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Entretenimiento //// 03.10.2020
El dilema de las redes sociales en tiempos de pandemia

Natalia Torrado analiza el documental El dilema de las redes sociales y se pregunta: "¿Con qué sentido lanzar una película que nos alienta a bajarnos de las redes sociales justo cuando no disponemos de otras formas de contacto e intercambio social por el contexto de emergencia sanitaria?" 

Por Natalia Torrado

Algunas cosas para decir sobre el documental El dilema de las redes socialesrecientemente estrenado en Netflix, en el que se critica a las redes sociales, se muestra el reverso de su funcionamiento y se advierte sobre sus peligros para la humanidad.

Para empezar, resulta sospechosa la referencia al coronavirus. Es casi periférica, como un ejemplo más de los temas “mal tratados” por las redes, que da toda la sensación de haber sido un agregado posterior y que no interviene en absoluto en el relato ficcional que acompaña los testimonios. La sensación es que la película, o gran parte de ella, se realizó con bastante anterioridad a la pandemia, por lo que cabe preguntarse los intereses que se juegan en estrenarla ahora, en una plataforma como Netflix, que además la produce.

Por un lado, la sospecha: si ahora los renegados de la industria de las redes sociales nos explican cómo era que realmente funcionaba y cómo fuimos engañados durante todos estos años, uno no tarda en sospechar que, entonces, ahora el peligro debe estar en otra parte. Es decir, si se puede hablar con tanta apertura y arrepentimiento de la estafa que supone, y del daño que hace a la humanidad, no es difícil suponer que el mayor daño en la actualidad se está haciendo por otro lado.

En todo caso, ¿con qué sentido lanzar una película que nos alienta a bajarnos de las redes sociales justo cuando no disponemos de otras formas de contacto e intercambio social por el contexto de emergencia sanitaria? Más aún, ¿desde cuándo las advertencias de lo mal que nos hacen algunos, o muchos, productos del mercado nos han llevado a dejar de consumirlos? 

Hablo de las denuncias que provienen del sector privado (films anti comida chatarra, anti consumo de carne, anti uso de celulares, etc.), cuya llegada nunca es del todo masiva sino que además, por cómo se distribuyen en las diversas plataformas, llegan al sector de la audiencia que las estaba esperando y que concuerda con sus contenidos (del mismo modo que en las redes recibimos sólo las noticias que ya están previstas por los algoritmos, tal como lo explica el film en cuestión).

Entonces, ¿por qué este film? ¿Tiene Netflix algún interés en poner en riesgo los movimiento de grandes capitales de las redes? ¿No responde Netflix también a la lógica del engaño que la película denuncia? ¿No será que el mayor riesgo hoy, en tiempos de pandemia, de arruinar las últimas chances de emancipación de la humanidad está en Netflix y cualquier otra plataforma masiva que direccione y monopolice los contenidos sensibles?

La televisión por cable fue reemplazada por estas plataformas, y el intercambio en las redes no llega a cubrir la totalidad del público. En todo caso, hay un núcleo duro que, o bien no usa las redes, o bien las usa de forma inteligente. ¿Qué se hace con ellos? Porque ellos sí representan una amenaza para estos, y otros, grandes capitales. Hay focos de resistencia a la embestida de un capitalismo deshumanizante, son poderosos e impactan a gran escala. Esto no puede medirse en forma cuantitativa; no son la mayoría, pero el gesto libertario que instauran circula y pone en crisis la homogeneidad (disfrazada de diversidad) que las redes sociales buscan crear. Desmontan la operación de idiotización de las redes sociales, hacen sensible otra forma de estar en el mundo que no es producir, consumir y mostrar; se conciben a sí mismos como otra cosa que insumos del capital, y se reconocen a sí mismos como otra cosas que imagen. 

¿Quiénes son? Ciertamente no son los sectores más jóvenes los que resisten, o al menos no por ahora, no de este modo. A contrapelo de la historia, no son ellos porque nacieron ya intervenidos y condicionados por la operación “red social” y el avance desproporcionado de la tecnología y su uso siniestro. 

Los que resisten son los que aún tienen memoria sensible de la libertad, que todavía recuerdan en el cuerpo cómo era eso. Aquellos a los que les basta un relampagueo de aquella promesa para reaccionar. Los adultos, los adultos mayores, casualmente a los que más pone en riesgo el virus, que fueron parte de un tiempo revolucionario, que lo gestaron y lo defendieron, que lo vivieron. Son ellos los únicos capaces de abrir en otros, y en otras generaciones, esa sensibilidad. A los que Facebook o Instagram no los alcanza, no los toca ni los trastoca en terminales tecnológicas que reaccionan al algoritmo.

Pero ellos también necesitan buenos contenidos, y están parados, o casi parados, por la pandemia, o degradados en sus formas naturales de operar intelectual, artística y políticamente, por la pandemia. Sus clases, sus seminarios, los encuentros en los que participaban o dirigían, ya no son lo que eran. La tele es un refrito. No hay teatro. No hay reunión, no hay trama, no hay cuerpo, no hay contagio de la posibilidad de la libertad, de la excitación de la libertad: se va diluyendo la amenaza para un sistema que nos convence inapelablemente de que ninguna otra forma de vida es posible. 

Para ellos, entonces, hay plataformas disfrazadas de cultura y calidad artística, en las que se decide qué contenidos y cuáles no, y en la que podemos encontrar cine y series a la carta.  

¿No serán estas plataformas como Netflix el verdadero riesgo hoy? ¿No será el formato serie la nueva embestida del capital? ¿No será que justo cuando no podemos desarrollar nuestras vidas y nuestro proyectos por motivo de la pandemia nos viene muy justo y muy bien entrar en esos universos ficcionales para drenar nuestro deseo de vivir? 

Las series constituyen una vida paralela que reemplaza nuestras propias experiencias profundas de la vida. Y son adictivas. De la peor forma, en la pura compulsión. Hay otras adicciones que en algún punto se desbordan en algo del orden de lo colectivo. Esas valen. Estas no. Y ese no es, en rigor, el problema, siempre y cuando también tengamos una vida, además de las series, que compita con el subidón de las mismas, o con la intensidad de la experiencia que algunas de ellas producen. Pero resulta que hoy sólo tenemos las series. En suspenso como estamos con nuestras cosas, nuestras cosas para la libertad, nuestros movimientos para la emancipación, ¡que venían sucediendo! Sólo tenemos las series, e implosionamos. Somos un circuito compulsivo de querer y no poder vivir.  

En este sentido, la pandemia tampoco es casual. Hay algo que nos arrebataron, algo más que la reproducción de la vida. Estábamos enredados en procesos, los focos de resistencia estaban, como podían, funcionando, horadando la piedra, o lanzando sus conjuros. Entonces, justo ahora, cuando la única vida posible (barata e infinitamente accesible) es la que propone Netflix, ahora resulta que las redes sociales eran un peligro y hay que denunciarlas. Todos sabíamos, más o menos, que eran un peligro; o muchos lo sabíamos, aunque no supiéramos bien cómo. Pero esos mismos somos los que no discutimos plataformas como Netflix. 

No parecen peligrosas, no nos quitan nada, parece, y hablan más nuestro idioma. Pero, justamente porque hablan más nuestro idioma, es que tenemos que reconocer allí una señal de alarma. No sé cuáles son las intenciones de los renegados de las redes que hoy salen a denunciar el mal que ellos mismos hicieron. En todo caso, no importa. Porque es tarde. Y porque son impunes, de todos modos. Y que el sistema, encima, te cuente cómo lo hizo, que devele el artificio, y te muestre cómo te engañó, eso no es más que otro gesto de poder, el colmo del poder. Es como saber que fumar hace mal y seguir fumando, o de qué porquería están hechas las hamburguesas de McDonalds y seguir consumiéndolas. Es impotentizarnos aún más.

Y al final, siempre ellos son los genios. Son tan genios que  crean el algoritmo, engañan a la humanidad y la devastan; e igual de genios como para después arrepentirse y denunciarlo. Se constituyen en héroes. Todo el poder y el protagonismo en sus manos. Y nosotros, marionetas. Esa versión del mundo es la que no permite visibilizar en el mapa de la cultura a los otros genios, los artistas revolucionarios, que no sólo han puesto su cuerpo en las revoluciones, sino que además las mantienen vivas milagrosamente en tiempos de exterminio de una humanidad libre. 

Estos genios también operan un cambio de conciencia, pero al revés que los otros, la vuelven expansiva. Curiosa, amplia, abierta, creativa. ¿Por qué, entonces, esa conciencia, y esa otra forma de vida posible que crea, una vida plena, amorosa, comprometida, colectiva, no circula por las plataformas de ninguna índole? Porque no entra. Porque esa vida es irreductible a un algoritmo. Ahí hay un poder inapelable, y nuestro, que reconocer. Y que afirmar. No es posible que el enemigo siempre esté un paso adelante. Tal vez no lo está, pero nos muestra descaradamente, perversamente, que lo está para neutralizarnos. 

Tal vez El dilema de las redes sociales tranquiliza algunas conciencias que no deben estar tranquilas, o promete un mejor porvenir que, en estas condiciones, no es posible. Porque si nos dominan con las redes o las series,  es porque estamos muy poco enterados de la potencia y la belleza que hay fuera de ellas. Pero claro, esa potencia y esa belleza no responden a la estructura ni a las necesidades del sistema capitalista; y de otro sistema, de eso, no se habla. 

La película plantea una enorme preocupación por la posible caída de nuestros sistemas democráticos, y es posible, en este sentido, que la bestia tecnológica se haya vuelto indomable, y esa preocupación sea legítima. Pero antes de que esto sucediera, ¿qué tan bien funcionaban nuestras democracias? Guerras, hambre, desigualdad. Había. Horror histórico. Había. 

Tal vez el llamado de atención sobre el exceso de las redes y su riesgo de producir un desborde social letal no sea otra cosa que otro intento de equilibrar un poco la balanza, para mantener el estado de cosas del mundo funcionando bajo la reproducción de la lógica del  capital. Que sí, contiene el germen de su propia destrucción. Y sí, a veces no sabe lo que hace. 

No sabemos con certeza cómo pensar este film ni sus consecuencias. Es posible que, para los más despiertos, sea un último empujón para alejarse de las redes. Es posible que en algún sentido ayude. De cualquier forma, hoy más que nunca, es necesario sospechar.  

Hay algo, sin embargo, cierto y esperanzador: cuando se lanza una denuncia como ésta (así como cuando se estrena una película clásica del cine industrial) hay un resto de “verdad”, por default; una verdad sensible, que escapa a todo cálculo y que a veces, algunas veces, sin que quien lo hizo siquiera lo advierta, se abre una caja de pandora. Y se corre el riesgo de que los efectos que produce sean exactamente los contrarios a los que esperaba. Tal como dijo Pompeyo Audivert al respecto de este tema: “El enemigo a veces se olvida de borrar sus rastros y comete el error de la omnipotencia”. Y ahí la historia llama.