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Entretenimiento //// 28.08.2021
Tarará: La historia de Chernóbil en Cuba

El internacionalismo cubano se hace presente tras la explosión del reactor en Chernóbil y la isla recibe más de 20 mil niños para brindarles tratamiento médico. Esa historia es narrada en el documental Tarará, que se estrena el 2 de septiembre a través de la plataforma Cinear y es la ópera prima de Ernesto Fontan, quien dialogó con Agencia Paco Urondo.

Por Diego Moneta

Ernesto Fontan se recibió de licenciado en audiovisión en la Universidad Nacional de Lanús en 2005. Desde entonces, se desempeñó como editor en distintas compañías de la región, como Disney, Fox o Cuatro Cabezas. Tras la organización del recital de Silvio Rodríguez en Avellaneda en 2018, desde el Espacio de la Fraternidad Argentino-Cubana (EFAC), el cual integra, decidieron contar una de las tantas historias de la solidaridad internacionalista de Cuba, desconocida hasta por muchos militantes de la causa. 

En ese camino terminaría surgiendo Tarará: La historia de Chernóbil en Cuba, ópera prima documental del realizador, declarada de interés cultural por el Ministerio de Cultura de la Nación. La obra, tras retrasos ocasionados por la pandemia, se estrenará el 2 de septiembre a través de la plataforma Cinear. Coproducida por el EFAC y Carbono films, muestra el programa de recuperación integral para las víctimas desarrollado en el país lationamericano que recibió a más de 20 mil menores a partir de la explosión de la central nuclear.

En diálogo con Agencia Paco Urondo, Fontan define los dos viajes que se hicieron a Cuba y la realización del documental como una “experiencia emotiva e imborrable para quienes participaron”. El rodaje comenzó el 1 de enero de 2019, a sesenta años de la Revolución Cubana. A partir de distintos testimonios, se irá reconstruyendo esta historia que, de alguna manera, sirve para trazar un paralelo con el rol de los médicos cubanos durante la pandemia. Entre 1990 y 2011, el hospital pediátrico de Tarará atendió a infantes víctimas de radiación en Ucrania, Rusia y Bielorrusia, afectados por cáncer, atrofia muscular y problemas dermatológicos, entre otras cuestiones.

El primer aspecto a señalar es que Cuba, en ese entonces, se preparaba para la inminente caída de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), su principal socio y sostén económico. Esa etapa, que se conocería como “período especial”, sería el momento más difícil para su economía. A pesar de las adversidades, el programa de tratamiento gratuito funcionó durante más de dos décadas en base al compromiso de médicos, traductores y personal de la salud. “Creemos que es un acto de justicia dar a conocer esta epopeya porque fue intencionalmente acallada por los grandes medios”, comenta Fontan.

Luego tenemos la historia de Tarará. Pasó de ser un lugar de descanso para la cúpula militar de Fulgencio Batista y las familias más ricas a ser la sede del campamento deportivo de la Organización de Pioneros José Martí, hasta llegar a alojar dos hospitales, una clínica, residencias para los menores y sus acompañantes, escuelas, parques, un teatro y hasta la posibilidad de acceder a la playa en pleno Caribe. Fidel Castro decidió armar el programa en el escenario más lindo posible, cuyo primer grupo de 139 niños llegó en marzo de 1990.

La iniciativa “Niños de Chernóbil” estuvo a cargo de los doctores cubanos Julio Medina, coordinador, y Omar García, investigador del Centro de Protección e Higiene de las Radiaciones, que clasificaron pacientes según su estado. Previo a los vuelos, se envió una comisión para evaluar cuáles se podían atender, mientras voluntariamente se construían y preparaban las distintas instalaciones en Tarará. 

Otro de los puntos fuertes del documental son sus testimonios. Por un lado, los protagonistas de esta historia: niños, hoy ya adultos, familiares y médicos. Por otro, distintas personalidades: Aleida Guevara, hija del Che, algunos de los integrantes de la Red Avispa, Ignacio Ramonet y Atilio Boron, entre otras personas. También destaca María Santucho, sobrina de Roberto, quien hace más de 45 años que vive en la isla. 

En ese casillero, el más relevante es Silvio Rodríguez, por cómo contribuye a la organización del relato. El artista cuenta, entre otros temas, su experiencia como alfabetizador desde muy joven y los recuerdos que tiene de Tarará. El film también propone narrar otras historias en paralelo, como la estadía de Ernesto Guevara en el lugar. La casa en la que se alojó para tratar un ataque de asma, que todavía sigue en pie, sirvió de encuentro para elaborar la posterior reforma agraria cubana. 

Fontan destaca que hay “mucho material emotivo y enriquecedor”, que no fue incluido, “que en algún momento será compartido” al público. Además, adelanta que está trabajando en un proyecto sobre “la vida poética y política de un gran escritor argentino” y, junto a un compañero del EFAC, en una película sobre el Diego Armando Maradona político, “ese amigo de los grandes líderes populares de la región”, según lo define.   

En tiempos de pandemia, donde hay países pensando en dosis de refuerzo mientras otros sólo han podido vacunar poco más del 1% de su población, Tarará nos muestra una solidaridad posible para tender puentes. Algunos de los menores con cuadros más complicados, que pasaron más tiempo en la isla, decidieron quedarse para seguir estudiando o incluso formar familias. Muchos habían llegado sin nadie, otros con algún tutor o familiar de otros chicos. Cuba los abrazó y generaron vínculos. 

Casi 30 años después, en medio del furor que había generado la serie de HBO sobre Chernóbil, el programa fue reeditado. En esa instancia, un grupo de alrededor de 50 niños viajó en 2019 a tratar distintas dolencias. El documental reconstruye un momento histórico poco conocido para lo que es su valor. Tarará es el refuerzo a los valores de hermandad y solidaridad del internacionalismo cubano. Es un canto a la humanidad.