Marty Supreme: las múltiples caras para que el fin justifique los medios
Marty Supreme, coproducida y dirigida por Josh Safdie -y coescrita junto a Ronald Bronstein-, tuvo su estreno mundial en el Festival de Cine de Nueva York en octubre del año pasado. Está inspirada libremente en la vida de Marty Reisman, jugador tan talentoso como polémico de ping pong en la posguerra. El proyecto, que inició a partir de que Sara Rossein, su mujer y productora ejecutiva, compró la autobiografía en cuestión publicada en 1974, es la carta para que su intérprete protagónico, Timothée Chalamet, por fin consiga el Oscar.
Tras una serie de películas que los habían distinguido en la periferia de Hollywood, en especial Diamantes en bruto, los hermanos Benny y Josh Safdie decidieron trabajar por separado: el primero estrenó The smashing machine, con el camino de Dwayne Johnson en la lucha libre a fines de los 90; el segundo, el film que analizamos. Ambos se decantaron por obras biográficas marcadas por la obsesión deportiva de su actor principal. En nuestro caso, Marty Mauser (Chalamet) busca demostrar que es el mejor y está dispuesto a todo.
Tras cantar como Bob Dylan en Un completo desconocido, Chalamet ofrece la exploración de una personalidad antes que un arco tradicional. No es el recorrido del héroe, sino una odisea a la cima mediante robos, mentiras y humillaciones. En los primeros minutos lo vemos como vendedor de zapatos y luego perdiendo una final contra el japonés Koto Endo (Koto Kawaguchi), introduciendo un primer simbolismo. De las apuestas clandestinas en Nueva York a Londres y las pirámides de Egipto, deja en el camino a Rachel Mizler (Odessa A'zion), la mujer de su amigo, al mafioso Ezra Mauser-Mishkin (Abel Ferrara), y a la estrella en decadencia Kay Stone (Gwyneth Paltrow), casada con el multimillonario Milton Rockwell (Kevin O'Leary), quien se volverá una especie de mentor para Mauser.
La gran virtud es la distancia equilibrada que se sostiene entre el punto de vista y el ego del personaje principal y el de la obra. Nunca es reivindicado ni busca que empaticemos con él. Más allá de eso, la fórmula es bastante sencilla: una carrera contrarreloj -en dos horas y media- de alguien no ejemplar, al que rodea de un reparto secundario coral que le va a sembrar obstáculos y soluciones. Si bien tiene la impronta de una película de deporte, le agrega múltiples capas que funcionan de forma independiente y articuladas, tales como el desorden de la línea temporal, lo que da lugar a todo tipo de desvíos. A pesar de sus numerosas partes, conforma un todo vertiginosamente orgánico con abordajes diversos.
Por momentos, Marty Supreme parece pensada para el lucimiento personal de Chalamet, quien entrenó durante meses ping pong con Diego Schaaf y Wei Wang. También uno puede quedarse con ganas de mayor presencia de otros personajes. Sin embargo, son medios para un fin: cualquier aparente pérdida de control es, en realidad, una escala de situaciones en una montaña rusa cada vez más comprometida. Cada interacción es una disputa entre voluntades en la que siempre quiere ganar, cada partido es una metáfora de su convicción inquebrantable. A fin de cuentas, Chalamet desafía sus propias interpretaciones, y esa es la clave de un recorrido en el que, ponderando, su punto de llegada es lo menos llamativo.
Por otro lado, Marty es la representación distorsionada del “hombre autosuficiente” de aquella época o, en otras palabras, del sueño americano con cierta ironía. No obstante, su trayectoria no es la del individuo sin recursos sino el debate entre dos mundos: él mismo y su comunidad. Safdie remite a ese anhelo de triunfo y heroísmo que alimentó la posguerra estadounidense, matizando relaciones interpersonales con una complejidad rara vez vista en la temática deportiva. El horizonte puede estar cerca, pero esto es una batalla tras otra.
Safdie construye una sensación de inestabilidad que va in crescendo, sobre todo gracias al ritmo exasperante del montaje y a la banda sonora, con música de época, sintetizadores y pop de décadas venideras. En ese sentido, si bien la influencia de Calles peligrosas, de Martín Scorsese, es evidente, Marty Supreme es una bocanada de originalidad en el cine contemporáneo. Es un experimento que funciona gracias a su velocidad narrativa, y que acumula nueve nominaciones a los Premios Oscar. La apuesta, tanto de Marty como de Timothée, es la categoría a Mejor actor, para demostrar su posición en la industria actual.