fbpx Enrique Martínez: "Hay que pensar al Estado como un capitalista social" | Agencia Paco Urondo | Periodismo militante
Debates //// 21.08.2020
Enrique Martínez: "Hay que pensar al Estado como un capitalista social"

AGENCIA PACO URONDO publicará una serie de entrevistas que el sociólogo Julián Bilmes realizó a funcionarios y personalidades del ciclo kirchnerista (y/o del actual gobierno “frentetodista”). El objetivo de las charlas: reflexionar sobre los desafíos que presenta el desarrollo nacional. En esta segunda entrega: Enrique Martínez, ex presidente del INTI entre 2002 y 2011. 

Por Julián Bilmes

Enrique Mario Martínez es el coordinador del Instituto para la Producción Popular (IPP).  Fue el presidente del Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI) entre 2002 y 2011. Además, es ingeniero y tecnólogo de gran recorrido y experiencia. En esta charla, reflexionó sobre los roles del Estado, las pymes, la producción popular y las grandes empresas locales y extranjeras en un proyecto de desarrollo nacional. Ideas para concebir un Estado como “capitalista social” o la “comunidad productiva nacional”.

APU: En primer lugar, como balance, ¿considera exitosa la estrategia de desarrollo nacional desplegada durante el ciclo de gobiernos kirchneristas? O, en todo caso, ¿qué faltó para que ese desarrollo fuera sostenible, para poder transformar la estructura productiva nacional añadiendo mayores grados de complejidad y valor agregado, y también con sostenibilidad ambiental, inclusión social, o incluso, pensándolo en términos de democracia económica, como usted plantea?

E.M.: Creo que fue exitosa, pero encontró su límite la lógica del periodo 2003-2015. ¿Qué quiero decir? la lógica central fue desendeudar al país y fortalecer, a través del consumo, la demanda para provocar un crecimiento. Sí, ¿la demanda a quién? A los mismos que estaban produciendo en el 2003 o los que fueron apareciendo por una dinámica capitalista tradicional. En el 2003-2015 el gobierno de Néstor y Cristina no generó ninguna corporación público-privada ni ninguna corporación municipal o provincial, o programa de redes de Pymes o de redes de industria doméstica, incluso, que hicieran pensar que se podía promover la aparición de nuevos actores productivos, ni siquiera una red de tejedoras doméstica de lana. En consecuencia, si los actores productivos son los que están y los que puedan aparecer por generación espontánea, con mentalidad de emprendedores capitalistas, entonces luego hay que preocuparse por controlarlos y por distribuir los frutos de una manera adecuada. Además, hay que darle la posibilidad a la gente de que tenga capacidad de consumo, por eso aparecieron los subsidios a la energía, al transporte, y una serie de cosas para que el salario real aumentara.

Y, aun así, a lo largo del periodo, los últimos tres años fueron de estancamiento del salario real, y no se logró ni siquiera recuperar el salario real del 2001, ni qué decir el salario real de 1974, que es el máximo histórico que todavía tiene la Argentina. Eso quiere decir que ése era un mecanismo limitado. Argentina debió haber empezado, hacia mediados de esa gestión, 2009-2010, un programa de participación popular multifacético, desde pequeñas comunidades hasta grandes proyectos, para tener actores distintos, para evitar que empezáramos la gestión en 2003 con una cantidad de empresas lácteas y termináramos con la mitad, o situaciones de ese tipo.

Hay una idea muy extendida, tanto en aquellos gobiernos como en el actual, de que el desarrollo lo hacen los actores dominantes de la producción y de los servicios, y que la misión de un Estado es negociar con ellos para que se distribuyan mejor los frutos. Es decir, el perfil productivo no lo construye la comunidad ni el gobierno, sino que lo construyen los actores económicos. Nosotros pensamos que en un lugar donde la gente, sobre todo en la producción alimenticia, como ejemplo más inmediato y evidente, ocupa solamente el primer eslabón, saca el fruto de la tierra, es obvio que, si el Estado no ayuda a construir el resto de la cadena, alguien se hace cargo de ese producto primario y se genera una dependencia del eslabón más débil. Realmente es absolutamente necesario que el Estado construya un perfil estructural distinto, con muy diversas acciones, desde lo local hasta lo general.

APU: En vínculo con esto que plantea, ¿qué piensa de todo el debate, que recorrió el kirchnerismo y se vuelve a plantear hoy en día, sobre el rol de una “burguesía nacional” para motorizar el desarrollo?

E.M.: Creo que es una figura política y económica del pasado. Desde la globalización y la diseminación de las corporaciones multinacionales por el mundo, el concepto de burguesía nacional en realidad debe ser reemplazado por un concepto mucho más participativo, que es el concepto de comunidad productiva nacional, al punto tal que es imposible imaginar una burguesía nacional en la Argentina, cuando la gran mayoría de los sectores productivos están controlados por corporaciones multinacionales.

Hasta la Unión Industrial Argentina (UIA) ha perdido absolutamente relevancia como factor de poder, teniendo en cuenta que las empresas multinacionales mandan allí gerentes de relaciones institucionales (si mandan… en general no participan activamente). En consecuencia, los que quedan manejando la UIA son empresarios que tienen muy poca relevancia al interior del sector industrial. Eso ha pasado hasta con industrias básicas tradicionales de la Argentina, como las curtiembres o industrias similares, que se han desnacionalizado de tal modo que no es válido hablar de burguesía nacional, ni siquiera como perspectiva.

APU: ¿Qué se puede hacer entonces?

E.M.: Como perspectiva lo único que es razonable imaginar es una participación creciente de la producción popular que construya alianzas con el sector público, lo cual hasta ahora no se ha visualizado. Redes de pequeños productores, corporaciones municipales de desarrollo que involucren participación del municipio en la producción y en la mirada estratégica, pero con actores privados. Esas figuras mixtas están pendientes, están pendientes de la lucidez de la dirigencia política y de la claridad de algunos actores productivos, que por ahora siguen pensando que cuanto más grande, mejor, y cuando llegan a lo más grande terminan siendo “cola de león” en lugar de “cabeza del ratón”. El caso Grobocopatel es el más categórico: creció como productor agropecuario basado en los pooles de siembra, un desarrollo que parecía imparable, abrió una sucursal en Brasil y anunciaba públicamente los millones de hectáreas que iba a sembrar allí. En alguna oportunidad, hace ya varios años, tuve la oportunidad de decirle que cuanto más creciera en Brasil, más posibilidad tenía de que los chinos aparecieran y lo compraran, él se rió, y a los 3 años les vendió la parte a los chinos. Quiero decir, esa lógica de que uno puede ser “campeón nacional” explotando a los propios compatriotas, es una lógica perversa, que en definitiva fracasó, porque no hay campeón nacional que pueda defenderse frente a la expansión de las multinacionales chinas o de otros países. Lo único que se puede defender de esa expansión es la comunidad nacional en su conjunto.

APU: Entonces, esta alternativa de asociación de producción local popular, ¿sería en vínculo con el Estado o apalancado por un Estado empresario? ¿Cómo ve el rol del sector público en ello?

E.M.: Hace poco tiempo me animé a configurar una figura distinta para el Estado, que me parece buena como imagen: el Estado como un capitalista social. ¿Qué quiero decir? Que en lugar de limitarse a aplicar impuestos y otorgar subsidios, el Estado puede organizar corporaciones que funcionen como capitalistas, en el sentido de que tengan necesidad de reproducir su capital, pero no se basen en la maximización de la ganancia, sino que el objetivo sea la maximización de la atención de ciertas necesidades comunitarias. Por ejemplo, el Estado construye viviendas a un cierto ritmo y las vende sin recuperar el capital, sin siquiera expectativa de que le paguen las cuotas, lo cual está orientado a sectores muy humildes. Y en algunos casos eso abre la posibilidad de que ingresen punteros o distorsiones espurias de todo tipo. Porque se supone que el Estado pone la plata, hace las casas, y -casi diría- no se contabiliza el ingreso de ese dinero, y tiene que apelar una vez más el año que viene a otro presupuesto para hacer otras casas. Bueno, eso da como resultado que tenemos casi cuatro millones de viviendas de déficit, porque el Estado no tiene capacidad de hacer esos cuatro millones de casas en esos términos. Pero el Estado sí podría tener una corporación de urbanización de tierras que habilite tierras con servicios, como acaba de anunciar el Ministerio de Desarrollo Territorial y Hábitat, las venda en cuotas que cubran el costo de la organización y contemplen una rentabilidad razonable que le permita la reproducción del capital en términos reales, y sobre eso, que invierta la clase media o los sectores populares con buena financiación bancaria, dividiendo la compra del lote de la construcción de la casa. En esta última el involucramiento estatal sería solamente a cambio de habilitar líneas crediticias importantes en el Banco Nación, o donde fuera. En ese caso, el Estado tendría que armar un fondo, una sola vez, y en todo caso asegurar su ampliación progresiva o su mantenimiento con la inflación, pero no estaría haciendo un agujero en el agua ni regalando la plata a nadie, sería un capitalista social.

APU: ¿Qué más podría hacer ese Estado?

E.M.: De la misma manera, el Estado puede armar una empresa de diseminación de la energía renovable, y tratar de poner en el techo, por empezar de cada pobre, paneles fotovoltaicos que le aseguren la disponibilidad de la energía propia, e incluso que tengan excedentes para volcarlo a la red. Eso requiere tecnología, planificación, pero son cosas que están absolutamente al alcance en términos tecnológicos, y además requiere financiación. Pero esa financiación no es otra vez hacer un agujero en el agua, salir a buscar un crédito del Banco Mundial o pedir un préstamo, y el presupuesto cargarlo de déficit. El capitalista social puede conseguir créditos de proveedores y hacer un leasing con aquéllos a quienes les entrega los elementos para poner la energía en el techo, cobrándose una cuota similar a la que pagaría por la energía el que recibe la instalación, de manera tal que en algún cierto tiempo se amortiza la instalación: le queda al usuario la instalación y al Estado la posibilidad de seguir invirtiendo en otro lugar.

Quiero decir, esta figura del capitalista social, como la búsqueda de la reproducción del capital exclusivamente para seguir atendiendo necesidades comunitarias, es un papel nuevo para el Estado. No es ni el que cobra impuestos ni el que subsidia, ni el que tiene que estar pensando en el presupuesto: de dónde sacar la plata para hacer un camino rural, por ejemplo. Lamentablemente, estas ideas en las Argentina son muy difíciles de discutir, porque parte del daño que nos ha hecho el neoliberalismo, es que aquí somos todos campeones de oratoria y buscamos tener la mejor idea, compitiendo en lugar de cooperar: esto de la meritocracia, de que nos salvamos los mejores solamente y los peores se van al tacho, y, además, porque se lo merecen. Bueno toda esta lógica cultural debilita la posibilidad de discutir iniciativas como las que acabo de señalar. Pero, yo me he ido fortaleciendo la idea de que construir la figura del capitalista social es una idea sensata en la economía de hoy y de siempre para el Estado.

* Sociólogo FaHCE-UNLP y becario doctoral CONICET, miembro de la Cátedra Libre “Ciencia, política y sociedad. Contribuciones a un pensamiento latinoamericano” y la Revista “Ciencia, Tecnología y Política” de la UNLP