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Entretenimiento //// 19.06.2020
Andrés Carrasco, ciencia disruptiva: al servicio de la comunidad

El documental, disponible en Cine.ar, retoma la vida de Andrés Carrasco, científico argentino que comprobó los daños que el glifosato causa en la salud. Al respaldar con su investigación a los pueblos fumigados, que venían luchando contra el uso de agrotóxicos, Carrasco terminó siendo disciplinado por las corporaciones, el establishment científico y el poder político.

Por Marina Jiménez Conde

En las últimas semanas, la intervención y el posterior proyecto de expropiación de la empresa Vicentín ha abierto el debate sobre la soberanía alimentaria. El documental Andrés Carrasco, ciencia disruptiva, que se encuentra disponible en Cine.ar, aporta a la discusión una mirada sobre la ciencia al servicio de la comunidad, cuestionando al modelo agroexportador por el uso de agrotóxicos.

Andrés Carrasco fue un científico argentino, especializado en embriología, que llegó a ser presidente del CONICET y se encargó de estudiar el impacto del glifosato en embriones. En un momento donde las víctimas de la agroindustria ya eran visibles, y los movimientos campesinos venían denunciando la situación, Carrasco respaldó de forma científica a esas comunidades. De esta manera, se puso en contra no sólo a empresas del tamaño de Monsanto, sino también al establishment científico, e inclusive, hasta al Gobierno nacional del que formaba parte como subsecretario del Ministerio de Defensa.

El documental remarca que la decisión de hacer pública su investigación en el año 2009, a través del diario Página 12, le costó la desacreditación de sus pares, quienes lo criticaron por no seguir los pasos del campo científico y, primero, realizar una publicación al interior de la academia. En el film también hay imágenes de José Lino Barañao, ministro de Ciencia y Tecnología de aquel entonces, desmintiendo los resultados de la investigación de Carrasco.

A lo largo del documental queda claro que la persecución de la que fue víctima Carrasco era la consecuencia de haberse metido con el modelo de producción agropecuario, cuando no había lugar para noticias que fueran a desacreditar su éxito. A partir de la figura del científico, y del disciplinamiento que recibió, se recuerda qué es lo que sucede cuando la voluntad política sucumbe ante el interés guiado únicamente por el lucro.

Sin embargo, el embriólogo, además de comprender la responsabilidad de las grandes corporaciones y el campo político, se focalizaba en el mundo científico. Las imágenes de archivo lo muestran reclamando a las y los científicos por la obligación que tienen “de no callarse la boca” y arremetiendo contra la mirada de la ciencia como neutral.

La reconstrucción de la vida de Carrasco se realiza a partir del testimonio de sus seres queridos y personas que trabajaron con él. Pero a la historia –que de por sí da que hablar– se le suman las imágenes, ya sea de archivo o en fotografía, que van complementando la narración, demostrando un gran trabajo desde lo estético por parte de la directora Valeria Tucci.

Uno de los testimonios fundamentales para el film es el de Fabián Tomasi, ex peón rural que se convirtió en símbolo de la lucha contra los agrotóxicos. La mera presencia del cuerpo de Tomasi –que se autodefinía como “la sombra del éxito sojero”– es una denuncia al sistema de envenenamiento en el que se basa la producción agrícola.

Además, Tomasi relata que conoció a Carrasco el día que estaba contando públicamente su experiencia como fumigador. Luego de que terminara de exponer, el científico se le acercó, lo abrazó y se puso a llorar. Si bien varios pasajes del film son un trago amargo porque muestran las consecuencias del modelo productivo, y la negación de éstas por parte de sus responsables –lo que agrega una cuota de impotencia al incorporar esos pequeños recuerdos–, también se comprende por qué Carrasco no podía callarse y mirar para otro lado.

El film presupone que la muerte de Carrasco en 2014, a causa de cáncer, estuvo relacionada con el destrato que recibió tras su investigación. Pero, por otro lado, se destaca que en sus últimos días el científico se encontraba en paz consigo mismo, sabiendo que había puesto la ciencia al servicio de la comunidad; redefiniendo para quiénes se hace ciencia y obteniendo el reconocimiento de dicho sector.

A 20 años del inicio de las fumigaciones, Andrés Carrasco, ciencia disruptiva deja el convencimiento de que, por más que en una economía se necesite la generación de divisas para poder funcionar, ya es hora de que se reconozca que no hay modelo posible, ni soberanía alimentaria incluida, si en el medio van a quedar los costos humanos, como los de Andrés Carrasco, Fabián Tomasi y todas las víctimas “enfermadas”, tratados como daños colaterales de la lógica de la acumulación.