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Entretenimiento //// 09.04.2022
Okkupert: inmersos en la desconfianza Rusia-Europa

Una distopía en la que Noruega es ocupada por Rusia para continuar la producción de combustibles fósiles. Un escenario en descomposición, cruzado por el drama y el thriller, que tampoco abandona las raíces de la industria del entretenimiento nórdica.

Por Diego Moneta

Hace rato que las series nórdicas consiguieron abrirse paso en el mercado internacional del entretenimiento. Es el resultado de una búsqueda que, con mucha pericia, alcanzó su objetivo. El tándem Dinamarca-Suecia, a partir del éxito de Forbrydelsen (The killing), renovado gracias a Borgen, y el aporte de variadas producciones satélites de los tres países restantes— Finlandia, Islandia y Noruega— así lo evidencian. De hecho, son cada vez más los casos que pueden salir del cliché que lo asocia siempre al noir policial.   

En ese marco encontramos a Okkupert (Occupied, a nivel internacional), la obra más cara de la televisión noruega. Es una ficción política, estrenada en 2015 y de tres temporadas, con 24 capítulos en total. Se parece poco a Borgen, menos a Homeland y House of cards, ya que intenta alcanzar un estilo propio bajo la dirección y guion de Erik Skjoldbjærg. Está inspirada en una idea del novelista Jo Nesbø, creador de la saga del detective Harry Hole.

Una idea visionaria o, al menos, innovadora. Hay que situarse en la frontera que comparten Rusia y Noruega. Allí ocurre la hipotética ocupación por parte de los rusos, que narra Okkupert, a partir de la paralización de la producción del petróleo y gas que llevan a cabo los nórdicos, dada la crisis desatada por el cambio climático. Los ocupantes quieren asegurarse el acceso a dicha explotación. Con salvedades, puede trazarse un paralelo con Amerika, aquella tira ochentosa que mostraba cómo sería la vida en Estados Unidos (EE.UU) siendo conquistado por las fuerzas soviéticas. 

Para dejarlo claro: estamos hablando de que el conflicto por la Península de Crimea en Ucrania todavía estaba muy presente. Su anuncio no estuvo exento de polémica, las autoridades rusas manifestaron su disconformidad. De manera formal, recordaron la participación del Ejército Rojo en la liberación de Noruega durante la Segunda Guerra Mundial, tras el subyugo nazi. Más allá de la controversia internacional, Okkupert se unía a las propuestas más creativas del año, donde destacó The man in the high castle.

Retomemos la contextualización de la trama que, más allá de lo plausible o no, resulta fascinante. En un futuro no muy lejano, EE.UU logró la independencia energética, por lo que se retiró de la OTAN como alianza militar, los países del Golfo están en lucha permanente y Europa se abastece gracias a Noruega. De repente, el Huracán María tiene efectos devastadores y provoca la llegada al poder del Partido Verde. Tras asumir, el primer ministro Jesper Berg (Henrik Mestad) presenta un ambicioso plan basado en el “thorion”, una nueva forma de energía limpia, y ordena detener todo proceso alrededor de combustibles fósiles. Con el beneplácito de la Unión Europea (UE)— ¿o tal vez una mayor responsabilidad?—, la “ocupación pacífica” rusa promete retirarse una vez que se cumplan los objetivos, por lo que se firma un “acuerdo de colaboración” entre ambas partes.

En un conflicto de intereses con distintas aristas, la población noruega pasa en minutos de festejar la medida inicial a cuestionar si es mejor resistir o reducir las bajas civiles al mínimo. El Gobierno de Oslo de manera progresiva se convierte en un títere de Moscú, con la embajadora rusa Irina Sidorva (Ingeborga Dapkūnaitė) intercediendo para garantizar lo pactado. Noruega, vinculada mediante el Espacio Económico Europeo, ha sido abandonada por sus aliados, y las rivalidades internas no tardan en estallar. No es una invasión ni una guerra abierta, sino una estrategia más inquietante, a medida que los meses y los episodios pasan, que irá alternando presiones diplomáticas, injerencias más o menos directas y resistencias de todos los tenores, con el recuerdo del Tercer Reich siempre latente.

Okkupert nos propone un creciente espiral de desasosiego ciudadano, que va de un esperanzado estupor, pasa por la sensación de pérdida de soberanía, para culminar en la paranoia y certeza de conquista, lo que se traduce en diversos personajes y permite un panorama transversal. Tanto Berg, como su asesora Anyta Rigg (Janne Heltberg) y su guardaespaldas Hans Martin Djupvik (Eldar Skar), aunque desde ópticas distintas, se sienten marionetas; Bente Norum (Ane Dahl Torp) y Thomas Eriksen (Vegar Hoel) se vuelven una pareja dividida, dado que ella es dueña de un restaurante que florece gracias a la clientela rusa y él es un periodista que desconfía. La situación también se replica en la preocupación gubernamental por la posible calamidad de un conflicto abierto y tradicional. Ese proceso de descomposición está muy bien representado, sin búsquedas innecesarias.  

Más allá de algunas lagunas donde la distopía queda menos verosímil, como la tardía oposición política interna, un inexplicable monarca y el rol de la prensa, su narración milimétricamente efectiva y la construcción de la atmósfera son sus principales fuertes. Los acontecimientos no son apurados, lo que permite abordar temáticas como la fragilidad de la democracia y la respuesta del odio, dando lugar también a giros de guión. Su estética y arquitectura son destacables y, a forma de dato de color, la sede de Gobierno es, fuera de la ficción, la central de la empresa Statoil, una de las petroleras más grandes a nivel mundial, lo que sirve como paradoja argumental que marca la apuesta de la serie.

Al mismo tiempo, no abandona las características de las producciones nórdicas: las interpretaciones y el aspecto visual están cuidados. En el terreno político, alejada de las historias micro-personales, aparece su mejor cara. La trama geopolítica tiene suficientes dosis de drama y thriller, incluso acción, para poder desplegar sus recursos en variados subgéneros. El retorno de la segunda temporada deja en claro que los creadores se han dado cuenta. Las tensiones y estrategias diplomáticas se agudizan al encontrarnos con un doble comando, con Berg exiliado y su propia asesora como representante en territorio. Oficialismo, exilio y resistencia son una base tripartita que renueva frescura y potencia.

Sin embargo, para la tercera, Okkupert se mudó de la televisión pública noruega a la empresa privada Viaplay y el eje vuelve a modificarse. Berg regresa y completa su ciclo de transformación, pero el objetivo de la retirada rusa choca contra su instancia supranacional— de la misma manera que Noruega, en un referéndum en 1994, decidió cerrarle la puerta y no ingresar a la UE—. De diez habíamos pasado a ocho capítulos, y ahora son sólo seis, por lo que el foco de la trama se dispersa en la presentación de nuevas aristas que, a esas alturas, no tienen sentido y desembocan en un final precipitado y no del todo coherente. 

El valor de Okkupert radica en su punto de vista original. La invasión a un país pobre ya resulta un cliché, más allá de que efectivamente sigan ocurriendo. Para la serie no hay inconveniente en mostrar a Noruega como víctima y manejarse con distintos matices. La cuestión inicial era reflexionar sobre la actitud de su población: ¿Se aceptaría la intervención extranjera directa, siempre y cuando se mantuvieran ciertas garantías? Okkupert nos dice que sí, por lo que el concepto de soberanía siempre sobrevuela el planteo. No es una obra maestra, pero se sale del molde sosteniendo la apuesta por la ficción nórdica.