

En la columna semanal Informe de un día una reseña sobre el perfil del escritor argentino publicado por Entre Ríos: “El gesto inaugural de Aira en la literatura argentina es el de montar y exponer un Work in Progress eterno, permanente, incorruptible”.

 

Por Inés Busquets

La prosa es poesía o nada, escribió Zelarayán en el Posfacio con deudas. Walter Lezcano escribe como subyugado por ese enunciado, entonces un ensayo o una historia de vida son impregnadas por su voz poética hasta fluir con destreza y ritmo.
Un libro que sintetiza el universo Aira detrás de la prolífica escritura y del halo misterioso que lo rodea.  
Así se lee Aira de Walter Lezcano publicado este año por la editorial Entre Ríos.
Un libro necesario porque reúne voces que humanizan un Cesar Aira alejado del mundillo literario y al que sólo conocemos por alguna que otra entrevista en medios internacionales. A su vez un escritor inmenso que trasciende al artista con su obra y que habla a través de ella. Una obra conceptual, según Francisco Garamona:” La obra de Aira es como un gran cuadro donde cada obra es una pequeña trama, un pequeño corte en tela.”

Walter Lezcano lo denomina Proyecto Aira, el objetivo del libro es visibilizarlo y en su tarea de pensarlo abrió un abanico de posibilidades pero sobre todo intentó desentramar una incertidumbre que nos une como lectores: ¿Cómo funciona la maquinaria Aira?

Y fiel a su raigambre de poeta intervino con algunas incertidumbres más. 

“¿Por qué hablamos de proyecto? El gesto inaugural de Aira en la literatura argentina es el de montar y exponer (operaciones que lo vinculan con las artes plásticas) un Work in Progress eterno, permanente, incorruptible.” Explica Lezcano.

De esta manera nos introduce a un Aira de vanguardia, relacionado con el Surrealismo, admirador de Duchamp, constante, continuo, “sencillo para narrar lo desopilante, el delirio, lo extraño”, “una maquinaria demencial.”

Una vez en una entrevista Woody Allen contó que hace una película por año, no por una estrategia determinada sino porque eso lo mantiene en permanente estado creativo. Es decir que lo que importa es el proceso, algo de esto pareciera suceder con Aira. Walter lo describe así: “y además hay algo, tal vez, más íntimo y concreto: el deseo irrefrenable de estar en contacto perpetuo con el destino elegido que es el acto mismo en su máxima pureza, el hábito de escribir.” Develando un misterio que quizá simplemente responda a la necesidad de escribir.

Aira, el libro, nos permite llegar a sus comienzos: la amistad en Coronel Pringles con el poeta Arturo Carrera, la llegada de ambos a Buenos Aires (con un año de diferencia), la formación literaria con figuras cercanas como Alejandra Pizarnik y Osvaldo Lamborghini (mis modelos diría el propio Aira). Una manera de incursionar en la literatura como un arte colectivo y la importancia de la amistad en sus inicios de escritor.

Luego vendrían sus primeras publicaciones encabezadas por Ema, la cautiva y Moreira, entre otras y a partir de los 90 un quiebre que lo empezaría a instalar en la tradición literaria argentina a la altura de Borges y en antinomia con Piglia. Dice Strafacce: “Aira es tan grande que hasta Borges le queda chico. Todavía no “dejó” un legado porque, para bien de todos, sigue escribiendo.”

Ir por afuera del mundo mainstream de consumo y aun así lograr un circuito propio, en el caso de Aira se fortaleció por su vínculo con las editoriales independientes, dice en una entrevista citada en el libro: “En la Argentina han proliferado estos últimos años pequeñas editoriales que son mi terreno de juego.”

Las voces de Arturo Carrera, Ricardo Strafacce, Francisco Garamona, Damián Ríos, Mercedes Güiraldes, Mauro Libertella, Hernán Vanoli, Ariel Magnus completan la génesis de este gran sistema.

Uno de los tantos aciertos del libro es la analogía de Aira con el Indio Solari, nacieron el mismo año, tienen influencia con el comic y de alguna manera han trabajado el espíritu de la clandestinidad para componer y para vivir.

De este análisis también se desprenden algunas definiciones: “Existe un Aira para cada generación,” escribe Walter o “Cuando tenés detractores es porque sos una gran influencia. Me parece que todo escritor de verdad crea a sus lectores,” dice Ariel Magnus.

La imaginación al poder, la estructura propia y despojada de los géneros a la hora de escribir, la improvisación, la maestría narrativa, disparadores inusuales, comienzos magistrales, finales disimiles son algunos de los conceptos que podrían englobar su obra. “El genio está en la falla” escribe Walter y esa “falla es una traición a los cánones establecidos por la burguesía.”

El libro Aira esgrime un deseo y una respuesta a unos cuantos no. Walter Lezcano cuenta que cuando empezó a reseñar tenía cierta necesidad de escribir sobre Aira y de muchos rechazos, solo tuvo tres aceptaciones. Lo llamativo es que él no se pregunta por los rechazos o por la formalidad sino que se pregunta a sí mismo en por qué la insistencia: ¿amor o capricho? (Parafraseando a Oscar Wilde que también lo menciona). Una de las conclusiones es la cuestión del reto que se le presentaba porque sabía que leer a Aira era ponerse el overol y pensar en serio.

Leer a Aira es un desafío permanente, lo más complejo es estar al día y tener la constancia de ir atrás de cada “novelita” que sale a la luz. Pero creo que escribir sobre Aira es una osadía que solo grandes como él se atreverían a hacer. En eso de escribir con desenfado, sin temerle a los finales, ni a los cánones, solo entregarse al amor por la literatura, a su legado vigente de felicidad, a la bienvenida de lo nuevo antes que lo bueno.

Una vez me tocó presentar a Walter Lezcano en el lanzamiento de una Antología, solo había leído sus poemas, cuando en un breve lapso de tiempo quise escribir el total de sus obras desistí en el intento: “es un escritor muy prolífico” me salió en el momento nombrando algunos de sus libros.

Nada es casual, creo que hoy mismo no podría definir la cantidad, aunque eso es lo de menos, porque la coincidencia no reside ahí sino en la capacidad de perpetuar la vida en el instante de escritura, en la evasión misma de esta “huida hacia adelante”, en la necesidad de tenderle una trampa al tiempo.