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Cultura //// 23.09.2017
¿Y si a tu playlist le falta rock?

Un análisis preciso sobre el encuentro de la cultura rock con las diferentes masas juveniles actuales, a contraposición de épocas anteriores. El asentamiento del género en espacios coyunturales específicos y con una mirada que no escapa de los soportes tecnológicos que nos enmarcan hoy en día.

Por Cristian Secul Giusti*

Sin ánimo de desprestigiar las experiencias de los/as pibes nacidos/as en la segunda mitad de la década del 90, es importante hacer hincapié en la relación que plantea esta generación con el universo Youtube/Spotify y la música rock en todo ese combo.

Por este motivo, la ausencia dominante de la cultura rock, en tanto actitud, expectativa desafiante o esquema para poner en práctica la crítica, es un tema interesante para tratar. Desde este plano, la escena musical y joven de la actualidad se mantiene activa a partir de las listas de hits, los ranking publicados en lo medios de comunicación, la cantidad de entradas vendidas en los conciertos masivos o las menciones celebradas en las redes sociales, entre otras opciones. En esa ronda de tramas, el rock no es el vehículo musical dominante de los/as chicos/as, sino un adicional que convive bajo distintas intensidades con distintos géneros.

Ya nadie puede negar que tanto el reggaetón, como la bachata y la cumbia se ubican como sonoridades y estéticas predominantes. En este sentido, la propuesta de YouTube o Spotify invita a conocer otros géneros y desprenderse de orientaciones más específicas. Sin dudas, los distintos tipos de pop, enlazados con otros formatos más bailables, adaptables y pasatistas, apartan al rock del centro de atención que, si bien presenta inquietudes y también es convocante, no logra ser la primer respuesta a las inquietudes de las juventudes.

La ausencia de un rock más firme en el gusto musical de los/as pibes/as destaca una dificultad que interrumpe el camino hacia la crítica. Sin ese plus identitario y dominante de la esencia del rock -el constante cuestionamiento, la postura desafiante o su transitable intencionalidad política-, las demandas juveniles pueden circular por zonas suavizadas o desarticuladas que alimentan discursos alineados con el neoliberalismo.

Vale aclarar que el universo de pibes/as no se analiza a la ligera ni a las corridas. No hay un patrón único ni tampoco una tabla generalizada. Hay diversidad, variaciones y pluralismo. Sin embargo, se pueden observar ciertas coincidencias en los consumos, las prácticas y las elecciones artísticas y musicales. La selección de los géneros es clave, pero también plantea otros interrogantes sobre el gusto y el uso de plataformas de música o videos: ¿Son los chicos/as los que eligen qué escuchar? ¿Hay un momento para pensar esa situación de playlist y de historial de reproducciones? ¿Cuánto influye la orientación comercial del mundillo Spotify o YouTube?

Sin olvidar eso, la cultura rock se encuentra en un área de conexión baja y, asimismo, grita y canta desde los márgenes de su propia historia: la carrera de los artistas, el reconocimiento de sus logros previos y, en el mejor de los casos, la legitimidad en el campo musical.
Por esta razón, la cultura rock no logra trazar un diagrama de estrategias para acercarse a ese mapa juvenil. La circulación mediática de ciertos "productos musicales" contribuye a la fragmentación, pero también la poca difusión de propuestas estéticas nuevas y masivas desde el rock estancan las virtudes de esa cultura.

Más allá de los aciertos visibles en zonas universitarias, militantes y de representación, provoca que la noción de debate y de dimensión política, corporal y crítica que postula la cultura rock no tenga un refuerzo de ida y vuelta. En el escenario actual, la ausencia del rock como perspectiva y soporte de vida habilita el ingreso de los postulados neo-conservadores: la falta de memoria colectiva, la pérdida de rituales y la profundización del goce tecnológico y la hiper-comunicación, por citar ejemplos.

De esta manera, ante la dificultad de construir advertencias sobre el sistema o la industria de la cultura, el rock no puede copar totalmente el espacio juvenil actual. Si bien se acomoda en los terrenos políticos y culturales, su potencia creadora está trabada y quizá alejada de la masa de pibes/as.

Por tanto, el rock -como sonido e irrupción- ya no busca a los/as seguidores/as jóvenes, sino que son ellos/as los que contactan y recomponen una relación esquiva y motorizada por el sistema. Lo importante es que los/as chicos/as se den cuenta de esa situación. A partir de ahí, el estado de alerta puede servir para generar experiencias que reinventen las motivaciones y reaviven el fuego de la cultura rock.

*Doctor en Comunicación/Docente (FPyCS-UNLP)